Loma Grande
Gritos de amor y libertad
Lelis
Enrique Movilla Bello
Monteria
2015
Obra finalista en el Octavo Concurso Nacional
de Cuento y Novela, Período
2006-2008 Cámara de Comercio de
Medellín-Antioquia.
LOMA
GRANDE
Gritos
de Amor y de Libertad
I
La enorme casa de bahareque y
techo de palmas defiende a sus moradores del sol inclemente. Los nativos le
roban así a la humedad y al intenso calor ambiental, un sitio en donde
guarecerse y pasar los ratos placenteros que merece su dedicación al trabajo,
este sí, bajo la canícula que amenaza con agostar todo, incluyendo los cuerpos
humanos. A la derecha del río que baja hacia el mar, los enormes árboles
sembrados a las riberas defienden la casa y prácticamente todo el perímetro de
la extensa dehesa de las acometidas de las aguas y por tanto de la erosión. El
río baja aparentemente con lentitud, pero en verdad su fuerza es arrolladora.
En los interiores se forman unos fuertes remolinos que trituran todo cuerpo que
se enreda en ellos y los nativos les temen.
En la región sólo se presentan
dos estaciones. El verano que comienza a mediados de diciembre y termina en los
días finales de mayo, un breve lapso en los finales de junio al que denominan
veranillo, y el resto del año es de invierno. En esta época, el río arrastra
toda clase de árboles y carcome las orillas, por lo que sus aguas se tornan
ocres y no aptas para consumir si no se le somete a un proceso de depuración
con tunas o alumbre, para aclararlas. Baja precipitadamente, como si el exceso
lo obligara a descargar prontamente en el océano no muy lejano. En las bocas,
la lucha entre el río y el mar es un espectáculo digno de verse. Se trata de
una lucha en la que la propia naturaleza atropella y resiste, invade y domina
según el volumen de las aguas del río. Finalmente, es el mar el que triunfa. Su
magnitud y su fuerza resisten la invasión. En verano, por el contrario, el mar
parece invitar a las aguas a que se le integren para formar un todo. Aguas
claras, depuradas, que bajan con paciencia, como si se tratara de un paseo
desde donde nacen hasta mezclarse con el mar.
Allí, a la vera del río, el
general erigió su hogar, su refugio para descansar del trabajo y de la guerra,
de los negocios y de la política, desde mucho antes de casarse. Dentro de la
modestia innata de los pobladores de la región, la inmensa casa se yergue como
un palacio en donde las comodidades están por todos lados. Todo está a la mano
cuando se le necesita. Cerca, tanto, que los olores de la boñiga, de los pastos
y de la leche que se ordeña en las madrugadas, llena las narices de los que en
ella viven. Son olores inconfundibles, y para todos, mejores y más agradables
que los aromas de los perfumes que vienen de París.
Entre la orilla del río y la
casa, una especie de antejardín y árboles frutales, que de acuerdo con la
temporada producen otros olores. Mangos de varios tipos, zapotes, níspolas,
guamas, guamitas de río, papayas, guanábanas, etc. Ante la casa, que muestra su
frente hacia el poblado, varios helechos. A un lado, el patio que conduce
directamente a los corrales en donde se refugian las vacas y los terneros para
las faenas de ordeño en la madrugada, así como las dependencias en las que se
procesa el queso, el suero, la mantequilla; la cocina, los dormitorios de las muchachas
del servicio doméstico, de los vaqueros y los que ordeñan. Al otro lado, el
extenso jardín.
Mira al jardín para deleitarse
con los colores de las flores y a la vez saturar los sentidos con los aromas
que emanan del edénico lugar. Se le confunden en la nariz los efluvios de las
caléndulas, margaritas, azucenas, claveles y clavellinas, crisantemos,
tulipanes, begonias y otras plantas florales, ornamentales y medicinales que
desde el día después de su boda, planta y cuida con dedicación y esmero. Además
de la atención de los hijos, el jardín llena sus ratos libres.
Pero
dentro de los aromas florales hay uno que es su predilecto y el cual sobresale
entre los demás. De una manera sutil, el extraño aroma de la llamada flor de amor
penetra en su cabeza. Es fuerte y delicado a un mismo tiempo y obliga a quien
lo aspira a buscarlo en el aire en donde parece estar y no estar, porque llega
a los sentidos y se pierde al instante, lo que exige, por lo agradable,
explorar el entorno para localizarlo. El corpulento árbol, que exhala olor
desde las raíces hasta la más alta de las ramas, lo plantó en uno de los
extremos del jardín, opuesto al sitio que destinó para sentarse a ejecutar
labores de bordado, tejido y costuras, localizado a un lado de la casa y bajo
la sombra refrescante de la frondosidad de un samán. Allí, sentada sobre una
mecedora momposina, cose, borda o teje sobre pañuelos, bufandas, servilletas,
manteles, fundas, almohadas, tendidos, sobrecamas y, en fin, elabora una serie
de trabajos manuales que la entretienen y alejan de los comadreos con las
vecinas, las amigas o conocidas, que es la tarea normal de las mujeres que con
ella forman la llamada clase alta o sociedad del poblado.
El
penetrante aroma no la mortifica. Por el contrario, la eleva mentalmente y la
aleja de la realidad de su entorno. Imagina que corre por una inmensa pradera
tras algo invisible e inasible, pero lo busca tenazmente pese a tropezar en la
imaginaria carrera con otros olores igualmente agradables. En las tardes en que
sospecha que su esposo habrá de tomar la iniciativa para una noche de pasión,
va al árbol, desprende un ramo y en la alcoba lo acaricia por largo rato y
luego se lo soba cuidadosamente, casi con lascivia, por todo el cuerpo, pero
con especial cuidado entre los senos, las posaderas, las entrepiernas y el
monte de venus.
Su
esposo, el General, demuestra gratitud durante los retozos previos o
posteriores al acto sexual, oliéndola por todas partes. Es como si quisiera
mantener en sus fosas nasales el olor de su hembra, el olor natural del cuerpo
que lo mantiene enamorado, y tal vez, para establecer cuál el olor natural de
la mujer enamorada y cuál el de la deliciosa fragancia de la flor de amor.
Piensa ella que quien llamó por primera vez flor de amor a los racimos de hojas
delgadas y alargadas, siempre verdes, que brotan del árbol, debió estar
influido por Eros y Venus a un mismo tiempo. El amor es eso, pero por pudor no
expresa sus sentimientos. Es una sensación de estar y no estar, de ser y no
ser, de sentirse en un mismo instante elevándose al cielo y descendiendo a los
infiernos. En el amor el goce y el sufrimiento se confunden, concluye. En
ciertas ocasiones y como para variar, él, con sus propias manos, le frota con
suavidad y por todo el cuerpo los finos perfumes que trae cuando regresa de
largos viajes por el país. Ronronea como una gata feliz con el aroma de la flor
de amor.
Se
ríe de sus pensamientos y estima que si los hombres pudieran saber lo que
piensa una mujer mientras cose, borda o teje, habrían asumido esas tareas
hogareñas, y concluye que la satisfacción de sus noches de amor fue quizás la
razón para construir el jardín y cuidarlo celosamente, como lo hace. En el
jardín no se encuentra sobre el piso ni siquiera una hoja seca. La limpieza es
total y desde las siete de la mañana, cuando ha desayunado y despedido a su esposo
que sale a cumplir trámites, gestiones y contactos por negocios, política o
guerra, inicia la tarea de inspección y limpieza. La tarea es agotadora y
finaliza a eso de las diez de la mañana.
Recuerda
los inicios del jardín, de su jardín, cuando llegó siendo casi una niña a la
casa del General como su esposa. Pasó de la casa de sus padres a la de su
esposo en compañía de la fiel Amaranta, una negra cuarentona, esbelta y con
finos rasgos, ojos grandes y negros como su cuerpo, y una sonrisa que no se le borraba
ni en los momentos más difíciles, para que la ayudara a emprender la nueva vida
y le enseñara, si algo le faltaba por aprender, sobre el manejo y
administración del hogar. Amaranta, como la mayoría de los esclavos, no sabía
leer ni escribir, pero se podían contar los temas sobre los cuales no tenía
algún conocimiento. Siempre estaba presta a dar la respuesta acertada, para
informar, corregir, aconsejar, enseñar, incluso para atajar con una mirada
cualquier frase inoportuna. Amaranta, prácticamente, había sido su progenitora,
pero jamás pudo llamarla mamá, como lo deseaba y lo sentía, porque su madre
habría sufrido un patatús. Amaranta nació y vivió esclava, y cuando el general
José Hilario López, como presidente, emancipó a los esclavos, ella no supo enfrentar
la vida en libertad, aduciendo que era más dura y compleja que la esclavitud.
La
negra no sólo le enseñó a bordar, tejer, coser, cocinar y otras tareas
hogareñas, sino que también le señaló el camino para convertirse en mujer. No
encontraba explicaciones para que la negra, nacida y criada como esclava,
iletrada, entendiera mucho más que su propia madre de asuntos de buena
educación, relaciones personales, comportamiento social, y animándola,
permanentemente, a leer y escribir, asegurándole que algún día la mujer valdría
más por sus conocimientos. Cuando se mostraba remolona, recurría al subterfugio
de que requería una información que solamente se encontraba en los libros y de
manera indirecta la obligaba a tomar un tomo de la biblioteca de su padre.
Amaranta, recuerda ahora, fue una mujer sencilla, natural, sin complicaciones.
Quizás esos atributos le permitieron adquirir conocimientos, en tal proporción,
como los ignoraba su propia madre, que frecuentemente se enredaba en lo que
Amaranta calificaba como “cositerías”. Su madre todo lo complicaba y en sus
manos lo simple se tornaba en complejo, mientras que la negra lo complejo lo
volvía simple.
Evoca
placentera y agradecidamente a la negra Amaranta, porque fueron sus consejos,
sus acciones, todo lo que ahora sabe de cuestiones del corazón, del sexo, del
amor, del hogar, de las relaciones con su esposo y con los futuros hijos, todo,
absolutamente todo lo que la distingue como una excelente ama de casa, lo
recibió de la negra esclava, mientras que de su madre apenas fingidos mimos en
las muy contadas ocasiones que le dedicaba. Sin remilgos, sin hipocresías,
cuando despuntó a la juventud, la fiel negra le indicó muchas cosas. En algún
momento, mostrándole el pecho y el trasero, le informó que en esos lugares le
saldrían unas protuberancias y con ellas las curvas insinuantes en el cuerpo.
