Loma  Grande





           Gritos de amor y libertad








                 Lelis Enrique Movilla Bello



                                                  Monteria
  

                                                     2015






Obra finalista en el Octavo Concurso Nacional
de Cuento  y  Novela, Período  2006-2008 Cámara   de Comercio de Medellín-Antioquia.



  
LOMA GRANDE
Gritos de Amor y de Libertad

I

La enorme casa de bahareque y techo de palmas defiende a sus moradores del sol inclemente. Los nativos le roban así a la humedad y al intenso calor ambiental, un sitio en donde guarecerse y pasar los ratos placenteros que merece su dedicación al trabajo, este sí, bajo la canícula que amenaza con agostar todo, incluyendo los cuerpos humanos. A la derecha del río que baja hacia el mar, los enormes árboles sembrados a las riberas defienden la casa y prácticamente todo el perímetro de la extensa dehesa de las acometidas de las aguas y por tanto de la erosión. El río baja aparentemente con lentitud, pero en verdad su fuerza es arrolladora. En los interiores se forman unos fuertes remolinos que trituran todo cuerpo que se enreda en ellos y los nativos les temen.

En la región sólo se presentan dos estaciones. El verano que comienza a mediados de diciembre y termina en los días finales de mayo, un breve lapso en los finales de junio al que denominan veranillo, y el resto del año es de invierno. En esta época, el río arrastra toda clase de árboles y carcome las orillas, por lo que sus aguas se tornan ocres y no aptas para consumir si no se le somete a un proceso de depuración con tunas o alumbre, para aclararlas. Baja precipitadamente, como si el exceso lo obligara a descargar prontamente en el océano no muy lejano. En las bocas, la lucha entre el río y el mar es un espectáculo digno de verse. Se trata de una lucha en la que la propia naturaleza atropella y resiste, invade y domina según el volumen de las aguas del río. Finalmente, es el mar el que triunfa. Su magnitud y su fuerza resisten la invasión. En verano, por el contrario, el mar parece invitar a las aguas a que se le integren para formar un todo. Aguas claras, depuradas, que bajan con paciencia, como si se tratara de un paseo desde donde nacen hasta mezclarse con el mar.

Allí, a la vera del río, el general erigió su hogar, su refugio para descansar del trabajo y de la guerra, de los negocios y de la política, desde mucho antes de casarse. Dentro de la modestia innata de los pobladores de la región, la inmensa casa se yergue como un palacio en donde las comodidades están por todos lados. Todo está a la mano cuando se le necesita. Cerca, tanto, que los olores de la boñiga, de los pastos y de la leche que se ordeña en las madrugadas, llena las narices de los que en ella viven. Son olores inconfundibles, y para todos, mejores y más agradables que los aromas de los perfumes que vienen de París.

Entre la orilla del río y la casa, una especie de antejardín y árboles frutales, que de acuerdo con la temporada producen otros olores. Mangos de varios tipos, zapotes, níspolas, guamas, guamitas de río, papayas, guanábanas, etc. Ante la casa, que muestra su frente hacia el poblado, varios helechos. A un lado, el patio que conduce directamente a los corrales en donde se refugian las vacas y los terneros para las faenas de ordeño en la madrugada, así como las dependencias en las que se procesa el queso, el suero, la mantequilla; la cocina, los dormitorios de las muchachas del servicio doméstico, de los vaqueros y los que ordeñan. Al otro lado, el extenso jardín.

Mira al jardín para deleitarse con los colores de las flores y a la vez saturar los sentidos con los aromas que emanan del edénico lugar. Se le confunden en la nariz los efluvios de las caléndulas, margaritas, azucenas, claveles y clavellinas, crisantemos, tulipanes, begonias y otras plantas florales, ornamentales y medicinales que desde el día después de su boda, planta y cuida con dedicación y esmero. Además de la atención de los hijos, el jardín llena sus ratos libres.

Pero dentro de los aromas florales hay uno que es su predilecto y el cual sobresale entre los demás. De una manera sutil, el extraño aroma de la llamada flor de amor penetra en su cabeza. Es fuerte y delicado a un mismo tiempo y obliga a quien lo aspira a buscarlo en el aire en donde parece estar y no estar, porque llega a los sentidos y se pierde al instante, lo que exige, por lo agradable, explorar el entorno para localizarlo. El corpulento árbol, que exhala olor desde las raíces hasta la más alta de las ramas, lo plantó en uno de los extremos del jardín, opuesto al sitio que destinó para sentarse a ejecutar labores de bordado, tejido y costuras, localizado a un lado de la casa y bajo la sombra refrescante de la frondosidad de un samán. Allí, sentada sobre una mecedora momposina, cose, borda o teje sobre pañuelos, bufandas, servilletas, manteles, fundas, almohadas, tendidos, sobrecamas y, en fin, elabora una serie de trabajos manuales que la entretienen y alejan de los comadreos con las vecinas, las amigas o conocidas, que es la tarea normal de las mujeres que con ella forman la llamada clase alta o sociedad del poblado.

El penetrante aroma no la mortifica. Por el contrario, la eleva mentalmente y la aleja de la realidad de su entorno. Imagina que corre por una inmensa pradera tras algo invisible e inasible, pero lo busca tenazmente pese a tropezar en la imaginaria carrera con otros olores igualmente agradables. En las tardes en que sospecha que su esposo habrá de tomar la iniciativa para una noche de pasión, va al árbol, desprende un ramo y en la alcoba lo acaricia por largo rato y luego se lo soba cuidadosamente, casi con lascivia, por todo el cuerpo, pero con especial cuidado entre los senos, las posaderas, las entrepiernas y el monte de venus.

Su esposo, el General, demuestra gratitud durante los retozos previos o posteriores al acto sexual, oliéndola por todas partes. Es como si quisiera mantener en sus fosas nasales el olor de su hembra, el olor natural del cuerpo que lo mantiene enamorado, y tal vez, para establecer cuál el olor natural de la mujer enamorada y cuál el de la deliciosa fragancia de la flor de amor. Piensa ella que quien llamó por primera vez flor de amor a los racimos de hojas delgadas y alargadas, siempre verdes, que brotan del árbol, debió estar influido por Eros y Venus a un mismo tiempo. El amor es eso, pero por pudor no expresa sus sentimientos. Es una sensación de estar y no estar, de ser y no ser, de sentirse en un mismo instante elevándose al cielo y descendiendo a los infiernos. En el amor el goce y el sufrimiento se confunden, concluye. En ciertas ocasiones y como para variar, él, con sus propias manos, le frota con suavidad y por todo el cuerpo los finos perfumes que trae cuando regresa de largos viajes por el país. Ronronea como una gata feliz con el aroma de la flor de amor.

Se ríe de sus pensamientos y estima que si los hombres pudieran saber lo que piensa una mujer mientras cose, borda o teje, habrían asumido esas tareas hogareñas, y concluye que la satisfacción de sus noches de amor fue quizás la razón para construir el jardín y cuidarlo celosamente, como lo hace. En el jardín no se encuentra sobre el piso ni siquiera una hoja seca. La limpieza es total y desde las siete de la mañana, cuando ha desayunado y despedido a su esposo que sale a cumplir trámites, gestiones y contactos por negocios, política o guerra, inicia la tarea de inspección y limpieza. La tarea es agotadora y finaliza a eso de las diez de la mañana.

Recuerda los inicios del jardín, de su jardín, cuando llegó siendo casi una niña a la casa del General como su esposa. Pasó de la casa de sus padres a la de su esposo en compañía de la fiel Amaranta, una negra cuarentona, esbelta y con finos rasgos, ojos grandes y negros como su cuerpo, y una sonrisa que no se le borraba ni en los momentos más difíciles, para que la ayudara a emprender la nueva vida y le enseñara, si algo le faltaba por aprender, sobre el manejo y administración del hogar. Amaranta, como la mayoría de los esclavos, no sabía leer ni escribir, pero se podían contar los temas sobre los cuales no tenía algún conocimiento. Siempre estaba presta a dar la respuesta acertada, para informar, corregir, aconsejar, enseñar, incluso para atajar con una mirada cualquier frase inoportuna. Amaranta, prácticamente, había sido su progenitora, pero jamás pudo llamarla mamá, como lo deseaba y lo sentía, porque su madre habría sufrido un patatús. Amaranta nació y vivió esclava, y cuando el general José Hilario López, como presidente, emancipó a los esclavos, ella no supo enfrentar la vida en libertad, aduciendo que era más dura y compleja que la esclavitud.

La negra no sólo le enseñó a bordar, tejer, coser, cocinar y otras tareas hogareñas, sino que también le señaló el camino para convertirse en mujer. No encontraba explicaciones para que la negra, nacida y criada como esclava, iletrada, entendiera mucho más que su propia madre de asuntos de buena educación, relaciones personales, comportamiento social, y animándola, permanentemente, a leer y escribir, asegurándole que algún día la mujer valdría más por sus conocimientos. Cuando se mostraba remolona, recurría al subterfugio de que requería una información que solamente se encontraba en los libros y de manera indirecta la obligaba a tomar un tomo de la biblioteca de su padre. Amaranta, recuerda ahora, fue una mujer sencilla, natural, sin complicaciones. Quizás esos atributos le permitieron adquirir conocimientos, en tal proporción, como los ignoraba su propia madre, que frecuentemente se enredaba en lo que Amaranta calificaba como “cositerías”. Su madre todo lo complicaba y en sus manos lo simple se tornaba en complejo, mientras que la negra lo complejo lo volvía simple.

Evoca placentera y agradecidamente a la negra Amaranta, porque fueron sus consejos, sus acciones, todo lo que ahora sabe de cuestiones del corazón, del sexo, del amor, del hogar, de las relaciones con su esposo y con los futuros hijos, todo, absolutamente todo lo que la distingue como una excelente ama de casa, lo recibió de la negra esclava, mientras que de su madre apenas fingidos mimos en las muy contadas ocasiones que le dedicaba. Sin remilgos, sin hipocresías, cuando despuntó a la juventud, la fiel negra le indicó muchas cosas. En algún momento, mostrándole el pecho y el trasero, le informó que en esos lugares le saldrían unas protuberancias y con ellas las curvas insinuantes en el cuerpo. Fue Amaranta la que siguió el proceso, desde la más tierna niñez, de su crecimiento, y cuando la bañaba, le daba detalles de cómo se produce el fenómeno para pasar de niña a mujer, por qué y para qué. Fue también la negra esclava la que descubrió la aparición de la sombra de los vellos en sus intimidades. Su propia madre jamás la vio desnuda. Si bien es cierto que la parió, formó tal escándalo en el momento crucial, que se negó a verla durante cerca de quince días, resentida por los sufrimientos padecidos en el parto.

La primera vez que aceptó cargarla, ni siquiera intentó apartar los pañales que la cubrían para establecer si era niño o niña el fruto de su amor. Mientras que Amaranta sacrificó la alimentación de su propia hija, María Margarita, nacida meses atrás, y se la acomodó en el pecho y le extendió generosa los senos para amamantarla casi hasta los tres años. Ríe con los recuerdos y, como para quitársela, Amaranta se untaba jugo de limón, sal y, por último, hiel de vaca en los pezones, obligándola a dejarlos y a limitarse a los alimentos comunes.
Fue por Amaranta que pudo enterarse de la opinión que de ella tenían los jóvenes del poblado. Unos afirmaban estar enamorados mientras que otros esperaban que sus padres aceptaran solicitar su mano y formalizar el compromiso matrimonial. En el momento en que su padre le informó que había acordado con el General entregársela en matrimonio, no mostró ninguna sorpresa e instruida como estaba por la negra, manifestó su decisión de acatar la voluntad de sus progenitores.

El General era el mejor partido en el poblado y muchas de sus amigas, también casaderas, cuando sostenían charlas en el atrio del templo, antes y después de las misas, le habían expresado sus anhelos de ser escogidas por él. El militar rayaba los cuarenta años, de buen porte, de su cuerpo brotaba espontánea la estampa del hombre decidido, valiente, acostumbrado a hacerse obedecer. Su rostro, no obstante, a la rudeza que imponía en el trato, se mostraba impasible, más bien agradable. En las tertulias con sus amigos no escondía una vena humorística que le era innata y reía francamente ante las anécdotas y los chistes y se complacía en narrar los que había recopilado en sus largos recorridos durante la guerra, en la que permaneció más tiempo que muchos de sus contemporáneos y copartidarios.

Ella lo conocía solamente de vista. Una semana después del anuncio paterno, el General visitó su hogar. Apenas sí le dirigió una ligera mirada y se sentó, por escasos quince minutos, alejado de ella, dedicándole toda la atención a la charla corta e insustancial con su padre, para un poco más tarde fijar la fecha del matrimonio. Fue también Amaranta la encargada de explicarle cuando corrió a encerrarse en la alcoba, para que no la vieran llorar por la desilusión que sentía en el instante al pensar que el General no la quería y se consideraba vendida por su padre como una novilla o una vaca en el corral. No entendía cómo un hombre que se decía enamorado y que pedía su mano, al mismo tiempo la ignorara o la omitiera en un diálogo, como si se tratara de algo de poca monta o indigna e incapaz de sostener una charla formal. La fiel negra la puso al tanto del comportamiento de esos tiempos, en los que los padres se encargaban de determinar las condiciones de los novios para sus hijas, ignorándolas o haciéndolo adrede, y sin averiguar si ellas tenían o no otras metas. Ocurría igual con las visitas de noviazgo, en las que los interesados parecían convidados de piedra. Si el General en verdad está enamorado, le aseguró Amaranta, acortará el noviazgo y fijará para cuanto antes la fecha de la boda, como efectivamente ocurrió.

Griselda pasa de un recuerdo a otro, a veces sin relación alguna entre ellos. Es por lo que la bola de hilo avanza en momentos a toda velocidad y las más con una lentitud desesperante. Es que sus manos se mueven conforme a los pensamientos. Ora con el placer de la lentitud para saborear cada evocación como si fuera un delicado y delicioso manjar, otras con prisa para encadenar sensaciones, y algunas con desesperación, con dolor, con angustias, con ira, deseando no repetir, ni siquiera mentalmente, sus sufrimientos.

Sin quererlo retrata en la mente la ocasión en que su esposo llevó a la casa al nuevo comandante de la policía, para brindarle un almuerzo de bienvenida y congratulaciones. Sostuvo con dificultad la mirada, intensa y provocativa, del joven oficial. Alto, fornido, de tez blanca, ojos en los que se confunden el azul del cielo con el verde del mar, enmarcados por pestañas y cejas negras y pobladas, cabellera abundante sobre la que se encasqueta un quepis verde oliva acabado de salir de las manos del sastre, el impecablemente terso y ceñido uniforme del mismo color que, como un dibujo en realce, destaca las líneas atléticas del cuerpo; el brillo de los zapatos y las relucientes polainas negras en que se refleja el entorno como en un espejo, el sable con empuñadura de plata flamígera, deslumbrante, y la voz.

El tono de voz que pasados los años aún repiquetea en sus oídos. Clara, precisa, alta, fuerte, con un dejo de ensoñación, agradable y llamativa cuando se dirige dulzona a oídos femeninos, dominantes y ásperos para los hombres. Pero, ante todo, recuerda, su mirada. Penetrante, indagadora, irresistible. Horadaba el cráneo buscando respuestas o para dejar grabado en el cerebro la intensidad de sus apetencias. Esa mirada dejó en sus profundidades un algo indefinible pero inolvidable. No fue amor sino deseo. No fue insinuación sino una orden.

Supo, desde que lo vio, que nada ni nadie habría de impedirle, si lo apetecía, llegar a cobijarse entre los fornidos brazos del comandante. Si Amaranta le recomendó no expresar totalmente los deseos, ni los conocimientos ni las satisfacciones sexuales, “porque una mujer honesta no puede asimilarse a una puta”, desde que lo vio erguido militarmente en su presencia, desde que le tomó la mano para saludarla dejándole en los intersticios palmares el requerimiento sexual, se dijo que no habría impedimentos ni limitaciones, si así debía ocurrir, para entregársele.

Conocía hasta el más insignificante requisito de comportamiento social, así como la hipocresía de muchas de las mujeres que integraban el grupo elitista del poblado. Con sigilo sacaba de la biblioteca de su padre, primero, y después de casada, de la de su esposo, obras literarias que hablaban de hechos y circunstancias hogareñas o personales, pero de manera concreta, de líos amorosos. De esta manera había concluido que no todo desliz conyugal es una infidelidad y que de la misma manera en que el hombre se deleita en otras camas y otros cuerpos sin aparecer ante la sociedad como un corrompido, las mujeres también pueden hacerlo. Otra cosa es el sistema imperante, en el que la mujer es prácticamente una esclava del hogar, destinada únicamente a entregar sus intimidades, concebir y parir, sin necesidad de pensar porque sus opiniones valen menos que un cero a la izquierda. Desde los tiempos bíblicos, o mucho antes, la mujer había permanecido sojuzgada por el hombre. No representaba nada y, por ende, no valía nada. Desde esos remotos orígenes, la mujer fue dedicada al “hogar” para satisfacer los instintos y requerimientos sexuales de sus compañeros de clan.

Sí que conocía la hipocresía de varias de sus amigas, que ante el grupo elitista del poblado aparecían como damas distinguidas, esposas fidelísimas y madres amantísimas, pero que ocasionalmente incurrían en el adulterio. Los rumores se iniciaban en los conciliábulos del servicio doméstico y se comprobaban en los mismos. Su fiel Amaranta, sin llegar al comadreo ni al chisme, lo hacía sólo cuando no había manera de contradecirle y por su petición directa y a veces hasta amenazante, le suministraba las informaciones.

En imitación del acontecer elitista tanto de la capital de la Provincia como del Estado, así como un preámbulo de lo que después se llamó club social, en el poblado se instituyó la práctica de reuniones exclusivas y excluyentes, que tanto su esposo como cuatro de los extranjeros residentes en la localidad, decidían quiénes podían ingresar al cerrado círculo. Desde las primeras reuniones realizadas en las cuatro mejores residencias de los que ya se llamaban socios, las mujeres mostraron un placer agradable en los rumores y las consejas. Griselda sabía que era uno de los blancos de los cotilleos, por cuanto sus compañeras no le perdonaban que las marginara para preferir los bordados y los tejidos. En la siguiente reunión comprobó que, el tema principal no era otro que el nuevo comandante de la policía, de quien se afirmaba que, en pocos días, y como un vendaval, había causado estragos en los corazones femeninos. La belleza, porque era indudablemente hermoso, la altivez de sus ademanes, calaron profundamente en las mujeres.

Alrededor de un año antes de la llegada del comandante, murió Amaranta, su gran consejera, su segunda madre, la que la acompañó desde el momento de nacer hasta ayudarla a criar sus primeros hijos, tal como si se tratara de una abuela. La negra sacó a flote todo el cansancio de su larga y ajetreada existencia, se mermó físicamente en un corto tiempo, para finalmente bajar a la tumba en medio del dolor general. En la ceremonia fúnebre dedujo que Amaranta fue más, mucho más, que su compañera. El dolor general manifestado en llanto incontenible, se la mostró entonces en su condición de líder, ya que había sido no solamente eso sino como una especie de segunda madre para sus hermanos de raza y de clase, que la convocaban para solucionar problemas de toda índole. Comprobar el valor de Amaranta, aún en medio del dolor por su desaparición, la llenó de orgullo: Quien había sido en la práctica su progenitora, trascendía más allá del reducido entorno de la casa del General. Para llenar el gran vacío que dejaba en su vida hogareña la partida irremediable de su fiel Amaranta, no encontró otra más adecuada que la hija única de aquella, María Margarita, a quien tenía como una hermana, ya que libaron el sustento infantil de la misma fuente. Entre ella y María Margarita, mediaban pocos meses de diferencia, siendo la negra la mayor de ambas.

Otra cuestión que la impulsó a escogerla fue la de que la negra aprendió junto a ella a leer y escribir. María Margarita, desde el día en que Griselda inició estudios, se le puso al lado hasta que cumplieron los quince años y ella se casó con el General. Los ajetreos de administrar el hogar, los embarazos, los partos y la crianza de sus hijos la alejaron de los libros y la negra se encargaba, desde las seis de la tarde hasta las ocho de la noche, cuando el General no estaba en casa, de ser su lectora de cabecera. María Margarita recibía la encomienda con mucha satisfacción, por cuanto en el proceso de escoger la lectura, revisaba de uno a otro lado la biblioteca del General, convirtiéndose así en la única de las mujeres del servicio doméstico en el poblado, que acumulaba conocimientos de toda clase y con una capacidad de análisis admirable. Griselda, en el plano elitista, se encontraba por encima de las esposas de los demás personajes del poblado, en los aspectos de instrucción y educación, pero, y ello podía palparse, María Margarita la superaba.



                                                           II

El General maldijo interiormente la decisión de invitar al nuevo comandante de la policía para brindarle un almuerzo en su residencia, al sorprender en los ojos de Griselda un imperceptible rayo de luz, que pareció dejarla con la mirada vacía. No hubo otro detalle, pero conocía suficientemente a su esposa y dedujo que, en lo más recóndito de ella, el joven oficial la había sorprendido gratamente, sólo que, la educación hogareña y la instrucción recibida, le facilitaban esconder ante los demás sus sentimientos, manteniéndose como la mujer casta, pudorosa, correcta y honesta que todos conocían.
Si el paso de los años y la dura brega tanto en los campos de batalla como de sus otras actividades de negocio, le dieron a su cuerpo y a su rostro maltrato físico y anímico, su esposa, por el contrario, como los buenos vinos, enriquecía sus dotes con el paso del tiempo. La llevó al altar en la edad en que una fémina es a un mismo tiempo niña y mujer. Niña, porque apenas despunta a la pubertad. Mujer, porque comienza a abandonar la niñez. Pero la preparación hogareña, académica, los conocimientos que suministra la vida en su discurrir, su comportamiento, le abrieron camino en los círculos elitistas que frecuentaban, tanto en el poblado como en las ciudades a las que en ocasiones viajaban juntos. No se quejaba. Se enorgullecía, sí, de tener una esposa que no desentonaba en ningún lugar. El trato sencillo y agradable le atrajo la buena voluntad de los interlocutores. Para quien había sido un hombre de armas, que subió la escala militar hasta llegar al último peldaño como héroe de la guerra que acababa de terminar, poseer un tesoro como lo era su esposa, constituía la más valiosa medalla y el más gratificante premio recibido.
Entre ambos mediaba la diferencia de un cuarto de siglo de edad, y si su vida transcurrió más en los cuarteles en roce permanente con soldados y muy poco con las damas, sus estudios y sus viajes por el mundo le entregaron a cambio un acervo de conocimientos que le permitían medir a las mujeres a primera vista. Por conocerla tanto notó lo que los demás no alcanzaron ni siquiera a sospechar. No fue un relámpago de celos porque confiaba plenamente en ella.
Siguió con detenimiento el crecimiento de Griselda, desde la más tierna infancia hasta que despuntó la bella mujer que habría de ser. Como un Argos, mantuvo sobre ella cien ojos que la seguían a todas partes y de allí su convencimiento de que no hubo antes de él ninguna pretensión masculina. La férrea disciplina del padre de Griselda impidió que se contactara con potenciales pretendientes, por cuanto prevalecía en él el sentido de la dignidad sobre sí y sobre los suyos, y su hija no perdería, por un descuido, la majestad del recato, del pudor y el buen nombre que se erigían como símbolos familiares. Las costumbres de la época no obligaban a educar a la mujer, y en su mayoría las familias prestantes de los pueblos omitían ese aspecto y en las demás clases sociales ni siquiera se pensaba en esa posibilidad, en el marco de la misma residencia Griselda fue educada bajo las más severas restricciones hasta convertirla, siendo aún una niña, en una mujer dotada de conocimientos y experiencias que solamente daban la dedicación y la larga vida. Todos los detalles, como si se tratara de una mujer destinada a otros menesteres diferentes a los de manejar un hogar, le fueron entregados por consagrados maestros. La capacidad de captación de Griselda, y por añadidura de María Margarita, alentaron a los educadores a suministrarles a las dos niñas más de lo que normalmente solía hacerse.

No sorprendió al General la fogosidad, la ardentía y el apasionamiento sexual de Griselda. Su esposa, desde antes de la primera experiencia, estaba informada de cómo y cuánto dar en la cama, seguramente por instrucciones de la negra Amaranta, que fue, como se afirmaba en el poblado, “su madre de leche”. La virginidad encontrada lo reafirmaba en ello, además de saber que algunas mujeres parecen dotadas por la naturaleza para ser competentes en el matrimonio.

En las siguientes reuniones sociales observó en los ojos de las esposas e hijas de sus amigos, algo más que el rayo en la mirada de Griselda. Parecía una tempestad eléctrica y abiertamente mostraban la imprudencia, lanzándose al coqueteo descarado y peligroso. Como hombre habituado al trato con hombres de todas las condiciones, de todos los climas, de todas las edades y caracteres, no podía negar que el joven oficial poseía un porte admirable y elegante y una especie de atractivo. “El comandante sobresale entre sus congéneres y es de lógica que su modo de ser y sus actuaciones lo hagan aparecer como un imán que atrae mujeres”, se dice así mismo.

Con ocasión del combate en su propio terruño, que los liberales conquistaron a sangre y fuego como para premiar a quien, por su bravura, sus pensamientos y propuestas sociales presidía a su partido, el general Rafael Uribe Uribe, que recorría la región dándole ánimos a sus huestes, los conservadores del poblado crearon una horripilante leyenda en torno a uno de los oficiales liberales, quizás por el temor, y afirmaban que estaba poseído por el diablo. El general sabía que eso no tenía nada de cierto y que no se trataba más que de una fábula tejida en la mente de gentes ingenuas e ignorantes que allí vivían, por cuanto el famoso Capitán liberal no había hecho otra cosa que pelear con valor. Posiblemente a él, los liberales, también lo presentarían como una figura de terror por sus actuaciones en las batallas.

“El miedo tiene varias fases y centros de localización”, señalaba ante sus soldados en los períodos de instrucción, ocasionales por cierto porque se aprovechaba el momento previo a la batalla para ello. Se encontraba aún en los tiempos del enfrentamiento cuerpo a cuerpo entre los ejércitos en lucha y las armas de fuego no alcanzaban el perfeccionamiento de medio siglo más adelante. Como la guerra se limitaba a los habitantes de un mismo país por cuestiones sin importancia, la munición para las armas de fuego era escasa. Se disparaba una o dos veces y de allí en adelante, se atacaba o se esperaba al enemigo con el yatagán, el sable, la espada, la lanza o cualquier objeto contundente. El arma usual y terrible fue el machete que, en momentos de violentas embestidas, no daba tiempo a calcular daños. Matar o morir, la consigna de todos. Los mensajes de los jefes de los ejércitos buscaban introducir un algo de valor en la mente de los soldados y la confianza de que el jefe se encontraba en las mismas condiciones y con los mismos bríos o el mismo miedo.

Por eso el General sabe qué es el miedo y dónde se localiza en la humanidad del hombre en batalla. “Hay un miedo que se concentra en el estómago y produce vómitos y diarrea, pero permite que el soldado enfrente al enemigo así sea cagado”, gritaba. “Otra clase de miedo, el peor de los miedos, se queda en la cabeza del soldado. Se le olvida todo lo que no sea la pelea en la que se encuentra y se llega a la osadía. Vivo o muerto, ese miedo arroja sobre el soldado la fama de que es un hombre bravo, valiente, tenaz y osado. Eso lo dicen los cobardes que se quedan en sus casas a esperar los resultados”. Después de reír a carcajadas, el General agregaba: “El mejor de los miedos es el que se introduce en los talones, porque el soldado piensa que es mejor que digan aquí corrió y no aquí murió. Pero de mis soldados, el que salga corriendo del campo de pelea, no dude que recibirá un tiro en la espalda. Los cobardes mueren así”. Lo común era que, en medio de las risas, todos pensaran que no habría duda de que quien saliera corriendo moriría como un perro.

Sin embargo, el temor al oficial liberal fue calificado como extraño, si se le miraba con el ojo de los conservadores que vivían en el poblado. En su generalidad, porque los letrados constituían un grupo minúsculo, los moradores eran analfabetos y si militaban en uno u otro partido no era por convicción sino simplemente por compadrazgo, por agradecimiento o por tradición familiar. Se nacía, se vivía y se moría como militante del conservatismo o del liberalismo, sin analizar ninguna otra circunstancia. El día de la reconquista conservadora, el “Chino” Vera fue abatido en medio de una lucha feroz y su cuerpo quedó tendido en la calle. La contienda se encontraba en pleno furor y el continuo traquetear de los fusiles, escopetas y tiros de mortero ensordecía el ambiente, cuando las llamas hicieron presa de varias casas, en su mayoría de bahareque y techos de palma. La saña de la lucha hace pensar que, destruyendo el cuerpo del enemigo muerto, y si es oficial con mayor razón, obliga a sus compañeros a retirarse del campo de batalla. Los conservadores, sin tener en cuenta el gran valor demostrado por el capitán liberal, tomaron el cuerpo y lo arrojaron a las llamas y quizás por el efecto de éstas el cadáver se contorsionó en dos ocasiones, como si tratara de levantarse, y los testigos, los mismos que lo lanzaron y esperaban verlo convertido en cenizas, corrieron despavoridos pensando que volvía a la vida y por tanto al combate. Fue necesario, recordaba el general, luchar contra los liberales y simultáneamente contra la ingenuidad de sus propios hombres, que faltó poco para que abandonaran el combate huyéndole al diablo mismo.