Fue Amaranta la que siguió el proceso, desde la más tierna niñez, de su
crecimiento, y cuando la bañaba, le daba detalles de cómo se produce el
fenómeno para pasar de niña a mujer, por qué y para qué. Fue también la negra
esclava la que descubrió la aparición de la sombra de los vellos en sus
intimidades. Su propia madre jamás la vio desnuda. Si bien es cierto que la
parió, formó tal escándalo en el momento crucial, que se negó a verla durante
cerca de quince días, resentida por los sufrimientos padecidos en el parto.
La
primera vez que aceptó cargarla, ni siquiera intentó apartar los pañales que la
cubrían para establecer si era niño o niña el fruto de su amor. Mientras que Amaranta
sacrificó la alimentación de su propia hija, María Margarita, nacida meses
atrás, y se la acomodó en el pecho y le extendió generosa los senos para
amamantarla casi hasta los tres años. Ríe con los recuerdos y, como para
quitársela, Amaranta se untaba jugo de limón, sal y, por último, hiel de vaca
en los pezones, obligándola a dejarlos y a limitarse a los alimentos comunes.
Fue
por Amaranta que pudo enterarse de la opinión que de ella tenían los jóvenes
del poblado. Unos afirmaban estar enamorados mientras que otros esperaban que
sus padres aceptaran solicitar su mano y formalizar el compromiso matrimonial.
En el momento en que su padre le informó que había acordado con el General
entregársela en matrimonio, no mostró ninguna sorpresa e instruida como estaba
por la negra, manifestó su decisión de acatar la voluntad de sus progenitores.
El
General era el mejor partido en el poblado y muchas de sus amigas, también
casaderas, cuando sostenían charlas en el atrio del templo, antes y después de
las misas, le habían expresado sus anhelos de ser escogidas por él. El militar
rayaba los cuarenta años, de buen porte, de su cuerpo brotaba espontánea la
estampa del hombre decidido, valiente, acostumbrado a hacerse obedecer. Su
rostro, no obstante, a la rudeza que imponía en el trato, se mostraba
impasible, más bien agradable. En las tertulias con sus amigos no escondía una
vena humorística que le era innata y reía francamente ante las anécdotas y los
chistes y se complacía en narrar los que había recopilado en sus largos
recorridos durante la guerra, en la que permaneció más tiempo que muchos de sus
contemporáneos y copartidarios.
Ella
lo conocía solamente de vista. Una semana después del anuncio paterno, el
General visitó su hogar. Apenas sí le dirigió una ligera mirada y se sentó, por
escasos quince minutos, alejado de ella, dedicándole toda la atención a la
charla corta e insustancial con su padre, para un poco más tarde fijar la fecha
del matrimonio. Fue también Amaranta la encargada de explicarle cuando corrió a
encerrarse en la alcoba, para que no la vieran llorar por la desilusión que
sentía en el instante al pensar que el General no la quería y se consideraba
vendida por su padre como una novilla o una vaca en el corral. No entendía cómo
un hombre que se decía enamorado y que pedía su mano, al mismo tiempo la
ignorara o la omitiera en un diálogo, como si se tratara de algo de poca monta
o indigna e incapaz de sostener una charla formal. La fiel negra la puso al
tanto del comportamiento de esos tiempos, en los que los padres se encargaban
de determinar las condiciones de los novios para sus hijas, ignorándolas o
haciéndolo adrede, y sin averiguar si ellas tenían o no otras metas. Ocurría
igual con las visitas de noviazgo, en las que los interesados parecían convidados
de piedra. Si el General en verdad está enamorado, le aseguró Amaranta,
acortará el noviazgo y fijará para cuanto antes la fecha de la boda, como
efectivamente ocurrió.
Griselda
pasa de un recuerdo a otro, a veces sin relación alguna entre ellos. Es por lo
que la bola de hilo avanza en momentos a toda velocidad y las más con una
lentitud desesperante. Es que sus manos se mueven conforme a los pensamientos.
Ora con el placer de la lentitud para saborear cada evocación como si fuera un
delicado y delicioso manjar, otras con prisa para encadenar sensaciones, y
algunas con desesperación, con dolor, con angustias, con ira, deseando no
repetir, ni siquiera mentalmente, sus sufrimientos.
Sin
quererlo retrata en la mente la ocasión en que su esposo llevó a la casa al
nuevo comandante de la policía, para brindarle un almuerzo de bienvenida y
congratulaciones. Sostuvo con dificultad la mirada, intensa y provocativa, del
joven oficial. Alto, fornido, de tez blanca, ojos en los que se confunden el
azul del cielo con el verde del mar, enmarcados por pestañas y cejas negras y
pobladas, cabellera abundante sobre la que se encasqueta un quepis verde oliva
acabado de salir de las manos del sastre, el impecablemente terso y ceñido
uniforme del mismo color que, como un dibujo en realce, destaca las líneas
atléticas del cuerpo; el brillo de los zapatos y las relucientes polainas
negras en que se refleja el entorno como en un espejo, el sable con empuñadura
de plata flamígera, deslumbrante, y la voz.
El
tono de voz que pasados los años aún repiquetea en sus oídos. Clara, precisa,
alta, fuerte, con un dejo de ensoñación, agradable y llamativa cuando se dirige
dulzona a oídos femeninos, dominantes y ásperos para los hombres. Pero, ante
todo, recuerda, su mirada. Penetrante, indagadora, irresistible. Horadaba el
cráneo buscando respuestas o para dejar grabado en el cerebro la intensidad de
sus apetencias. Esa mirada dejó en sus profundidades un algo indefinible pero
inolvidable. No fue amor sino deseo. No fue insinuación sino una orden.
Supo,
desde que lo vio, que nada ni nadie habría de impedirle, si lo apetecía, llegar
a cobijarse entre los fornidos brazos del comandante. Si Amaranta le recomendó
no expresar totalmente los deseos, ni los conocimientos ni las satisfacciones
sexuales, “porque una mujer honesta no puede asimilarse a una puta”, desde que
lo vio erguido militarmente en su presencia, desde que le tomó la mano para
saludarla dejándole en los intersticios palmares el requerimiento sexual, se
dijo que no habría impedimentos ni limitaciones, si así debía ocurrir, para
entregársele.
Conocía
hasta el más insignificante requisito de comportamiento social, así como la
hipocresía de muchas de las mujeres que integraban el grupo elitista del
poblado. Con sigilo sacaba de la biblioteca de su padre, primero, y después de
casada, de la de su esposo, obras literarias que hablaban de hechos y
circunstancias hogareñas o personales, pero de manera concreta, de líos
amorosos. De esta manera había concluido que no todo desliz conyugal es una
infidelidad y que de la misma manera en que el hombre se deleita en otras camas
y otros cuerpos sin aparecer ante la sociedad como un corrompido, las mujeres
también pueden hacerlo. Otra cosa es el sistema imperante, en el que la mujer
es prácticamente una esclava del hogar, destinada únicamente a entregar sus
intimidades, concebir y parir, sin necesidad de pensar porque sus opiniones
valen menos que un cero a la izquierda. Desde los tiempos bíblicos, o mucho
antes, la mujer había permanecido sojuzgada por el hombre. No representaba nada
y, por ende, no valía nada. Desde esos remotos orígenes, la mujer fue dedicada
al “hogar” para satisfacer los instintos y requerimientos sexuales de sus
compañeros de clan.
Sí
que conocía la hipocresía de varias de sus amigas, que ante el grupo elitista
del poblado aparecían como damas distinguidas, esposas fidelísimas y madres
amantísimas, pero que ocasionalmente incurrían en el adulterio. Los rumores se
iniciaban en los conciliábulos del servicio doméstico y se comprobaban en los
mismos. Su fiel Amaranta, sin llegar al comadreo ni al chisme, lo hacía sólo
cuando no había manera de contradecirle y por su petición directa y a veces
hasta amenazante, le suministraba las informaciones.
En
imitación del acontecer elitista tanto de la capital de la Provincia como del
Estado, así como un preámbulo de lo que después se llamó club social, en el
poblado se instituyó la práctica de reuniones exclusivas y excluyentes, que
tanto su esposo como cuatro de los extranjeros residentes en la localidad,
decidían quiénes podían ingresar al cerrado círculo. Desde las primeras
reuniones realizadas en las cuatro mejores residencias de los que ya se
llamaban socios, las mujeres mostraron un placer agradable en los rumores y las
consejas. Griselda sabía que era uno de los blancos de los cotilleos, por
cuanto sus compañeras no le perdonaban que las marginara para preferir los
bordados y los tejidos. En la siguiente reunión comprobó que, el tema principal
no era otro que el nuevo comandante de la policía, de quien se afirmaba que, en
pocos días, y como un vendaval, había causado estragos en los corazones
femeninos. La belleza, porque era indudablemente hermoso, la altivez de sus
ademanes, calaron profundamente en las mujeres.
Alrededor
de un año antes de la llegada del comandante, murió Amaranta, su gran
consejera, su segunda madre, la que la acompañó desde el momento de nacer hasta
ayudarla a criar sus primeros hijos, tal como si se tratara de una abuela. La
negra sacó a flote todo el cansancio de su larga y ajetreada existencia, se
mermó físicamente en un corto tiempo, para finalmente bajar a la tumba en medio
del dolor general. En la ceremonia fúnebre dedujo que Amaranta fue más, mucho
más, que su compañera. El dolor general manifestado en llanto incontenible, se
la mostró entonces en su condición de líder, ya que había sido no solamente eso
sino como una especie de segunda madre para sus hermanos de raza y de clase,
que la convocaban para solucionar problemas de toda índole. Comprobar el valor
de Amaranta, aún en medio del dolor por su desaparición, la llenó de orgullo:
Quien había sido en la práctica su progenitora, trascendía más allá del
reducido entorno de la casa del General. Para llenar el gran vacío que dejaba
en su vida hogareña la partida irremediable de su fiel Amaranta, no encontró
otra más adecuada que la hija única de aquella, María Margarita, a quien tenía
como una hermana, ya que libaron el sustento infantil de la misma fuente. Entre
ella y María Margarita, mediaban pocos meses de diferencia, siendo la negra la
mayor de ambas.
Otra
cuestión que la impulsó a escogerla fue la de que la negra aprendió junto a
ella a leer y escribir. María Margarita, desde el día en que Griselda inició
estudios, se le puso al lado hasta que cumplieron los quince años y ella se
casó con el General. Los ajetreos de administrar el hogar, los embarazos, los
partos y la crianza de sus hijos la alejaron de los libros y la negra se
encargaba, desde las seis de la tarde hasta las ocho de la noche, cuando el
General no estaba en casa, de ser su lectora de cabecera. María Margarita
recibía la encomienda con mucha satisfacción, por cuanto en el proceso de
escoger la lectura, revisaba de uno a otro lado la biblioteca del General,
convirtiéndose así en la única de las mujeres del servicio doméstico en el
poblado, que acumulaba conocimientos de toda clase y con una capacidad de
análisis admirable. Griselda, en el plano elitista, se encontraba por encima de
las esposas de los demás personajes del poblado, en los aspectos de instrucción
y educación, pero, y ello podía palparse, María Margarita la superaba.
II
El
General maldijo interiormente la decisión de invitar al nuevo comandante de la
policía para brindarle un almuerzo en su residencia, al sorprender en los ojos
de Griselda un imperceptible rayo de luz, que pareció dejarla con la mirada
vacía. No hubo otro detalle, pero conocía suficientemente a su esposa y dedujo
que, en lo más recóndito de ella, el joven oficial la había sorprendido
gratamente, sólo que, la educación hogareña y la instrucción recibida, le
facilitaban esconder ante los demás sus sentimientos, manteniéndose como la
mujer casta, pudorosa, correcta y honesta que todos conocían.
Si el paso de los años y la dura brega tanto en los campos
de batalla como de sus otras actividades de negocio, le dieron a su cuerpo y a
su rostro maltrato físico y anímico, su esposa, por el contrario, como los
buenos vinos, enriquecía sus dotes con el paso del tiempo. La llevó al altar en
la edad en que una fémina es a un mismo tiempo niña y mujer. Niña, porque
apenas despunta a la pubertad. Mujer, porque comienza a abandonar la niñez.
Pero la preparación hogareña, académica, los conocimientos que suministra la
vida en su discurrir, su comportamiento, le abrieron camino en los círculos
elitistas que frecuentaban, tanto en el poblado como en las ciudades a las que
en ocasiones viajaban juntos. No se quejaba. Se enorgullecía, sí, de tener una
esposa que no desentonaba en ningún lugar. El trato sencillo y agradable le
atrajo la buena voluntad de los interlocutores. Para quien había sido un hombre
de armas, que subió la escala militar hasta llegar al último peldaño como héroe
de la guerra que acababa de terminar, poseer un tesoro como lo era su esposa,
constituía la más valiosa medalla y el más gratificante premio recibido.
Entre ambos mediaba la diferencia de un cuarto de siglo de
edad, y si su vida transcurrió más en los cuarteles en roce permanente con
soldados y muy poco con las damas, sus estudios y sus viajes por el mundo le
entregaron a cambio un acervo de conocimientos que le permitían medir a las
mujeres a primera vista. Por conocerla tanto notó lo que los demás no
alcanzaron ni siquiera a sospechar. No fue un relámpago de celos porque
confiaba plenamente en ella.
Siguió con detenimiento el crecimiento de Griselda, desde
la más tierna infancia hasta que despuntó la bella mujer que habría de ser.
Como un Argos, mantuvo sobre ella cien ojos que la seguían a todas partes y de
allí su convencimiento de que no hubo antes de él ninguna pretensión masculina.
La férrea disciplina del padre de Griselda impidió que se contactara con
potenciales pretendientes, por cuanto prevalecía en él el sentido de la
dignidad sobre sí y sobre los suyos, y su hija no perdería, por un descuido, la
majestad del recato, del pudor y el buen nombre que se erigían como símbolos
familiares. Las costumbres de la época no obligaban a educar a la mujer, y en
su mayoría las familias prestantes de los pueblos omitían ese aspecto y en las
demás clases sociales ni siquiera se pensaba en esa posibilidad, en el marco de
la misma residencia Griselda fue educada bajo las más severas restricciones
hasta convertirla, siendo aún una niña, en una mujer dotada de conocimientos y
experiencias que solamente daban la dedicación y la larga vida. Todos los
detalles, como si se tratara de una mujer destinada a otros menesteres
diferentes a los de manejar un hogar, le fueron entregados por consagrados
maestros. La capacidad de captación de Griselda, y por añadidura de María
Margarita, alentaron a los educadores a suministrarles a las dos niñas más de
lo que normalmente solía hacerse.
No sorprendió al General la fogosidad, la ardentía y el
apasionamiento sexual de Griselda. Su esposa, desde antes de la primera
experiencia, estaba informada de cómo y cuánto dar en la cama, seguramente por
instrucciones de la negra Amaranta, que fue, como se afirmaba en el poblado,
“su madre de leche”. La virginidad encontrada lo reafirmaba en ello, además de
saber que algunas mujeres parecen dotadas por la naturaleza para ser
competentes en el matrimonio.
En las siguientes reuniones sociales observó en los ojos de
las esposas e hijas de sus amigos, algo más que el rayo en la mirada de
Griselda. Parecía una tempestad eléctrica y abiertamente mostraban la
imprudencia, lanzándose al coqueteo descarado y peligroso. Como hombre
habituado al trato con hombres de todas las condiciones, de todos los climas,
de todas las edades y caracteres, no podía negar que el joven oficial poseía un
porte admirable y elegante y una especie de atractivo. “El comandante sobresale
entre sus congéneres y es de lógica que su modo de ser y sus actuaciones lo
hagan aparecer como un imán que atrae mujeres”, se dice así mismo.
Con ocasión del combate en su propio terruño, que los
liberales conquistaron a sangre y fuego como para premiar a quien, por su
bravura, sus pensamientos y propuestas sociales presidía a su partido, el
general Rafael Uribe Uribe, que recorría la región dándole ánimos a sus
huestes, los conservadores del poblado crearon una horripilante leyenda en
torno a uno de los oficiales liberales, quizás por el temor, y afirmaban que
estaba poseído por el diablo. El general sabía que eso no tenía nada de cierto
y que no se trataba más que de una fábula tejida en la mente de gentes ingenuas
e ignorantes que allí vivían, por cuanto el famoso Capitán liberal no había
hecho otra cosa que pelear con valor. Posiblemente a él, los liberales, también
lo presentarían como una figura de terror por sus actuaciones en las batallas.
“El miedo tiene varias fases y centros de localización”,
señalaba ante sus soldados en los períodos de instrucción, ocasionales por
cierto porque se aprovechaba el momento previo a la batalla para ello. Se encontraba
aún en los tiempos del enfrentamiento cuerpo a cuerpo entre los ejércitos en
lucha y las armas de fuego no alcanzaban el perfeccionamiento de medio siglo
más adelante. Como la guerra se limitaba a los habitantes de un mismo país por
cuestiones sin importancia, la munición para las armas de fuego era escasa. Se
disparaba una o dos veces y de allí en adelante, se atacaba o se esperaba al
enemigo con el yatagán, el sable, la espada, la lanza o cualquier objeto
contundente. El arma usual y terrible fue el machete que, en momentos de
violentas embestidas, no daba tiempo a calcular daños. Matar o morir, la
consigna de todos. Los mensajes de los jefes de los ejércitos buscaban
introducir un algo de valor en la mente de los soldados y la confianza de que
el jefe se encontraba en las mismas condiciones y con los mismos bríos o el
mismo miedo.
Por eso el General sabe qué es el miedo y dónde se localiza
en la humanidad del hombre en batalla. “Hay un miedo que se concentra en el
estómago y produce vómitos y diarrea, pero permite que el soldado enfrente al
enemigo así sea cagado”, gritaba. “Otra clase de miedo, el peor de los miedos,
se queda en la cabeza del soldado. Se le olvida todo lo que no sea la pelea en
la que se encuentra y se llega a la osadía. Vivo o muerto, ese miedo arroja
sobre el soldado la fama de que es un hombre bravo, valiente, tenaz y osado.
Eso lo dicen los cobardes que se quedan en sus casas a esperar los resultados”.
Después de reír a carcajadas, el General agregaba: “El mejor de los miedos es
el que se introduce en los talones, porque el soldado piensa que es mejor que
digan aquí corrió y no aquí murió. Pero de mis soldados, el que salga corriendo
del campo de pelea, no dude que recibirá un tiro en la espalda. Los cobardes
mueren así”. Lo común era que, en medio de las risas, todos pensaran que no
habría duda de que quien saliera corriendo moriría como un perro.
Sin embargo, el temor al oficial liberal fue calificado
como extraño, si se le miraba con el ojo de los conservadores que vivían en el
poblado. En su generalidad, porque los letrados constituían un grupo minúsculo,
los moradores eran analfabetos y si militaban en uno u otro partido no era por
convicción sino simplemente por compadrazgo, por agradecimiento o por tradición
familiar. Se nacía, se vivía y se moría como militante del conservatismo o del
liberalismo, sin analizar ninguna otra circunstancia. El día de la reconquista
conservadora, el “Chino” Vera fue abatido en medio de una lucha feroz y su
cuerpo quedó tendido en la calle. La contienda se encontraba en pleno furor y
el continuo traquetear de los fusiles, escopetas y tiros de mortero ensordecía
el ambiente, cuando las llamas hicieron presa de varias casas, en su mayoría de
bahareque y techos de palma. La saña de la lucha hace pensar que, destruyendo
el cuerpo del enemigo muerto, y si es oficial con mayor razón, obliga a sus
compañeros a retirarse del campo de batalla. Los conservadores, sin tener en
cuenta el gran valor demostrado por el capitán liberal, tomaron el cuerpo y lo
arrojaron a las llamas y quizás por el efecto de éstas el cadáver se
contorsionó en dos ocasiones, como si tratara de levantarse, y los testigos,
los mismos que lo lanzaron y esperaban verlo convertido en cenizas, corrieron
despavoridos pensando que volvía a la vida y por tanto al combate. Fue
necesario, recordaba el general, luchar contra los liberales y simultáneamente
contra la ingenuidad de sus propios hombres, que faltó poco para que abandonaran
el combate huyéndole al diablo mismo.