En medio de las meditaciones, recordó los atributos de elegancia, de buena presentación del joven comandante de la policía y concluyó que debió enfrentarse, en su corta vida, al dilema de ser mujeriego, asediado constante y visiblemente por las féminas, o ser homosexual. No dudaba que el joven oficial había sido víctima del acoso de los hombres, pero que ahora que ostentaba el grado policial y portaba un arma de fuego, frenaba a los de gusto torcido. Se encuentra, pensó, en esa etapa en que el hombre apenas despunta a la adultez, época difícil en que se experimentan raras sensaciones y muchos sinsabores para ratificar las cualidades varoniles. Pero sea joven inmaduro o adulto, no volverá a pisar mi casa, decidió.

Evoca las máximas de su maestro que en esto del amor y de la atracción sexual acumulaba grandes conocimientos: “El amor entre personas jóvenes es asunto en el que no interviene el corazón”. Y las inquietudes de las mujeres jóvenes del poblado se lo demostraban ahora.

 La sensación de peligro que recorrió su cuerpo, la había experimentado dos veces antes y en ambas fue una premonición que le salvó la vida. La primera, cuando el general Milcíades Rodríguez le encomendó la dirección de una fracción de las fuerzas que reconquistaron su poblado, tomado días antes por el ejército liberal. En ese combate debió enfrentarse al Capitán Manuel Vera, llamado “El Chino”, ante el cual fue la intuición el escudo que le salvó del ataque furioso de las huestes contrarias. La segunda, durante el combate de Toluviejo, en el que la señal de peligro prácticamente le obligó a abandonar el sitio que le encomendaron y trasladarse con sus hombres a otro lugar cercano, pero con mayores y mejores condiciones para el desarrollo de la pelea. No bien terminaron el cambio cuando uno de los jefes liberales, el General Plácido Camacho, ordenó el bombardeo al lugar en que supuso estaba el enemigo, pero no se produjo ni siquiera un herido y fue factor fundamental el traslado para la victoria conservadora.


Volvieron a su memoria los nombres de los bravos oficiales que se le enfrentaron durante la guerra fratricida que por un lapso de tres años asoló el país. Tiempos de hombres de valor defendiendo principios doctrinales que se confundían en sus inicios por ser muy similares. Solamente los colores de las banderas separaban a los hermanos. Mientras los liberales enarbolaban el pendón rojo, él y sus copartidarios batían el azul. En cierta forma, pensaba, la confrontación bélica había servido para comprobar muchas de las cualidades de los hombres de su país. La primera y más importante, y por la que tal vez se logró independizar a la patria del yugo español, la seguridad de pensamiento y de metas a conseguir. Luego venían otras, como la de levantar nuevas generaciones criadas sobre las leyes del azar y de la guerra, adaptadas a lo imprevisto, acostumbradas a lo inesperado. Nada estaba seguro para ellas y habrían de luchar para obtener lo que anhelaban. Y cuando un país tiene hombres de esta índole, de estas cualidades, pensó, el futuro será indudablemente incierto, pero más a la mano, más accesible. Ellos, por su parte, liberales y conservadores, habían demostrado hasta el momento, que amaban a sus ejércitos. A ello se atribuía el que no hubiera vencedores ni vencidos.

Son los primeros días de abril y la lluvia se precipita casi constantemente sobre el hermoso valle. Trata de entretener sus preocupaciones mirando desde donde se encuentra sentado hacia la calle, para a través de la claridad solar observar cómo caen diminutas gotas de lluvia. El viejo guerrero otra vez se maldice a sí mismo y a su decisión de invitar al nuevo comandante de la policía para brindarle un almuerzo y nuevamente recuerda ese rayo de luz en los ojos de su esposa.

Griselda poseía, a sus treinta años, una belleza provocativa. Embelleció físicamente, como la belleza que se produce en los campos del Caragaví en los días finales del verano. Sabe que la belleza de su esposa turba a los hombres. Es un tipo de belleza que se apodera de la mujer que ya no tiene hijos y cuyas obligaciones se diluyen en otras cosas, por lo que dirige su fuerza interior a embellecerse a sí misma y al entorno. Esto la excita a obtener de nuevo el reconocimiento de su pareja, del hombre que ama. ¡Qué peligro! se afirma mentalmente el General. “El joven comandante no esperaba encontrar en mi casa ni en el Caragabi, una mujer atrayente como mi esposa. Quizás fueron sus ojos los que me alertaron y no los de ella”, remata sus cavilaciones.

Pese a lo visto, el General sonríe agradablemente. Quiere mostrar su satisfacción por la visita del teniente, aun cuando le taladre el cerebro el gusano de los celos. Observa cómo el joven oficial mira a Griselda, igual como los hombres inmorales miran a las mujeres bonitas. Aparenta interés en la charla con los invitados al agasajo que se le ofrece, que quizás es lo que menos le importa. Respecto a su esposa, piensa que lo primero que vio, una especie de rayo, está ahora representado en un brillo muy especial en sus ojos, tan especial que no es percibido por los demás. Estima, ¿producto de los celos? que con esa mirada Griselda se dice que puede salvar todos los obstáculos, pasar por encima de los inconvenientes.


III

Amado Vicentini llega al poblado en los primeros días de febrero de 1917. Ignora de qué manera habrá de transcurrir su vida desde ese momento. Mientras en su mente se agitan todas las posibilidades de imponer las ideas y doctrinas socialistas, nada le habla de romance conyugal. Su obsesión no le permite que el amor lo haga su blanco. El ambiente en el que se levanta, el clima que lo rodea en su etapa de juventud es influencia suficiente para desdeñar el idilio más allá de lo estrictamente necesario para distraer el cuerpo y los requerimientos naturales. No hay tiempo para el romance con menoscabo de los sentimientos políticos. Por otro lado, las mujeres del Caragaví no le seducen. Son de un tipo, de unos sentimientos y de una ingenuidad que las diferencia y aleja de las mujeres de su propio país y, generalmente, de las mujeres de Europa. Analfabetas en su mayoría, ingenuas, sencillas. La humildad es la principal de sus características y considera que le será difícil pero no imposible contar con ellas para revolucionar la zona.

Abandonó Italia, su país, a principios de la década de 1900, con una idea obsesiva: extender el socialismo en otro lugar del mundo que no sea su país ni Europa, y se dirige al norte de todo anhelo de la época, que no es otro que los Estados Unidos de América. En Italia, en Alemania y en Inglaterra, como lo comprueba, no se habla de otra cosa que de las teorías de Karl Marx y el apoyo que recibe de Federico Engels, quien por pocos pesos extrae de la mente del alemán todo lo que signifique una variación de la política dominante en el mundo.

Desde Inglaterra, en donde se edita El Capital, de Marx, del que un periódico de la época se pregunta: “¿cuántos obreros habrá en el mundo que tengan la instrucción suficiente para leer siquiera la primera página?”, la Asociación Obrera Internacional lucha a brazo partido por las reivindicaciones por las que claman los sindicalistas y libres pensadores que, entre otras cosas, además de cambios, piden el sufragio femenino.

Conforme a lo que escucha en los mítines obreros, en las conferencias de los libres pensadores y lo que lee en los manifiestos que claman por el cambio, por la eliminación de las monarquías y el establecimiento de gobiernos populares, su papel, su participación y su fuerza de hombre joven, deben estar al servicio de los movimientos que tales cambios procuran. Los socialistas, como lo ha podido detectar en el sentimiento de la mayoría de los jóvenes, se califican así mismos como “zarrapastrosos”, a los que no hay mujer que los soporte. Por eso las mujeres de su país y de los diferentes lugares que comienza a conocer, le son indiferentes. Quizás en un futuro no lejano, luego del triunfo de las nuevas ideas, pueda ponerse a pensar en un hogar y en seleccionar a una mujer con la cual edificarlo y levantar unos hijos. Ahora no, porque sus hijos no deben ser esclavos ni carne de cañón para las castas dominantes. Atarse a un hogar abortaría sus anhelos de ser socialista, revolucionario y heroico pionero de la izquierda, por lo que se dirige al Nuevo 
Mundo. Sabe que en el fondo es egoísta, porque todo aquel que no es romántico incurre en esa falta, pero no puede dedicarle tiempo a estas cosas y por esa razón, desde que abandona Italia, sus contactos con las féminas no pasan de un encuentro sexual ocasional y prefiere instruirlas en la necesidad de adquirir una conciencia sobre el deber y el poder de sufragar para decidir en el mundo de la política de cada pueblo, tal como lo pregonan y lo buscan las secciones femeninas de todos los partidos libre pensadores del viejo Continente.

Es el año que, en Europa, en los escaparates de las tiendas de ropa, se muestran a precios módicos pecheras de colores, que debajo de los sacos remplazan las camisas y disimulan su falta, porque una camisa vale demasiado dinero. Angustias, conflictos callejeros, detención selectiva de quienes son considerados enemigos de los gobiernos de cada país; detenciones colectivas como corolario de manifestaciones de protesta; carencias, torturas en los cuarteles y las cárceles, excesos de los gobernantes, represión ilimitada, huelgas, paros, pobreza y guerra.
Es el panorama que deja atrás el inmigrante al iniciar un peregrinaje por el mundo, en la búsqueda de un oasis en medio de la anarquía, o tal vez para sembrarla en nombre de la Internacional Socialista, que pese al caos en que se debate el viejo Continente, pretende llevar la llama de la revolución a todos los confines de la tierra.

Con excepción de la nacionalidad, que no puede esconder por su configuración facial y corporal ni por el acento de sus palabras, nada se sabe en torno de Amado Vicentini, menos aún los propósitos de su deambular por distintos países. Emigra de Italia en los momentos en que hasta los príncipes de las monarquías dominantes urden tramas y ejecutan con sus propias manos a los que consideran que perjudican o trastornan sus planes, o que se levantan como amenaza para la estabilidad de los sistemas políticos que los han sostenido por centurias. Es el tiempo en que el príncipe Félix Yusupof, tan inepto como las principales figuras de las casas reales, especialmente la rusa, recurre a una cachiporra de duro caucho para triturar el cráneo de Gregorio Efimovitch, luego de que tres vasos de vino con arsénico, un balazo en el corazón y otros más en distintas partes vitales del cuerpo no le producen la muerte. Pero la muerte de Rasputín no aclara ni soluciona la grave situación de la Rusia zarista. Ni siquiera con el fusilamiento de los grandes acaparadores de alimentos se contiene la protesta ciudadana, el desorden social, el clamor de los que mueren de hambre, hasta desembocar en la inevitable revolución de octubre.

Es el año de 1917, el tercero de una conflagración mundial, el año en que se forman y fortalecen los espíritus de los hombres que tendrán papel significativo en el Siglo XX. El mismo año en que el Papa Benedicto XV eleva a Eugenio Pacelli a la dignidad de Cardenal y lo designa como Nuncio Papal en Baviera, con sede en Munich, de donde, más tarde, pasa a cumplir las mismas funciones en la Primera Nunciatura de Berlín. Es Pacelli el futuro Papa Pío XII, acusado por su papel pasivo e indiferente ante las masacres de judíos por parte de los nazis, supuestamente por estar ocupado en ayudar a las víctimas de la guerra, no judíos. Pero pocos recuerdan que el hermano y los sobrinos, Francesco, el Príncipe Carlo, Marcantonio y Guilio, son los propietarios de una fábrica de armamentos y forman parte, a su vez, de las roscas vaticanas y en determinado momento, escogidos para negociar con los gobiernos de Hitler y Mussolini. Pacelli, desde mucho antes de sentarse en la silla de San Pedro, ya había montado el más grande nepotismo que registra la historia de la iglesia católica en los últimos siglos. Es también el mismo año en que inmediatamente se produce la revolución de octubre, Stalin se va al frente sur, concretamente a Caricyn, para participar en nombre del bolchevismo en la lucha de los belogardistas. El mismo año en que Ángelo Roncalli es enviado al frente de batalla como Sargento de Sanidad y permanece en los hospitales de Bérgamo, dándole ayuda a los cientos de miles de heridos, experiencia que le servirá cuando se convierta en Juan XXIII, el llamado Papa Bueno. Benito Mussolini, el futuro “Duce” del fascismo italiano, convalece de las heridas sufridas en el frente de batalla, permitiéndole reemprender el trabajo de director de su propio periódico, “IL Popolo d’Italia”. Adolfo Hitler cumple, voluntariamente, el papel de mensajero en el ejército alemán, con tanto valor, que es condecorado en dos ocasiones con la máxima distinción. Joseph Brozz, el posterior Mariscal Tito, huye de un campo de concentración en Siberia y se une a Lenin, Trotsky, Molotov, Jruschov, Borosilov y otros, en el levantamiento bolchevique. Mao Tse Tung apenas entra a la Sociedad para el Estudio del Nuevo Pueblo, donde inicia su fulgurante carrera militar y política. Pero son solo nombres y hechos intrascendentes para los que residen en un remoto e ignorado poblado levantado en la ribera derecha de un río llamado Caragaví. La guerra no es importante para quienes lo habitan y muy pocos de ellos, quizás los italianos, los franceses y uno que otro norteamericano o inglés, llegados con la intención de explotar el fértil valle, sabe que en otros lugares del planeta hay un conflicto bélico de inmensas proporciones. No se escuchan los fragores de las batallas, el retumbar de los cañones, el estallido de las bombas y las granadas o los lamentos de los heridos ni los alaridos de los que mueren en las trincheras. Es una comunidad pequeña y tranquila en la que nadie tiene prisa y el único afanado, en épocas de invierno, es el río que baja con sus aguas ocres, caudalosas y raudas. En el verano se compagina con las gentes y se muestra apacible, cansado, gozando tal vez de su cristalina condición, como si quisiera detenerse mansamente y formando remansos al pie de los guamos, los tamarindos, las ceibas, los campanos y los otros árboles corpulentos que desde las orillas resisten el embate de su corriente. Son remansos en los que el pescador tira el anzuelo, se coloca el sombrero “vueltiao” sobre el rostro y espera que los bagres, las cachamas y los barbudos se dignen agarrar la carnada, mientras, indiferente, acostado sobre las raíces de los árboles, ronca plácidamente.

Se trata de gentes que madrugan a sembrar el maíz, el arroz, el plátano, el ñame, la yuca y los demás productos de pan coger; ordeñar la vaca, abrevar los terneros y agruparlos en las tardes para retornarlos a los corrales. Algunos pocos se introducen en las montañas para recoger el látex que aún produce dinero o descubrir los sembríos naturales de ipecacuana, a la que llaman raicilla, para trocarla, a buen precio, con los comerciantes que llegan de Cartagena. Si medio siglo antes, el general José Hilario López, en su condición de presidente de la República, abolió la esclavitud, la noticia no les ha llegado. Los “amos”, los “blancos”, los “musiú”, son los que viajan a las capitales de la Provincia, del Estado o del país, y como igualmente son los que saben leer, se cuidan de dar informaciones sobre lo que podría alebrestar a sus peonadas, que trabajan en similares condiciones que las de los esclavos. Los intrincados requisitos de la manumisión y la carencia de dinero del gobierno central, convirtió la abolición en letra muerta. Hasta el Libertador engañó a los negros, que en la gesta emancipadora tomaron las armas y pelearon como los más valientes para ganar la libertad que luego les fue negada. Pero esas son inquietudes de otras latitudes, porque en el poblado, cual más cual menos, rico o pobre, blanco, indio o negro, tiene para comer y vivir. Cuando no hay requerimientos alimenticios la protesta ciudadana no tiene justificación. El poblado al que llega Amado Vicentini, si bien no constituye una réplica de jauja, mentalmente sus habitantes sí se consideran en esa condición.

Los potentados del poblado y de la región alcanzaron a comprender, primero que, en otras zonas del país, el problema que representaba dejar libres a los negros. Si bien es cierto que en el Caragaví la esclavitud podía considerarse muy poca, casi inexistente, los que tenían esclavos a su servicio, con la tolerancia de los mismos agentes del gobierno, aparecieron como filántropos, humanistas y compasivos en grado sumo, cuando asimilaron a los negros esclavos como miembros de sus propias familias, en la calidad de adoptados. Así cumplían la ley, pero no perdían los beneficios. Al campesino, igualmente, se le incluyó en la lista de miembros de la familia del patrón. Décadas anteriores los censos dispuestos por las autoridades de Cartagena, sólo recalcaban el “vicio” de los esclavos y de los campesinos, de ingerir bebidas embriagantes. En muchos casos se denunció que a los campesinos se les pagaba en especies y a los esclavos se les otorgaban limosnas, pero aquellos y éstas estaban, en gran proporción, representadas en licor. La lejana autoridad no podía o no quería adelantar las investigaciones ante las denuncias que al respecto se le presentaban, y venían a ser entonces esclavos y campesinos viciosos cuya dependencia alcohólica había sido creada, auspiciada y fomentada por sus amos, y tolerada con su indiferencia por el gobierno.

La población negra en el poblado era de mínimas proporciones. La inexistencia de minas que pudieran explotarse con intensidad y por largo tiempo, y la inmigración de los oriundos de las sabanas, hacía innecesario recurrir al esclavismo para el desarrollo de tareas a las que los sabaneros se encontraban habituados. Ellos habían descuajado los Montes de María, la Sierra Flor, la depresión momposina, la zona costera, La Mojana y los bajos del Cauca y del San Jorge y, por lo tanto, se les consideraba mano de obra de primera calidad. A eso se debía la escasa población esclava. Las mujeres negras, por ejemplo, se dedicaban a “madres de leche”, lavanderas, planchadoras, cocineras, encargadas de vigilar a los niños desde que nacían. Los hijos varones de los potentados, estimulados por sus propios padres, saltaban de sus camas a las trojas de las negras para reclamar el derecho a la pernada y experimentar, sin discriminación alguna, las primeras relaciones sexuales.
Esa singular forma de enrolar a los negros evitó que en el Caragabi se crearan grupos de cimarrones y palenques. Los más cercanos fueron establecidos en Uré, región del San Jorge, y Torobé, a la orilla del Golfo de Morrosquillo. Lo que no aparece en los archivos es la realidad. Ningún funcionario de las localidades censadas, especialmente en la región bañada por el Caragabi, denuncia que el hecho de enrolar a los esclavos en las familias de los amos no tuvo nada de filantropía ni compasión. No fue más que una manera de evitar los reclamos de los negros primero y de los campesinos después, del resarcimiento monetario que sus agotadoras jornadas de trabajo debían retribuirles. Los negros, en gran número, adoptaron el apellido de sus patronos, mientras que los campesinos fueron engañados con las figuras del compadrazgo y el padrinaje, a tal punto que los potentados, con el paso del tiempo, perdían la cuenta de los cientos de ahijados y compadres que tenían.

A la par que la sangre baña las tierras de la vieja Europa, Vicentini deambula por los Estados Unidos, Méjico, Cuba, Centro América, y finalmente llega al país y se afinca por una temporada en Barranquilla, donde ejerce una serie de oficios. Pasa de simple estibador en los muelles a operario de máquinas en las hilanderías locales, que lo distinguen al considerar que su estampa de humildad esconde en labores intrascendentes su verdadera capacidad intelectual y su preparación en la ejecución de labores técnicas especializadas y de alto nivel profesional. El italiano es, indudablemente, un hombre inteligente. En la Arenosa detectó la primacía obrera. A una menor escala, allí se cumple el mismo proceso obrero de los grandes puertos del mundo, pero en el país, María Cano, llamada “La Flor del Trabajo”, en compañía de Raúl Mahecha y otros, lideran la lucha del proletariado y no puede o no quiere interferir en el proceso en marcha. Comienza entonces a buscar otro frente hasta encontrar en el Caragaví campo propicio para sus actividades de irradiación de la lucha ideológica que lo anima. En el Caragabi habitan gentes sencillas, amables, que a todos reciben con los brazos abiertos.
Pocos extranjeros, con excepción quizás de los conquistadores y de algunos españoles prófugos, llegan al Caragabi sin bienes de fortuna como Vicentini, que se dedica inicialmente a la reventa de carnes en el mercado.
Poco a poco se involucra en los problemas del conglomerado, que para la época está representado por unas quince mil personas, que persisten en vivir como en el principio de los tiempos. Los campesinos se someten, como consecuencia de su tolerancia y expansiva idiosincrasia, a la “matrícula”, un sistema aberrante que viene desde la época de la Colonia. Ellos, los peones, descuajan las montañas, las civilizan y cuando están listas para iniciar la producción y recibir los beneficios del largo trabajo ejecutado, aparece el “blanco” con los títulos que le adjudican lo que nunca ha pisado.

Como el gobierno, la justicia, la democracia y la libertad están lejos, “en el otro mundo” como llaman a los lugares conocidos como Cartagena y Bogotá, no encuentran dónde ni a quién apelar y a ello se suma la carencia de dinero para sufragar los gastos que demanda un largo litigio, en donde el campesino que vive en tierras ignotas siempre lleva las de perder. Tan lejos estiman los caragavianos a esas ciudades, que las familias humildes rezan anticipadamente el novenario como si hubiera muerto, cuando un miembro de la familia se dirige a ellas. Son meses los que se requieren para ir y volver, sin contar las odiseas en el camino. Nada hay que hacer ni cómo hacerlo. Las injusticias, el despojo, el robo descarado quedan legalmente inscritos en los protocolos notariales.

El italiano observa el inicuo proceder y lo compara con las ocurrencias de otros lugares del universo que ha conocido en su deambular para encontrar dónde sentar reales, y concluye que gente tan ingenua y sumisa requiere, urgentemente, conocer sus derechos, establecer con diafanidad qué es ser ciudadano e incitarlos a luchar por el respeto de su condición humana con igualdad de derechos y prerrogativas.
No deja traslucir sus intenciones. Obtiene el nombramiento de celador del mercado y es aquí, en la charla permanente con los braceros o estibadores que en el puerto cargan y descargan mercancías de lanchas, barcos, barquetas y balsas. Allá con las fritangueras, las sancocheras, los vendedores, con los propietarios y empleados de los “ambulantes”, con los campesinos que traen sus productos para trocarlos por herramientas, medicinas, vestuario y otros elementos necesarios en su parcelas; más allá con las lavanderas, planchadoras, empleadas del servicio doméstico, con los llamados chaceros que expenden por las noches frente a las salas de baile confituras, cigarrillos, tabacos, fósforos; con los cacharreros, ruleteros, bogas y marineros, músicos, zapateros, talabarteros, cocheros, y en fin, con todos aquellos que ejecutan actividades lícitas, para informarlos sobre cómo es el resto del mundo y qué pasa en él, así como el proceso revolucionario adelantado por socialistas y comunistas. Les recalca el problema, el eterno problema de los campesinos, siempre abajo no obstante que producen las riquezas de todos los países. Les ilustra sobre cómo ellos, en estas olvidadas tierras, son en esencia campesinos sometidos a una rígida estructura agraria de influencia feudal.



IV
A eso de las cuatro de la tarde, cuando se inicia el llamado sol del venado, parten hacia la finca tomando el camino que conduce a Guateque, desde donde se enrumbarán derecho a San Anterito, para llegar aproximadamente a las seis de la tarde a Tres Palmas.

Los compromisos del General son tantos, que ella se habituó a los viajes intempestivos sin recibir detalle alguno. Cuando dispone que vaya a pasarse una temporada en la finca de Tres Palmas, acoge la decisión como algo normal y, sin ninguna reacción, ni siquiera en la mirada; imparte las instrucciones a la negra María Margarita para que aliste lo indispensable para el viaje, y tampoco la sorprende que su esposo hubiera preparado con anticipación los pormenores y le informe que debe salir de inmediato. Se dirige con María Margarita a la alcoba y empaca una maleta con sus pertenencias.

Nada ha variado, porque se trata de un viaje rutinario a una de las fincas, similares a los que hace a lo largo del año con ocasión de la Semana Santa, Navidad, Año Nuevo, o cuando su esposo debe salir hacia otro lugar. Las poblaciones del entorno, entre las que se destacan Tres Palmas, Tres Piedras, Santa Isabel, son habitadas en su mayoría por militantes del partido liberal y su esposo es General del partido conservador, pero la cuestión no incide en la conducta de estas gentes, que antes que contradictores políticos se sienten unidos por lazos de amistad, y en lo concerniente al General, es palpable la admiración y el cariño que todos sienten por él.

A Griselda le agrada sobremanera viajar por la región, y por eso, cuando se encuentra en la finca, organiza paseos a caballo para visitar la ciénaga de Betancí; unas veces se va por el camino a Buenos Aires y Nueva Lucía para regresar por Tres Piedras, o al revés, o se dirige a fincas de amigos en Santa Isabel y Las Palomas, para deleitarse con los atardeceres del Caragabi, que considera incomparables. Hay momentos en que en medio de la soledad y un buen panorama alrededor, como los que goza en su tierra, piensa que una persona que se siente allí a descansar puede elevarse mentalmente y soñar cosas extrañas y hacer que parezcan verdaderas. Si no lo hace, jamás debe intentar escribir un poema o una novela.

Ama la naturaleza y se extasía con los paisajes de las verdes praderas, aspirando el aire limpio y oloroso a las frutas de temporada; considera que no hay nada para la salud como vivir en el campo; cuando se encuentra en el poblado sus sueños no son lo reparadores que deberían ser, mientras que en el campo, con la certidumbre de encontrarse rodeada por kilómetros de pastizales, de aire fresco y puro, no sólo es un placer sino la mayor de las delicias; recibe con agrado sobre sus vestidos las gotas cristalinas del rocío de la madrugada que se deposita sobre las hojas de los árboles o en los pastos de los extensos potreros en que se levanta el ganado, y por ello, desde bien temprano, antes que los rayos del sol se abatan inmisericordes sobre la región, deambula hasta sentir que la ropa bien empapada de agua fría, se le pega al cuerpo. La riqueza del valle del Caragaví es inocultable. En el desarrollo de sus paseos por la extensa dehesa de su esposo se admira de la manera en que todo crece. Frecuentemente los caballos se esconden entre los altos y verdes tallos del pasto que todos llaman “Yaraguá Uribe”, lo que el General le explica se debe a que su contendor en la guerra, el general Rafael Uribe Uribe, fue quien trajo la semilla de ese tipo de pasto e incentivó su siembra con excelentes resultados. En esas salidas tropieza con los vaqueros que en sus corceles vuelan de un lugar a otro detrás de los otros caballos, las yeguas y las mulas que les servirán de apoyo en las labores del día. Como si fuera una ceremonia religiosa todas las madrugadas se ve a la caballada dispersándose entre el pasto y el esfuerzo de los vaqueros por atajarlas. Parece un juego en el que finalmente todos se rinden. Estima que todo este juego es una especie de penetración masculina y matutina en la virginidad de la exuberante y generosa tierra caragabiana. En las ocasiones en que los recorridos matutinos los hace a caballo, coopera con los vaqueros en esa tarea, en medio de las protestas de éstos que no quieren que vaya a sufrir un percance y temen la reacción del General.
Pero ella es una buena amazona. Conoce un caballo como a sus propias manos y entre estas las riendas no solo dominan los bríos del animal, sino que lo conducen expertamente. Le satisface sentir el viento golpear sus pechos mientras vuela con el animal abriendo los pastizales y el rocío empapa las perneras del vestido que suele utilizar para montar a caballo, y le humedece agradablemente las piernas. El mejor piropo que recibe de su esposo es el que resalta sus cualidades para manejar con las riendas a un caballo y le asegura que lo hace mejor que muchos de los vaqueros, por cuanto jamás se ha colocado espuelas en los talones. Sabe cómo animar la bestia para que emprenda la carrera. Pero el General no le ha permitido, pese a reconocer que es una excelente amazona, participar en las carreras de caballos que se organizan en los poblados vecinos. Cuando ve cómo entre dos caballos llevan una hamaca con uno o dos hombres adentro, o al realizar el recorrido de pie sobre la montura, así como otros malabares, siente muy adentro el coraje y la frustración. Sabe que también podría hacerlo, pero la mojigatería le criticaría, por muy esposa del hombre más importante de la región, el encontrarse en ajetreos de hombres, y peor aún, de peones. Es para esta época que se inicia la aculturación de la clase pudiente del Caragabi. Las mujeres no están sujetas a los vaivenes de la moda. En el caso de los hombres, son muchos los que pese a sus riquezas, ejecutan las labores del campo a la par con sus peones y algunos permanecen en esas mismas tareas vistiendo una prenda elemental llamada paruma, que no es otra cosa que un trozo de tela, comúnmente de dril, que parte de la cintura, en donde se sujeta con una tira de la misma tela, y baja hasta encima de las rodillas,  rodea y esconde las partes pudendas, que se muestran sin pudor al doblar el tronco para recoger algo del piso. Ni a ellos, los dueños de grandes riquezas forjadas a lo largo de años de trabajo honesto, ni a sus peones, los ruboriza. Es un asunto normal. La penetración en la región de hombres dedicados a las actividades comerciales o industriales, o simples aventureros venidos de otros lugares del país o del exterior, extiende el sentido de progreso y desarrollo, así como el de modernismo. Los extranjeros aseguran ser miembros de las casas reales europeas, y los nacionales de descender directamente de los conquistadores y colonizadores de más alto rango, y si le pueden añadir un título de nobleza, mucho mejor.