En medio de las meditaciones, recordó los atributos de
elegancia, de buena presentación del joven comandante de la policía y concluyó
que debió enfrentarse, en su corta vida, al dilema de ser mujeriego, asediado
constante y visiblemente por las féminas, o ser homosexual. No dudaba que el
joven oficial había sido víctima del acoso de los hombres, pero que ahora que
ostentaba el grado policial y portaba un arma de fuego, frenaba a los de gusto
torcido. Se encuentra, pensó, en esa etapa en que el hombre apenas despunta a
la adultez, época difícil en que se experimentan raras sensaciones y muchos
sinsabores para ratificar las cualidades varoniles. Pero sea joven inmaduro o
adulto, no volverá a pisar mi casa, decidió.
Evoca las máximas de su maestro que en esto del amor y de
la atracción sexual acumulaba grandes conocimientos: “El amor entre personas
jóvenes es asunto en el que no interviene el corazón”. Y las inquietudes de las
mujeres jóvenes del poblado se lo demostraban ahora.
La sensación de
peligro que recorrió su cuerpo, la había experimentado dos veces antes y en
ambas fue una premonición que le salvó la vida. La primera, cuando el general
Milcíades Rodríguez le encomendó la dirección de una fracción de las fuerzas
que reconquistaron su poblado, tomado días antes por el ejército liberal. En
ese combate debió enfrentarse al Capitán Manuel Vera, llamado “El Chino”, ante
el cual fue la intuición el escudo que le salvó del ataque furioso de las
huestes contrarias. La segunda, durante el combate de Toluviejo, en el que la
señal de peligro prácticamente le obligó a abandonar el sitio que le
encomendaron y trasladarse con sus hombres a otro lugar cercano, pero con
mayores y mejores condiciones para el desarrollo de la pelea. No bien
terminaron el cambio cuando uno de los jefes liberales, el General Plácido
Camacho, ordenó el bombardeo al lugar en que supuso estaba el enemigo, pero no
se produjo ni siquiera un herido y fue factor fundamental el traslado para la
victoria conservadora.
Volvieron a su memoria los nombres de los bravos oficiales
que se le enfrentaron durante la guerra fratricida que por un lapso de tres
años asoló el país. Tiempos de hombres de valor defendiendo principios
doctrinales que se confundían en sus inicios por ser muy similares. Solamente
los colores de las banderas separaban a los hermanos. Mientras los liberales
enarbolaban el pendón rojo, él y sus copartidarios batían el azul. En cierta
forma, pensaba, la confrontación bélica había servido para comprobar muchas de
las cualidades de los hombres de su país. La primera y más importante, y por la
que tal vez se logró independizar a la patria del yugo español, la seguridad de
pensamiento y de metas a conseguir. Luego venían otras, como la de levantar
nuevas generaciones criadas sobre las leyes del azar y de la guerra, adaptadas
a lo imprevisto, acostumbradas a lo inesperado. Nada estaba seguro para ellas y
habrían de luchar para obtener lo que anhelaban. Y cuando un país tiene hombres
de esta índole, de estas cualidades, pensó, el futuro será indudablemente
incierto, pero más a la mano, más accesible. Ellos, por su parte, liberales y
conservadores, habían demostrado hasta el momento, que amaban a sus ejércitos.
A ello se atribuía el que no hubiera vencedores ni vencidos.
Son
los primeros días de abril y la lluvia se precipita casi constantemente sobre
el hermoso valle. Trata de entretener sus preocupaciones mirando desde donde se
encuentra sentado hacia la calle, para a través de la claridad solar observar
cómo caen diminutas gotas de lluvia. El viejo guerrero otra vez se maldice a sí
mismo y a su decisión de invitar al nuevo comandante de la policía para
brindarle un almuerzo y nuevamente recuerda ese rayo de luz en los ojos de su
esposa.
Griselda poseía, a sus treinta años, una
belleza provocativa. Embelleció físicamente, como la belleza que se produce en
los campos del Caragaví en los días finales del verano. Sabe que la belleza de
su esposa turba a los hombres. Es un tipo de belleza que se apodera de la mujer
que ya no tiene hijos y cuyas obligaciones se diluyen en otras cosas, por lo
que dirige su fuerza interior a embellecerse a sí misma y al entorno. Esto la
excita a obtener de nuevo el reconocimiento de su pareja, del hombre que ama.
¡Qué peligro! se afirma mentalmente el General. “El joven comandante no esperaba encontrar en mi casa ni en el Caragabi,
una mujer atrayente como mi esposa. Quizás fueron sus ojos los que me alertaron
y no los de ella”, remata sus cavilaciones.
Pese a lo visto, el General sonríe
agradablemente. Quiere mostrar su satisfacción por la visita del teniente, aun
cuando le taladre el cerebro el gusano de los celos. Observa cómo el joven
oficial mira a Griselda, igual como los hombres inmorales miran a las mujeres
bonitas. Aparenta interés en la charla con los invitados al agasajo que se le ofrece,
que quizás es lo que menos le importa. Respecto a su esposa, piensa que lo
primero que vio, una especie de rayo, está ahora representado en un brillo muy
especial en sus ojos, tan especial que no es percibido por los demás. Estima,
¿producto de los celos? que con esa mirada Griselda se dice que puede salvar
todos los obstáculos, pasar por encima de los inconvenientes.
III
Amado Vicentini llega al poblado en los
primeros días de febrero de 1917. Ignora de qué manera habrá de transcurrir su
vida desde ese momento. Mientras en su mente se agitan todas las posibilidades
de imponer las ideas y doctrinas socialistas, nada le habla de romance
conyugal. Su obsesión no le permite que el amor lo haga su blanco. El ambiente
en el que se levanta, el clima que lo rodea en su etapa de juventud es influencia
suficiente para desdeñar el idilio más allá de lo estrictamente necesario para
distraer el cuerpo y los requerimientos naturales. No hay tiempo para el
romance con menoscabo de los sentimientos políticos. Por otro lado, las mujeres
del Caragaví no le seducen. Son de un tipo, de unos sentimientos y de una
ingenuidad que las diferencia y aleja de las mujeres de su propio país y,
generalmente, de las mujeres de Europa. Analfabetas en su mayoría, ingenuas,
sencillas. La humildad es la principal de sus características y considera que
le será difícil pero no imposible contar con ellas para revolucionar la zona.
Abandonó
Italia, su país, a principios de la década de 1900, con una idea obsesiva: extender
el socialismo en otro lugar del mundo que no sea su país ni Europa, y se dirige
al norte de todo anhelo de la época, que no es otro que los Estados Unidos de
América. En Italia, en Alemania y en Inglaterra, como lo comprueba, no se habla
de otra cosa que de las teorías de Karl Marx y el apoyo que recibe de Federico
Engels, quien por pocos pesos extrae de la mente del alemán todo lo que
signifique una variación de la política dominante en el mundo.
Desde
Inglaterra, en donde se edita El Capital, de Marx, del que un periódico de la
época se pregunta: “¿cuántos obreros habrá en el mundo que tengan la
instrucción suficiente para leer siquiera la primera página?”, la Asociación
Obrera Internacional lucha a brazo partido por las reivindicaciones por las que
claman los sindicalistas y libres pensadores que, entre otras cosas, además de
cambios, piden el sufragio femenino.
Conforme
a lo que escucha en los mítines obreros, en las conferencias de los libres
pensadores y lo que lee en los manifiestos que claman por el cambio, por la
eliminación de las monarquías y el establecimiento de gobiernos populares, su
papel, su participación y su fuerza de hombre joven, deben estar al servicio de
los movimientos que tales cambios procuran. Los socialistas, como lo ha podido
detectar en el sentimiento de la mayoría de los jóvenes, se califican así
mismos como “zarrapastrosos”, a los que no hay mujer que los soporte. Por eso
las mujeres de su país y de los diferentes lugares que comienza a conocer, le
son indiferentes. Quizás en un futuro no lejano, luego del triunfo de las
nuevas ideas, pueda ponerse a pensar en un hogar y en seleccionar a una mujer
con la cual edificarlo y levantar unos hijos. Ahora no, porque sus hijos no
deben ser esclavos ni carne de cañón para las castas dominantes. Atarse a un
hogar abortaría sus anhelos de ser socialista, revolucionario y heroico pionero
de la izquierda, por lo que se dirige al Nuevo
Mundo. Sabe que en el fondo es egoísta, porque todo aquel que no es romántico incurre en esa falta, pero no puede dedicarle tiempo a estas cosas y por esa razón, desde que abandona Italia, sus contactos con las féminas no pasan de un encuentro sexual ocasional y prefiere instruirlas en la necesidad de adquirir una conciencia sobre el deber y el poder de sufragar para decidir en el mundo de la política de cada pueblo, tal como lo pregonan y lo buscan las secciones femeninas de todos los partidos libre pensadores del viejo Continente.
Mundo. Sabe que en el fondo es egoísta, porque todo aquel que no es romántico incurre en esa falta, pero no puede dedicarle tiempo a estas cosas y por esa razón, desde que abandona Italia, sus contactos con las féminas no pasan de un encuentro sexual ocasional y prefiere instruirlas en la necesidad de adquirir una conciencia sobre el deber y el poder de sufragar para decidir en el mundo de la política de cada pueblo, tal como lo pregonan y lo buscan las secciones femeninas de todos los partidos libre pensadores del viejo Continente.
Es
el año que, en Europa, en los escaparates de las tiendas de ropa, se muestran a
precios módicos pecheras de colores, que debajo de los sacos remplazan las
camisas y disimulan su falta, porque una camisa vale demasiado dinero.
Angustias, conflictos callejeros, detención selectiva de quienes son
considerados enemigos de los gobiernos de cada país; detenciones colectivas
como corolario de manifestaciones de protesta; carencias, torturas en los
cuarteles y las cárceles, excesos de los gobernantes, represión ilimitada,
huelgas, paros, pobreza y guerra.
Es el panorama que deja atrás el
inmigrante al iniciar un peregrinaje por el mundo, en la búsqueda de un oasis
en medio de la anarquía, o tal vez para sembrarla en nombre de la Internacional
Socialista, que pese al caos en que se debate el viejo Continente, pretende
llevar la llama de la revolución a todos los confines de la tierra.