A Griselda se le preparó, en su propio hogar, para ser dama distinguida, y por ello, ni en los incipientes círculos sociales del poblado ni en los pomposos de las grandes ciudades a las que viaja en algunas oportunidades con su esposo, desentona con sus maneras, en las charlas, ni siquiera en las miradas. Es la discreción pura, la cortesía plena, que le permiten desenvolverse en cualquier escenario. Pero su felicidad no está en la hipocresía social y sólo la encuentra y disfruta en el campo, en la charla y el trato ingenuo y desinteresado de la gente de su tierra, especialmente de los campesinos, con los que no evade una charla por somera o baladí que sea.

Cuando el General debe ausentarse por varios días, no oculta la satisfacción por viajar a una de las fincas. Nunca pregunta a su marido a dónde va ni cuánto tiempo estará por fuera. Para la época, la mujer no indaga sobre las actividades del marido, y ella no es la excepción. Se limita a viajar al lugar indicado por su esposo y allí espera el momento en que éste disponga el regreso al poblado.

Pero ahora las cosas son diferentes. Con María Margarita y en largas y discretas charlas, analizaron todas las circunstancias hasta concluir que un encuentro con el joven comandante de la policía sólo puede darse en el campo, lejos de las miradas de las chismosas del poblado, pero especialmente de sus amigas. Espera la orden de traslado, la ansía. La mirada que cruzaron el día en que llegó invitado por su esposo, fue suficiente. Estaba convencida de que el oficial captó su disposición, y el posterior enlace a través de María Margarita, sostuvo latente el mudo diálogo establecido. Su fiel negra correría, en caso necesario, los riesgos, y no rechazaría aparecer como amante del oficial si fuere necesario.

A la memoria viene el diálogo con su fiel negra, de espaldas al río, con la mirada dirigida a la mansión, de manera que nadie pudiera acercarse sin ser visto con toda la oportunidad del caso.

María Margarita, por su parte, sabe que el oficial no rechazará un cuerpo como el suyo, por muy negro que sea. Deduce que por venir de donde viene, habrá saboreado muchas veces el ébano ardiente y lujurioso. Si a ella, cuando apenas despuntaba a la juventud, la enviaron a entregar sus primicias a un joven muy parecido a éste, al oficial debieron darle igualmente una niña esclava, como suele ocurrir en las mansiones y los feudos de los “blancos”, para que saboreara las delicias del sexo.

Esas razones, y segura de sus atractivos personales, le facilitan enfrentar a su patrona para plantearle la intermediación y concretar uno o más encuentros con el comandante. Al igual que el General, vio el rayo que partió desde los ojos de Griselda. Comprendió que la actitud taciturna de su patrona, si no era amor, sí deseo. Por experiencia propia conoce la roedura de los deseos de la carne, esas ansias locas de refugiarse entre unos brazos fornidos, quedarse a punto de desfallecer de asfixia en un fuerte abrazo, la boca llena de lenguas, de labios, de saliva dulce, al tiempo que unas manos inquietas auscultan los recovecos del cuerpo o se enredan en la tela del vestido mientras avanzan impetuosas y decididas hacia el lugar donde los dioses depositaron la felicidad del ser humano, o el paso de labios en besos cálidos y disimulados o de palmas y dedos sobre la epidermis que despiertan sensaciones dormidas que ignoramos se ocultan entre los poros y enardecen el espíritu. En sus intenciones no hay aspiración alguna de que el oficial la haga suya, pero si se presenta la oportunidad y el reclamo, no vacilará en atenderlo. Sólo que su papel es el de aparecer, en caso necesario, como objeto de las visitas del comandante y marginar a Griselda de toda duda o peligro. Griselda, después de sopesar la propuesta y de entender el sacrifico de su fiel compañera, acepta el plan.

María Margarita, si pudiera medirse y compararse el grado de inteligencia entre los humanos, habría que aceptar que es superior al común de las mujeres, que se encuentra en alturas superiores. El tiempo de estudio, las materias aprendidas, son las mismas que recibió y aprendió Griselda, pero mientras su ama se estancó en el círculo cerrado de la clase que integra debido al poder y la riqueza, no solo personal, sino también las emanadas del General, la anquilosaron, ella se inscribió por un largo tiempo en la mejor universidad a la que puede ingresar una persona: la universidad de la vida. A su libre albedrío, no obstante ser hija de esclava y estar supeditada a vivir dentro de un marco estrecho fuera del cual todo está vedado a los negros y los pobres, supo captar y apoderarse de las enseñanzas de todos. Cada asunto, cada cosa, cada experiencia aumentan sus conocimientos y le permiten, poco a poco, sin prisas, sin afanes, redondear el conocimiento natural con el adquirido. Comprende las extrañas concepciones sociales y clasistas y sirve a Griselda y complace sus caprichos, porque en el medio en que le toca vivir no encontraría, por mucho que lo quisiera, un respaldo a una eventual protesta para tratar de cambiar las cosas. Ladeo, el músico cartagenero, forjado como ella en las canteras de la miseria, le recuerda con una frase soez, lapidaria, pero muy acertada, la condición de la tierra en que viven: “María Margarita, no olvides que la gallina que está arriba siempre caga a la que está abajo”. Y así es, como ha podido experimentarlo en distintas ocasiones y por diversos motivos.

Desde el momento en que Griselda dispuso que le sirviera de lectora vespertina para distraerse al tiempo que adelanta sus labores bajo el samán, aprovechó para sugerir que solamente con el libre acceso a la biblioteca del General, recinto cerrado, arcano, vedado a los demás, puede cumplir mejor la tarea al seleccionar las obras literarias y poéticas que considere adecuadas. Para ello, debe leer primero, seleccionar, y repetir más tarde, lo que le es aceptado y agradece mental y profundamente. Y enriquece aún más sus conocimientos, por cuanto lee obras condenadas por la mojigatería y por la curia, vedadas para el común de los mortales del poblado, y únicamente permitidas a los miembros de la clase privilegiada del mismo. Ese acopio de conocimientos adquiridos mediante la lectura de los clásicos de la literatura universal, de odas y poemas de todas las facturas, de sociología, sicología, jurisprudencia, geografía y hasta de tácticas y estrategias militares, le permiten entender que su vida no está reducida a los confines de la comarca, porque más allá, en un mundo inmenso y variado, la geografía se explaya en varios continentes, razas y culturas. Y entiende también la razón para que la clase dominante del poblado excluya del acceso a las bibliotecas a todo aquel que no sea una rama directa de su propio tronco. Los sumisos de su raza y los campesinos y los pobres, si pudieran leer otros pensamientos, otras actitudes, otras concepciones, podrían incurrir en la rebeldía y trastrocar lo que ellos tan paciente y largamente han levantado para su propio beneficio. Todo esto, aun cuando en el momento no lo profundiza, le habrá de ser útil quince años más tarde, cuando viaja por ese mundo apenas intuido en las lecturas y radicarse en otro país en el que las diferencias entre los seres no se basan en el color de la piel.
Las inquietudes y los conocimientos no la apartan del camino de la fidelidad a su patrona, en la que ve a una segunda madre, a una hermana, a la amiga de toda la confianza. Ni siquiera entre las mujeres de su raza encontró una amiga como Griselda. Pero con excepción de los diálogos confidenciales que sostienen cada cierto tiempo y lejos de oídos imprudentes, ha permitido que otros reconozcan entre la patrona y la criada un lazo tan poderoso. Siempre, ante los demás, es únicamente la criada de confianza que acepta sin remilgos las órdenes que recibe. Si María del Carmen crió a Griselda como a una hija, amamantándola inclusive, sabe que no es hermana de quien nació siendo su patrona. Las intimidades se mantienen lejos de las miradas y de los oídos de los demás, incluyendo al propio General. Como jamás se ha presentado una diferencia entre la pareja que obligue a tomar partido, piensa que, si ocurriera, no habrá nada que la haga variar de dirección para favorecer a Griselda.

En el instante en que leyó en la mirada de su patrona que había sido flechada por el joven comandante, dedujo que debía actuar para evitar problemas o para facilitar el encuentro de la pareja. Pensó cruzarse en el camino de ambos, pero analizó las consecuencias y lo descartó. Y se dijo que, si es indispensable un triángulo amoroso, ella debe erigir uno contrapuesto para atenuar los efectos de aquel. Cierto que el comandante está dotado de condiciones que lo colocan por encima del común de los hombres y mucho más de los del poblado –en donde sólo el General y algunos de sus hermanos, así como dos o tres de los extranjeros que viven en el mismo poseen cualidades llamativas –  y lo convierten en una meta para cualquiera de las mujeres, ella no está seducida por sus encantos. Se pregunta si esta indiferencia por el agraciado comandante de la policía no será lo que sus hermanos de raza llaman racismo. Varias negras, por no decir que la mayoría, despotrican del comandante y sus atributos varoniles y le buscan y le encuentran deficiencias para descartarlo como un potencial amante.

Para ella todo esto carece de importancia. Su primera experiencia sexual, a los trece años, fue con el hijo de uno de los caballeros franceses que llegaron al poblado en la época de la bonanza maderera, explotada por la llamada Casa Americana, y si bien experimentó poco después, en los brazos de un negro, el abismo sexual entre blancos y negros, esto no le impidió repetir contactos con los blancos. El deseo del cuerpo, las apetencias íntimas, concluyó con la experiencia, no tienen color de piel. El acomodo se busca y cuando se encuentra, se tiene que repetir la copla:

                                    Primero quise a una negra
                                    Pa’ después queré a una blanca
                                    Que siendo la tierra buena
                                    La misma yuca se arranca.

Considera que entre un hombre negro y uno blanco no hay diferencias en la cama, por que no está en el tamaño de las intimidades el placer del sexo. Lo ha practicado con unos y con otros y determinó que el placer está en otros lugares del cuerpo. El joven comandante bien puede acostarse con las mujeres del mundo entero, pero ¿sí encontrará placer en ello? ¿No será acaso como la negra Petrona y la blanca María Macho? De ambas se dice que no alcanzan el placer con ningún hombre y por ello optan por miembros de su mismo sexo. Recuerda haber leído en uno de los libros de la biblioteca del General, opiniones sobre el amor y el sexo, en las que se asevera que ambos pueden andar por separado, pero que se llega al maravilloso éxtasis del orgasmo cuando se juntan; que el sexo no es una competencia para establecer cuál gana el premio, sino una suma de apetencias y voluntades mutuas; que el tamaño ni el color ni el olor ni el conocimiento ni la instrucción son básicos para alcanzar el clímax. Por eso comparte la copla y la repite con frecuencia. Hay sí una exigencia que se plasma en este sabio concepto: “Tanto en la tierra como en el amor, hay que llegar a cierta profundidad. Si escarbas como una gallina y eres tan efímero como el gallo, se te considerará superficial”. Lo ha comprobado. Ese es entonces uno de los motivos para no realizar el acto sexual como si se tratara del último de la vida. Siempre será el primero. Con maña y saliva... remata sus elucubraciones.

No niega que el comandante reúne atributos que es difícil sumar en un mismo hombre, blanco o negro. El porte, la forma de caminar o de estarse firme frente a otras personas, sus ojos, su mirada, su rostro todo, su cuerpo atlético, llaman la atención. Pero para ella los reconocimientos no pasan de allí. El joven no la atrae. Pese a sus experiencias no es una mujer cualquiera. Los hombres del poblado la asedian y si algunos no pasan de los piropos y los requiebros a una abierta lucha por conquistarla, se debe a la casa en que nació y vive, respetada por todos. El General irradia respeto y los habitantes del poblado así lo reconocen, por lo que una de las criadas del General es tan importante como él. Faltarle al respeto a uno de sus trabajadores se considera dirigido al ilustre ciudadano y militar.

María Margarita estudia la forma de acercamiento al comandante y se convence que no puede ni debe hacerlo como si fuera a entregar una encomienda o a recibir una información. Es ella la que debe aparecer como insinuándosele, ofreciéndole sus encantos femeninos, para que se deduzca que, a semejanza de muchas otras mujeres, también cayó en las redes de los ojos verdes. En este aspecto, la negra es diametralmente diferente a su patrona y actúa en consecuencia. Se hace la encontradiza y mira con descaro y arrobamiento fingido al oficial, diciéndole con la mirada que espera ser llamada.

Segura de sus atractivos los realza coquetamente cuando se dirige a los lugares en que sabe topará con el joven, y cuando se encuentran, lo mira directamente a los ojos, sin importarle que sea a su vez observada por los circundantes. Con naturalidad que más tarde se pregunta cómo la logra, se ruboriza, las mejillas se le encienden, el cuerpo se le eriza y emana esencias eróticas destinadas a cautivar a quien sabe que no requiere más que la muda insinuación.

Cuando al fin el oficial se digna dirigirle la palabra, sabe que ha triunfado. No ignora que será el blanco de los comentarios adversos de la gente de su clase y triturada por las damas de la élite, pero al ofrecer su servicio todo está previsto, incluso, las advertencias y reclamos de su patrona, a la que sin duda llegarán los rumores de su descarada provocación y conquista. “Si el cielo se viene abajo, se dice, que todos los pedazos se estrellen contra mí”.

Fueron suficientes treinta días para conquistar la fortaleza y rendir las fuerzas interiores del oficial. Puso en juego todos sus conocimientos en materia amorosa, todas las ardides asimiladas por referencia, por lectura o por práctica directa, para evitar que el comandante la considerara una más del montón. Sin embargo, desde el primer acercamiento hace la advertencia de la realidad de su comportamiento, que no es otro que el de servir de puente entre él y su patrona. El oficial acepta la situación, el triángulo opuesto al que se formaría con la ilustre dama, y degusta, como buen sibarita del amor y del sexo, el sabor y la calidad del exquisito manjar. Para María Margarita, no obstante, el joven comandante de la policía no es un hombre excepcional en la cama ni posee elementos distintos a los comunes en un hombre normal. Tal vez su belleza es el imán que atrae y permite ignorar otras cuestiones.

Mientras tanto, a Griselda algo intuitivo le dice que el viaje de su esposo está relacionado con el comandante de la policía, pero todo lo ha previsto y María Margarita solamente espera una indicación suya con los ojos para volar al poblado a buscar informes sobre el viaje del General, y establecer la posibilidad de que el apuesto oficial acepte el plan urdido por la negra durante cinco meses. No hay detalle que se haya escapado ni factibilidad, por muy remota, impensada o descabellada, que no haya sido prevista. Hasta el regreso silencioso e intempestivo del General.

Los negros de la región, especialmente las mujeres, vieron en Amaranta, primero, y en María Margarita, después, a unos ídolos, No le negarán a la hermosa muchacha el concurso de sus ojos, de sus oídos y de sus piernas para ir a donde haya que hacerlo con el tiempo suficiente para recoger los informes indispensables y llevárselos cuanto antes. Hay ojos y oídos atentos por todas partes. Ojos y oídos que creen trabajar para María Margarita, porque la fiel negra no ha mencionado el por qué, para qué ni para quién requiere los informes. La red de espionaje sigue por todas partes el deambular del General y el del comandante de la policía y suministra a la negra mucho más de lo que necesita. Pero ella entrega a Griselda únicamente lo necesario. Calla, con respecto a las alcobas a las que entra el comandante, qué paredes salta, en qué brazos cae, en qué camas retoza. Se abisma de la facilidad del joven oficial para saltar de una a otra cama. Se admira igualmente de los recursos femeninos para llevar a donde quieren al hombre deseado.

En el momento en que el General dispone la salida inmediata para Tres Palmas, la negra dirige una mirada disimulada a una jovencita mulata que haciéndose la distraída se retira discretamente. La muchacha sabe a dónde ir y qué hacer, y al regreso le informa que el barco “Zoila Rosa”, de los hermanos Olivares, zarpó a las tres de la tarde con rumbo a Cartagena, pero que debe recoger carga y pasajeros en Mocarí, El Retiro de los Indios y Cereté, y aun cuando va río abajo, las operaciones de atraque, cargue y descargue, lo atrasarán un buen tiempo en el recorrido. Agrega que el padre Arístides subió al barco con varias maletas, después de haber sido remplazado por el padre Ospina en la parroquia del poblado. Años más tarde, en un registro de las páginas de la historia, resalta el hecho de que fue el padre Ospina uno de los pocos sacerdotes al que no le aparecieron sobrinos recién nacidos a los diez meses de su permanencia allí.

La espía acciona el dispositivo montado por María Margarita y con el mismo sigilo regresa al hogar del General, de donde poco después parte la familia para Tres Palmas.

Quienes desconocen el drama de la élite ignoran que tanto el militar como el sacerdote llevan un mismo objetivo: lograr el traslado del comandante. Entre la cúpula del gobierno y de la política, el militar y con monseñor Pedro Adán, el sacerdote. El uno, el militar, solamente intuye lo que ocurre en el poblado desde la llegada del joven oficial; el otro, el sacerdote, lo sabe a ciencia cierta, pero a pesar de conocer la lista de las pecadoras que por simples deseos y caprichos se hundieron en el adulterio, no puede revelarlo, porque toda esa información la respalda el secreto de confesión, y él no incurriría jamás, ni siquiera ante sus superiores, en una violación de esa clase.

Inmediatamente imparte las órdenes pertinentes y acomoda los elementos traídos desde el poblado, Griselda se introduce en la alcoba y tras ella María Margarita, que le dice:
– Niña Griselda, el General salió en canoa anunciando que viaja a La Almagra, Severá y Caño Viejo, para adelantar negocios con ganaderos de esos lugares, pero a las siete de la noche y aprovechando la oscuridad, subirá al barco Zoila Rosa.
– Negra, no seas mentirosa. ¿Cómo sabes todo eso si no vas tras él?
– ¡Ay, Niña Griselda! Los negros me dieron los datos. Usted sabe que ellos me quieren mucho y yo les pedí que se mantuvieran pendientes y me informaran de inmediato. Por eso estoy enterada que un poco antes de Cereté habrá de subir al barco, que le guarda un cupo hasta Lorica. La canoa sí se meterá por la Boca de Lara, pero solamente con los bogas.
– ¿Y cuando compruebas todo eso?
– A más tardar las diez de la noche, que me traigan el último informe.
– María Margarita, por favor, ten mucho cuidado con lo que haces. No me vayas a meter en problemas porque prefiero matarme.
– No se preocupe patrona que, si algo ocurre, tal como acordamos, yo asumo la responsabilidad y habré de gritar para que todos lo escuchen, que el asunto es conmigo. Los negros saben, porque yo se los dije, que estoy enamorada del comandante.

Allá, en medio del río, a la par del diálogo entre Griselda y María Margarita, el General es alojado en el mismo camarote donde va el padre Arístides. Durante el resto del viaje hasta Lorica, ninguno de los dos sale del reducido aposento.




V

Pasan aparentemente desapercibidos, los primeros meses de permanencia del comandante en el poblado, la élite masculina no le pone atención al revuelo de faldas que produce su presencia. Sentados frente a las mesas donde juegan dominó o “arrancón”, un juego de naipes, se entretienen por largas horas y se limitan a ligeros comentarios sobre el guapo y majo comandante. Nadie comete la indelicadeza de expresar sus temores o sus celos. Las normas de comportamiento que asimilan, en una clara imitación de lo que ocurre allá en la lejana capital del Estado Soberano, el Corralito de Piedra, no califican los procedimientos del oficial, porque estas normas recomiendan que se considere una forma elegante de departir en actos sociales

Mucho más adelante ese acondicionamiento mental les impedirá rechazar a los aventureros, que no traen más que un buen surtido de patrañas que les permiten casarse con las hijas de los más ricos y hacerse dueños, de la noche a la mañana, de extensas y fértiles haciendas y hatos de miles de reses. Fortunas que fueron amasadas con sudor y lágrimas.

A pesar de la incipiente hipocresía social, la alarma suena entre los hombres. Sus mujeres y sus hijas se introducen en los cotilleos en los que el joven comandante es la figura central, y su entrada a cualquier lugar revoluciona todo, porque son muchas las mujeres que sueñan y ansían un idilio con el bello oficial de la policía. Mucho más entre las mujeres jóvenes, especialmente las que se encuentran en la edad en que se bebe porque se tiene sed o porque se cree que se necesita la embriaguez. El joven enamorado permanece embelesado y al mismo tiempo es cautivo de las fuerzas interiores de su ser. Y ellas creen estar enamoradas del majo comandante de la policía. 

El General, que desde el primer momento presintió el problema, sigue prudentemente el desarrollo de los acontecimientos. No emite quejas ni opiniones y ni siquiera muestra celos. Para los demás, es el hombre afortunado y su apellido y riquezas se mantienen en asonancia con el decir popular, de que “hasta la mierda le vale”.

Griselda, por su parte, guarda la misma línea de conducta desde su matrimonio, sin involucrarse en los dimes y diretes. Sentada a un lado del pasillo formado por la baranda y el alero de la parte trasera de su lujosa residencia y bajo el coposo samán, parece estar absorta con los colores y los aromas de las flores del jardín. Solamente el balanceo de la mecedora momposina y el movimiento de las agujas, reflejan el estado anímico de la mujer. Con una canastilla al alcance de sus manos, llena de hilos de colores, agujas de tejer, de bordar y de coser, tijeras, dedales, lentejuelas, encajes, blondas, botones y otros adornos, adelanta, aparentemente indiferente, sus labores. El ruido que proviene de la cocina, de la sala o de las alcobas, le permiten llamar a la que considera culpable para solicitarle explicaciones. Las empleadas del servicio doméstico se preguntan cómo es que puede controlarlo todo sin levantarse de la mecedora, sin saber que fue una de las enseñanzas que recibió de Amaranta. “Usted calcule de dónde proviene el ruido o en qué sitio reina demasiado silencio, mencione el nombre de la encargada del sector y pregúntele qué pasa. Sorprendida, le dará la respuesta precisa. Ella estará siempre más atenta a usted que de ella misma, y lo importante es que no se equivoque ni de lugar ni de nombre”. El sistema le ha dado mucha más ascendencia sobre el servicio doméstico que cualquier otra forma de control.

El General, en las ocasiones en que se encuentra en la casa, permanece horas observando discretamente a su esposa sin encontrar nada que altere la normalidad. Lamenta no poder seguir los pensamientos de la mujer y daría gustoso lo que le pidieran para penetrar en su cerebro un minuto siquiera, y conocer lo que en él se desarrolla. No demuestra sus celos y pasados los meses ha logrado apartar la extraña comezón, pero sabe que no es otra cosa que el gusano de los celos que le roe interior y profundamente. Está convencido, y nada le dice lo contrario, que su mujer es la esposa leal de siempre, pero esas inquietudes no lo habían mortificado antes de la llegada del joven comandante. Por eso, cuando decide viajar a Lorica y Cartagena para intrigar el traslado del comandante, afirmándose en sus poderes políticos, en su riqueza y en su condición de guerrero victorioso, lo hace más por sus amigos que por sí mismo. Considera que podrá, con el traslado, evitar una desgracia en el poblado, la que viene presintiendo casi desde que llegó el joven. No hace otra cosa que darle vigencia al refrán aprendido en los ajetreos de la guerra: “El viejo caballo de guerra levanta la cabeza cuando oye las trompetas”.

La descarada actuación de algunas mujeres de la alta sociedad ha originado más de un conflicto en el seno de las respectivas familias, y si esto no se controla con tiempo, deduce el General, tarde o temprano explotará la situación y el consecuente escándalo, que a nadie conviene. Su maestro opinaba que en cuestiones del amor y de la atracción sexual entre personas jóvenes no interviene el corazón. Las inquietudes despertadas por el teniente entre las mujeres, especialmente jóvenes, del poblado, se lo demostraban. Deduce que es algo desagradable, perruno, aquel platicar de los ojos, sin palabras, en el lento y fatídico pasar de las mujeres delante del oficial, simplemente para que las vea.
El jefe militar no aspira a más honores de su partido, al cual le ha ofrendado todos sus bríos de juventud y la capacidad de su cerebro. Cuenta con la amistad y el aprecio de las grandes figuras del conservatismo, y en no pocas ocasiones le han insinuado que se convierta en figura nacional. Sólo que, a él, como a otros personajes del Caribe, parece no atraerle la vanidad de la figuración. Miguel Antonio Caro, Carlos E. Restrepo, José Vicente Concha, Marco Fidel Suárez, Pedro Nel Ospina, Miguel Abadía Méndez, entre otros de la dirigencia nacional de su partido, le han incitado a establecerse en las altiplanicies andinas, en donde su cuantiosa fortuna, su inocultable capacidad intelectual y su trayectoria de valiente guerrero, lo conducirían prontamente a las más altas posiciones del Estado. Pero los de su familia, piensa el General, no nacieron para esas alturas y prefiere quedarse donde está. Los antecedentes le permiten esperar el traslado del comandante. Lo que aún no encuentra es la razón poderosa que alegará sin tener que recurrir a divulgar las flaquezas femeninas. Pero espera que cuando llegue el momento de hacerlo, ya la habrá encontrado. No duda que el punto de gravedad de la tierra en donde nació y vive ha estado siempre en él y, por tanto, habrá de recibir atención diferente y preferente. “Yo he tenido siempre sobre mí el peso de la tierra del Caragaví”, masculla. A nadie del poblado comunica sus intenciones y únicamente al padre Arístides le consulta qué actitud tomar ante la eventualidad de un fracaso.
En la capital provincial, Lorica, los altos funcionarios le salen con evasivas de toda índole. No le dan una negativa, pero tampoco le garantizan una solución. Tropieza con inconvenientes burocráticos. Se le opone una barrera de aparentes olvidos e ignorancias. Todos alegan no conocer al comandante. Nadie parece saber de dónde procede ni cómo llegó al grado policial. El desconocimiento es la norma y pese a que el gobierno es político, ninguno sabe decirle si el joven oficial es liberal o conservador, y menos aún, quién lo respalda. Sin embargo, muchas personas humildes, especialmente hombres que estuvieron bajo sus órdenes en los ejércitos y son sus admiradores y amigos, le cuentan cómo el comandante tiene una larga trayectoria, no obstante, su juventud, de actuaciones violentas en los pueblos en que prestó servicio con anterioridad que lo ascendieron rápidamente al grado de teniente que ahora ostenta. A nombre del conservatismo ha cometido desmanes de toda clase sin haber estado jamás en un campo de batalla, por lo que concluye que es la falta de valor la que engendra tipos como éste y, sin embargo, el jovencito es capaz de provocar a hombres valerosos y curtidos en las batallas en las que casi siempre terminan enfrentándose cuerpo a cuerpo con el enemigo, encuentros en los que surgen los hombres verdaderos, maculándolos en sus honras al conquistarles sus mujeres. Al convencerse de que en Lorica no hallará soluciones, pese a los cinco días de intensas gestiones, se dirige en silencio al puerto y se embarca en una lancha rumbo a Cartagena. Tal vez allá, en donde se centraliza el gobierno, donde residen los dirigentes políticos que representan al partido por el que ha participado en diferentes batallas, sacrificado parte importante de su fortuna y abandonado en tantas ocasiones a su familia y sus negocios, obtenga lo que en Lorica le ha sido disimuladamente negado.

Al llegar a Cartagena se dirige inmediatamente a la Catedral de San Pedro Claver, pero allí se le informa que el padre Arístides fue trasladado a la iglesia de La Trinidad. Lo perturba el informe y se indaga qué razones obligaron a Monseñor Pedro Adán a tomar una determinación como esa, siendo Arístides un sacerdote de su confianza y trasladado del poblado a Párroco del templo más importante de la capital del Estado Soberano y sede del obispado, cargo que lo elevaba considerablemente en la curia. Para sopesar las nuevas circunstancias, adversas desde todo punto de vista para el cumplimiento de sus propósitos, pasea por largo rato en los alrededores de la plaza de la aduana, por el Portal y las calles de las Carretas y de las Damas, se entretiene observando balcones engalanados con plantas ornamentales, saborea algunos dulces de los que expenden en el Portal; va a la boca del puente y aspira con deleite el olor del mar parándose durante un largo tiempo en el puerto observando el ir y venir de las embarcaciones y el vuelo de los pájaros. Detalla los botes, las lanchas, los barcos, el vuelo de los alcatraces y cómo se hunden en las aguas de la bahía para emerger aferrando en el pico un pez que trata de escapar de una muerte segura.