Con excepción de la nacionalidad, que no
puede esconder por su configuración facial y corporal ni por el acento de sus
palabras, nada se sabe en torno de Amado Vicentini, menos aún los propósitos de
su deambular por distintos países. Emigra de Italia en los momentos en que
hasta los príncipes de las monarquías dominantes urden tramas y ejecutan con
sus propias manos a los que consideran que perjudican o trastornan sus planes,
o que se levantan como amenaza para la estabilidad de los sistemas políticos
que los han sostenido por centurias. Es el tiempo en que el príncipe Félix
Yusupof, tan inepto como las principales figuras de las casas reales,
especialmente la rusa, recurre a una cachiporra de duro caucho para triturar el
cráneo de Gregorio Efimovitch, luego de que tres vasos de vino con arsénico, un
balazo en el corazón y otros más en distintas partes vitales del cuerpo no le
producen la muerte. Pero la muerte de Rasputín no aclara ni soluciona la grave
situación de la Rusia zarista. Ni siquiera con el fusilamiento de los grandes
acaparadores de alimentos se contiene la protesta ciudadana, el desorden
social, el clamor de los que mueren de hambre, hasta desembocar en la
inevitable revolución de octubre.
Es el año de 1917, el tercero de una
conflagración mundial, el año en que se forman y fortalecen los espíritus de
los hombres que tendrán papel significativo en el Siglo XX. El mismo año en que
el Papa Benedicto XV eleva a Eugenio Pacelli a la dignidad de Cardenal y lo
designa como Nuncio Papal en Baviera, con sede en Munich, de donde, más tarde,
pasa a cumplir las mismas funciones en la Primera Nunciatura de Berlín. Es
Pacelli el futuro Papa Pío XII, acusado por su papel pasivo e indiferente ante
las masacres de judíos por parte de los nazis, supuestamente por estar ocupado
en ayudar a las víctimas de la guerra, no judíos. Pero pocos recuerdan que el
hermano y los sobrinos, Francesco, el Príncipe Carlo, Marcantonio y Guilio, son
los propietarios de una fábrica de armamentos y forman parte, a su vez, de las
roscas vaticanas y en determinado momento, escogidos para negociar con los
gobiernos de Hitler y Mussolini. Pacelli, desde mucho antes de sentarse en la
silla de San Pedro, ya había montado el más grande nepotismo que registra la
historia de la iglesia católica en los últimos siglos. Es también el mismo año
en que inmediatamente se produce la revolución de octubre, Stalin se va al
frente sur, concretamente a Caricyn, para participar en nombre del bolchevismo
en la lucha de los belogardistas. El mismo año en que Ángelo Roncalli es
enviado al frente de batalla como Sargento de Sanidad y permanece en los
hospitales de Bérgamo, dándole ayuda a los cientos de miles de heridos,
experiencia que le servirá cuando se convierta en Juan XXIII, el llamado Papa
Bueno. Benito Mussolini, el futuro “Duce” del fascismo italiano, convalece de
las heridas sufridas en el frente de batalla, permitiéndole reemprender el
trabajo de director de su propio periódico, “IL Popolo d’Italia”. Adolfo Hitler
cumple, voluntariamente, el papel de mensajero en el ejército alemán, con tanto
valor, que es condecorado en dos ocasiones con la máxima distinción. Joseph
Brozz, el posterior Mariscal Tito, huye de un campo de concentración en Siberia
y se une a Lenin, Trotsky, Molotov, Jruschov, Borosilov y otros, en el
levantamiento bolchevique. Mao Tse Tung apenas entra a la Sociedad para el
Estudio del Nuevo Pueblo, donde inicia su fulgurante carrera militar y
política. Pero son solo nombres y hechos intrascendentes para los que residen
en un remoto e ignorado poblado levantado en la ribera derecha de un río
llamado Caragaví. La guerra no es importante para quienes lo habitan y muy
pocos de ellos, quizás los italianos, los franceses y uno que otro norteamericano
o inglés, llegados con la intención de explotar el fértil valle, sabe que en
otros lugares del planeta hay un conflicto bélico de inmensas proporciones. No
se escuchan los fragores de las batallas, el retumbar de los cañones, el
estallido de las bombas y las granadas o los lamentos de los heridos ni los
alaridos de los que mueren en las trincheras. Es una comunidad pequeña y
tranquila en la que nadie tiene prisa y el único afanado, en épocas de
invierno, es el río que baja con sus aguas ocres, caudalosas y raudas. En el
verano se compagina con las gentes y se muestra apacible, cansado, gozando tal
vez de su cristalina condición, como si quisiera detenerse mansamente y
formando remansos al pie de los guamos, los tamarindos, las ceibas, los
campanos y los otros árboles corpulentos que desde las orillas resisten el
embate de su corriente. Son remansos en los que el pescador tira el anzuelo, se
coloca el sombrero “vueltiao” sobre el rostro y espera que los bagres, las
cachamas y los barbudos se dignen agarrar la carnada, mientras, indiferente,
acostado sobre las raíces de los árboles, ronca plácidamente.
Se trata de gentes que madrugan a
sembrar el maíz, el arroz, el plátano, el ñame, la yuca y los demás productos
de pan coger; ordeñar la vaca, abrevar los terneros y agruparlos en las tardes
para retornarlos a los corrales. Algunos pocos se introducen en las montañas
para recoger el látex que aún produce dinero o descubrir los sembríos naturales
de ipecacuana, a la que llaman raicilla, para trocarla, a buen precio, con los
comerciantes que llegan de Cartagena. Si medio siglo antes, el general José
Hilario López, en su condición de presidente de la República, abolió la
esclavitud, la noticia no les ha llegado. Los “amos”, los “blancos”, los
“musiú”, son los que viajan a las capitales de la Provincia, del Estado o del
país, y como igualmente son los que saben leer, se cuidan de dar informaciones
sobre lo que podría alebrestar a sus peonadas, que trabajan en similares
condiciones que las de los esclavos. Los intrincados requisitos de la
manumisión y la carencia de dinero del gobierno central, convirtió la abolición
en letra muerta. Hasta el Libertador engañó a los negros, que en la gesta
emancipadora tomaron las armas y pelearon como los más valientes para ganar la
libertad que luego les fue negada. Pero esas son inquietudes de otras
latitudes, porque en el poblado, cual más cual menos, rico o pobre, blanco,
indio o negro, tiene para comer y vivir. Cuando no hay requerimientos
alimenticios la protesta ciudadana no tiene justificación. El poblado al que
llega Amado Vicentini, si bien no constituye una réplica de jauja, mentalmente
sus habitantes sí se consideran en esa condición.
Los potentados del poblado y de la
región alcanzaron a comprender, primero que, en otras zonas del país, el
problema que representaba dejar libres a los negros. Si bien es cierto que en
el Caragaví la esclavitud podía considerarse muy poca, casi inexistente, los
que tenían esclavos a su servicio, con la tolerancia de los mismos agentes del
gobierno, aparecieron como filántropos, humanistas y compasivos en grado sumo,
cuando asimilaron a los negros esclavos como miembros de sus propias familias,
en la calidad de adoptados. Así cumplían la ley, pero no perdían los
beneficios. Al campesino, igualmente, se le incluyó en la lista de miembros de
la familia del patrón. Décadas anteriores los censos dispuestos por las
autoridades de Cartagena, sólo recalcaban el “vicio” de los esclavos y de los
campesinos, de ingerir bebidas embriagantes. En muchos casos se denunció que a
los campesinos se les pagaba en especies y a los esclavos se les otorgaban
limosnas, pero aquellos y éstas estaban, en gran proporción, representadas en
licor. La lejana autoridad no podía o no quería adelantar las investigaciones ante
las denuncias que al respecto se le presentaban, y venían a ser entonces
esclavos y campesinos viciosos cuya dependencia alcohólica había sido creada,
auspiciada y fomentada por sus amos, y tolerada con su indiferencia por el
gobierno.
La población negra en el poblado era de
mínimas proporciones. La inexistencia de minas que pudieran explotarse con
intensidad y por largo tiempo, y la inmigración de los oriundos de las sabanas,
hacía innecesario recurrir al esclavismo para el desarrollo de tareas a las que
los sabaneros se encontraban habituados. Ellos habían descuajado los Montes de
María, la Sierra Flor, la depresión momposina, la zona costera, La Mojana y los
bajos del Cauca y del San Jorge y, por lo tanto, se les consideraba mano de
obra de primera calidad. A eso se debía la escasa población esclava. Las
mujeres negras, por ejemplo, se dedicaban a “madres de leche”, lavanderas,
planchadoras, cocineras, encargadas de vigilar a los niños desde que nacían.
Los hijos varones de los potentados, estimulados por sus propios padres,
saltaban de sus camas a las trojas de las negras para reclamar el derecho a la
pernada y experimentar, sin discriminación alguna, las primeras relaciones
sexuales.
Esa singular forma de enrolar a los
negros evitó que en el Caragabi se crearan grupos de cimarrones y palenques.
Los más cercanos fueron establecidos en Uré, región del San Jorge, y Torobé, a
la orilla del Golfo de Morrosquillo. Lo que no aparece en los archivos es la
realidad. Ningún funcionario de las localidades censadas, especialmente en la
región bañada por el Caragabi, denuncia que el hecho de enrolar a los esclavos
en las familias de los amos no tuvo nada de filantropía ni compasión. No fue
más que una manera de evitar los reclamos de los negros primero y de los campesinos
después, del resarcimiento monetario que sus agotadoras jornadas de trabajo
debían retribuirles. Los negros, en gran número, adoptaron el apellido de sus
patronos, mientras que los campesinos fueron engañados con las figuras del
compadrazgo y el padrinaje, a tal punto que los potentados, con el paso del
tiempo, perdían la cuenta de los cientos de ahijados y compadres que tenían.
A
la par que la sangre baña las tierras de la vieja Europa, Vicentini deambula
por los Estados Unidos, Méjico, Cuba, Centro América, y finalmente llega al
país y se afinca por una temporada en Barranquilla, donde ejerce una serie de
oficios. Pasa de simple estibador en los muelles a operario de máquinas en las
hilanderías locales, que lo distinguen al considerar que su estampa de humildad
esconde en labores intrascendentes su verdadera capacidad intelectual y su
preparación en la ejecución de labores técnicas especializadas y de alto nivel
profesional. El italiano es, indudablemente, un hombre inteligente. En la
Arenosa detectó la primacía obrera. A una menor escala, allí se cumple el mismo
proceso obrero de los grandes puertos del mundo, pero en el país, María Cano,
llamada “La Flor del Trabajo”, en compañía de Raúl Mahecha y otros, lideran la
lucha del proletariado y no puede o no quiere interferir en el proceso en
marcha. Comienza entonces a buscar otro frente hasta encontrar en el Caragaví
campo propicio para sus actividades de irradiación de la lucha ideológica que
lo anima. En el Caragabi habitan gentes sencillas, amables, que a todos reciben
con los brazos abiertos.
Pocos
extranjeros, con excepción quizás de los conquistadores y de algunos españoles
prófugos, llegan al Caragabi sin bienes de fortuna como Vicentini, que se
dedica inicialmente a la reventa de carnes en el mercado.
Poco
a poco se involucra en los problemas del conglomerado, que para la época está
representado por unas quince mil personas, que persisten en vivir como en el
principio de los tiempos. Los campesinos se someten, como consecuencia de su
tolerancia y expansiva idiosincrasia, a la “matrícula”, un sistema aberrante
que viene desde la época de la Colonia. Ellos, los peones, descuajan las
montañas, las civilizan y cuando están listas para iniciar la producción y
recibir los beneficios del largo trabajo ejecutado, aparece el “blanco” con los
títulos que le adjudican lo que nunca ha pisado.
Como
el gobierno, la justicia, la democracia y la libertad están lejos, “en el otro
mundo” como llaman a los lugares conocidos como Cartagena y Bogotá, no
encuentran dónde ni a quién apelar y a ello se suma la carencia de dinero para
sufragar los gastos que demanda un largo litigio, en donde el campesino que
vive en tierras ignotas siempre lleva las de perder. Tan lejos estiman los
caragavianos a esas ciudades, que las familias humildes rezan anticipadamente
el novenario como si hubiera muerto, cuando un miembro de la familia se dirige
a ellas. Son meses los que se requieren para ir y volver, sin contar las
odiseas en el camino. Nada hay que hacer ni cómo hacerlo. Las injusticias, el
despojo, el robo descarado quedan legalmente inscritos en los protocolos
notariales.
El italiano observa el inicuo proceder y
lo compara con las ocurrencias de otros lugares del universo que ha conocido en
su deambular para encontrar dónde sentar reales, y concluye que gente tan
ingenua y sumisa requiere, urgentemente, conocer sus derechos, establecer con
diafanidad qué es ser ciudadano e incitarlos a luchar por el respeto de su
condición humana con igualdad de derechos y prerrogativas.
No
deja traslucir sus intenciones. Obtiene el nombramiento de celador del mercado
y es aquí, en la charla permanente con los braceros o estibadores que en el
puerto cargan y descargan mercancías de lanchas, barcos, barquetas y balsas. Allá con las fritangueras, las sancocheras, los
vendedores, con los propietarios y empleados de los “ambulantes”, con los
campesinos que traen sus productos para trocarlos por herramientas, medicinas,
vestuario y otros elementos necesarios en su parcelas; más allá con las
lavanderas, planchadoras, empleadas del servicio doméstico, con los llamados chaceros que expenden por las noches
frente a las salas de baile confituras, cigarrillos, tabacos, fósforos; con los
cacharreros, ruleteros, bogas y marineros, músicos, zapateros, talabarteros,
cocheros, y en fin, con todos aquellos que ejecutan actividades lícitas, para
informarlos sobre cómo es el resto del mundo y qué pasa en él, así como el
proceso revolucionario adelantado por socialistas y comunistas. Les recalca el
problema, el eterno problema de los campesinos, siempre abajo no obstante que
producen las riquezas de todos los países. Les ilustra sobre cómo ellos, en
estas olvidadas tierras, son en esencia campesinos sometidos a una rígida
estructura agraria de influencia feudal.
IV
A eso de las cuatro de la tarde, cuando
se inicia el llamado sol del venado, parten
hacia la finca tomando el camino que conduce a Guateque, desde donde se
enrumbarán derecho a San Anterito, para llegar aproximadamente a las seis de la
tarde a Tres Palmas.
Los
compromisos del General son tantos, que ella se habituó a los viajes
intempestivos sin recibir detalle alguno. Cuando dispone que vaya a pasarse una
temporada en la finca de Tres Palmas, acoge la decisión como algo normal y, sin
ninguna reacción, ni siquiera en la mirada; imparte las instrucciones a la
negra María Margarita para que aliste lo indispensable para el viaje, y tampoco
la sorprende que su esposo hubiera preparado con anticipación los pormenores y
le informe que debe salir de inmediato. Se dirige con María Margarita a la
alcoba y empaca una maleta con sus pertenencias.
Nada
ha variado, porque se trata de un viaje rutinario a una de las fincas,
similares a los que hace a lo largo del año con ocasión de la Semana Santa,
Navidad, Año Nuevo, o cuando su esposo debe salir hacia otro lugar. Las
poblaciones del entorno, entre las que se destacan Tres Palmas, Tres Piedras,
Santa Isabel, son habitadas en su mayoría por militantes del partido liberal y
su esposo es General del partido conservador, pero la cuestión no incide en la
conducta de estas gentes, que antes que contradictores políticos se sienten
unidos por lazos de amistad, y en lo concerniente al General, es palpable la
admiración y el cariño que todos sienten por él.
A Griselda le agrada sobremanera viajar
por la región, y por eso, cuando se encuentra en la finca, organiza paseos a
caballo para visitar la ciénaga de Betancí; unas veces se va por el camino a
Buenos Aires y Nueva Lucía para regresar por Tres Piedras, o al revés, o se dirige
a fincas de amigos en Santa Isabel y Las Palomas, para deleitarse con los
atardeceres del Caragabi, que considera incomparables. Hay momentos en que en
medio de la soledad y un buen panorama alrededor, como los que goza en su
tierra, piensa que una persona que se siente allí a descansar puede elevarse
mentalmente y soñar cosas extrañas y hacer que parezcan verdaderas. Si no lo
hace, jamás debe intentar escribir un poema o una novela.
Ama la naturaleza y se extasía con los
paisajes de las verdes praderas, aspirando el aire limpio y oloroso a las
frutas de temporada; considera que no hay nada para la salud como vivir en el
campo; cuando se encuentra en el poblado sus sueños no son lo reparadores que
deberían ser, mientras que en el campo, con la certidumbre de encontrarse
rodeada por kilómetros de pastizales, de aire fresco y puro, no sólo es un
placer sino la mayor de las delicias; recibe con agrado sobre sus vestidos las
gotas cristalinas del rocío de la madrugada que se deposita sobre las hojas de
los árboles o en los pastos de los extensos potreros en que se levanta el
ganado, y por ello, desde bien temprano, antes que los rayos del sol se abatan
inmisericordes sobre la región, deambula hasta sentir que la ropa bien empapada
de agua fría, se le pega al cuerpo. La riqueza del valle del Caragaví es
inocultable. En el desarrollo de sus paseos por la extensa dehesa de su esposo
se admira de la manera en que todo crece. Frecuentemente los caballos se
esconden entre los altos y verdes tallos del pasto que todos llaman “Yaraguá
Uribe”, lo que el General le explica se debe a que su contendor en la guerra,
el general Rafael Uribe Uribe, fue quien trajo la semilla de ese tipo de pasto
e incentivó su siembra con excelentes resultados. En esas salidas tropieza con
los vaqueros que en sus corceles vuelan de un lugar a otro detrás de los otros
caballos, las yeguas y las mulas que les servirán de apoyo en las labores del
día. Como si fuera una ceremonia religiosa todas las madrugadas se ve a la
caballada dispersándose entre el pasto y el esfuerzo de los vaqueros por
atajarlas. Parece un juego en el que finalmente todos se rinden. Estima que
todo este juego es una especie de penetración masculina y matutina en la
virginidad de la exuberante y generosa tierra caragabiana. En las ocasiones en
que los recorridos matutinos los hace a caballo, coopera con los vaqueros en
esa tarea, en medio de las protestas de éstos que no quieren que vaya a sufrir
un percance y temen la reacción del General.
Pero ella es una buena amazona. Conoce
un caballo como a sus propias manos y entre estas las riendas no solo dominan
los bríos del animal, sino que lo conducen expertamente. Le satisface sentir el
viento golpear sus pechos mientras vuela con el animal abriendo los pastizales
y el rocío empapa las perneras del vestido que suele utilizar para montar a
caballo, y le humedece agradablemente las piernas. El mejor piropo que recibe
de su esposo es el que resalta sus cualidades para manejar con las riendas a un
caballo y le asegura que lo hace mejor que muchos de los vaqueros, por cuanto
jamás se ha colocado espuelas en los talones. Sabe cómo animar la bestia para
que emprenda la carrera. Pero el General no le ha permitido, pese a reconocer
que es una excelente amazona, participar en las carreras de caballos que se
organizan en los poblados vecinos. Cuando ve cómo entre dos caballos llevan una
hamaca con uno o dos hombres adentro, o al realizar el recorrido de pie sobre
la montura, así como otros malabares, siente muy adentro el coraje y la
frustración. Sabe que también podría hacerlo, pero la mojigatería le
criticaría, por muy esposa del hombre más importante de la región, el
encontrarse en ajetreos de hombres, y peor aún, de peones. Es para esta época
que se inicia la aculturación de la clase pudiente del Caragabi. Las mujeres no
están sujetas a los vaivenes de la moda. En el caso de los hombres, son muchos
los que pese a sus riquezas, ejecutan las labores del campo a la par con sus
peones y algunos permanecen en esas mismas tareas vistiendo una prenda
elemental llamada paruma, que no es
otra cosa que un trozo de tela, comúnmente de dril, que parte de la cintura, en
donde se sujeta con una tira de la misma tela, y baja hasta encima de las
rodillas, rodea y esconde las partes
pudendas, que se muestran sin pudor al doblar el tronco para recoger algo del
piso. Ni a ellos, los dueños de grandes riquezas forjadas a lo largo de años de
trabajo honesto, ni a sus peones, los ruboriza. Es un asunto normal. La
penetración en la región de hombres dedicados a las actividades comerciales o
industriales, o simples aventureros venidos de otros lugares del país o del
exterior, extiende el sentido de progreso y desarrollo, así como el de
modernismo. Los extranjeros aseguran ser miembros de las casas reales europeas,
y los nacionales de descender directamente de los conquistadores y
colonizadores de más alto rango, y si le pueden añadir un título de nobleza,
mucho mejor.
A Griselda se le preparó, en su propio
hogar, para ser dama distinguida, y por ello, ni en los incipientes círculos
sociales del poblado ni en los pomposos de las grandes ciudades a las que viaja
en algunas oportunidades con su esposo, desentona con sus maneras, en las
charlas, ni siquiera en las miradas. Es la discreción pura, la cortesía plena,
que le permiten desenvolverse en cualquier escenario. Pero su felicidad no está
en la hipocresía social y sólo la encuentra y disfruta en el campo, en la
charla y el trato ingenuo y desinteresado de la gente de su tierra,
especialmente de los campesinos, con los que no evade una charla por somera o
baladí que sea.