Se pregunta por qué se obstina en vivir en su poblado, a la orilla de un río, marginado del progreso, cuando posee suficiente fortuna como para entrar por la puerta grande de la exigente elevada clase social cartagenera. Es cierto que posee una estructura intelectual y educativa superior a la de la mayoría de los que ostentan las privilegiadas posiciones del gobierno y de la política de la capital del Estado. ¿Será el amor por Griselda, a la que no quiere erradicar del entorno en el que a todas luces se desenvuelve como ama y señora? ¿Le satisface más el olor de la boñiga que el de la fetidez de la mayoría de las calles del Corralito de Piedra, levantado robándole al mar su espacio? Se debate en la duda.
Si hubiera nacido a la orilla del mar sería marino y hoy miraría los horizontes desde la cubierta de un barco, sometido al vaivén de las olas. Antes que soldado habría preferido ser un humilde grumete y participar   en una guerra desde un barco en medio de la inmensidad del océano. Se pregunta qué habría sido de su vida si hubiera podido hacer realidad sus sueños juveniles de vivir en una isla abandonada, alejado de la gente, por que esas fueron sus ambiciones, esos sus vehementes anhelos, sus deseos por el mar. Considera que la pasión del hombre por el mar no es un egoísmo, porque el hombre sabe que no puede cultivarlo ni puede beber sus aguas y parece sentir gran gozo cuando muere en él. Cuando recorre sus tierras en el Caragaví sobre el lomo de un brioso corcel, tiende a retrotraerse en el tiempo y en la distancia; casi siempre evoca a Cartagena y se traslada mentalmente al pasado glorioso de la ciudad, y como si se tratara de uno de los actores, participa mentalmente en las gestas de quienes, siendo soldados innominados, defendieron el puerto de los ataques y de los sitios de los implacables piratas. Admira profundamente a Blas de Lezo. Se lo imagina, tuerto, cojo, manco, supliendo sus carencias físicas con el valor de su espíritu, irrepetible en la historia. Lo estima superior a todos los militares de todas las fuerzas de esas épocas y un ejemplo de cómo lo último que se pierde en una batalla es la vida, porque mientras ésta aliente el cuerpo se pueden realizar todas las hazañas.

Siente hervir su sangre al rememorar cómo el Almirante defiende, en la compañía del Virrey, don Sebastián de Eslava, y del Gobernador Navarrete, tanto el Corralito de Piedra como el Castillo de San Felipe de Barajas. Se pregunta cuál de las dos hazañas fue más importante, más arriesgada, más valerosa, y se dice que la defensa del Castillo de San Felipe. No en vano el mutilado Almirante, frente a un avezado Almirante inglés, héroe de batallas que se encuentran inscritas en las páginas de la historia, como Vernon, quien basado en su veteranía y el éxito de sus estrategias en combates anteriores, dispone y alcanza la toma del Castillo San Luis de Bocachica, y sin esperar los otros resultados, se precipita a enviar informes de una virtual victoria y por tanto, la toma de Cartagena; no en vano, repite en su imaginación, Blas de Lezo recurre más a la genialidad que a la táctica o la estrategia militar. Sabe que la flota inglesa es mucho más grande que la suya y que si la deja entrar a la bahía la toma será segura y la ciudad indefendible, y procede a hundir sus propias naves, San Carlos, África y San Felipe, para no dejar ranura alguna por la que pueda colarse el enemigo. Pero es San Felipe el objeto de sus conjeturas y de sus interrogantes íntimos como hombre de armas. ¿Cómo fue que Blas de Lezo, con solo sesenta hombres pudo derrotar a más de tres mil ingleses? ¿Cómo se multiplicaron en los distintos sitios del Castillo para contener a los invasores? Dentro de sus lecturas sobre historia y guerra, que considera sinónimos, recuerda el fragmento de la obra Noticias Secretas de América, de los españoles Jorge Juan y Antonio de Ulloa, que refiriéndose a lo que vieron en Cartagena, destacaron: “La guarnición de Cartagena debía ser entonces de diez compañías de tropa reglada de 77 hombres cada una, inclusos los oficiales, que componen 770 hombres. Esta es la que le correspondía por dotación para guarecer la plaza y las tres fortalezas principales exteriores; y aunque el número no es suficiente para que pudiera resistir a los insultos del enemigo en tiempo de guerra, juntándose a éstas las compañías de milicias que compone el vecindario, podía formar un cuerpo suficiente para hacer una defensa regular. El Ministerio de España estaría sin duda en esta persuasión, y confiaba con justa razón en el número de aquella tropa, que en los pagamentos parecía completa, faltando en realidad mucho para estarlo, pues era tan corto el número de soldados que la mayor parte de las garitas estaban desamparadas, y los cortos puestos donde había centinelas no eran guardados con aquella formalidad y cuidado que corresponde”. Las guerras en que participó, favorablemente, los contendores sufrían por igual las carencias y deficiencias. Más que una guerra entre hermanos, las guerras de su país podían considerarse una locura bien compartida. Las dificultades que Juan y Ulloa señalan en el aspecto militar en América cuando España era la dominante en el continente, lo convencen más y arraigan en su conciencia la idea de la proeza de Blas de Lezo. He aquí, se dice mentalmente, el genio del que debe estar dotado el soldado en la batalla para poder alcanzar la victoria. Él mismo, en las ocasiones en que le ha tocado, ha sido más intuitivo que estratega, más de corazonadas que de certezas tácticas, y jamás fue derrotado.
Sin embargo, las bellas épocas de las batallas marinas no son más que recuerdos registrados en las páginas de la historia. No habrá otro Blas de Lezo. No se repetirá la batalla de Trafalgar ni existirá otro Almirante Nelson dirigiendo con tino el ataque de sus barcos contra la gran flota de España y Francia. Sin vellocinos de oro no hay argonautas. Se consuela estimando que la guerra salió del mar para asentarse con su carga de dolor y muerte sobre los continentes. Y él, orgullosamente, es un buen soldado de tierra firme. No por ello deja de admirar a la gente del mar, desde el humilde y pacífico pescador hasta el marino de guerra. Como ha leído tanto sobre el mar, no cuestiona la afirmación de que el cariño y la pasión por la vida del pirata, se siente y crece a medida que uno va internándose en las aguas salobres de los océanos. Es allí, en medio de los embates de las olas, cuando se comprende al pirata, concluye.

Las evocaciones le permiten deambular sin rumbo y de pronto tropieza con las mercancías tiradas sobre el suelo en la plaza de mercado. Es tanto su ensimismamiento que no escucha la algazara de los vivanderos y las verduleras. Desde el arsenal le llega el apetitoso olor a pescado frito, yuca al vapor, que en su tierra la llaman sudada, y arroz con coco. Confirma entonces que en todo el día las preocupaciones le alejaron el hambre a quién sabe qué recóndito lugar del cerebro. Su vida la ha alternado entre el campo de batalla y el manejo de las haciendas que conforman su patrimonio en el Caragaví. Por esas razones, no obstante, a que sabe manejarse con propiedad en los lujosos salones y establecimientos de las más altas capas sociales, le ha tocado comer cualquier cosa en las más difíciles circunstancias. Desde la humilde “zarapa” del arriero que cruza solitario las montañas, la viuda de bocachico de los pescadores en las playas del río Caragaví, el mote de queso y la mazamorra de plátanos de los valerosos vaqueros de las trochas, hasta el tasajo duro, viejo y frío de carne salada de la humilde ración del soldado en los campos de batalla. La guerra obliga a conformarse con poco y a resignarse a toda clase de privaciones. Y repite una de las consignas de la guerra: “En el ataque como en la retirada, lo primero es la comida”. Con frecuencia le insinúa a su esposa que los almuerzos le sean preparados con estas viandas simples, sencillas, servidas debajo del ramaje del samán, del caucho centenario o de cualquiera de los otros árboles frondosos que a cada cierto trecho, brindan en los potreros una sombra refrescante en medio de la canícula.

Como no lo arredra el qué dirán se dirige resueltamente al arsenal y se sienta frente a una mesa de venta de comidas que funcionan en el popular sector y con toda la calma posible engulle un apetitoso plato compuesto por postas de pescado frito, yuca sudada y arroz con coco. Allí pasa el resto de la tarde, refrescándose con las brisas que vienen del mar y luego se va a la posada donde tendido sobre una hamaca, rumia en silencio los recuerdos de su agitada vida.

Repite las vivencias de sus padres y abuelos, de sus hijos y de sus nietos y tataranietos del futuro, que se acomodan y se acomodarán a la paradójica sencillez de la opulencia que caracteriza al caragaviano. Las diferencias clasistas, que siempre han existido, adquieren connotaciones diferentes en la fértil tierra bañada por el caprichoso río que baja del Paramillo y es alimentado por un sinnúmero de afluentes. Ricos, acomodados, pobres y miserables, viven en un mismo plano, trabajan la misma tierra, le sacan sus frutos y los comparten, hasta que repentinamente se presentan las interrupciones ocasionadas por los conflictos políticos alentados por quienes, desde las altitudes, desconocen al hombre del Caragaví, tanto el de antes del encuentro de los dos mundos, como los posteriores. Los recuerdos le permiten dejar a un lado la triste realidad de su objetivo, que comienza a estimar tiempo perdido. Pero hará lo que pueda para lograrlo.

Se levanta, temprano en la mañana, de su albergue provisional en la calle del Candilejo y bañado y acicalado sale, llega al Portal y se mete por la boca del puente. Rehúsa los servicios que le ofrecen los cocheros y con paso moderado enfrenta las salobres brisas y el inquietante bochorno que produce la humedad del ambiente, dirigiéndose hacia el mercado, se encamina luego por la Calle Larga hasta llegar al templo de La Trinidad. Entra, se ubica discretamente y escucha piadosamente, como es su costumbre, la Santa Misa. Finalizado el oficio religioso y cuando apenas quedan tres beatas que rezan las estaciones, se dirige a la sacristía en la que espera encontrar al sacerdote amigo, Arístides, despojándose de los ornamentos, lo que efectivamente ocurre.

– Buenos días, reverendo, saluda cortésmente.
– Buenos días, hijo mío, responde el sacerdote dándose la vuelta para mirar a quien llega, aun cuando por el tono de la voz que ya conoce y porque mientras oficiaba la misa alcanzó a divisarlo en la parte posterior de la nave del templo, sabe de quién se trata.
- Bienvenido, General- agrega con inocultable emoción.
– Gracias padre Arístides, y deme su bendición- Se arrodilla frente al sacerdote mientras éste alza la mano y hace la señal de la cruz sobre la cabeza del militar. Cumplida la rápida ceremonia, el visitante agrega:
 – Dígame padre ¿qué pasó para que no lo dejaran en la Catedral y a cambio lo enviaran a este templo?
– Hijo mío, tú eres soldado y debes obediencia a tus superiores. Te repito, como en tantas otras ocasiones, que a nuestra manera los sacerdotes somos soldados que obedecemos órdenes superiores, porque aquí también existen líneas jerárquicas, líneas de mando, que es obligatorio acatar. No olvides que tú me repetías con frecuencia que sin disciplina no hay ejércitos y sin ella tampoco existiría la iglesia. Mi traslado lo dispuso la diócesis y yo cumplo. Tampoco olvides que a donde quiera vaya guardo mi investidura de sacerdote, al igual que tú eres General dentro y fuera de las filas, vistas o no el uniforme.

El hombre guarda silencio por unos momentos antes de recordarle al sacerdote lo convenido a bordo de la lancha Zoila Rosa.
– Te tengo malas noticias. Estaba esperándote. Pero habría sido mejor no suministrarte resultados negativos. Monseñor Pedro Adán no aceptó ninguna de mis propuestas, y si no me calificó de mentiroso, sí me hizo entender que estaba por lo menos exagerando mis razonamientos. Me aseguró que había sido tanta mi compenetración con las gentes de su pueblo, General, que sobrepasaba mis celos por la actuación del joven comandante de la policía. Considero, hijo mío, que en la decisión de mi traslado de la Catedral de San Pedro Claver a esta pequeña parroquia, hay un motivo y ese no es otro que las gestiones que adelanté para el traslado del comandante de la policía de su pueblo.

– ¿Le informó a Monseñor Pedro Adán de mi pronto arribo a esta ciudad para pedirle, como General y como dirigente visible de mi pueblo, el apoyo para el traslado del comandante, que usted se anticipó a plantearle?
– Lo hice, hijo mío. Creo que, buscando mi perdición, Monseñor me exigió que le señalara hechos concretos y no obstante que le recordé que mis conocimientos son fruto del secreto de confesión, me aseguró que en el caso no veía más que chismes.
– Pues iré a recalcarle mis objetivos, a plantearle claramente la situación, para ver si a mí también me llama mentiroso.

– Nada ni nadie te impide reiterar la petición, pero trata de no crearte situaciones conflictivas. No olvides tu posición como hombre de armas, prestigioso guerrero, tu prestancia como dirigente de un partido, pero, sobre todo, tu condición de ciudadano honesto y dirigente cabal. Lo que puedo asegurarte desde ahora, es que nada lograrás en torno a ese tema, ni con Monseñor ni con ninguna de las otras personalidades de la ciudad.

– ¿Tan importante es el tenientito, que superará todas mis influencias?
– Todo lo contrario, General. Es precisamente el desprestigio del comandante lo que impedirá que usted u otros tengan éxito en sus propósitos. No me atrevo a dudar de mis superiores ¡Ni más falta! pero intuyo que tanto Monseñor como los demás personajes de la ciudad, desde el presidente del Estado hasta el más insignificante funcionario, conocen los pormenores relativos al comandante. A ese joven no lo quieren recibir aquí en Cartagena, ni en Mompós ni en Barranquilla. Donde quiera que ha prestado sus servicios no desearían volver a verlo, y disimuladamente alcanzaron su traslado, pero las malas noticias son más rápidas. Me late, General, que en Lorica se enteraron de los antecedentes y fue esa la causa para que no lo recibieran allá y optaran remitirlo a su pueblo.

– ¿Y es que acaso mi pueblo es el basurero del Estado?
– No, no lo fue, no lo es ni lo será. Conoce usted tanto como yo que su poblado llegará muy lejos en el tiempo. Como sacerdote me enorgullece desde ahora saber que apareceré en la lista de sus pastores. Pero hay cosas, General, que las exigencias económicas, las intrigas políticas y la hipocresía social no permiten. Hay asuntos y situaciones mucho más poderosas que usted y sus antecedentes, su prestancia y su futuro, y es el miedo de las clases superiores de esta sociedad cartagenera mojigata, como la de los pueblos que hemos mencionado, de que sus mujeres puedan caer en las redes del teniente. Hay hombres que no pueden cambiar su sino, y el del joven comandante, lamentablemente, es el de aparecer a un mismo tiempo como un Nerón despiadado y un perfecto Don Juan. Si alguien se atreve algún día venidero a escribir la historia de este muchacho, se sorprenderá al comprobar que el mítico personaje de la imaginación de don Tirso de Molina, es un modestísimo aprendiz de amante. En lo poco que ha vivido multiplica por cientos las peripecias de su homólogo literario. Y ninguno de los pueblos del Estado quiere pasar por semejante experiencia. Se lo expreso así por la confianza que tenemos y porque los dos siempre hablamos con claridad y sinceridad. Como la fama del comandante alcanza todos los horizontes del Estado, no lo quieren en ninguna parte. Es preferible, piensan todos, dejarlo donde está. Por esas realidades es que usted fracasará, como yo, en las gestiones que adelante aquí.
Los dos amigos se despiden, pero días más tarde el General se asombra, pese a las advertencias del padre Arístides, de cómo transcurren las diligencias que lleva a cabo. Y se le viene a la memoria la pregunta que después de una batalla le hizo un soldado que pensó que tal vez su General estaba triste y acongojado y para distraerlo le dijo: “Sabe usted, mi General ¿qué es lo que se compra caro, se ofrece barato y todos lo rehúsan?”  En aquel momento, y sin remilgo ninguno, porque siempre tuvo a sus soldados no como subalternos sino como hermanos, le confesó que lo ignoraba y el soldado agregó: “La experiencia de los ancianos”. Y en verdad que el significado de lo que su soldado le decía le saltó a la vista. Había puesto en duda la decisión de un viejo y curtido hombre de batallas, que en ese momento era su superior. Como ahora había desestimado la verdad del Padre Arístides. Piensa desistir porque no se siente víctima directa de la extraña naturaleza del teniente comandante, que se semeja a un panal al que llegan todas las abejas, pero sabe que comienza a calentarse la olla donde habrá de cocerse la desgracia.
Ante todo, él es un líder en su pueblo, el principal, tal vez, y se propone, aún apareciendo como víctima si es que acaso las gestiones adelantadas no lo tienen ya como tal, continuar enfrentando la situación, pero ahora con más rigor. No habrá más disimulos ni insinuaciones. Su partido, las gentes de su partido, pero sobre todo la clase dirigente de su partido, le deben mucho. Nunca ha escatimado un aporte material o personal. Tanto él como sus familiares y sus empleados han dado de primeros el paso al frente en el instante en que el conservatismo convoca a la militancia.

Visita y charla largamente con miembros de las corporaciones legislativas, regresa al despacho de Monseñor Pedro Adán, al del presidente del Estado, al del alcalde de la ciudad, al de los comandantes militares y de policía, y al de otros funcionarios de importancia. A todos les recuerda y les recalca, como jamás lo ha hecho ni para él ni para su familia, los favores que de todo orden les ha prodigado. Rememora las veces en que algunos de ellos han sido portadores de invitaciones de los grandes jefes del partido para que asuma mayores responsabilidades en la capital del país o al frente de la colectividad partidista, y en dos ocasiones, insinuándole la posibilidad de elevarlo a la condición de candidato presidencial, para de esta manera, con la base de su prestigio, aglutinar a las gentes del Caribe en torno al conservatismo. Pero ni arriba ni abajo obtiene soluciones. Sin expresarle los motivos le recomiendan soportar al teniente que comanda la policía de su pueblo hasta que haya una oportunidad de trasladarlo a otro sitio. El presidente del Estado le anima con supuestas gestiones para trasladar al comandante a la capital del país o a una legación en el exterior.

Llega el momento en que pierde toda esperanza y mientras alista el equipaje para regresar al poblado, recibe una invitación del presidente del Estado para un acto social en palacio. Decide jugarse la última carta y se engalana con el uniforme militar y los arreos correspondientes y adorna el pecho con la infinidad de medallas recibidas, para ver si así impresiona mucho más. Aprovecha un descanso de la agrupación musical que ameniza el ambiente con minués de moda, para reiterar el tema, pero todos evitan referirse al asunto.

– Ustedes le dan a mi pueblo un tratamiento de basurero, al cual pueden arrojar los desperdicios, porque no otra cosa ocurre en estos momentos. Nos enviaron a un elemento indeseable, despreciado en las principales localidades del Estado, pero quién sabe por qué ocultas razones se niegan a quitárnoslo de encima. No nos aprecian en nada y a mí, a pesar de muchas expresiones de amistad, no han querido atender el pedido que a nombre de la comunidad vine a plantearles. Mi pueblo, caballeros, no es el sitio para mantener lo que no sirve en el Estado o en la Provincia, ni mucho menos es tierra de nadie. Hay quienes lo respetan y quienes lo hacemos respetar, como lo hemos demostrado en diferentes ocasiones, expresa ante un grupo de los más importantes personajes del Estado, conteniendo el furor que lo embarga.
– No se trata de eso, General, dice el presidente del Estado con cara de preocupación.
– Su caso requiere un período de espera prudencial, acota Monseñor.
– No, no es cierto lo que dicen. Los caragavianos podemos ser selváticos, incultos, ignorantes, pero jamás hipócritas. Quizás esa condición nos impide a veces creerles y soportarles sus desplantes y por eso no vamos a permitir que continúen dándonos tan insolente tratamiento. Señores: Me parece que sus hipócritas actitudes terminarán en llanto, y lo más triste de la vida son las lágrimas de impotencia de lo que tienen en sus manos el gobierno, y no quiero verlos en esa situación.
Se inclina ante Monseñor, saluda militarmente a los demás, da la vuelta como si estuviera frente a la tropa y sale con paso airoso del palacio. Es la primera y última vez, por cuanto en el resto de su existencia no volvió a Cartagena, que lo ven fuera de casillas.



VI

Pese al corto tiempo transcurrido desde que el General salió en viaje, solamente dos días, María Margarita considera que es demasiado para los planes que se encuentran previstos. Solamente el viejo militar sabe cuándo regresa y no pueden desaprovecharse las horas, por lo que María Margarita le indica con una mirada a la patrona que va al poblado y Griselda, con el mismo lenguaje mudo, le autoriza a salir y la negra, disimuladamente, desaparece de la finca. Toma un buen corcel previamente preparado y escondido y parte hacia Tres Piedras, pero a mitad del camino dobla a la izquierda y se dirige a inmediaciones de Patio Bonito, por donde se va directamente al poblado, quedándose a la entrada de este por los lados del cementerio en la casa de una comadre, a la espera de la noche.

En las últimas horas de la tarde, por intermedio de una negra amiga que es lavandera en el cuartel de la policía, le envía al comandante las indicaciones para encontrarse a las nueve de la noche. El comandante llega cumplidamente y comparten confidencias sobre la cita con Griselda y se acuerda hacer las cosas como dice María Margarita, por lo que la negra regresa a la casa de la comadre de donde sale a las tres de la madrugada para llegar temprano a Tres Palmas.

Entre los negros del poblado no hay dudas de que María Margarita también sucumbió a la hermosura del comandante de la policía. El tiempo transcurrido en el encuentro nocturno reafirma la sospecha y cuando ella dispone que a la noche siguiente las reuniones para narrar historias y cuentos que suelen llevarse a cabo en las fincas, las veredas y los pueblos de la región, generalmente presididas por negros a la luz de los mechones, deben relacionarse con aparecidos, fantasmas, duendes, muertos que salen de las tumbas, brujas y brujos, demonios y hasta el mismo Satanás, ratifican el pensamiento de sus amigos sobre el idilio. Según lo dispuso la negra, nadie debe encontrarse despierto o con ánimos de salir a averiguar quién o quiénes pasan por los caminos durante la noche. Deben suponer, con el terror metido en el cuerpo a través de las horripilantes narraciones escuchadas, que puede tratarse del caballo sin cabeza, el ánima sola, el gritón, la patasola, el cura decapitado, el viejo de los ojos de fuego con sus dos perros gigantescos arrojando llamas por las bocas y los ojos, la llorona, la gran bestia o cualquier otro engendro diabólico, y nadie estará dispuesto a un enfrentamiento de esa naturaleza.

A eso de las siete de la noche, cuando cesan las actividades y después de tomar la cena, se entra a un lapso de reposo a la espera de un descanso del cuerpo de los duros ajetreos del día, adultos, jóvenes y niños, sin distingos de clases, ni sexos ni colores, rodean a un cuentero para reír a mandíbula batiente las travesuras de tío conejo, para entender las exageraciones con que se adornan las anécdotas o para sentir cómo la piel se eriza del miedo por los relatos de brujas y espantos. Pero esta es una noche especial. María Margarita hizo una sugerencia y lo que de su boca sale es una orden para los negros. La mayoría de los cuenteros son negros. Es como si los sufrimientos de la raza esclava pudieran paliarse con la risa o el suspenso de los demás. Los hijos de los patronos son los primeros en buscar un puesto cercano al narrador, para seguir el movimiento de los labios, los gestos, el accionar de sus manos y brazos, sus miradas. Y son estas, las miradas, las que complementan el relato. Y la orden de hoy se acomoda con el medio ambiente, como si la propia naturaleza quisiera cooperar con la fiel María Margarita, para que se cumplan sus ardides y sus tramoyas amorosas. Es una noche oscura en la que amenaza la lluvia y esa misma amenaza contrita el espíritu, amilana, acongoja, deprime. A la distancia unos tímidos relámpagos intentan rasgar las tinieblas, pero los ánimos no lo notan, por el contrario, la debilidad de los relámpagos se conjuga con el ánimo deprimido y los ojos miran cosas distintas a la realidad del panorama que súbitamente se ilumina. Varios creen ver sobre las copas de los árboles cabezas gigantescas, sobre los prados el movimiento de reptiles pavorosamente deformados, y si la brisa mueve algunas ramas no se duda de que Satanás viene hacia al grupo.
Los cuenteros, alertados con anticipación de lo que se buscaba, acopiaron mentalmente las más atemorizantes de sus historias. Y los circundantes ven en sus rostros el temor reflejado con las constantes miradas hacia los lados o hacia atrás, como si estuvieran esperando algo inusitado. Las miradas llenas de temor con que tratan de traspasar las tinieblas del entorno obligan a viejos, jóvenes y niños a buscar el contacto físico con el que está al lado y forman una masa que tiembla de uno a otro lado, para evitar ser el primero en un ataque de los demonios. El ruido del viento entre el ramaje de los árboles cala profundamente en cada oyente.

- “En Murindó Santa Ana, entre Canalete y el mar, vivía una familia de apellido Cuítiva, comienza uno de los narradores. El viejo Santiago, abuelo de todos, llegó por esas tierras un poco antes de comenzar la guerra huyéndole a los problemas. Le gustó la tierra, escogió un pedazo de unas cien hectáreas porque en ese entonces nadie se acercaba por allí, derribó los árboles inservibles, dejó los robles, las ceibas rojas, los guayacanes, los campanos, las varas de indio, los ébanos y otros que más tarde le pudieran servir para su trabajo de aserrador, macaneó un trecho más o menos grande que destinó a los cultivos de yuca, ñame, maíz, frutales y verduras, y aprovechó un bajo húmedo para sembrar arroz. Sus hijos, Pedro, Pablo, Críspulo, Jorge y Jacinto, le ayudaron con entusiasmo, porque al fin dejaban de ser peones en Currayao, la hacienda de don Rosendo, para trabajar su propia tierra.

Poco después, como al año y medio, llegaron los Oviedo, los López, los Negrete y otras familias, que se reunieron en una punta de monte cercana y levantaron sus casas y crearon el pueblo de Murindó Santa Ana, porque hay otros Murindó.
Todo iba bien. No sufrían de hambre y solamente las enfermedades los obligaban a venir al sitio a buscar médicos y medicinas, cuando las hierbas, las cataplasmas, las bebidas y otras medicinas caseras no daban resultado. Pero la tierra era muy buena y poco se enfermaban.

Una mañana del mes de febrero, Leopoldo Oviedo, un muchachón alentado y bien parecido, salió para Canalete a comprar azúcar, sal, café y otros productos para la casa de sus padres y se extrañó de ver los goleros volando en gran cantidad sobre una montañita. Curioso y sin miedo alguno, fue a investigar por qué tanto entusiasmo de los come muertos y se sorprendió al encontrarse con el cuerpo de un hombre despedazado, como si lo hubieran matado con furia, sin el tripaje. El “cóncolo” solamente, que los goleros habían empezado a arrancar. El muchacho se devolvió y fue corriendo a dar el aviso. Vinieron todos los que pudieron, no reconocieron al muerto y, en medio de las preguntas sobre lo que le había podido ocurrir y de dónde procedía, le dieron cristiana sepultura. Fue el primer muerto que enterraron en el cementerio de Murindó, pero antes enviaron a varios de los muchachos a los pocos pueblos cercanos que había en esa época, de donde vinieron y nadie reconoció al muerto. ¡Qué vaina, carajo!, dijo el viejo Julio Oviedo, que haya aparecido este muerto y nadie sepa quién fue. Me pregunto si no será algún soldado herido que al final cayó allí, pero lo más raro, acotó, es que le hayan sacado todo el tripaje.

Durante varios días se comentó el asunto, hasta que a mediados de junio apareció otro muerto en la misma forma y sin que nadie lo conociera en la región. En esta ocasión vino el Corregidor de Canalete, pero se regresó sin ninguna solución. Nadie, como en el primer caso, había visto gente extraña en ese territorio. Parecía que hubieran caído los cuerpos desde el aire, y fue éste el segundo muerto en el cementerio de Murindó Santa Ana. La gente se puso temerosa, nadie quería salir de noche, porque los dos cuerpos fueron encontrados en las primeras horas de la mañana y en las dos tardes anteriores los que pasaron por los lugares en donde aparecieron, no vieron nada que les llamara la atención. “Esa vaina es cosa del diablo”, aseguró Elpidio López. “¿No será acaso vaina de las brujas de Caño Viejo?, preguntó Maño Negrete. Y los comentarios y las conjeturas se apoderaron no sólo de Murindó sino de toda la región.

Los muertos siguieron apareciendo más o menos cada dos meses y el cementerio de Murindó Santa Ana llenándose sin que ninguno de sus habitantes hubiera inaugurado el Camposanto. Hasta una Semana Santa, dos años después de aparecer el primer muerto, en la que Manuel del Cristo Espitia salió, escopeta en mano, a buscar una pava congona, un mico prieto, un mono colorado, un jabalí, o un venado con cuyas carnes hacer la comida del sábado de gloria, y “romper la olla” de la guarda de miércoles, jueves y viernes santos.