Cuando el General debe ausentarse por
varios días, no oculta la satisfacción por viajar a una de las fincas. Nunca
pregunta a su marido a dónde va ni cuánto tiempo estará por fuera. Para la
época, la mujer no indaga sobre las actividades del marido, y ella no es la
excepción. Se limita a viajar al lugar indicado por su esposo y allí espera el
momento en que éste disponga el regreso al poblado.
Pero ahora las cosas son diferentes. Con
María Margarita y en largas y discretas charlas, analizaron todas las
circunstancias hasta concluir que un encuentro con el joven comandante de la
policía sólo puede darse en el campo, lejos de las miradas de las chismosas del
poblado, pero especialmente de sus amigas. Espera la orden de traslado, la
ansía. La mirada que cruzaron el día en que llegó invitado por su esposo, fue
suficiente. Estaba convencida de que el oficial captó su disposición, y el
posterior enlace a través de María Margarita, sostuvo latente el mudo diálogo establecido.
Su fiel negra correría, en caso necesario, los riesgos, y no rechazaría
aparecer como amante del oficial si fuere necesario.
A la memoria viene el diálogo con su
fiel negra, de espaldas al río, con la mirada dirigida a la mansión, de manera
que nadie pudiera acercarse sin ser visto con toda la oportunidad del caso.
María Margarita, por su parte, sabe que
el oficial no rechazará un cuerpo como el suyo, por muy negro que sea. Deduce
que por venir de donde viene, habrá saboreado muchas veces el ébano ardiente y
lujurioso. Si a ella, cuando apenas despuntaba a la juventud, la enviaron a
entregar sus primicias a un joven muy parecido a éste, al oficial debieron
darle igualmente una niña esclava, como suele ocurrir en las mansiones y los
feudos de los “blancos”, para que saboreara las delicias del sexo.
Esas razones, y segura de sus atractivos
personales, le facilitan enfrentar a su patrona para plantearle la
intermediación y concretar uno o más encuentros con el comandante. Al igual que
el General, vio el rayo que partió desde los ojos de Griselda. Comprendió que
la actitud taciturna de su patrona, si no era amor, sí deseo. Por experiencia
propia conoce la roedura de los deseos de la carne, esas ansias locas de
refugiarse entre unos brazos fornidos, quedarse a punto de desfallecer de
asfixia en un fuerte abrazo, la boca llena de lenguas, de labios, de saliva
dulce, al tiempo que unas manos inquietas auscultan los recovecos del cuerpo o
se enredan en la tela del vestido mientras avanzan impetuosas y decididas hacia
el lugar donde los dioses depositaron la felicidad del ser humano, o el paso de
labios en besos cálidos y disimulados o de palmas y dedos sobre la epidermis
que despiertan sensaciones dormidas que ignoramos se ocultan entre los poros y
enardecen el espíritu. En sus intenciones no hay aspiración alguna de que el
oficial la haga suya, pero si se presenta la oportunidad y el reclamo, no
vacilará en atenderlo. Sólo que su papel es el de aparecer, en caso necesario,
como objeto de las visitas del comandante y marginar a Griselda de toda duda o
peligro. Griselda, después de sopesar la propuesta y de entender el sacrifico
de su fiel compañera, acepta el plan.
María Margarita, si pudiera medirse y
compararse el grado de inteligencia entre los humanos, habría que aceptar que
es superior al común de las mujeres, que se encuentra en alturas superiores. El
tiempo de estudio, las materias aprendidas, son las mismas que recibió y
aprendió Griselda, pero mientras su ama se estancó en el círculo cerrado de la
clase que integra debido al poder y la riqueza, no solo personal, sino también
las emanadas del General, la anquilosaron, ella se inscribió por un largo
tiempo en la mejor universidad a la que puede ingresar una persona: la
universidad de la vida. A su libre albedrío, no obstante ser hija de esclava y
estar supeditada a vivir dentro de un marco estrecho fuera del cual todo está
vedado a los negros y los pobres, supo captar y apoderarse de las enseñanzas de
todos. Cada asunto, cada cosa, cada experiencia aumentan sus conocimientos y le
permiten, poco a poco, sin prisas, sin afanes, redondear el conocimiento
natural con el adquirido. Comprende las extrañas concepciones sociales y
clasistas y sirve a Griselda y complace sus caprichos, porque en el medio en
que le toca vivir no encontraría, por mucho que lo quisiera, un respaldo a una
eventual protesta para tratar de cambiar las cosas. Ladeo, el músico
cartagenero, forjado como ella en las canteras de la miseria, le recuerda con
una frase soez, lapidaria, pero muy acertada, la condición de la tierra en que
viven: “María Margarita, no olvides que la gallina que está arriba siempre caga
a la que está abajo”. Y así es, como ha podido experimentarlo en distintas
ocasiones y por diversos motivos.
Desde el momento en que Griselda dispuso
que le sirviera de lectora vespertina para distraerse al tiempo que adelanta
sus labores bajo el samán, aprovechó para sugerir que solamente con el libre
acceso a la biblioteca del General, recinto cerrado, arcano, vedado a los
demás, puede cumplir mejor la tarea al seleccionar las obras literarias y
poéticas que considere adecuadas. Para ello, debe leer primero, seleccionar, y
repetir más tarde, lo que le es aceptado y agradece mental y profundamente. Y
enriquece aún más sus conocimientos, por cuanto lee obras condenadas por la
mojigatería y por la curia, vedadas para el común de los mortales del poblado,
y únicamente permitidas a los miembros de la clase privilegiada del mismo. Ese
acopio de conocimientos adquiridos mediante la lectura de los clásicos de la
literatura universal, de odas y poemas de todas las facturas, de sociología,
sicología, jurisprudencia, geografía y hasta de tácticas y estrategias
militares, le permiten entender que su vida no está reducida a los confines de
la comarca, porque más allá, en un mundo inmenso y variado, la geografía se
explaya en varios continentes, razas y culturas. Y entiende también la razón
para que la clase dominante del poblado excluya del acceso a las bibliotecas a
todo aquel que no sea una rama directa de su propio tronco. Los sumisos de su
raza y los campesinos y los pobres, si pudieran leer otros pensamientos, otras
actitudes, otras concepciones, podrían incurrir en la rebeldía y trastrocar lo
que ellos tan paciente y largamente han levantado para su propio beneficio.
Todo esto, aun cuando en el momento no lo profundiza, le habrá de ser útil
quince años más tarde, cuando viaja por ese mundo apenas intuido en las
lecturas y radicarse en otro país en el que las diferencias entre los seres no
se basan en el color de la piel.
Las inquietudes y los conocimientos no
la apartan del camino de la fidelidad a su patrona, en la que ve a una segunda
madre, a una hermana, a la amiga de toda la confianza. Ni siquiera entre las
mujeres de su raza encontró una amiga como Griselda. Pero con excepción de los
diálogos confidenciales que sostienen cada cierto tiempo y lejos de oídos
imprudentes, ha permitido que otros reconozcan entre la patrona y la criada un
lazo tan poderoso. Siempre, ante los demás, es únicamente la criada de
confianza que acepta sin remilgos las órdenes que recibe. Si María del Carmen
crió a Griselda como a una hija, amamantándola inclusive, sabe que no es
hermana de quien nació siendo su patrona. Las intimidades se mantienen lejos de
las miradas y de los oídos de los demás, incluyendo al propio General. Como
jamás se ha presentado una diferencia entre la pareja que obligue a tomar
partido, piensa que, si ocurriera, no habrá nada que la haga variar de
dirección para favorecer a Griselda.
En el instante en que leyó en la mirada
de su patrona que había sido flechada por el joven comandante, dedujo que debía
actuar para evitar problemas o para facilitar el encuentro de la pareja. Pensó
cruzarse en el camino de ambos, pero analizó las consecuencias y lo descartó. Y
se dijo que, si es indispensable un triángulo amoroso, ella debe erigir uno
contrapuesto para atenuar los efectos de aquel. Cierto que el comandante está
dotado de condiciones que lo colocan por encima del común de los hombres y
mucho más de los del poblado –en donde sólo el General y algunos de sus
hermanos, así como dos o tres de los extranjeros que viven en el mismo poseen
cualidades llamativas – y lo convierten
en una meta para cualquiera de las mujeres, ella no está seducida por sus
encantos. Se pregunta si esta indiferencia por el agraciado comandante de la
policía no será lo que sus hermanos de raza llaman racismo. Varias negras, por
no decir que la mayoría, despotrican del comandante y sus atributos varoniles y
le buscan y le encuentran deficiencias para descartarlo como un potencial
amante.
Para ella todo esto carece de
importancia. Su primera experiencia sexual, a los trece años, fue con el hijo
de uno de los caballeros franceses que llegaron al poblado en la época de la
bonanza maderera, explotada por la llamada Casa Americana, y si bien
experimentó poco después, en los brazos de un negro, el abismo sexual entre
blancos y negros, esto no le impidió repetir contactos con los blancos. El
deseo del cuerpo, las apetencias íntimas, concluyó con la experiencia, no
tienen color de piel. El acomodo se busca y cuando se encuentra, se tiene que
repetir la copla:
Primero
quise a una negra
Pa’ después
queré a una blanca
Que
siendo la tierra buena
La misma
yuca se arranca.
Considera que entre un hombre negro y
uno blanco no hay diferencias en la cama, por que no está en el tamaño de las
intimidades el placer del sexo. Lo ha practicado con unos y con otros y
determinó que el placer está en otros lugares del cuerpo. El joven comandante
bien puede acostarse con las mujeres del mundo entero, pero ¿sí encontrará
placer en ello? ¿No será acaso como la negra Petrona y la blanca María Macho?
De ambas se dice que no alcanzan el placer con ningún hombre y por ello optan
por miembros de su mismo sexo. Recuerda haber leído en uno de los libros de la
biblioteca del General, opiniones sobre el amor y el sexo, en las que se asevera
que ambos pueden andar por separado, pero que se llega al maravilloso éxtasis
del orgasmo cuando se juntan; que el sexo no es una competencia para establecer
cuál gana el premio, sino una suma de apetencias y voluntades mutuas; que el
tamaño ni el color ni el olor ni el conocimiento ni la instrucción son básicos
para alcanzar el clímax. Por eso comparte la copla y la repite con frecuencia.