Contaba él, cuando recuperó el aliento y volvió a tener conciencia de sí mismo, que buscaba con sigilo la presa y se fue alejando un poco del camino, hacia la montaña en la finca de José Dolores Arrieta. Al llegar allí, se escondió en un matorral. Dos horas más tarde no había pasado por allí ni una torcaza y el silencio vino a llamarle la atención, cuando cansado de esperar se levantó a estirar los huesos. Fue entonces cuando una voz le dijo desde arriba, desde el aire, con tono hueco y profundo: “Aquí te dejo con que romper la olla, porque yo ya rompí la mía” y Manuel del Cristo tuvo que apartarse para que el cuerpo de un muerto todo despedazado y sin las tripas, le cayera encima.  Dice que, en el momento, y se dio cuenta que se trataba de un muerto, no tuvo miedo. Saltó del matorral y cuando estaba fuera de él, miró hacia arriba y casi se muere del pánico que le entró. Un pájaro descomunal, más bien un hombre negro y feo que volaba con unas alas enormes, planeaba en círculos, como un golero, sobre el sitio en donde él estaba. Al mirarle a los ojos, pegó un grito, le hizo el disparo con la escopeta, pero sin dirección porque ya estaba corriendo hacia el pueblo, dando gritos por todo el camino. Los del pueblo pensaron que se trataba de El Gritón, del que decían bajaba de la montaña a visitar y llenar de pavor a los que le oían o lo miraban. Salieron muchos a ver qué ocurría, sabían que se trataba de Manuel del Cristo, pero si el pueblo de Murindó Santa Ana no quedó desocupado fue porque la gente no encontró en el momento por dónde huir. Manuel del Cristo venía corriendo y encima de él, un pájaro inmenso, como nunca habían visto ni vieron jamás después, volaba dándole picotazos en la cabeza y en los hombros. El hombre venía echando sangre y dejando los chorros sobre el polvo del camino.

No se habían repuesto del susto, cuando el enorme, el gigantesco pájaro negro, lanzó una risotada que fue escuchada hasta en Puerto Escondido no obstante el estruendo de las olas del mar. Y les gritó: “Anden y denle gracias a quien se debe, porque el rey del mundo está a punto de resucitar, o de lo contrario, otra cosa les cantaba”. El pájaro siguió volando y a una velocidad increíble, se perdió por encima de la montaña. Los de Murindó insisten en que se trataba del mismísimo diablo y que nada de raro tiene que se aparezca en otra parte en cualquier momento. El cuentero mira con sigilo hacia el cielo, con cara de preocupación y los oyentes tiritan de miedo.  

 Luego de cinco o seis historias, sin que se pueda decir cuál fue la más tenebrosa, comienza la desbandada. Hasta los más audaces, con el pretexto de madrugar para ejecutar algún trabajo, abandonan el lugar y detrás de ellos las mujeres y niños que no pierden tiempo para aferrarse a las faldas maternales rumbo a la alcoba. Es que los niños pierden los bríos cuando aparece la oscuridad nocturnal. Nadie acepta dormir en las hamacas colgadas en los aleros y cada alcoba se llena de camas, hamacas y personas de toda edad y el hacinamiento permite soportar el miedo que cada uno siente. Es noche de espantos. Es noche oscura y silenciosa y hasta los que sufren de insomnio duermen o se tapan las caras y los oídos para no ver ni sentir nada.

En el poblado, el comandante anuncia a sus subalternos que hará, solitario, una ronda y sale del cuartel. Lleva el caballo a paso lento. Cuando encuentra el camino hacia Guateque, acelera el paso de la montura a un trote medio de tal manera que no produzca ruidos ni se sospechen premuras en el jinete. Al llegar a los potreros solitarios acicatea al animal que emprende galope tendido y así, al divisar a la distancia los techos de los ranchos a lado y lado del camino, aminora el galope con la complacencia del caballo que parece, con un bufido, agradecer el cambio de ritmo en la marcha.

Entre trote y galope se acerca a Tres Palmas. No ha encontrado a nadie en el camino. Ninguna luz siquiera en los ranchos de los caseríos o las fincas. Sabe perfectamente dónde está enclavada la hacienda del General y toma los atajos siguiendo las instrucciones de la negra María Margarita, la que le sale al encuentro cuando se acerca a una vieja bonga, que fue el sitio convenido. La muchacha le indica el lugar en que su patrona lo espera y él, con paso firme, pero tratando de no hacer ruidos delatores, se encamina hacia allá.

Griselda, que con dificultades ha estado traspasando con su mirada las tinieblas del entorno, lo ve venir y las piernas parecen no querer sostenerla. No encuentra explicaciones y no se decide por definir si su estado es de alegría o de miedo o de qué otra cosa, pero prefiere no preguntarse y se consuela diciéndose mentalmente: “Lo que ha de ser será”, y en silencio, se estrechan en un amoroso abrazo. No dicen nada porque parece que ambos entienden que no se puede perder el tiempo en diálogos inoficiosos. Hacen lo que deben hacer. Ella se sorprende de las capacidades anatómicas, sexuales y amatorias del joven comandante de policía, mucho más experimentado de lo que esperaba y de lo que aparenta. Se confunde cuando el joven oficial, con mano experta, acaricia zonas cuya sensibilidad ignoraba poseer. Pero él se maravilla mucho más por cuanto no es igual a las tantas mujeres que han estado bajo su cuerpo. Es una mujer diferente. Sabe qué es el sexo, para qué es y qué puede hacerse con él. No había conocido, reconoce mentalmente, una mujer como ella. La ha seguido, desde la primera vez que la vio de cerca, y por ello sabe que solamente el General la conoce en la cama. Ahora él transita por esa senda de pasión y se pregunta si acaso el General es un hombre experimentado que la ha enseñado, pero se responde negativamente. Es un don natural en Griselda el ser apasionada. Cada vez que impone una cosa nueva, ella lo asimila prontamente, demostrándole todo lo que una mujer puede dar en la cama cuando la pasión es ama y señora del espacio.

Con la promesa de encontrarse tantas veces como sea posible, se separan en el momento en que los rayos del sol amagan con apoderarse de la inmensa llanura caragaviana. Sabe que no está enamorado, solamente sorprendido y halagado. Ella tampoco está enamorada, pero por primera vez ha podido darle rienda suelta a lo represado en el interior de su alma. Pero ese sentimiento no es nuevo en una mujer que salta sobre la barrera del pudor, de la lealtad y la fidelidad, instruida entre los límites restringidos de un marco de mojigaterías que califica todo lo demás como un pecado y le impide a la mujer expresar, ante el esposo, el hombre que le fue dado como compañero para el resto de sus días, lo que en verdad siente, anhela, ansía en su cuerpo cuando están en la cama cumpliendo las funciones del sexo y del amor. Ninguno de los dos duda en que habrá un segundo encuentro, pero conscientes de que no pretenden erigir ni mucho menos solidificar un triángulo. El deseo, las ansias, las apetencias quedan momentáneamente satisfechas. Muy gratamente satisfechas.


VII

La luna llena ilumina el extenso valle del Caragabi y permite observar con diafanidad la belleza nocturna de la fértil tierra. El joven teniente, acostado sobre mullida cama, mira por la ventana no solo al valle circundante, sino a la maravillosa escena de un cielo rebosante de luces que titilan, como para decirle al hombre que también están vivas. No ha podido conciliar el sueño. Morfeo lo abandonó, y las circunstancias lo obligan a pensar. No le agradan las evocaciones porque su propio pasado lo asusta y al mismo tiempo considera que lo hecho, hecho está, y nada ni nadie podrá variarlo. Evita la soledad y en las noches busca la compañía de una mujer que le facilite apartarse de la realidad. Inicia entonces un monólogo interior y habla para sí:
“Me pasé la noche repasando mi vida desde el momento en que comencé a guardar conscientemente los recuerdos. Gozo de una buena memoria y retengo hechos y circunstancias ocurridos desde la infancia, que me permiten reconstruir el pasado con facilidad. Pese a ello y en honor a la verdad, me siento vacuo. He vivido por vivir y se que no se me debe nada por ello. Tal vez muchos agradecerán el instante en que muera y, quizás, será el único y el mejor de mis aportes a la humanidad.

Al momento en que terminen mis días, no quedará nada de mí, ni siquiera por tener más de un hijo. Como los marineros diría que en cada puerto dejo un amor. ¿Pero acaso amé a una mujer o a un hijo? Mi opinión es que los marineros dejan en cada puerto una puta, pero no un amor. Nunca he sentido amor, desconozco ese sentimiento. Además, por mucho que quisiera a una mujer –y ninguna ha alcanzado esa dicha– no podrá demostrarlo. Los idilios los sepulto en el secreto, la clandestinidad. A mis hijos los arrojo a la fosa de la indiferencia y el olvido. Me considero un cementerio en el que yacen incontables esperanzas, corazones partidos, frustraciones, ideales desperdiciados, honras destruidas.

Mi padre se ufanaba del apellido y del lugar de origen, como algo muy valioso para toda la familia y que por tanto yo debía asimilar y mostrar orgullosamente. Con un tono jactancioso repetía cansinamente la victoria de los reyes Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra sobre los almohades, que paralizó el avance del islam y facilitó a los cristianos medio siglo más tarde obtener la victoria final. Las Navas de Tolosa, los reyes triunfadores, el islam, mi padre, mi apellido, me saben a mierda.

De tanto oírlo, entendí el por qué las mujeres se me ofrecen en bandeja. Me califican un hombre lindo, contradiciéndose ellas mismas que siempre aseguran que el hombre es como el oso, entre más feo, más hermoso. Un contrasentido, porque se afirma que una mujer ama a un hombre aún cuando sea el más feo de la especie, dizque por poseer ellas la cualidad de lo que es espiritualmente bello. Pero eso no es cierto. La mujer, es un ser inconstante y caprichoso. Primero están sus apetencias y luego la realidad.

Yo soy el mejor de los ejemplos. Ellas saben que no les daré más que un poco de sexo y que por ninguna razón pueden esperar amor, pero irreflexiva e imprudentemente, se me entregan por que sí. Estas situaciones, muchas veces enojosas y peligrosas, me llevaron al convencimiento de que si algo es una maldición para el ser humano es la belleza. Principalmente para las mujeres que buscan de manera incansable ser hermosas, por cuanto el hombre rehúye sentirse, aparecer o que se le considere como tal. A menos que en el proceso de concepción, gestación, nacimiento y crecimiento se produzca un accidente y se bifurque el camino, el hombre seguirá el rumbo que le fue fijado por la naturaleza para cumplir su función reproductora de la especie. Si leí y entendí bien, los grandes imperios levantados por el hombre desaparecieron por culpa de los que se apartaron de la ruta. Griegos, chinos, persas, hindúes, galos, africanos, y hasta los precolombinos como el Inca y el azteca, se hundieron en el ostracismo al caer en manos de los que creyeron que la belleza es un atributo más para gobernar a un pueblo. Los reyes y emperadores homosexuales ostentaban con orgullo la doble condición de ser feos y terribles gobernantes, con la de consumidores de afeites para aparecer hermosos y delicados, atractivos para unos y otras, lo que les permitió afirmar que eran el marido de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos.

Abandonar las obligaciones del poder para estar pendientes de los aderezos, derribó los imperios. Las invasiones, las armas, las batallas y los muertos fueron sólo el complemento de lo que ya venía roto en las retaguardias de los gobernantes y sus cortes y cohortes. Lo triste es que sin tener en cuenta la historia, los imperios del futuro caerán en el mismo foso. No de un día para otro, pero sí es motivo de alarma cuando los gobernantes “bonitos” se multipliquen. Esto me confirma la opinión de que la belleza es una maldición.

Mi propia historia, tan corta en el tiempo, es igual. La belleza me obligó a dejar en el baúl del olvido los valores del hombre para convertirme, conscientemente, en un crapuloso irredento. Coloqué a la mujer como mi único objetivo y llegué a tanto, perfeccioné al máximo mis métodos, que logré que sean ellas las que den el primer paso, y ellas las que sufran los arrepentimientos, sin dejar de degustar, mentalmente, la experiencia. No hay dudas de que dejo impregnada en la epidermis, en las intimidades de las mujeres que llegan a mis brazos, en sus sentimientos y en sus recuerdos, el dulce sabor del pecado bien cometido. Se que en ellas se debate la admiración sexual, lo que creen es el amor, con las frustraciones de sus objetivos de vivir conmigo el romance eterno que sueñan desde jóvenes. No se puede negar, y la experiencia me lo ratifica, que toda mujer sueña con varias oportunidades románticas, pese a vivir al lado de quien fuera durante algún tiempo su estrella polar. Lo peor es que las mujeres que todo lo tienen son las que más ambicionan las aventuras. Internamente felicito a las mujeres comunes que sólo caen por necesidad.

Desde niño entendí que mis atributos físicos, el color de mis ojos y de mi piel, así como la configuración facial, me diferenciaban de los otros niños con los que compartía el interminable e incansable tiempo de los juegos infantiles. Las mujeres, incluso las de mi propia familia, me acariciaban sin razón el cabello o el rostro, mientras me aseguraban que era un niño lindo, lo que no ocurría con los otros. Me agradaban esas preferencias femeninas y a medida del avance de los días y de los años, así como el entendimiento de las cosas, supe que los compañeritos de juego o del colegio me envidiaban. La envidia subía de grado al referirles secretamente, cómo mi tía Luisa Fernanda, una solterona de casi cuarenta años entonces, me llevaba a su cama para que la acompañara en las noches en que supuestamente la atacaba la migraña para que le hiciera compañía. Lo cierto es que veníamos a conciliar el sueño en la madrugada, después de horas de manipularme entre las piernas, besármelo, y quejarse y retorcerse extrañamente, como si un dolor que la satisfacía le recorriera el cuerpo. Las últimas veces fue mi madre la que se opuso, por cuanto ya contaba entonces con catorce años y era yo quien buscaba la invitación. La tía Luisa Fernanda dizque se había quedado virgen, pero yo podía dar fe de otra cosa. 

Conocí mi sino desde la infancia y no obstante mi modestia de entonces, todos, a fuerza de ver mi exterior sin auscultar mi interior, me reputaban astuto, por lo que aprendí a fingir. Sentía profundamente la bondad y la maldad, pero si trataba de practicar la una nadie me acariciaba, por lo que opté por sepultarla y abrirle la puerta de par en par a la otra. Así, nació en mi pecho la desesperación fría e inerte disfrazada de amabilidad y sonrisa afectuosa, prometedora hasta alcanzar el objetivo, cuando vuelvo a ser un lisiado moral”.

Mira por la ventana al cielo, porque entiende que se trata de una noche perdida, muy pocas en su vida en la soledad de una alcoba y preso de su propia imaginación y sus recuerdos, y se deleita con el esplendoroso espectáculo de las estrellas encendidas. Pero añora una compañera en la cama y la luz apagada de las estrellas, que parecen noches tristes, porque son ellas las cómplices en la ejecución de sus propósitos en camas ajenas. Mañana volverá a lo mismo, pese a reconocer que se siente hastiado, al punto de que ya ni el pecado le alegra.

“Me pregunto la razón para obstinarme en pretender el amor de una muchacha a la que no quiero seducir y con la que nunca habré de casarme y me respondo que no es más que un capricho. Hay un placer indescriptible cuando el hombre se apodera de un alma joven que como una flor apenas se abre a la vida y corre el riesgo de que su aroma se evapore al primer beso del primer rayo de sol, por lo que hay que asirla en ese preciso momento, aspirarla y arrojarla después de agotar su perfume.
Mi única meta, la principal ambición de mi vida es mantener el ansia de poder para someter a mis víctimas a la voluntad de mis caprichos, excitarles el sentimiento del temor. El que aparenta adorarte en el fondo te teme. Las mujeres que llegan a temerme son más dóciles ante mis exigencias. Considero que si Dios existe lo mejor que me ha dado es el uniforme y las charreteras, que como soles y estrellas alumbran mis días y mis noches.

¡Qué beneficios me reportan el uniforme y las charreteras! Me permiten sobresalir entre los hombres y ante las mujeres aparecer como un moderno Apolo. En la intimidad de la alcoba saco del baúl las estampas del dios olímpico y al tiempo que me miro en el espejo, comparo mi figura con la del Belvedere y sin empacho, soy superior. No es un ataque de narcisismo, porque una de mis ventajas es mostrarme humilde. Además, considero que los atributos no requieren alardes. Sobresalen por sí mismos. Los míos se proyectan, se patentizan más cuando la falsa humildad de mis ademanes pretende ocultarlos.

Mis atractivos, sin embargo, me proporcionan situaciones desagradables. Es que el amor legal mira por encima del hombro al amor libre. ¡Hasta que cae en lo que reprocha! El problema es la supuesta honra lesionada y los dolores espirituales para los que se carece de sedantes. Más de una vez me ha tocado enfrentar momentos delicados y en algunos los resultados fueron funestos. No encuentro razón para que los maridos actúen con violencia al enterarse de las infidelidades de sus compañeras. Nadie puede acusarme de acoso a una fémina. Menos si es casada. Vienen a mí por sí solas, simplemente por capricho o porque no resisten, lo cual parece ser mal innato de las mujeres, saber que una amiga o una enemiga ya se entregaron.

Mis preferencias son por la mujer joven. Tienen la ventaja de que no sólo se entregan con entusiasmo para disfrutar lo desconocido, las primicias sexuales, sino que ambicionan aprender y establecer qué es, para qué sirve y cómo y de cuántas maneras se hace. Se sienten en el salón del colegio listas para adelantar los cursos que sean necesarios hasta llegar a la profesionalización. Los maridos ofendidos, y así lo he comprobado, son los peores maestros del sexo porque nadie puede enseñar lo que no sabe.  Ciertamente la naturaleza regala los instintos, pero es el hombre el que debe perfeccionarlos y dejar a la mujer con un acervo de conocimientos que le hagan agradable el resto de sus días. En mi larga vida de aventuras sexuales he encontrado esposas expertas, veteranas, que sin embargo no han mancillado su lecho. Especimenes raros, pero las hay. Tal vez, para entender la infidelidad femenina, se deben tener en cuenta tres aspectos que podrían incidir en ello. La curiosidad por comprobar si su hombre es en verdad experto o si todos son iguales. O porque en su propia cama no ha podido entender el sexo o porque de manera natural brota la necesidad de hacerlo bien. Creo sin embargo que don natural o adquirido, la mujer joven desperdicia el agua y al llegar a la madurez trata de recogerla. Esa es la razón de mis preferencias por la delicia de acariciar un cuerpo nuevo, cuya tersura responda con silencioso y desapacible temblor, como lo hace la potranca arisca que se conmueve desde la testuz hasta la cola con sólo ver la mano que se le acerca para acariciarla.

Recuerdo a Marieta, esposa del alcalde de.... que me desdeñaba sin que existiera razón. Como ocurre en mis lances amorosos, el primer paso lo dan las mujeres, y por muchos deseos por hacerla mía, trataba de ignorarla para evitarme complicaciones. Pero ella, al enterarse que mantenía un romance con la hija del coronel ... mujer joven y hermosa que esperaba vanamente que su padre encontrara el príncipe azul para endosársela con la escasa dote que podía proporcionarle, Marieta abandonó su actitud y entre ambos encontramos la manera de refugiarnos la una en el otro, como si se tratara de una reconciliación por una disputa que no había ocurrido. Desdéñalas y caerán ante ti como la mosca en el pastel. No obstante, en esas actitudes sale a relucir un factor intrínseco de la mujer: su astucia. Ninguna mujer actúa porque sí. Sabe lo que quiere, cómo lo quiere y en dónde está lo que quiere. La que es señalada como honesta porque en el disimulo está su fuerte. La joven inocente lo sabe por instinto. Simulan no saber que el hombre lo que necesita de ellas es el cuerpo y se esmeran por aparentar belleza, pulcritud, buena educación, y buscan con los afeites y lujosas y hermosas prendas interiores, así como en las galantes vestiduras exteriores, llamarles la atención y conquistarles. Pero son contados los hombres que miran estas cosas, que poco o nada representan en los deseos masculinos.

Se repiten en mi mente los primeros años de juventud y el incidente con Ana Tilde, una niña que se encontraba en el momento de adentrarse a la juventud, la cual formaba parte del grupo de niñas, unas seis, que me turnaban como un objeto para jugar a la “casita”. Desde los cinco años preferí a las niñas y su curioso juego, al de los compañeritos del barrio o de la escuela.

Ana Tilde pertenecía a una de las más encopetadas familias de Cartagena. No sólo por la prosapia de sus apellidos, sino también, por las inmensas riquezas familiares, que además de heredadas, se acrecentaron con el mercado de esclavos, la producción ilícita de licores, la apropiación de miles de hectáreas de tierras calificadas de ubérrimas y de esquilmar a los campesinos, además de raer con frecuencia las arcas, primero de la corona española y luego del Estado. Por eso el padre de Ana Tilde ocupaba lugar de honor en la sociedad del Corralito de Piedra.
La muchacha también fue la más entusiasta para ejecutar el juego de la “casita” y así, las demás no alcanzaron a desistir de la aparente ingenua práctica de entretención, pese a que los años se iban acumulando en sus cuerpos. Ana Tilde parecía elevarse a estadios de delicias con el juego, que fue convirtiéndose en retozo permanente y libre de vestiduras para facilitar las caricias mutuas por períodos de dos y tres horas, en imitación de lo que veían hacer a sus padres.

Pero todo tiene un fin y la “casita” terminó una mañana de agosto, cuando empujé con fuerza y ella se obstinó en resistir. El grito alarmó a las otras que seguían los pormenores del juego desde muy cerca y al llegar al lado, nos encontraron a ella con la vulva sangrante y a mí con el miembro viril en las mismas condiciones. El afán de uno por entrar y de la otra por cerrar la puerta, ocasionó el percance. Las muchachas afrontaron una realidad inocultable: habían dejado de ser niñas y el juego quedó solamente para gratas evocaciones futuras.

A sabiendas de que mis inclinaciones eran otras, acogí con entusiasmo el ingreso al colegio. Además de instruirme mejor podía alternar más tiempo con las jóvenes. Mi padre me obligó a estudiar en la casa y al ingresar al colegio escribía bien y prontamente me convertí en el escritor de cabecera de las muchachas y por ende en su confidente, al prepararlos con especial gracia y un algo poético, las cartas de amor. En esta labor adquirí el convencimiento de la liviandad mental de las mujeres, que por ello se deben considerar como un objeto manipulable, destinado a satisfacer las apetencias sexuales del hombre, porque en general, ellas no piensan más que en el sexo.
La mujer no debe leer, ni siquiera aprender a leer, porque entonces pretende ser igual al hombre. En muy contadas ocasiones, raras deben considerarse, he tropezado con mujeres que supieran leer y escribir correctamente, que no pretendieran por ello apoderarse de mí, atarme con subterfugios y esclavizarme amarrándome a la cama para usarme, como el vaso de noche, cuando sintieran necesidades vaginales.

Aquí fue distinto. Al recibir la invitación del General, principal personaje de Caragabi, para que almorzara en su residencia, me sorprendió con algo diferente. La esposa del general, además de bonita e inteligente por naturaleza, sabe leer y escribir muy bien. Su manera de comportarse la hace ver como la tierna florcilla que brota del estiércol del ganado en los corrales y potreros. Bella, delicada, romántica sin pretenderlo, dulce en el trato. Creo que es la única joya que he encontrado en el largo camino de búsqueda del verdadero placer. Mujeres como ésta, deben ser el orgullo de quienes las poseen y felicito al General por su buena estrella. Inteligente pero discreta al máximo, con una mirada me dice: “Aquí estoy. Te esperaba”.
Días más tarde y dentro de la mayor discreción, acumulo datos sobre la mujer. Griselda está rodeada de un halo que no solo circunda su cuerpo sino su condición de esposa de un hombre que goza del aprecio, la amistad y el respeto de los que viven en el Caragaví, sin discriminación alguna. Desde lejos la veo leer y escribir, pero sin lograr evaluar la calidad. Se que seré bien recibido si se presenta la ocasión, pero ella es como un baluarte, quizás más, una fortaleza bien custodiada a la que será dispendioso y muy peligroso tomar. Es uno de los pocos retos importantes que en materia femenina se me han atravesado en el camino. No solamente debo burlar al esposo sino a la guardia que la custodia, que inconscientemente está formada por todos los del pueblo. Se me viene a la memoria un cuento que leí hace muchos años, en el que a mil soldados se les encomienda custodiar un valioso tesoro, mientras lo conducen de un lugar a otro atravesando selvas, montañas, pueblos y ciudades, para entregarlo en manos del rey. Durante el primer mes se sorprenden hasta de sus sombras, porque temen que ellas se desprendan de los cuerpos y roben el fabuloso y valioso cargamento, pero al pasar los días, las semanas y los meses la tensión disminuye. En el momento en que los bandidos que los han venido siguiendo por todas partes de forma sigilosa, entran al campamento y se llevan el tesoro, se dan cuenta que cada uno de los soldados confiaba en que el compañero estuviera atento en la vigilancia. Es posible que con la bella Griselda que, es indudablemente el tesoro del General, ocurra lo mismo. Solamente tengo que esperar.

Mi función me mantiene alerta. No puedo confiar en nadie y si me distraigo es mi propia culpa el resultado adverso que ello pueda acarrearme. He visto que la negra al servicio de Griselda se hace la encontradiza con demasiada frecuencia. ¿Estará enamorada de mí? No lo creo. Entre los negros y yo se levantó no sé cómo una muralla que impide el acercamiento normal. Puede tratarse de un odio innato, incomprensible, que brota por sí sólo. Pero la única vez que tuve en mis brazos a una negra, fue uno o dos años después del incidente con Ana Tilde, que mi padre, creyéndome virgen, dispuso que la hija de una de las esclavas de la casa me fuera entregada para que gozara las ricuras del sexo. Mi progenitor me conocía tanto, se preocupaba en alto grado por mí, que ignoraba que no era un novato en el tema y que me acercaba con singular entusiasmo a lograr el grado de profesional del sexo. Mi fama de garañón adquiría mayor grado y en varias residencias de Manga, el centro amurallado y El Cabrero, estaba prohibido mi acceso. Las murallas, sin embargo, testificaban sobre mis cabalgatas nocturnas. Para evitar complicaciones, cambié de rumbo hacia los puertos del Playón del Blanco, Torices y Pié de la Popa, en donde los alardes relativos a la blancura de la piel y la nobleza de cuna son mínimos. Leyendo obras diferentes, me enteré de que la nobleza seguía en España y que los criollos sólo podían alardear de los abuelos que fueron piratas y de los tatarabuelos que, al partir de la península, dejaron pegada a la pared y los barrotes de los calabozos la piel a la espera de la ejecución y que prefirieron enfrentar lo desconocido y morir en la aventura, ante la posibilidad de riquezas y nueva vida. 

La niña negra, aseguraba más tarde su madre, se había desangrado y muerto, porque mi dotación anatómica, por lo grande, la había destrozado por dentro. Falso de toda falsedad. Entre los esclavos negros si acaso se encontraban ocho o diez que se avergonzaran de tener igual tamaño que yo, reducido casi a la mitad del de la mayoría. Negros abandonados a la voluntad divina, morían de cualquier pequeña herida que acentuaba así el alto grado de anemia que sufrían.

No era mi piel ni mi cara ni mis ojos ni mis ademanes, los que se levantaban entre ellos y yo para impedirnos más allá de un intercambio de palabras. Ignoro qué sienten ellos, especialmente las mujeres, cuando me ven. En lo que a mí respecta, es algo que brota por sí solo de lo más profundo del cerebro. La mujer negra, por muy linda, y hay algunas que pueden considerarse verdaderas diosas de ébano, me producen una rara sensación de fastidio, de rechazo. El olor a coco rancio de sus cabellos ensortijados y del dividivi en sus cuerpos, me provocan nauseas. Me asusta qué pueda pasarme si me acuesto con una de ellas. Es que uno se crea mentalmente unos fetiches en cuestiones sexuales, y el mío es tocar, ver, escudriñar el pozo de la dicha que se encuentra entre las piernas de las mujeres, pero al pensar en el de las negras, se me eriza el pelambre.

Un amigo me aseguró que todo ello es el resultado de mi racismo. Pero en verdad, no me considero racista. Jamás he maltratado a un negro, ni siquiera cuando en mi casa los negros esclavizados eran tantos, que se puede afirmar que por cada miembro de mi familia se encontraban diez de ellos. Servían para todo.

Supe que la negra al servicio de Griselda era famosa por su manera de cumplir la función sexual. Tan linda como su patrona, su franqueza en la mirada y su comportamiento la distinguían. Decidí afrontarla y le brindé la oportunidad, que me pagó con una tremenda sorpresa. ¡Vaya sorpresa!

Portaba un mensaje valioso para mí. La propuesta de Griselda. No se si como producto de la trama, por petición de Griselda o como una forma de aprovechamiento personal de María Margarita, como se llama la negra, debo forzosamente ejecutar el amor con ésta para alejar de la patrona todo peligro, cualquier duda o mal entendido.

Y cuán agradable la experiencia y después la repetición por tres veces más en días posteriores. ¡Un torbellino en la cama! Algo que hacía mucho tiempo no gozaba. Pese a mis caprichos contra los negros, María Margarita resultó extraordinaria, sorprendente y muy agradable.

Griselda fue la segunda sorpresa. En la región del Caragabi encontré dos joyas diferentes. Peor aún, como para terminar con mis escrúpulos, ambas saben leer y escribir como cualquiera de los letrados asentados en Cartagena, pero ninguna de las dos ha intentado aprovecharse de esas dotes ni menos imponer sus criterios personales. Ni siquiera se insinúan como enamoradas. Todo se asimila a una transacción de negocios en la que cada una de las tres partes cumple su tarea sin esperar beneficios. ¡Cosas de la vida! ¡Caprichos del destino! Ahora que nada me exigen diferente al sexo, me roe adentro la esperanza de un idilio como para conocer, al fin, el amor. Pero no debo correr el albur. Hay que dejar las cosas como están y esperar. Esperar los resultados”.

 


VIII


La llamada Primera Guerra Mundial, afecta sensiblemente las exportaciones de tabaco, que tienen en Alemania uno de los mejores mercados del mundo. El producto, en el país, se divide en varias calidades, según el tipo de la hoja. Hay un tabaco “Ambalema”, cuyo centro de producción es la población del mismo nombre en el Tolima; “cubita”, que deriva su nombre de una buena clase cuyo origen es la isla antillana; “Mompós”, una hoja de excelente calidad proveniente del municipio del mismo nombre en el Estado Soberano de Bolívar, y el popular “revuelto”, una combinación de hojas de desecho de las anteriores calidades, con las que se elabora un cigarro que por su valor, inferior al de las otras,  y por su sabor fuerte, colma los deseos de los fumadores de las clases populares.

Con el mismo sistema esclavista y de explotación que se practica en la agricultura y la ganadería, se cultiva el tabaco en cantidades considerables. En la región llamada Montes de María, el fundador y organizador de pueblos, Antonio de la Torre y Miranda, con una visión diferente a la de los españoles de la época, detecta grandes posibilidades de producción agropecuaria y por esa causa abre caminos impensados. Pasados los años, esos caminos interconectan a los Montes de María con otras regiones, pero sus tierras, en un gran porcentaje, son dedicadas al cultivo del tabaco. Toluviejo, Colosó, Chalán, Ovejas, El Carmen, se sustentan económicamente en la producción de la hoja. Las fortunas crecen tanto hasta otorgarles a los potentados privilegios de los que quizás no gozaron los ricos de otras latitudes y otros tiempos. Corozal, Ovejas y Mompós, albergan en su seno a individuos que con el poder del dinero se apoderan de lo material y de lo inmaterial y sobre sus nombres y riquezas les dan principio a clases privilegiadas que en el futuro aparecerán como pequeñas monarquías tiránicas, fuera de cuyos círculos nada vale ni sirve ni tiene importancia, ni siquiera la vida humana, por considerar que los demás nacieron para ser esclavos a su servicio. Fueron estos nuevos ricos los inventores de la “puerta del servicio”, un denigrante acceso a sus residencias por la que penetran los pobres, los trabajadores al servicio de las familias, los de “abarca de tres puntá”, los de “sombrero vueltiao”, los “pata rajá”, y, en fin, el resto de los mortales de cada poblado. Uno de los García, de la población de Ovejas, viaja de pueblo en pueblo y compra en los chiqueros y en los corrales los marranitos por nacer o que no tienen más de un mes de nacidos, y terneros a los que aún les corre por el cuerpo la sangre uterina y hacen esfuerzos para erguirse. Y también niñas que miran con sus ojos inocentes el despertar de los días y que acaso se preguntan qué vinieron a hacer a este mundo y qué futuro les depara el destino. Niñas que se sorprenden cuando en sus pechos comienzan a aparecer brotes como los que surgen en la cabeza de los terneros y que después se convierten en astas. El acaudalado hombre de negocios las adquiere, aprovechándose de la miseria de los padres, para reservarle a su lascivia el placer de rasgar hímenes, degustar virginidades y primicias sexuales. Espera con paciencia dos, tres o cuatro años para tomar posesión de lo adquirido. Para él no hay prisas. En cada vereda, caserío o pueblo, El Troyano de la Sabana, como lo llaman, tiene una, dos o tres niñas que aguardan turno para entregarle las primicias de sus cuerpos en el altar de la miseria, de la ignominia, y más tarde, satisfechos los deseos del sátiro, complacida su vanidad y la voracidad de sus entrepiernas, abandonarlas como objetos inservibles.
Solamente se trata de satisfacer el capricho del comerciante y ganadero de rasgar velos, lo cual lo conduce en más de una ocasión al incesto, por olvidar, pasados los quince años, que su nueva víctima es el fruto de una semilla plantada años atrás en una niña como la de ahora.

La guerra mundial y la suspensión o disminución de las exportaciones de tabaco deja en la ruina a muchos que jamás pensaron en que el genio de la lámpara maravillosa también podía morir. Entre ellos, hay uno que recibe los mayores embates de la desgracia: don Cristóbal Badel, de Corozal. Adquiere el tabaco a precios irrisorios, lo acumula y posteriormente lo vende a los cubanos o a los alemanes. Entre los trabajadores al servicio de Badel está una mujer que es su parienta cercana, y que desde niña ha estado a su servicio. Para la época el parentesco es tenido en cuenta. Naturalmente que los parientes pobres son tratados como tales. Sólo se les brinda la oportunidad de servir, de trabajar, para que así agradezcan el alimento y las vestiduras que reciben.

Cristóbal Badel se acostumbra a la presencia de Juana Julia Guzmán, olvidándose del parentesco. Pero si está en la casa desde niña, si se ha esmerado en aprender a calificar y seleccionar el tabaco, a pesarlo, a estar al día en las fluctuaciones de los precios, a diferenciar la importancia de los clientes, si en todo parece un libro abierto que responde inmediatamente cualquier consulta, merece estar más cerca y sin que la joven se dé cuenta, porque ni siquiera se le fija un salario ni se le establece una distinción, la convierte disimuladamente y con el paso de los días en gerente de la empresa. Dignidad sin nombramiento y sin estipendios.
Transcurren los años. Juana Julia Guzmán observa en silencio la explotación que se hace a los campesinos cultivadores de la hoja de tabaco, los engaños en las cuentas, hasta el punto de que siempre tienen sumas a cargo, no importa la cantidad ni la calidad del tabaco que entregan como pago en cada cosecha porque siempre tienen deudas. Pero ella no puede protestar. ¿Si los campesinos no lo hacen, si sufren calladamente todos los atropellos y las humillaciones, cómo intervenir? No lo sabe. Pero intuye que en el resto del mundo no puede ser lo mismo.

La guerra, sin embargo, los golpea a todos, aún cuando de ella sólo saben que se desarrolla en un sitio remoto al que llaman Europa y donde muere mucha gente. A los ricos los golpea cuando se cierran los mercados o se restringen al máximo las importaciones, y a los pobres, porque si se paraliza la actividad no encontrarán mercado para su reducida producción primaria ni habrá fuentes de trabajo en donde devengar el sustento. Todos van a la ruina. Juana Julia Guzmán, sin patrimonio, sin renta y sin trabajo, y lo que es peor, sin el reconocimiento monetario de sus largos años de esfuerzos y dedicación, busca nuevas perspectivas y se va al Caragabi y llega al poblado dos años antes que el italiano Amado Vicentini.
Llega a una tierra en la que sólo la ganadería aparece como principal renglón de producción, pero mil hectáreas y hatos numerosos, los manejan diez empleados. El ganadero de la tierra se apoya en la ingenuidad y la bondad de los nativos e impone el sistema de ganadería intensiva, a sabiendas de que nadie habrá de robarle, de que el ganado crecerá por si solo y por lo tanto requiere de pocos empleados y baja inversión. Ya pasaron los bellos tiempos de la “Casa Americana”, explotadora de maderas del Caragabi para exportarlas a Paris, Londres y otras ciudades europeas, en las que se utilizaron como pilotes de muelles y base de calles a pavimentar. También se acabó la explotación del árbol del caucho. Y como corolario, también cesaron las grandes farras en las que se quemaban banderas de billetes y se esparcía por las calles, para que no se levantara el polvo, el perfume de gardenia y el agua de Cananga, las más finas y caras esencias de la época.

Encuentra Juana Julia un poblado en donde las mujeres de familias pobres se sienten felices de ser llamadas al servicio doméstico de las residencias de los pocos potentados que ejercen omnímodamente el poder. Pese a los vejámenes a que son sometidas, y a cada momento se rumoran atrocidades de las matronas que en raptos de ira arrojan hasta agua hirviendo sobre la humanidad de las domésticas, eluden trabajos duros como lavar y planchar ropas o dedicarse a la prostitución.
Son muchas las mujeres de los sectores populares que se dedican a bailar en los fandangos, para adquirir dinero sin el baldón de aparecer como meretrices y por ello ser confinadas en las llamadas zonas de tolerancia. Por bailar con ellas algunos pagan buenas sumas de dinero, y otros, en remembranza de los mejores tiempos idos, aún les cuelgan de los corpiños los billetes, en momentos de efusión.

Juana Julia Guzmán es una mujer agraciada físicamente. Como la gente de su tierra, la sabana, el color de la piel se semeja al de los abuelos descubridores y conquistadores. Pero no cae en la trampa de la prostitución y con el apoyo de mujeres que no desean otra cosa que distraer sus penas y su pobreza en las ruedas de los fandangos, forma un clan en el que la alegría, la camaradería, pero, sobre todo, la calidad de la danza inicia una etapa que marcará recuerdos imperecederos en la historia regional. Quedan atrás, bien lejos, borrados de su mente, los ajetreos del tabaco. Sabe que ni siquiera es capote. Si acaso jamiche de un tabaco que jamás volverá a sus manos. Borra a su pariente Cristóbal Badel, a José María Pizarro, a los alemanes y cubanos y, en fin, a todo lo que fue su vida durante muchos años. Y también borra la mirada y la risa cínicas de El Troyano de la Sabana y sus manifiestas intenciones y ambiciones de anotarla en el inicuo libro en que lleva el registro de las sacrificadas y de las que esperan el turno de víctimas en el altar de la ignominia.

IX

El valiente y veterano hombre de armas siente en su interior la ira por el fracaso de sus gestiones. Nunca, frente a un hecho para él de importancia, saboreó la amargura de la frustración. Sabe, sin embargo, que la vida no puede ni debe ser un rosario de éxitos, de triunfos, de resultados agradables. La vida llena de dulzuras podría convertirse en la amargura no conocida ni esperada, un tedio inacabable; el ser humano se empeña en avanzar en línea recta hacia el firmamento de la dicha eterna, sin tener que golpear con los dedos de los pies las piedras de la verdad que se encuentran en el camino.

El viaje a Lorica y la permanencia allí por más de una semana, el traslado a Cartagena y su estada en aquella ciudad y el viaje de retorno, representan más de mes y medio por fuera de su sede habitual. Se agradece así mismo no haber divulgado sus intenciones antes de partir, lo que, si hubiera ocurrido, lo habría obligado en estos momentos a viajar, no al interior del país como se pensaría, sino al exterior. No soporta la burla. Piensa que jamás podrá acomodarse a la hipocresía de los círculos sociales. No encuentra cómo es que, desde el presidente del Estado hasta el más insignificante funcionario, tanto en la capital de la Provincia como en la del Estado hayan podido mostrarse indiferentes al problema que les planteó. Por el contrario, todos saben el por qué el teniente recaló en el poblado. Exprofeso se dice así mismo, dentro del camarote del barco “Quo Vádis”, al que entró desde que subió a cubierta en el puerto de Cartagena y del que no ha salido ni siquiera a tomar los alimentos. No le da importancia al nombre del barco ni a la coincidencia con su estado de ánimo, porque todos saben que él va al poblado. Quizás si la pregunta se la hubieran hecho cuando partió, la habría respondido, pero no ahora, cuando retorna frustrado, con un amargo sabor en la boca que lo entristece y lo obliga a pensar en lo que no debe. ¿A dónde puede ir? A su casa, al calor de su hogar, al lado de su compañera y de sus hijos, a compartir las tristezas con los amigos. Sabe que mientras estuvo por fuera algo debió ocurrir en relación con la presencia del joven teniente y su ascendiente sobre las mujeres. En la soledad del camarote decide que no volverá a colocarse los arreos militares. Su espada habrá de permanecer colgada desde el momento mismo en que pise la entrada a su hogar y no volverá a desenvainarla por ninguna circunstancia. La fidelidad al partido se circunscribirá a mantener con orgullo la condición de militante, pero sin más ambiciones que las de depositar el voto por los viejos amigos, para que los camaradas en los campos de batalla pisen las gradas del congreso y del palacio presidencial. “No más batallas, no más guerras”, decide.

El Prefecto de la Provincia se entera de la presencia del General a bordo de la “Quo Vádis”, y se dirige prontamente al puerto para invitarlo y allí se establece el diálogo:
– Buenas tardes, General.
– Buenas tardes, señor Prefecto. ¿Cómo están usted, su familia y su pueblo?
– Le entrego un parte sin novedad, señor. Mientras se ejecutan las tareas de carga y descarga de mercancías, me permito respetuosamente invitarlo a mi humilde residencia y en el lapso le ofrezco un refrigerio; mi casa y mi familia se sentirán honradas con su presencia.
– Gracias, mi viejo amigo, pero usted sabe que hace más de un mes que salí de mi casa y me encuentro, como lo está viendo, adelantando los trámites de varios asuntos de negocios que abandoné por tantos días- responde, sin que en sus ojos ni en sus ademanes se note ninguna contrariedad. En realidad, no está haciendo nada. Al momento en que le avisaron que el Prefecto quería presentarle sus saludos, tomó una carpeta con documentos y aparentó estar ocupado con ellos, para no salir del camarote.
– Perdone mi insistencia, señor, pero creo que una hora por fuera del camarote no habrá de perjudicarle, y así tenemos la oportunidad de hablar de asuntos de importancia para usted y la Provincia.
– Le repito, amigo mío, que todos mis asuntos de negocios y de hogar han estado largamente abandonados y, por tanto, las cosas deben encontrarse patas arriba o paralizadas. Usted sabe que los tiempos de ahora no permiten que ocurra tal cosa sin producir efectos contraproducentes. No olvide el aforismo de que barco parado no gana flete y yo he estado demasiado tiempo en otros muelles, y con la firmeza de la mirada le indica al Prefecto que da por terminada la visita. El funcionario lo comprende y se despide con respeto del militar.

Ni el Prefecto le pregunta ni él se refiere a la suerte de las diligencias para trasladar al comandante de la policía. Ambos saben que nada se ha logrado. El Prefecto recuerda que gracias a un informe confidencial y oportuno pudo evitar que el joven teniente se quedara en Lorica, a donde venía trasladado, y esa oportunidad le permitió destinarlo, encontrándose aún en camino, hacia el poblado del General, que fue el primer lugar que se le vino a la mente en esa ocasión, pero jamás se detuvo a sopesar los efectos negativos de su decisión ni lo que ella representaría en el futuro en las relaciones con el ilustre ciudadano. No se atrevió a decírselo cara a cara, por lo que mentalmente le envía las disculpas cuando ha saltado de la lancha al puerto. Para el Prefecto el General es un hombre diferente a los demás. Lo admira por su integridad ciudadana, su honradez y su honestidad acrisoladas, y lo respeta porque ve en él al soldado valeroso que le habría gustado ser. Sabe que ha perdido al amigo. Pudo detectarlo en la mirada del General. Y todo por un jovencito cuyo único adorno es la belleza, que llegó a perturbar el rumbo normal de las cosas. Cómo lamenta los resultados de su decisión, porque sabe que acaba de salir del corazón del hombre que pensó mantener por siempre como su amigo.
El General también lo siente. No sólo por el Prefecto, sino por el presidente del Estado, por el Obispo, por el alcalde de Cartagena, por los diputados, por los jefes visibles del conservatismo. A todos les guarda ahora resentimientos. Mentalmente jura no volver a confiar en nadie. Su persona, sus logros militares y políticos, han sido pisoteados por quienes debían rendirle pleitesía y agradecimientos. “¿Cómo pensaron en mí para la candidatura presidencial? ¿Sería acaso otra manera de tejer sus engaños? Favorablemente no caí en las redes de sus maquinaciones”, concluye. Pero tampoco caerá en la desolación. No mostrará a nadie sus frustraciones. Continuará siendo el General y respetará y se hará respetar, aún cuando también se encuentre ya, como los otros personajes del poblado, en las astas que cuelga con tanto entusiasmo y cada noche el comandante de la policía. Sin embargo, un algo por allá escondido en lo más remoto de su cerebro, le muestra una salida, con o sin cornamentas. Y si alguien se la propone, encontrará en él el valor y la decisión suficientes para secundarlo. ¡No lo duda!



X

La travesía por varios países y su interés por establecer con el roce continuado la idiosincrasia de la gente en cada tierra que pisa, le permiten al italiano Amado Vicentini establecer que llega a un pueblo distinto a los que ha conocido. Hay un problema que sabe debe superar para poderlo instruir en las cosas nuevas del mundo. Ese problema es que todos comen, porque en mayor o menor cuantía, en cada casa hay sembríos de pan coger, animales comestibles, nunca faltan los huevos y el poco dinero que reciben de los patronos alcanza para lo demás. Como afirma el adagio, “barriga llena corazón contento” y, en consecuencia, se carece de incentivo para protestar por las condiciones que les imponen. No son esclavos de las exigencias de la moda, y, además, el clima, antes que exigir costosas vestimentas obliga a vestirse con ropas ligeras para soportarlo. Ni siquiera los potentados criollos, creen necesario trabajar más de lo indispensable. Ellos mismos marcan la moda masculina: la paruma. Es un trozo de tela gruesa, generalmente de dril, ceñida al cuerpo desde la cintura que pasa alrededor de los genitales para no tenerlos al aire libre, sin nada más debajo ni encima. Con la paruma trabajan, dirigen, disponen. Varios, por la inmensidad de sus bienes, son llamados a formar parte del club. Los únicos que sobresalen por sus vestuarios y por ello aparecen elegantes ante los demás, son los franceses y los italianos, los cuales forman las colonias más numerosas; un norteamericano por allá, un alemán por acá, un inglés más allá. Siguen los cartageneros y muy pocos del interior del país, habituados a vestir con saco y corbatín de lazo, liqui liqui, unos de paño inglés y los más de lino.

Poco a poco Amado Vicentini aumenta el círculo de sus oyentes. No hace escándalos, no reúne multitudes, no lanza arengas. Va de uno en uno en charlas intrascendentes, señalándoles lo que les corresponde como ciudadanos y de qué manera en el mundo se lucha por las reivindicaciones sociales. Sabe que es gente tranquila, pacífica, y él mismo lo demuestra con sus actos que no desentonan, y por ello habla de organización y concientización. “Si no conoces tus derechos te excederás en tus obligaciones”, recalca. Sin fuerza, con calma, con paciencia, Amado va sembrando la semilla. Pocos años antes los liberales crearon una entidad a manera de fundación, para recaudar fondos para el partido, y como en cierta forma sus ideales son afines, hacia ellos encamina sus esfuerzos de convicción. Además, el líder nacional de esa organización política, el llamado General Rafael Uribe Uribe, plantea en sus discursos, en sus proclamas y en prácticamente todas sus intervenciones, un cambio en las políticas laborales del país. Es un dirigente que habla de cosas que antes no se escuchaban en el continente y por ello prendió la llama de la revuelta, que originó una guerra entre hermanos. Y el poblado no había permanecido indiferente al conflicto, aun cuando la condición pacifista de las gentes de la región costera y caribeña no les hubiera permitido permanecer mucho tiempo en los ajetreos de la guerra. Vicentini habla de una entidad de tipo sindical en la que tendrán asiento, a un mismo tiempo, los obreros, campesinos y artesanos, dirigida a luchar por la conquista de reivindicaciones sociales. Llega al optimismo de asegurar que la entidad tendrá como sede principal al poblado desde donde irradiará sus propuestas y conquistas al resto del país y, ¿por qué no? del mundo, porque es idea nueva. Insiste en la defensa de los intereses profesionales, en mejores salarios, en el reconocimiento y pago de los trabajos dominicales, y de lo que quizás no se habla en el resto del país: protección social para el trabajador y su familia.

– Los ricos de esta tierra se convirtieron en esclavistas. Les quitan el espacio para dárselo a sus reses. Van a Cartagena a buscar remedios para el ganado, pero a ustedes no les traen ni una Cafiaspirina para combatir las fiebres palúdicas, ni una pastilla O.K. para los dolores de cabeza, asegura, lo que sus oyentes saben que es cierto.

La llegada de Amado Vicentini como vagabundo, como un nómada que no encuentra tierra dónde afincarse, y la del comandante de la policía, prácticamente desterrado de los pueblos en que ha estado, unas veces por la violencia de sus actos y las otras, las más, por sus devaneos amorosos, presentan diferencias al igual que curiosas coincidencias. El comandante de la policía es joven, no pasa la barrera de los treinta años. Vicentini es un poco mayor, pero no alcanza los cuarenta años. El teniente es, indiscutiblemente, hermoso, y lo patentiza con sus actuaciones y ademanes. El italiano también lo es, pero evita todo lo que pueda atraerle la atención de los demás. El comandante resalta el blanco de su piel y los encantos de su rostro, rasurándose cuidadosamente todos los días, al tanto que Vicentini lo esconde tras una barba regularmente poblada. Ambos tienen los ojos azules, la misma talla, el cuerpo fornido, pero miran de manera diferente. El teniente desearía tener imanes y redes en sus ojos para atraer las miradas de las mujeres y atraparlas, y Amado Vicentini prefiere que les pongan atención a sus palabras. El uno, el comandante, es parco al hablar y sólo en la intimidad de las alcobas le brotan raudales de palabras amorosas. El otro, es un río de palabras que fluyen constantemente tratando de orientar, mientras que es parco en asuntos de amor. El policía instala sus reales en medio de las clases pudientes de los pueblos conquistando corazones femeninos. El italiano, no menos interesante en su porte varonil, conquista los corazones femeninos de la gleba. La diferencia es que el oficial lo hace para complacer sus apetencias sexuales y el italiano porque encuentra en las mujeres a sus mejores oyentes, las que captan rápidamente el sentido de sus palabras y muestran decisión para acompañarlo en el proceso reivindicatorio. Otra de las diferencias es que el teniente evita introducirse en conversaciones sobre cualquier asunto que pueda originar polémicas y Amado Vicentini, por el contrario, incita a sus contertulios a debatir sobre una diversidad de temas. El extranjero es cerebral y a todas luces de mayor y mejor preparación intelectual. Solamente una vez coincidieron en un mismo lugar, para desgracia de ambos, aun cuando nunca se evitaron. Solo el destino podría responder las razones para que, encontrándose en un poblado tan pequeño, en donde todos se conocen, nunca hubieran estado frente a frente.Si bien llegan simultáneamente, el uno empalaga los oídos de las mujeres con frases de amor, con promesas de acogerlas en sus brazos y rodearlas de ternuras, de pasión, mientras lo miran a los ojos. El otro les llena la cabeza de interrogantes, alborotándolas contra lo que por centurias las ha mantenido en la esclavitud del trabajo mal remunerado y del sexo, muchas veces presionadas por los patronos, invitándolas al desquite, no por la fuerza de las armas, porque ellas no son violentas, sino por el reconocimiento a todo lo que tienen derecho según las leyes. Por otro lado, la mujer del Caragaví es sumisa. No exige, no reclama, no protesta. Se acostumbró a desempeñar un rol secundario. Le viene por la sangre, por las tres vertientes que la nutren genéticamente. Si bien los españoles parecen ser más ilustrados por su procedencia europea, no lo son más que en el nombre. La barrera natural de Los Pirineos los aleja y los desliga de Europa, y, en lo posible, evitan el contacto con el viejo Continente. Por comunicaciones fáciles, miran mejor hacia el África y se erigen, dentro de la miseria milenaria de la cuna de la civilización, como amos y señores. Y adoptan algunas de sus costumbres, entre las cuales el sometimiento femenino es cosa natural, aún con reina de por medio. La segunda vertiente es una mujer negra, acostumbrada a la esclavitud, quizás desde antes de ser forzada a venir al nuevo Continente, porque los tiempos de Belkis, la reina de Saba, pasaron muchos años antes. Carente de iniciativas, es abúlica por naturaleza. El hierro candente, los golpes y las humillaciones le restaron fuerzas para protestar. Y la otra, la tercera de las sangres que recibió, la aborigen, mal llamada india, descuidó su pasado y no volvió a poseer el talante orgulloso y valeroso de sus antepasadas como Tay, la princesa zenú, o Gaitana, la cacica Pijao, que cuando fue necesario guiaron a sus pueblos en los campos de batalla. La mujer del Caragaví se habituó a desempeñar el papel pasivo de complacer a su hombre en la cama, a concebir, parir y criar hijos. Ese su papel, su principal responsabilidad, su única meta. Cuando Vicentini les habla de cambios, de derechos y obligaciones, de deberes y responsabilidades, de la igualdad con el hombre, de los derechos femeninos tanto en el hogar como en el lugar de trabajo, las mujeres del poblado le brindan toda su atención. Especialmente las dedicadas a labores en público como las expendedoras de carnes, entre ellas Ana Francisca Feria, más conocida como Pacha Feria; Aminta Ballestas, las vivanderas Antonia Espitia, María Hernández, la partera Marcelina Agámez, las sancocheras Felicia Cuadrado y Manuela Berrío, las bailadoras de fandango como María Barilla, La Mella Lorana, la China Garcés, y hasta de visión futurista como Juana Julia Guzmán.

El trío de hombres forma un contraste. Mientras el General mira como si no conociera la noción del miedo, quizás por sus constantes enfrentamientos con el enemigo en los campos de batalla, Vicentini hace lo mismo porque vio las consecuencias de la guerra en su propio suelo patrio y en muchos otros que recorrió en su largo peregrinaje y, además, porque su condición de pionero de la revolución en una tierra nueva lo obligan, no con las armas, pero sí con el carácter y la astucia, a estar frente a peligros no menos importantes. Al joven comandante de la policía, por el contrario, le es difícil, no obstante, su fama de hombre violento, hacer lo mismo, porque jamás ha estado en un combate ni lo ha presenciado ni ha estado de cara al enemigo. Su fama nació, creció y se extendió muy lejos de los frentes de lucha, y sus acciones son ante campesinos inermes. Está fuera del contexto de la época, porque son tiempos grandes para hombres grandes y arrojados.

Es aquí donde se forma el recodo al que confluyen aguas parecidas. Las de Amado Vicentini, que propone formas distintas de vida, que clama justicia, que lucha por ideales no pregonados antes en la región y que aboga por un tratamiento diferente al trabajador. Y las de Juana Julia Guzmán, cansada de soportar por años el trato discriminatorio, irrespetuoso, esclavizante, en silencio por desconocer la forma de exigir los cambios ¿Cómo entender la afirmación de que hay tres cosas malas en el mundo: un blanco pobre, un indio con cargo público y un negro rico? Y ambos se unen para transitar por una misma ruta. El, versado en el tema, aprovecha la inclinación y buena voluntad de la mujer. Ella, casi analfabeta, recibe como savia revitalizadora las enseñanzas del italiano, por cuanto la confirman en su esperanza de que no sucedan en el resto del mundo las cosas como en el Caribe. Si como aseveran luego algunos en voz baja, disimuladamente, hay un romance entre Vicentini y Juana Julia, se debe más a deducciones malintencionadas que a hechos comprobados. Por otra parte, Vicentini es un hombre bien plantado y Juana Julia una mujer agraciada. ¿Por qué aceptarlo o negarlo?

Amado Vicentini agita a las mujeres trabajadoras del poblado. Quizás ni en la revolución de octubre del mismo año, alcanzaron los bolcheviques a obtener la voluntariosa y decidida participación de las mujeres, como él lo ha logrado en poco tiempo. A ello se deberá entonces la gran diferencia entre ambos procesos. Allá se recurre a la violencia. Acá a la acción silenciosa y pacífica, más como una manera de instrucción, para que cada una entienda cuál es el sentido y cuál la meta de la lucha. Mientras en la Rusia soviética los bolcheviques y mencheviques no se ponen de acuerdo sobre los alcances del proceso revolucionario de octubre de 1917, en el poblado, apenas seis meses después se le da vida a la Sociedad de Obreras Redención de la Mujer. Sin noticias de la revolución rusa y anticipándose en por lo menos medio siglo a los gritos de emancipación femenina en el mundo, Amado y Juana Julia logran reunir a las mujeres en una entidad redentora. Pero el poblado está erigido en una región casi selvática, a la orilla de un río, en un sitio al que las noticias del acontecer del mundo llegan con años de retraso y lo que dentro de él acaece no trasciende más allá de la última casa cualquiera sea el punto cardinal que se tome como referencia. El 22 de abril de 1918, se crea la primera organización femenina del mundo para luchar por la redención de la mujer, pero el universo lo ignora.

El italiano incentiva los anhelos reprimidos de lucha que tiene Juana Julia y le dedica tiempo a suministrarle no sólo información, sino instrucción. Ella suma, resta, multiplica y divide mentalmente; también mentalmente domina todo lo referente a pesaje, tal vez por los años que dedicó a esos menesteres en los asuntos de la comercialización del tabaco. Por analogía, por memorización de caracteres, lee algunas cosas. Posee una gran capacidad de deducción. Todo eso le sirve para agilizar el aprendizaje y al poco tiempo, entre todas las entusiastas mujeres que se reúnen para escuchar al italiano, Juana Julia Guzmán es la única que sabe leer y escribir.

Al concretarse los principios de la organización femenina, por unanimidad las mujeres eligen a Juana Julia como la primera presidenta. Una gran bailadora de fandango, Agustina Medrano, es escogida para el cargo de secretaria. Pese a no saber leer ni escribir, la designación no le resta importancia a su condición de liderazgo, porque Agustina lidera en el barrio La Ceiba todo lo que va en provecho del sector y de sus habitantes.

Elaboran una tablilla sobre la que pintan el símbolo de la sociedad, en el cual aparece una mujer planchando ropas, por cuanto de cada cinco de las integrantes, por lo menos tres se dedican a esta agotadora actividad. Adoptan como lema el de la revolución francesa: Libertad, Igualdad y Fraternidad, y se fijan como propósito principal implantar el llamado “Triángulo de los Ocho”, consistente en exigir “ocho horas de trabajo bien remunerado, ocho de educación y ocho de descanso, con remuneración del trabajo dominical y derecho a la jubilación”. Hasta ese momento los ganaderos, comerciantes y en general toda la clase patronal, exige el trabajo dominical pero jamás lo ha pagado. Menos aún se ha dicho nada referente a la jubilación, vocablo desconocido por los asalariados. Los viejos murieron sin tener noción de la existencia del reconocimiento y pago de derechos al llegar a la vejez.

Mientras Vicentini conmueve a las mujeres y las incita a la lucha social, el Teniente que comanda la policía local,  después de la partida del General a la Capital del Estado, de lo que todos se  enteran por el largo tiempo fuera del poblado y las gentes que vienen de Cartagena que traen la noticia de haberlo visto en el Corralito de Piedra, estima que no es más que la búsqueda de su traslado, como ocurrió en otros lugares, ahora trata de ser prudente y se esfuerza por evadir a las féminas. Mientras tanto, el tiempo pasa y las mujeres de Amado comienzan el acoso a los patronos. Es un choque tremendo la exigencia del reconocimiento y pago de los dominicales, días en que las familias se reúnen en el hogar y llegan visitas de amigos y familiares y la patrona no alcanza a realizar todos los oficios para una eficiente atención. Ni siquiera por esa causa aceptan pagar. Pero las mujeres se mantienen en su actitud y crean el Comité Socialista, ayudan y fortalecen la Sociedad de Obreros y Artesanos, crean la biblioteca, un hospital y un centro obrero. Con el mismo ardor, con el mismo entusiasmo con que giran en las ruedas de los fandangos al son de los porros y las cumbias, agitan las banderas por las reivindicaciones sociales.

Dámaso Orta, un carpintero y al mismo tiempo líder popular del liberalismo, y Medardo Olascoaga, talabartero, de la misma filiación política, son los primeros hombres en sumarse al movimiento de Vicentini, quien intenta por otra parte deslindar su accionar del de los partidos tradicionales. Considera que es al margen de los partidos como puede alcanzar la creación, mantenimiento y robustecimiento de entidades de índole social. Esas son las razones para que, en ninguna de las reuniones de los entes creados por él, se hable de liberalismo, conservatismo o comunismo. Pero los liberales y los conservadores se van sumando, con el mismo entusiasmo de las mujeres, especialmente a la Sociedad de Obreros y Artesanos. Detrás de Orta y Olascoaga llegan Amaranto Mercado, Patricio Guzmán, Martín Garcés, Agustín Medrano y muchos otros.

La inmensa riqueza de los potentados del Caragaví es producto del sudor de sus servidores, mediante el sistema amañado de cuentas. Ellos, los patronos, son los “doctores”, los “blancos”, los “musiú”, y tienen a su favor, además de ser alfabetos, la oportunidad de manipular a las autoridades. Saber leer y escribir los convierte, según lo patentiza Vicentini en sus denuncias, en “tuertos en la tierra de los ciegos”. Hacen las cuentas y los trabajadores, que no conocen los números ni saben qué es “tanto y tanto son cien, por tantos días de trabajo, equis total, restándosele el valor de los anticipos y de los artículos acreditados, dividido entre tanto da tanto”, pasan toda una vida pagándole la generosidad al patrón. Cuando mueren, sus hijos asumen la responsabilidad de pagar la deuda como si fuera una herencia, sumada a la que ellos ya vienen atendiendo. Las obreras organizadas convencen a los que saben leer, que lo hagan ante ellas, y les proporcionan las obras clásicas de la literatura que mantienen en su propia biblioteca. Oyen, analizan y comentan lo que captan de las lecturas que les hacen de libros y las informaciones que aparecen en los periódicos que llegan con meses de retraso y sacan sus propias conclusiones sobre el acontecer del mundo. Sin mucho esfuerzo se salen del montón y superan a sus patronas, a las que no les alcanza el tiempo para acicalarse y prepararse para las tardes en el club. Las patronas no conocen el pensamiento político de los grandes dirigentes de los partidos, ni los programas de gobierno de los presidentes, ni las razones de las revoluciones de Francia, Rusia y Méjico, ni cómo evoluciona el mundo político, mientras que sus muchachas de servicio, las lavanderas y planchadoras, lo discuten todas las tardes o por las noches en la sede de la sociedad femenina.

Estos hechos aparentemente intrascendentes, dada la paciente labor de Amado Vicentini, que ha buscado por todos los medios no alarmar a la clase pudiente del poblado, no deja de ser una voz de alerta y por lo tanto tampoco es del agrado de aquella. Comienza entonces a ejecutarse un plan tendiente a desprestigiar a la Sociedad de Obreras Redención de la Mujer, la Sociedad de Obreros y Artesanos, del Comité Socialista, de las reuniones de lectura, de las destinadas a la discusión de los temas del día, del hospital obrero, de la biblioteca, etc. Y lo que más preocupa a la clase pudiente, que en gran medida es terrateniente y ganadera, es la creación de los llamados “Baluartes Socialistas” o “Baluartes Rojos”, que se inician en la localidad de Callejas, pasan a Loma Grande y se reproducen en Canalete. Estos baluartes, con el mismo sistema de las organizaciones femenina y de obreros y artesanos, busca instruir a los campesinos sobre la realidad de la tenencia de la tierra, el reconocimiento al trabajo de civilización de la selva que por triquiñuelas palaciegas pasó del derecho adquirido por quienes adelantaron la tarea, los campesinos, a manos de individuos nacionales o extranjeros, que jamás la habían pisado. De la organización femenina aseguran que está integrada por meretrices, debido a la condición de fandangueras de la mayoría de sus integrantes. Son meretrices para afiliarse a una organización de tipo sindical, pero no lo son cuando están al servicio de los mismos que las injurian. A los directivos masculinos los acusan de infiltrarse para robarse los dineros al igual que ya hicieron con el bono liberal. Al comité lo tildan de comunista, y si algo ha trascendido de la revolución de octubre es eso, que se trata de una acción comunista y, por tanto, ningún católico, apostólico y romano, y la mayoría, por no decir que todos los habitantes del poblado militan en esa iglesia, puede afiliarse a esos organismos porque de hecho será excomulgado. A lo demás lo califican de satánico, con lo cual esperan que los campesinos, para no sufrir el anatema ni equipararse con los que viven en los profundos infiernos, abandonen los baluartes. Finalmente se dice abiertamente que las reuniones de las organizaciones de Vicentini son aquelarres y de esta manera intentan restarle miembros y atajar la creciente afiliación de los de la clase popular. Cuando la primera parte del plan no surte efectos, sin tener en cuenta sus propios problemas, acusan a Amado y Juana Julia de mantener un idilio anormal, que viven en unión libre, en amancebamiento, y esta es una condición abominada por la iglesia. Al asumir Juana Julia la subdirección de todas las organizaciones, la emprenden entonces contra los hombres. En una región en la que el machismo reina con todo su esplendor, acusarlos de ser afeminados por dejarse orientar por una mujer, es un ataque demasiado fuerte, pero el movimiento es muy sólido y soporta con estoicismo los ataques.

Es peligrosa la tarea de pregonar el socialismo y las reivindicaciones sociales de los obreros y los campesinos que adelanta Vicentini, así como su comprobada capacidad de liderazgo, de acción, de convencimiento y convocatoria. Por eso, cuando el poblado se muestra estrecho para la organización de las entidades y el desarrollo de sus programas, el italiano se dirige a la localidad de Callejas, en la que crea una filial de la organización masculina y la llama “Tierra Libre”. Poco tiempo más tarde, son los propios campesinos los que claman por una filial del movimiento. Así, Amado se dirige a la localidad más inquieta de la región, en donde la violencia, desde mucho antes de llegar el italiano, parece ser la esencia de la misma, Canalete, y forma el movimiento bajo el nombre de “Nueva Galia”, y un poco después, en Loma Grande, el “Baluarte Rojo”, designación que adquieren las ya existentes en el pensamiento de los terratenientes y ganaderos, que las observan y las tienen como la más peligrosa situación que hayan podido enfrentar desde que llegaron a estas tierras y sentaron, basándose en el poder del dinero, sus reales.
Las ideas del italiano son llamativas, por cuanto patentizan el absurdo en que los pobres viven desde la época del mal llamado “Descubrimiento” en adelante. A ello se debe entonces que se multipliquen a una velocidad preocupante para la clase pudiente. Se inicia la lucha. De un lado el italiano y sus sociedades redentoras, cuyos miembros son hombres y mujeres del pueblo, analfabetos, explotados por el sistema. Por el otro, la clase dirigente con las autoridades y la iglesia de respaldo.
Se acusa ante las autoridades de la Provincia y del Estado Soberano, el supuesto peligro que representa para la “sociedad decente, católica y defensora de la libertad, la democracia y las instituciones”, la creación y existencia de los movimientos de Callejas, Canalete y Loma Grande, ya que perturban la tenencia de la tierra, invaden tierras cultas, entorpecen el libre ejercicio de los derechos de sus legítimos propietarios y se da inicio a un largo litigio, en el cual los movimientos de Amado alegan que se trata de terrenos baldíos, como queda demostrado cuando ya es tarde, porque todo volvió “al orden” con el uso de la fuerza.

Para los propietarios de las tierras, la acción revolucionaria del italiano carece de importancia cuando solamente se enmarca en el reducido recinto del poblado. Aquí puede hacer lo que quiera, piensan, porque la realidad es que todo se maneja con el poder del dinero, y éste, está en sus manos. El italiano solamente posee una fuerza inquebrantable por convertir en realidad sus propósitos, sean éstos de su propia inventiva o, como se le acusa, como simple mandadero de la llamada Internacional Socialista. Por mucha fuerza que adquiera el movimiento, con sólo cerrar las llaves del dinero que de una u otra forma ellos tienen y dan, la necesidad habrá de derrumbar todo el edificio que ahora perturba el ambiente del poblado. Pero con sus tierras la cosa es otra. Aquí sí que hay que actuar, y cuanto antes, mejor. Es el campesino el que conoce la tierra, el que sabe cuáles son los límites reales de cada predio, el que puede vivir en la tierra y de la tierra durante el tiempo que sea necesario, como siempre lo ha hecho. Y un campesino rebelde, así lo estiman, es como tragarse una bomba lista para detonar. Y no pueden aceptar que un hombre desconocido llegue a perturbar la tranquilidad con la que hasta ahora han vivido, orientándolos en relación con sus derechos, ni menos a pregonar que la tierra es para quien la trabaja. Y temen con razón los terratenientes y ganaderos. 

Especialmente en Loma Grande, donde se escribe la primera palabra del libro de la lucha por la tierra en el país, que aflorará medio siglo más tarde. Es el génesis de la lucha campesina, en el que Juana Julia Guzmán recibe el calificativo de “roba tierra”, ella que ni antes, ni durante ni después, gozó jamás del privilegio de un título de propiedad de un predio, comprado, regalado o robado.

 XI


Si del amor se dice que carece de límites, de condicionamientos, de marcos restrictivos, de prohibiciones, su par y esencia, el sexo, ignora esas y todas las dificultades. Cuando amor y sexo se unen, nada ni nadie los detiene y contra todos los obstáculos y peligros, van a donde tienen que ir o desean estar. Por eso en la ausencia del General, Griselda y el joven oficial de la policía se reúnen dos veces más, bajo las condiciones impuestas por María Margarita y sometidos a las peripecias del sistema de espionaje y vigilancia creado por ella. Es cierto que saben en dónde se encuentra el General, pero no abusan ni se exponen al peligro de ser sorprendidos u observados. El General no debe tener ninguna sospecha ni mucho menos recibir informaciones que lo induzcan a realizar averiguaciones.

La presencia del comandante, diariamente, en su oficina y la atención que dedica para solucionar los problemas que se presentan, lo alejan de la mirada curiosa de los habitantes del poblado y, también, de cualquier relación con la esposa del General, que se encuentra en Tres Palmas. No ocurre igual con un buen número de mujeres. Cual más cual menos es señalada como víctima entre las garras amorosas del comandante. “Pueblo chico, infierno grande”, reza el adagio, y en el poblado, de escasas quince mil almas, hay quienes no pierden oportunidad de comprobar por sí mismos las peripecias amatorias del policía. Los maridos reciben, si no directamente, sí soslayadamente los informes sobre los encuentros furtivos de sus mujeres con el teniente. Por lo menos, a esa conclusión llegan los maridos al atar cabos, al recordar que hasta hace poco hubo estrecha amistad entre una y otra y repentinamente se rompen los lazos, se producen enojos inexplicables entre las mujeres.

Como una costumbre de vieja data, los adinerados asisten periódicamente a los establecimientos “Bolívar” y “El Bataclán”, en donde mujeres humildes los reciben para que hagan con ellas lo que no harían en las camas de sus casas. El oficial, conforme a los rumores que circulan en los dos sitios y que las meretrices les recalcan a sus clientes para perturbarlos, o tal vez para enrostrarles que si ellas son de vida alegre es por la necesidad económica y no por placer, deja más cuernos en las alcobas profanadas que los existentes en los potreros de las haciendas de los afectados. Es ostensible y materia de comentarios en el populacho, la agilidad del comandante para asaltar alcobas y retozar en camas ajenas.
Consumado el encuentro sexual en las tres ocasiones que les ha sido posible, no sabrían decirse quién tomó a quién. Deciden esperar un tiempo prudencial, no importa cuánto sea, pero es mejor mantenerse separados. Sexualmente complacidos el uno del otro, saben que no ha florecido el amor. El amor es una cosa y el sexo otra. Pueden manifestarse separadamente y lo han comprobado. Si recurren a un segundo y a un tercer encuentro, es quizás para ratificar el primero y para demostrarse así mismos que se compenetran sexualmente. El joven teniente está tranquilo porque no hay ataduras, se trata de una mujer inteligente y discreta, diametralmente opuesta a las demás del poblado que conoce porque han caído entre sus brazos. Griselda, por el contrario, que en un principio creyó amar al joven, ahora se pregunta qué fue lo que pasó. Está convencida que el acto sexual fue más poderoso para ella que los sentimientos del corazón. Y piensa en las cosas extrañas de la vida, que la llevaron a los brazos de un hombre más para satisfacer un capricho que por necesidad de amor o de sexo, porque el amor solamente lo siente hacia su esposo. Y comienza a hilvanar en su mente las condiciones del viejo amor de su vida y del impulso caprichoso de ahora. En su corazón, el primero pesa más, pero en sus intimidades el segundo es llamativo.

Griselda se mantiene al tanto de las ocurrencias del poblado como de las localidades cercanas y aún de las lejanas capitales del Estado y del país. Jamás tuvo en cuenta las noticias, jamás se interesó por el acontecer diario, diferente a sus labores manuales y a las esporádicas visitas al club social, pero ahora lo requiere. Tres meses después del regreso de su esposo del último viaje a Cartagena, no ha vislumbrado una nueva ocasión para la cuarta cita con el comandante, no por amor como ya lo comprobó, sino por el deseo. Siente en su cuerpo, en su sexo, el llamado para un nuevo encuentro, aún cuando el corazón no represente ningún papel, sólo para satisfacer los sentidos, el estimarse realizada como mujer, como hembra, trayendo a la memoria las recomendaciones y hasta las referencias que en la cama un hombre y una mujer conscientes pueden ejecutar, como se lo enseñó Amaranta de manera sugerente y como claramente se lo informa María Margarita.

No reprocha a su esposo, quien desde el primer día ha sido cuidadoso en el trato y eficiente en la cama. Si mentalmente lo compara con el teniente, encuentra poca diferencia. Su esposo la trata como a una jarra de fino cristal, temeroso de que por brusquedad se le rompa entre los brazos. El teniente es un poco más rudo, pero cuando recurre a la sedosidad de sus manos la excita en grado sumo y le extrae como una especie de otro yo, que la conmueve hasta en la más remota de las fibras de su ser. Tal vez el General y el comandante, cuando caminan por sus extrañas, se transportan de manera distinta. El General va en burro, con lentitud, con paciencia, pero con seguridad y firmeza, y sin equivocarse de ruta, llega a la meta junto con ella. El comandante corre como potro joven e indomado para llegar al mismo lugar. Solo que la “educación” recibida la frena ante el esposo, mientras el pecado, por el contrario, le permite galopar sin la sujeción de las riendas como una potra arisca y libre en el ancho y extenso potrero de sus ansias contenidas, cuando se encuentra en los brazos del joven policía. Sin inhibiciones, sin cortapisas, sin obstáculos.

El médico, su progenitora y varias de sus amigas, le aseguraban que la mujer no siente inclinaciones sexuales sino a partir de los quince años, pero ella recuerda que desde los once años una inexplicable corriente corría por su cuerpo y sin proponérselo, miraba a los hombres con otros ojos, que pasados los años comprendió eran de lascivia, porque esa corriente pasaba de la cabeza a sus sitios erógenos con tanta rapidez como un rayo y allí se anidaba como llamando algo que no comprendía. Bendecía ahora el celo extremado de su madre, que jamás le permitió estar sola en un mismo lugar con un hombre, cualquiera fuera su edad o condición social. Las clases que recibió requerían de la compañía de María Margarita o de Amaranta, pero sus maestros nunca llegaron a estar solos con ella ni siquiera un minuto, no obstante, a que ella lo deseaba. Esos anhelos, esa necesidad de atender el llamado de la carne, esos requerimientos crecían a medida que pasaban los años. Pero la rigidez de la enseñanza tanto hogareña como escolar, le recomendaban otro comportamiento y supo esperar hasta el momento decisivo, en la intimidad de la alcoba con el General, siendo ya su esposa. Y fue entonces que comprendió que con excepción de su leal negra Amaranta, los demás le habían ocultado la realidad del ser humano, pero preferentemente, la del cuerpo femenino. Esta sí, en los momentos en que se encontraban solas, le suministraba los informes que requería para su formación. Se le viene a la memoria una vieja charla con su segunda madre, al sufrir una extraña sensación en el cuerpo:

– Amaranta, ¿qué es lo que me pasa que cuando veo a un hombre, me entra una cosa rara en todo el cuerpo?
– ¿Cómo así, mi niña? Jamá me había hablao de’jta cosa. Vusté no’e má que una niña y vé a un hombe noes cosa dej’lotro mundo. ¿Cuántoo pasan po’esta casa en ej’día? Loj’vaqueros, loj’otdeñadores, loj’macheteros, loj’eñores que vienen a visitá, loj’maistros, y muchoj’otros. ¿Acaso pasá intonce to’o ej’día y to’os lo día con esa cosa?
– Sí Amaranta. Es algo raro que me incita a correr hacia ellos para que me estrechen en sus brazos.
– ¡Niña, qué ej’sa cosa! Usté no pue’e está pensando en ej´so, pocque tiene que aprendé ej’a leé  y escrebí bien ¡Cuidao le jabla de esa piquiña, pocque no es má que la piquiña de la joventú, a su mae o a su pae, pocque yo atermino pagando laj’consecuencia! ¡Jesú, Dió bendito, sájvamela y sácamela con bien de ejta cosa tan horrible!
– ¿Por qué es horrible algo que tengo dentro?
– Asegún me dijo mi máe, ¡qué ej’Señó la tenga en su santa gloria!, a yó mesma la sufrí, ej la cajcoma de los trece año. A la mujé le sube y le baja y se le mete po’la crica un relámpago – debe sé el diablo mesmo – que la pone a soñá con ej’macho. La mujé decente y honesta tiene que superá j’eso jasta que se case y no dejase dominá po’la comezón.
– Si tu sufriste de ese mal ¿cómo te curaste negra mía?
– ¡Dejá de bujcale otra pata al gato!
– ¿Cómo piensas que debo hacerlo si ni siquiera sé que es lo que me ocurre? Si me confías el secreto, ya buscaré entonces la forma de evitar los ataques del rayo. De paso, Amaranta, así como tú dices es, parece que un rayo se le mete a una por la cabeza y se le enreda entre las piernas. Te juro que cuando veo un hombre joven las piernas quieren abrirse solas. Ya no soporto esto. Dime qué es eso y por qué ocurre.
– ¡Su’Cristo, Diój’ mío! ¡Mete tu mano po’erosa, Señó, pa’que ej’ta niña mía no vaya a meté la pata po’ay con cuajquié perro chandoso! Niña Grisecda mejó no’able de’sa vaina.
– Amaranta, si no me hablas tú ¿quién lo hará? Si te lo pregunto es porque sólo confío en ti. Sinceramente, negra mía, esa comezón de la que me hablaste, me angustia. Con decirte que el moruno se me moja con una cosa como engrudo cuando miro a un hombre por más de cinco minutos.
– ¡Jesú, María y José! Tie’es razón niña. Eso le pasa a toiticas laj’mujé en loj’trece año. Ej’que una nació pa’eso na’má. Noj’otras laj’negra sentimo ej llamao dej’cueppo desde loj’dié año. Pero vusté no’e nej’gra y aj’segura la nejgramenta con el vie’o Ladeo aj’frente, que la mujé blanca e floja pa’ese asunto. Laj’negra somos alborotá. Afigúrese no’má con el baijle. Vustéde bailan mazucca, foj’tró, vajse, pasillo, pe’onó un bullerengue, un mapalé, una cumbia, un porro. Asi nos pasa con ej’hombe. Laj´blanca bajo’ej´hombe se moeven como bailando vajse y  noj’otra laj’negra como ventiando ej’arró en ej’ balay- Al pronunciar cada ritmo, Amaranta hace la mímica como si se encontrara en una sala de baile, en el intento de enfatizar y recalcar su pensamiento.
– Todo eso me lo explicaste antes, Amaranta. Por favor, dime ahora eso de la comezón. Qué la produce y cómo quitársela.
– ¡Niña...niña! No le bujque pelo blanco a laj’burra nej’gra. Ej’sa cosa no la quita má que ej’garrote dej’macho.

Continuaron hablando por largo tiempo, hasta que la negra le indicó con pelos y señales lo relacionado con el despertar sexual y cómo evitar una dependencia de ese pensamiento. Pero recordaba que cumplidos los catorce años, las ansias volvieron a dormirse, tal como se lo anunció Amaranta, que entre el trabalenguas que adornaba sus expresiones, le aseguró que cuando la niña llega a los trece años sufre la crisis del despertar sexual y del llamado de la carne, porque es a un mismo tiempo niña y mujer, pero que cuando alcanza el grado de mujer, se retrotrae en sus anhelos y entonces oculta o frena sus ímpetus hasta que llegue el momento decisivo. Fue Amaranta la que la instruyó con dedicación sobre cómo comportarse en la cama, cuando se avecinaba la fecha de su matrimonio. No olvida una de sus últimas recomendaciones, cuando se aprestaba a viajar a la luna de miel con su esposo:
– Ej’mejó momento ej’la vida ej cuando siente vusté gana e’morise bajo ej macho. No ajguante laj’gana, grite, llore, ríase, muedda, jaga loj’que tene que jacé.
María Margarita, con la libertad de hablarle con confianza y como a una hermana, también le recomendó:
– No importa que tu esposo te diga loca, actúa como quieras hacerlo en el momento del amor. La entrega de tu cuerpo, de tu corazón, de tus intimidades y de tu alma, es el verdadero amor. El único amor que vas a conocer en la vida. Y tu marido habrá de agradecerte tu franqueza, porque si algo quiere el hombre es creer que gracias a su comportamiento logra hacer explotar a la mujer que se le entrega, ignorando que muchas veces, esas explosiones no son más que puro teatro para amarrarlo.

Y ambas le relatan sus propias experiencias carnales, sus gratos momentos al lado de los hombres que amaron y las hicieron felices. Griselda, sin embargo, no ve ninguna diferencia. En la siguiente ocasión en que va a la cama con su esposo, muestra su inquietud por sacar a flote sus sentimientos del momento, y al indagarle el General sobre qué le ocurre, le expresa sin pudor sus apetencias. El hombre, con gestos, le autoriza a que haga lo que quiera hacer. Al final, se miran sorprendidos de la capacidad de innovar que tienen ambos y concluyen que perdieron hermosos años de su vida matrimonial por guardar apariencias sin sentido, por cuanto los hechos que ocurren en la intimidad de las alcobas son secreto de pareja que a nadie más importan. Pero las convenciones sociales recomiendan otras formas de comportamiento. Maneras que tal vez fueron establecidas por eunucos e impotentes.
Después de analizar todos los pormenores, se le pasa por la mente suspender el encuentro previsto con el comandante fijado para el día siguiente. No necesita otro hombre. Su esposo es suficiente y quizás no fueron más que las restricciones impuestas por una deformación en la educación que reciben las mujeres, las que la condujeron a la infidelidad, por cuanto no ve otra cosa. María Margarita le confirma que al día siguiente su esposo partirá en compañía de otros ganaderos de la región hacia Medellín, para renegociar los precios del ganado. Las desventajas golpean la producción y no la comercialización, y consideran que la suspensión de envíos a los antioqueños para dirigirse a los mercados de Venezuela, les darán los resultados apetecidos y buscados, que no son más que un reajuste en el valor. Cuando los antioqueños vean la merma de la oferta, piensan los del Caragaví, tendrán que correr a subir el valor de la demanda.

Como es costumbre, el General nada le ha comunicado sobre el viaje. Los negros, posiblemente por los preparativos en otras residencias o por los comentarios entre los mismos ganaderos, se enteraron de la partida. Cuando se le informa no hace ninguna pregunta distinta a la cantidad y calidad del vestuario que debe empacar, mientras que prepara sus propias maletas para partir a la finca de Tres Palmas, tal como lo dispone su esposo.

Al momento de partir, María Margarita le susurra en el oído que la caravana en que viaja el General salió a la una de la tarde, y ella le informa a la negra su intención de posponer el encuentro con el comandante, porque piensa que es mejor suspender de una vez por todas el devaneo, pero la negra le responde que todo está decidido y le sugiere que le informe al joven oficial frente a frente la determinación que ha tomado. A las nueve de la noche, con un sigilo inusitado, el teniente llega al lugar acostumbrado para el encuentro. Intenta abrazarla, pero ella se aparta y le dice:
– Teniente, hoy no tengo deseos de un contacto íntimo. Si no suspendí la cita, es porque debo decirle que considero que esta situación nuestra es peligrosa, tanto para usted como para mí. Además, ni usted me quiere ni yo lo quiero. Jamás hemos sentido amor el uno por el otro y, ya lo tratamos con franqueza la ocasión pasada, todo se ha limitado al sexo. Le agradezco esa comprensión, regrese al poblado, y guarde en lo más remoto de su memoria los instantes que vivimos tan placenteramente.

– Griselda, me das un golpe muy duro, pese a que ambos ya sabíamos que debía llegar un momento, un instante de la verdad, como éste. Cierto es que no sentimos amor, pero creo que nada nos impide un último contacto, como para llevárnoslo de recuerdo, así como sugieres, guardándolo bajo llave en un lugar en el que ni siquiera podamos evocarlo interiormente.
– No es cuerdo lo que propones. Por mi parte, ya guardé esos instantes anteriores y es mejor no molestarlos con otro más.
La atracción es mutua y sin quererlo, van acercándose lentamente hasta que sus cuerpos se trenzan en un apasionado abrazo. Es la última vez que estarán juntos y como para no olvidarlo jamás, la entrega no tiene precedentes.
Un mes más tarde siente los efectos de la concepción. Hace mentalmente las cuentas y no encuentra problemas, por cuanto en esos mismos días y antes de salir su esposo para Medellín, fue con él a la cama varias veces. Tiene un hijo y sabe que no es de su esposo, sino el fruto de un acto ilícito.

 XII


Si bien es cierto que desde el principio de la historia se registran infidelidades hogareñas, parece existir un acuerdo secreto, no escrito, que facilita la tolerancia de los afectados con las debilidades del cónyuge. Por lo menos para esconder lo que es de conocimiento general. Por eso los maridos saben dónde y por qué les duele y cuál es el remedio, sólo que deben esperar con paciencia la justificación y la forma de aplicarlo. Generalmente concluyen en que es menos doloroso cargar las astas sin escándalos que sumarle esa carga. En el primer aspecto, la deshonra se presume, en el segundo se patentiza. Sus negocios, la posición ganada tras largos años y detentada con orgullo, la ascendencia sobre el conglomerado, el poder entre las manos –político, social y económico – no puede perderse por la debilidad del cónyuge.

Los rumores van y vienen y no hay soledad en el sufrimiento de la deshonra. Y si el mal es de muchos el consuelo es tontería. Sin previo acuerdo, todos a una optan por guardar silencio y no comentar las debilidades femeninas ante el hermoso comandante. Hasta que llegue el momento del desquite, de quitarse las cornamentas, habrá de aparentarse ignorancia. Y de cierta manera lo consiguen. Cuando los ojos indiscretos y las lenguas alegres se cansan de mirar y de hablar y no se producen las reacciones esperadas, las peripecias del comandante van quedándose en lugar secundario y se olvidan o se toleran como un asunto normal del que no hay que alardear. Y los de las clases bajas se atienen a que si los perjudicados no dicen ni hacen nada, abandonan el tema y se limitan a decir: Allá ellos con sus cachos.

Entre los terratenientes existe un problema mucho más grave que el de los cuernos que les coloca el hermoso comandante de la policía, y es la acción ilustradora del italiano Amado Vicentini. Sin saber cómo ni cuando, los artesanos, las mujeres de los sectores populares, los trabajadores de los mismos terratenientes y los campesinos hablan ahora de mejoras salariales, de pago de dominicales, de cesantías, de jubilación, de asistencia social. Si el pregón se mantiene, dentro de poco tiempo no habrá sitio en donde no se hable de estas cosas, que hasta la llegada del italiano habían sido ignoradas por la gente pobre del Caragabi, y celosamente guardadas y calladas por los pocos ilustrados del poblado.

Los terratenientes saben que las tierras que reclaman los campesinos son baldías, que no integran sus propiedades ni aparecen en los títulos, la mayoría de ellos obtenidos mediante argucias y artimañas politiqueras, pero las han mantenido como reserva para anexarlas y legalizarlas con el paso del tiempo. Saben que, si el gobierno envía agrimensores y levantan los planos de los predios rurales conforme a los títulos, van a enfrentar más de un problema y expondrán sus patrimonios. Los límites de cada predio se fijaron caprichosamente y los hitos dicen hoy que de uno a otro punto hay mil metros, dentro de diez años se hablará de diez mil y, así, cada año se irán aumentando hasta tropezar con los no menos caprichosos lindes del vecino, que también viene corriendo los suyos. Quizás si los terratenientes del poblado hubieran participado en la toma de tierras como colonos del oeste norteamericano, no correrían tanto y con tanta frecuencia los linderos. Si se revisan los títulos iniciales, tienen la certeza los terratenientes, que el mundo se sorprenderá al comprobar que las tierras del Caragabi, además de feraces, son de caucho: estiran de acuerdo con la voluntad del propietario. Y aparece otra verdad: los “propietarios” no pueden quedarse solos en “sus tierras” ya que se perderían en ellas. No las conocen más allá de los ranchos y los corrales.

Si Amado continúa en sus propósitos de incrementar y expandir la instrucción a través de sus sociedades, comités, bibliotecas, periódico y baluartes, pero con el más incisivo y directo, y por tanto más peligroso sistema de leer ante los campesinos analfabetos las leyes, los fallos de la Corte Suprema de Justicia, de los Tribunales, las críticas, los comentarios, los proyectos, las tesis y planteamientos jurídicos, políticos y sociales, la hecatombe es segura. Saben que nada es más corrosivo para sus intereses que los campesinos y los trabajadores adquieran conciencia de su situación y conozcan las leyes. El tema es mucho más grave de lo que parece.

A medida que pasan los días los elementos que corroen el ánimo de los terratenientes no solo se mantienen, sino que van subiendo a cotas sorprendentes. Uno que socava la estabilidad hogareña y el otro que amenaza el sistema. Antes que disminuir recrudecen sus efectos. La presencia de campesinos organizados por Amado en tres sitios distintos de la región colma la paciencia de los potentados. Los rechazos a la situación que habían soportado los campesinos por muchos años abren paso a los litigios en los estrados policiales, gubernamentales y judiciales. Los campesinos, mediante el estudio de los títulos declaran que la mayoría de las tierras, o mejor, las tierras que ocupan son baldías y no hacen parte de los títulos de los terratenientes. Logran subir a estrados más altos en un abierto desdeño de los locales, que lógicamente son manejados por recomendados de la clase pudiente. Las noticias de los fallos llegan primero a los que se mueven por las alturas. Y los potentados del poblado se enteran con la debida anticipación que se prepara una sentencia para declarar como bienes baldíos no solamente las zonas ocupadas y en litigio, sino extensiones mayores de tierras en Loma Grande. Y si ellos que ya conocen lo que viene no actúan de inmediato para cortar de raíz el mal, habrá de sufrirse igualmente en Callejas y Canalete, y donde quiera que la gente de Amado quiera ir, porque en el Caragaví en general, el procedimiento de adquisición de tierras es similar.

El tiempo sigue su marcha y si bien no se ha encontrado el modo de deshacerse del comandante, sus ímpetus sexuales parecen estar en receso o es demasiado cuidadoso o las mujeres se convencieron del peligro de alardear sobre sus infidelidades con el joven oficial.

El italiano es llamado loco, arrutanado, un término despectivo local, criminal comunista, ateo y otros epítetos más. No le perdonan que se haya dedicado a alborotar a las clases populares con ideas descabelladas que aseguran que la tierra es para el que las trabaja.

Los otros extranjeros que integran la clase alta del poblado aseguran que las exigencias que se plantean en las organizaciones de Amado Vicentini son garantías sociales que los trabajadores gozan en otras latitudes del planeta, pero que a los patronos no les conviene aceptar de buenas a primeras.

– Lo más grave de lo que propone es la adopción del triángulo de los ocho, expresa uno de los franceses, en el desarrollo de una reunión en la que se analiza la situación de ambos problemas, cuando deciden poner las cartas sobre la mesa.
– Antes de que llegara el arrutanado ese, jamás se habló por aquí de servicios médicos para los empleados. ¡Imagínense ustedes lo que habrá que gastar con esa gente que siempre está enferma!, acota Federico, el propietario de una de las haciendas que linda con el poblado.

– Yo creo que estas cosas se olvidan prontamente cuando se les quita la cabeza que piensa. Lo mejor y para no incurrir en acciones violentas, es conseguir que ese comunista sea expulsado del país, propone el maestro de escuela.
– Pienso igual que usted, maestro, porque los otros dirigentes del movimiento son gente inculta que, sin el motor del italiano, quedarían de hecho paralizados. Es ahora el mejor momento de hacerlo, refrenda el farmaceuta.

Tras largas discusiones definen que lo indicado para anular los efectos de las propuestas de Amado es quitarles la cabeza. Concluyen en que los miembros de las organizaciones son analfabetos y los pocos que saben leer y escribir carecen de capacidades de liderazgo. Si se logra expulsar del país al italiano, no importa por qué medios, todo se vendrá abajo por falta de dirección.

Curiosamente, la mayoría intenta dejar supeditado al caso de Amado Vicentini la reunión, a fin de eludir el del comandante. Sin embargo, el General, al observar la situación, no permite que se vayan del recinto y abiertamente pregunta:
– Hemos analizado en detalles el problema planteado por Vicentini, pero la convocatoria a esta reunión fue hecha para estudiar también el caso del comandante de policía. ¿Por qué no entramos de inmediato a tratarlo, con la misma franqueza que el anterior?

– Tiene usted razón, General. Si decidimos acudir a este llamado, es por que cada uno de nosotros sabe que ambos asuntos son delicados y nos perjudican en mayor o menor grado. Por lo tanto, si ya dilucidamos uno, entremos al otro de una vez, a sabiendas de que ese otro es mucho más delicado, porque nos golpea la estabilidad familiar, asevera uno de los terratenientes de origen italiano.
El tema es abordado. Y como es el General quien parece estar exento de implicaciones, asume el planteamiento de este.

– Señores: Cual más cual menos, directa o indirectamente, todos venimos sufriendo las embestidas del comandante de la policía contra la estabilidad y la solidez de los hogares del poblado. Observando desprevenida e imparcialmente la situación, decidí en el último viaje que hice a Lorica y Cartagena, lograr el traslado de este joven teniente y sin decirles nada, previa consulta con el padre Arístides, adelanté las diligencias pertinentes. Todo se convirtió en un completo fracaso, porque el Prefecto de la Provincia, el presidente del Estado y las autoridades de todo orden, a sabiendas de los antecedentes del teniente, se abstienen de trasladarlo a otro lugar. La fama del comandante es tal, que no lo quieren en ninguna parte. Lo han dejado anclado aquí, tal vez pensando que como somos gentes sanas lo soportaremos, supuestamente hasta que se consiga echarlo del país hacia una legación diplomática. No tengo inconvenientes en reconocer mi fracaso, porque así ocurre en muchas otras cuestiones de la vida diaria. Ganamos o perdemos. Y en las gestiones para sacarlo fui el gran perdedor. En Cartagena, tal vez, se debe pensar que soy una de las víctimas del atractivo del teniente. No lo creo, pero sacrifiqué ese aspecto para quitarles a ustedes, a quienes tengo como amigos, la afrenta. No tengan entonces prevenciones de ninguna especie. Propongan, estudien, adopten la solución, que yo habré de cumplir la voluntad de ustedes. Es lo menos que puedo hacer por mis amigos y vecinos, compañeros de una misma acción, de una misma marcha hacia la meta que nos propusimos ganar.

 La discusión es corta. Todos evitan hablar más de lo estrictamente indispensable, pero llegan a una conclusión y se encomienda al más letrado de los franceses, exponerla ante el General y, si la acepta, comisionarlo para que la ejecute.
– General, después de analizar el asunto, por unanimidad decidimos otorgarle poderes para que adelante el estudio y adopción de un plan para deshacernos de los dos problemas que nos afectan. Es más, lo autorizamos ejecutar dicho plan, y si requiere el concurso de uno o diez de los aquí reunidos, dígalo. Estamos listos a estudiar su plan, si lo tiene, desde ahora mismo.
– Gracias, señores, por la confianza que me depositan. No tengo un plan preparado, pero si me autorizan, lo hago y antes de ejecutarlo se los expongo para las observaciones que crean necesario hacerle.

–Usted es el experto en estrategias y tácticas, así como en la preparación de planes de acción. Hágalo, General, y cuente con nuestro respaldo.
El General, en relación con el caso de Vicentini anuncia que escribirá cartas personales a los más importantes dirigentes de su partido para que en Bogotá se encarguen de coadyuvar en el propósito de lograr la expulsión del país del disociador y, sobre el segundo, que oportunamente les dará informes sobre lo que se hará.

Al siguiente día y de manera disimulada, invita a lo más representativo de la clase pudiente para una reunión en una finca suya al otro lado del río. Cuando llegan, dispone que sus trabajadores se dediquen a tareas en sitios lejanos para que no vaya a colarse ninguna palabra de lo que allí se dirá y muestra abiertamente las cartas. Explica que es tan grave la presencia de Amado con sus ideas socialistas y su movilización de los sectores populares, como la del teniente comandante de la policía revolcándose con las mujeres en sus propios hogares. Los asistentes escuchan el relato del fracaso de las gestiones adelantadas por el General por su propia iniciativa y aceptan que no hay sino una sola salida. La determinación es una, clara y precisa, y el General queda encargado de ejecutarla, porque a un mismo tiempo se deshacen de los dos problemas. Ambos asuntos deben canalizarse hacia un mismo lugar, no importa si uno o los dos son allí sacrificados. Y lo más importante, como nada ha trascendido en contra de la esposa del General, todos le agradecen que ponga en práctica sus estrategias y tácticas militares a favor de los que sí están enterados de las infidelidades de sus esposas. Sin embargo, el General no informa la manera en que se llevará a cabo el plan y asegura que una vez lo tenga todo preparado, informará a los que deban actuar el papel a desarrollar en la trama.

A semejanza de las cosas buenas, el plan del General es de una sencillez asombrosa. Hay que aprovechar los programas de Amado y deformarlos ante el comandante de la policía, incitarlo a cumplir su deber, hacerle creer que la sociedad del poblado le agradecerá lo que haga en beneficio esta, llenarlo de orgullo, aparentar en su presencia que ignoran el problema que él representa con las mujeres, o, por lo menos, que prefieren preservar sus bienes antes que la honra de sus mujeres. Al comandante, discretamente soportado, se le debe informar ahora que es un elemento de la mayor importancia para la tranquilidad del poblado. Y la última recomendación del General es que ninguna de las mujeres, ni siquiera las del servicio doméstico, debe enterarse de lo que pretenden los hombres y, por lo tanto, todos deben guardar el más absoluto silencio sobre los acuerdos.

Se escoge el escenario de Loma Grande, por diferentes circunstancias favorables al plan. Se encuentra relativamente cerca del poblado. Allí se reúne la menor cantidad de campesinos. El terreno no ha sido adecuado en su totalidad y, en consecuencia, en un momento dado la reacción contraria de los campesinos no tendrá ni el rigor ni la fortaleza que podrían surgir en Callejas. Falta delimitar las áreas que el italiano fija a cada campesino, por cuanto apenas se organizan las jornadas de trabajo para la apertura de las vías que comuniquen a Loma Grande con el resto de la región, así como entre las parcelas que serán entregadas. 

Como otra estrategia, se encomienda a propietarios de fincas lejanas del poblado para que el día antes del escogido, fecha que solamente fijará el General, vengan a denunciar hechos graves, de manera que el comandante se vea precisado a dispersar sus fuerzas y no pueda trasladarse con un grupo mayor a cinco o seis agentes. Y tanto el comandante como quienes los acompañen, deberán encontrarse bajo los efectos del licor, y para ello se designa a dos ganaderos con el objeto de invitarlos, bajo cualquier pretexto, a consumir licores en la noche previa, así como momentos después de iniciar la comisión, en el trayecto hacia el lugar señalado.

El poder político del General es tal, que el reducido destacamento policial es integrado en un alto porcentaje por recomendados suyos, sobre los cuales tiene una ascendencia significativa. Cualquiera sea el origen y el final de una orden suya, será cumplida por los policías sin entrar a meditar ni las razones ni las consecuencias.
Y la operación se inicia con las consejas en los oídos del comandante, ante el cual llegan en riguroso orden los ganaderos supuestamente afectados a indicarle que las acciones de Amado Vicentini son fatales para la libertad y la democracia, que se busca por el italiano subvertir el orden público y destruir los estamentos legalmente constituidos.
– Comandante, el robo que me hicieron de por lo menos veinte reses, no es más que el inicio de una escalada criminal tendiente a subvertir el orden de la región. Aquí hemos vivido siempre en paz, pero desde que llegó el italiano Vicentini, esto se alborotó y cada uno quiere apoderarse de lo que no trabajó. Usted debe actuar comandante, porque la ley lo autoriza. No se deje embolatar por la labia de Amado, que con la lengua ha creado esta situación, le dice un ganadero supuestamente robado.

– Si deja al italiano continuar en la tarea de convencimiento a campesinos y obreros, no demorarán, le aseguro, los ataques contra la fuerza pública que usted representa. Un hecho de tal gravedad lo dejará en mala posición frente a las autoridades de la Provincia y del Estado, y lo que es peor, un duro revés contra su brillante carrera en la institución, le insinúa como de buena fe, el maestro.
– ¿No cree usted, mi comandante, que nada impedirá al extranjero, que no es más que un agente del comunismo, introducir armas para entregarlas a los obreros y los campesinos? Si eso ocurre, la tragedia empañará el glorioso uniforme de la policía, argumenta el Sargento.

Los demás le adulan, le ensalzan, le reiteran hasta el cansancio la majestad de su investidura como comandante, y le aseguran que solamente a él corresponde ponerse al frente y  como primera autoridad armada, detener al italiano y a sus principales colaboradores, para poner fin a la perturbación en la tenencia de la tierra que ejecutan, así como para desalojar a los campesinos, de quienes aseguran están recibiendo instrucción militar en los baluartes, con el fin ulterior de derrocar al régimen democrático que gobierna al país.

El comandante, como todos en el poblado, sabe que ni Amado ni los campesinos tienen armas. Las rulas, las hachas, los “espeques” y los “cavadores” son herramientas comunes que todos poseen y no representan peligro alguno, además de la condición pacífica de los que forman parte del movimiento. Pero el ego pasional del comandante lo impulsa a tener como ciertas las consejas, porque sabe que al atenderlas abre un campo propicio que habrá de beneficiarlo, además de colocar en sitio remoto las potenciales represalias de los maridos engañados. Y sin detenerse a buscar razones para esa andanada de consejas, otros, como para crear un clima de confusión en el comandante, le señalan que el italiano no es hombre violento, pero que debe ser desalojado de la tierra, porque sentarán un precedente que podría ser adoptado en otros lugares y la violencia se apoderaría de la región.  “Los ganaderos y los propietarios no nos vamos a dejar despojar de nuestros bienes”, le recalcan.

El General, por su parte, se mantiene informado de las actividades en Loma Grande, y cuando Amado y su gente empiezan a abrir la trocha para delimitar el terreno que ocupan, pone en ejecución su plan. Es el cinco de diciembre de 1921, y en las horas de la tarde, separadamente, dos ganaderos se presentan al puesto de policía a denunciar que han sido víctimas de robo de reses. Las dos propiedades quedan ubicadas en polos opuestos y muy lejos de Loma Grande, por lo que el teniente, sin pensar en las consecuencias, les proporciona dos agentes a cada uno para que adelanten las investigaciones respectivas, desde el día siguiente. No acaban de salir, y se presentan dos ganaderos más con denuncias similares y reciben igual número de policías, con lo cual el puesto se merma en más del cuarenta por ciento de su tropa normal.

A las dos de la tarde del día seis, el comandante es invitado a celebrar el cumpleaños de otro ganadero y a las cinco de la tarde van acercándose comerciantes, profesionales y otros, entre los cuales los restantes agentes de policía se confunden y se unen a la parranda, en la que no falta ni música ni ron. A las dos de la mañana del día siete, el General se acerca a la fiesta y le recuerda al comandante el compromiso que tienen y que debe descansar para viajar a Loma Grande antes de las siete de la mañana para proceder al desalojo de los invasores. Solamente cinco policías han bebido poco y a esos designa el comandante para que lo acompañen dos horas después a la comisión. Allí, un policía le falta al respeto y luego de liarse a trompadas, los demás lo sujetan y el teniente dispone que sea encarcelado para cuando regrese de la comisión, aplicarle la sanción que se merece. Así se hace y antes de partir a las seis de la mañana para Loma Grande, el mismo comandante va al cuartel revisa las instalaciones y comprueba que el policía irrespetuoso está desarmado y dentro del calabozo. Dicta una disposición interna sancionándolo con dos días de arresto, y parte con los demás agentes.

El comandante va prácticamente borracho, pero cuando se asoma a la parte final del poblado para tomar el camino, es llamado desde un punto estratégico por un ganadero que lo invita a reposar un rato en su residencia, al tiempo que celebran juntos el cumpleaños del que invita. Loma Grande está relativamente cerca y a eso de las siete de la mañana el comandante decide continuar el camino.

En Loma Grande, Amado Vicentini preside la tarea de agrimensor, para lo cual cuenta con el concurso de los campesinos que serán beneficiados con parcelas de los terrenos baldíos. Desde las seis de la mañana, con varas de cuatro metros cada una, se miden los frentes de las parcelas. En un libro, varios dirigentes obreros llegados de otras localidades del Litoral, especialmente de Barranquilla, invitados como testigos del reparto, anotan minuciosamente tanto las medidas como los linderos y el nombre de cada beneficiario. Loma Grande, conforme a las ambiciones de Amado Vicentini, será el símbolo de la recuperación de la tierra para sus verdaderos dueños, los campesinos, los que la trabajan, los que las civilizaron.
– La tierra vuelve a sus manos, amigos míos. Principiamos con estos baldíos, que solamente el gobierno puede quitarles. La lucha apenas empieza. Será larga y peligrosa, porque los terratenientes, esos que jamás habían pisado estas tierras, se apoderaron de ellas de manera fraudulenta y ni la trabajan ni dejan trabajarlas. La riqueza del valle del Caragaví no puede desperdiciarse en beneficio del egoísmo y de la avaricia de unos pocos. La riqueza del país está confinada en este valle. Si ustedes conocieran el mundo, sabrían que no les digo mentiras. En ninguna otra parte del planeta existe un valle tan fértil como éste. Y ustedes tienen la gran oportunidad de brindarle al mundo el fruto de su trabajo honesto.

¡A luchar, compañeros! ¡Nuestras armas son estas rulas, estas hachas y la inquebrantable voluntad de trabajar por el progreso y por la paz del futuro!
-¡Adelante, compañeros! - arenga con ardor Amado Vicentini a los campesinos que le responden con una salva de aplausos, alzando los machetes
Alguien, en el montón, grita que Vicentini debe escoger una parcela, antes del reparto, pero este dice en alta voz:

– No amigos campesinos. La tierra es para el que la trabaja, y yo no se nada de estas cosas de agricultura ni de ganadería. Mi lucha no es para beneficiarme del fruto que corresponde a ustedes. Vine pobre, estoy pobre y continuaré siendo pobre. No necesito tierras, porque aquí, allá y mucho más allá, se encuentran familias campesinas pobres, que carecen de un lote de tierra para trabajar y obtener el sustento. Yo no vine por tierras al Caragaví. Yo vine para informarles de qué manera deben luchar, en paz y tranquilidad, por obtener que la tierra vuelva a vuestras manos. Ya les informé que en Bogotá se sabe que estas tierras son baldías y no hacen parte de ninguna propiedad, como han querido hacerlo ver y entender los terratenientes. Ellos temen otras cosas. Saben que nuestra lucha es pacífica, sustentada en la verdad y en la realidad. Los terratenientes se roban todos los días la tierra de este país y nuestro movimiento es un peligro para ellos, porque si se muestra la realidad ante los tribunales, tendrían que llevar a sus verdaderas y justas proporciones los lindes de las tierras que obtuvieron y no la que han venido robandose poco a poco. Si no actuamos ahora, compañeros, en el futuro la lucha será con sangre y con muerte Y nosotros no buscamos a la una ni mucho menos queremos a la otra. Ese es el temor de los terratenientes. Como no han encontrado justificación para usar la fuerza, esperan que, incitándonos, nos enredemos en las redes de sus intrigas. ¡Pero no los vamos a dejar, compañeros!

– ¡No, jamás!, gritan a coro los campesinos.
– En verdad, no vine a esta tierra para adquirir bienes de fortuna. Y al introducirme en esta lucha de reivindicaciones, mal podría caer en el mismo vicio de los que quieren atajarnos. Vamos a recuperar los baldíos sin molestarles sus propiedades, pero la lucha jurídica será, como hasta ahora, permanente. Tenemos que conseguir con la justicia que se revisen las escrituras y los legados de España y si lo alcanzamos, se sorprenderán de la realidad. La tierra es de ustedes y no de los aventureros que hoy se llaman señores y se yerguen como los dirigentes de la región. ¡La verdad, amigos campesinos, es nuestra meta! ¡Adelante!
La arenga parece introducir en las mentes y en los cuerpos una fuerza nueva y todos se dedican a desbrozar el baldío para adecentarlo y recibirlo cuando sea delimitado en parcelas. Mientras los hombres macanean el terreno, Amado Vicentini y los invitados especiales analizan en una reunión el futuro de la lucha emprendida. El delegado de Barranquilla, de apellido Urueta, que trajo a su hijo del mismo nombre para que siga de cerca una lucha social reivindicatoria y se prepare para asumir el papel dirigencial que le augura, expresa su admiración por la calidad del trabajo adelantado por Vicentini en tan corto tiempo. Compara lo que aquí ocurre con la lucha obrera en los muelles de La Arenosa, y concluye que, si tuvieran un dirigente con el conocimiento, las agallas y la voluntad del italiano, la situación allá sería diferente. Pero promete que este modelo será implantado en los alrededores de Barranquilla, en donde también los campesinos son vejados e ignorados en materia de tenencia de la tierra, en poder de quienes llegaron un día tapándose las partes pudendas con las manos y ahora quieren desnudar a los nativos.

A las nueve de la mañana, sin sentirlos porque todos están entretenidos en el macaneo de la tierra, en el corte de palos y de palmas para levantar los ranchos, las mujeres en la preparación de los alimentos o en la atención de los niños, llega la comisión. El comandante, cuatro agentes de policía y un delegado del supuesto propietario de la tierra. El comandante grita:
– ¡Atención! La autoridad se presenta para recuperar estos terrenos y devolverlos a sus dueños legítimos conforme a las escrituras que me fueron presentadas. Tienen diez minutos para desalojar esta tierra o de lo contrario comenzaré a disparar contra todo el que no esté en el camino para devolverse a sus lugares de origen. Comienza la cuenta. Uno...
– Teniente, grita Amado Vicentini. Aquí nadie está robándose la tierra. Nos encontramos sobre unos terrenos baldíos y usted sabe que los baldíos los entrega el mismo gobierno a quienes se dispongan a cultivarlos.
–Ya le dije, italiano arrutanado, que tienen diez minutos para salir y sigo la cuenta. Dos...
Amado se acerca al comandante y éste le apunta con el fusil, dispuesto a dispararle, pero alguien lo empuja y el tiro sale y atraviesa los cuerpos de Urueta y de su hijo, quedando muertos en el instante. Luego del disparo, Amado Vicentini agarra el cañón del fusil y lo dirige hacia arriba. No obstante, la constitución física del comandante, el italiano logra mantener el fusil con el cañón hacia arriba, cuando suena otro disparo y el comandante, abatido, cae a los pies del italiano, muerto. Nadie sabe de dónde vino el disparo y cuando tratan de averiguarlo aparece el policía de apellido Murillo, el mismo que había quedado detenido en el cuartel en cumplimiento del castigo que le impuso el comandante, con un fusil humeante. Dice, como con miedo, que el disparo se le soltó, que había querido hacerlo hacia arriba, pero que no se explica cómo fue a darle a su propio comandante.

Los otros policías se dan cuenta de inmediato que no han hecho otra cosa que formar parte de una patraña para matar al teniente. Pero es tarde. Como marionetas sirvieron para montar la escena, y ahora sólo piensan como justificar el crimen, si ninguno de los campesinos tiene armas de fuego. Ni siquiera un “chopo”, dice entre dientes el Sargento.

En el poblado, en la residencia del francés, el General y todos los de la clase pudiente, ven llegar a los campesinos que no fueron detenidos, sino que voluntariamente van a ponerse a órdenes de la autoridad para que se investigue, como lo sugiere el italiano. El General, mirando desde una ventana hacia la oficina de la policía, levanta el vaso con ron, da la vuelta y dirigiéndose a la concurrencia, dice:
– Amigos, con un solo tiro el señor Murillo ha traído la paz a este poblado. La paz de las alcobas y la paz de la tierra convulsionada. No más gritos de amor, no más gritos de libertad. ¡Salud!

Las bóvedas de las murallas de Cartagena sirven de hogar de Amado Vicentini, de Juana Julia y de otros dirigentes del movimiento, durante varios años. Cuando salen en libertad, tras un largo proceso en el que demuestran que no fueron los autores del crimen en el que perdió la vida el joven y bello teniente comandante de la policía, regresan al poblado. Pero todo está perdido. Hasta los bríos. En los ojos otrora brillantes de entusiasmo, ahora se observa una mirada apagada, sin voluntad alguna. Las mujeres que recibieron en sus brazos al hermoso oficial lo remplazan con los de siempre, con los que no debieron ser apartados de sus camas. Amado Vicentini, sin perder los bríos trata de remover las cenizas, convencido de que encontrará calor en el rescoldo, pero la clase pudiente no lo permite. Obtienen que el presidente Miguel Abadía Méndez lo expulse del país y sale con destino a las Antillas en donde se pierde su rastro para siempre. Y el poblado vuelve a ser el remanso veranero de su río, en donde todos dormitan bajo las copas de los árboles para protegerse de la canícula. En verdad, como lo dijo el general, al acallarse los gritos de amor y de libertad, la calma vuelve a ser la reina del ambiente por siempre jamás.

                                                F I N

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