Hay sí una exigencia que se plasma en este sabio concepto: “Tanto en la tierra
como en el amor, hay que llegar a cierta profundidad. Si escarbas como una
gallina y eres tan efímero como el gallo, se te considerará superficial”. Lo ha
comprobado. Ese es entonces uno de los motivos para no realizar el acto sexual
como si se tratara del último de la vida. Siempre será el primero. Con maña y
saliva... remata sus elucubraciones.
No niega que el comandante reúne
atributos que es difícil sumar en un mismo hombre, blanco o negro. El porte, la
forma de caminar o de estarse firme frente a otras personas, sus ojos, su
mirada, su rostro todo, su cuerpo atlético, llaman la atención. Pero para ella
los reconocimientos no pasan de allí. El joven no la atrae. Pese a sus
experiencias no es una mujer cualquiera. Los hombres del poblado la asedian y
si algunos no pasan de los piropos y los requiebros a una abierta lucha por
conquistarla, se debe a la casa en que nació y vive, respetada por todos. El
General irradia respeto y los habitantes del poblado así lo reconocen, por lo
que una de las criadas del General es tan importante como él. Faltarle al
respeto a uno de sus trabajadores se considera dirigido al ilustre ciudadano y
militar.
María Margarita estudia la forma de
acercamiento al comandante y se convence que no puede ni debe hacerlo como si
fuera a entregar una encomienda o a recibir una información. Es ella la que
debe aparecer como insinuándosele, ofreciéndole sus encantos femeninos, para
que se deduzca que, a semejanza de muchas otras mujeres, también cayó en las
redes de los ojos verdes. En este aspecto, la negra es diametralmente diferente
a su patrona y actúa en consecuencia. Se hace la encontradiza y mira con
descaro y arrobamiento fingido al oficial, diciéndole con la mirada que espera
ser llamada.
Segura de sus atractivos los realza
coquetamente cuando se dirige a los lugares en que sabe topará con el joven, y
cuando se encuentran, lo mira directamente a los ojos, sin importarle que sea a
su vez observada por los circundantes. Con naturalidad que más tarde se
pregunta cómo la logra, se ruboriza, las mejillas se le encienden, el cuerpo se
le eriza y emana esencias eróticas destinadas a cautivar a quien sabe que no
requiere más que la muda insinuación.
Cuando al fin el oficial se digna
dirigirle la palabra, sabe que ha triunfado. No ignora que será el blanco de
los comentarios adversos de la gente de su clase y triturada por las damas de
la élite, pero al ofrecer su servicio todo está previsto, incluso, las
advertencias y reclamos de su patrona, a la que sin duda llegarán los rumores
de su descarada provocación y conquista. “Si el cielo se viene abajo, se dice,
que todos los pedazos se estrellen contra mí”.
Fueron suficientes treinta días para
conquistar la fortaleza y rendir las fuerzas interiores del oficial. Puso en
juego todos sus conocimientos en materia amorosa, todas las ardides asimiladas
por referencia, por lectura o por práctica directa, para evitar que el
comandante la considerara una más del montón. Sin embargo, desde el primer
acercamiento hace la advertencia de la realidad de su comportamiento, que no es
otro que el de servir de puente entre él y su patrona. El oficial acepta la
situación, el triángulo opuesto al que se formaría con la ilustre dama, y
degusta, como buen sibarita del amor y del sexo, el sabor y la calidad del
exquisito manjar. Para María Margarita, no obstante, el joven comandante de la
policía no es un hombre excepcional en la cama ni posee elementos distintos a
los comunes en un hombre normal. Tal vez su belleza es el imán que atrae y
permite ignorar otras cuestiones.
Mientras tanto, a Griselda algo intuitivo
le dice que el viaje de su esposo está relacionado con el comandante de la
policía, pero todo lo ha previsto y María Margarita solamente espera una
indicación suya con los ojos para volar al poblado a buscar informes sobre el
viaje del General, y establecer la posibilidad de que el apuesto oficial acepte
el plan urdido por la negra durante cinco meses. No hay detalle que se haya
escapado ni factibilidad, por muy remota, impensada o descabellada, que no haya
sido prevista. Hasta el regreso silencioso e intempestivo del General.
Los negros de la región, especialmente
las mujeres, vieron en Amaranta, primero, y en María Margarita, después, a unos
ídolos, No le negarán a la hermosa muchacha el concurso de sus ojos, de sus
oídos y de sus piernas para ir a donde haya que hacerlo con el tiempo
suficiente para recoger los informes indispensables y llevárselos cuanto antes.
Hay ojos y oídos atentos por todas partes. Ojos y oídos que creen trabajar para
María Margarita, porque la fiel negra no ha mencionado el por qué, para qué ni
para quién requiere los informes. La red de espionaje sigue por todas partes el
deambular del General y el del comandante de la policía y suministra a la negra
mucho más de lo que necesita. Pero ella entrega a Griselda únicamente lo necesario.
Calla, con respecto a las alcobas a las que entra el comandante, qué paredes
salta, en qué brazos cae, en qué camas retoza. Se abisma de la facilidad del
joven oficial para saltar de una a otra cama. Se admira igualmente de los
recursos femeninos para llevar a donde quieren al hombre deseado.
En el momento en que el General dispone
la salida inmediata para Tres Palmas, la negra dirige una mirada disimulada a
una jovencita mulata que haciéndose la distraída se retira discretamente. La
muchacha sabe a dónde ir y qué hacer, y al regreso le informa que el barco
“Zoila Rosa”, de los hermanos Olivares, zarpó a las tres de la tarde con rumbo
a Cartagena, pero que debe recoger carga y pasajeros en Mocarí, El Retiro de
los Indios y Cereté, y aun cuando va río abajo, las operaciones de atraque,
cargue y descargue, lo atrasarán un buen tiempo en el recorrido. Agrega que el
padre Arístides subió al barco con varias maletas, después de haber sido
remplazado por el padre Ospina en la parroquia del poblado. Años más tarde, en
un registro de las páginas de la historia, resalta el hecho de que fue el padre
Ospina uno de los pocos sacerdotes al que no le aparecieron sobrinos recién
nacidos a los diez meses de su permanencia allí.
La espía acciona el dispositivo montado por
María Margarita y con el mismo sigilo regresa al hogar del General, de donde
poco después parte la familia para Tres Palmas.
Quienes desconocen el drama de la élite
ignoran que tanto el militar como el sacerdote llevan un mismo objetivo: lograr
el traslado del comandante. Entre la cúpula del gobierno y de la política, el
militar y con monseñor Pedro Adán, el sacerdote. El uno, el militar, solamente
intuye lo que ocurre en el poblado desde la llegada del joven oficial; el otro,
el sacerdote, lo sabe a ciencia cierta, pero a pesar de conocer la lista de las
pecadoras que por simples deseos y caprichos se hundieron en el adulterio, no
puede revelarlo, porque toda esa información la respalda el secreto de
confesión, y él no incurriría jamás, ni siquiera ante sus superiores, en una
violación de esa clase.
Inmediatamente imparte las órdenes
pertinentes y acomoda los elementos traídos desde el poblado, Griselda se
introduce en la alcoba y tras ella María Margarita, que le dice:
– Niña Griselda, el General salió en
canoa anunciando que viaja a La Almagra, Severá y Caño Viejo, para adelantar
negocios con ganaderos de esos lugares, pero a las siete de la noche y
aprovechando la oscuridad, subirá al barco Zoila Rosa.
– Negra, no seas mentirosa. ¿Cómo sabes
todo eso si no vas tras él?
– ¡Ay, Niña Griselda! Los negros me
dieron los datos. Usted sabe que ellos me quieren mucho y yo les pedí que se
mantuvieran pendientes y me informaran de inmediato. Por eso estoy enterada que
un poco antes de Cereté habrá de subir al barco, que le guarda un cupo hasta
Lorica. La canoa sí se meterá por la Boca de Lara, pero solamente con los
bogas.
– ¿Y cuando compruebas todo eso?
– A más tardar las diez de la noche, que
me traigan el último informe.
– María Margarita, por favor, ten mucho
cuidado con lo que haces. No me vayas a meter en problemas porque prefiero
matarme.
– No se preocupe patrona que, si algo
ocurre, tal como acordamos, yo asumo la responsabilidad y habré de gritar para
que todos lo escuchen, que el asunto es conmigo. Los negros saben, porque yo se
los dije, que estoy enamorada del comandante.
Allá, en medio del río, a la par del
diálogo entre Griselda y María Margarita, el General es alojado en el mismo
camarote donde va el padre Arístides. Durante el resto del viaje hasta Lorica,
ninguno de los dos sale del reducido aposento.
V
Pasan
aparentemente desapercibidos, los primeros meses de permanencia del comandante
en el poblado, la élite masculina no le pone atención al revuelo de faldas que
produce su presencia. Sentados frente a las mesas donde juegan dominó o
“arrancón”, un juego de naipes, se entretienen por largas horas y se limitan a
ligeros comentarios sobre el guapo y majo comandante. Nadie comete la
indelicadeza de expresar sus temores o sus celos. Las normas de comportamiento
que asimilan, en una clara imitación de lo que ocurre allá en la lejana capital
del Estado Soberano, el Corralito de Piedra, no califican los procedimientos
del oficial, porque estas normas recomiendan que se considere una forma
elegante de departir en actos sociales
Mucho
más adelante ese acondicionamiento mental les impedirá rechazar a los
aventureros, que no traen más que un buen surtido de patrañas que les permiten
casarse con las hijas de los más ricos y hacerse dueños, de la noche a la
mañana, de extensas y fértiles haciendas y hatos de miles de reses. Fortunas
que fueron amasadas con sudor y lágrimas.
A
pesar de la incipiente hipocresía social, la alarma suena entre los hombres.
Sus mujeres y sus hijas se introducen en los cotilleos en los que el joven
comandante es la figura central, y su entrada a cualquier lugar revoluciona
todo, porque son muchas las mujeres que sueñan y ansían un idilio con el bello
oficial de la policía. Mucho más entre las mujeres jóvenes, especialmente las
que se encuentran en la edad en que se bebe porque se tiene sed o porque se
cree que se necesita la embriaguez. El joven enamorado permanece embelesado y
al mismo tiempo es cautivo de las fuerzas interiores de su ser. Y ellas creen
estar enamoradas del majo comandante de la policía.
El
General, que desde el primer momento presintió el problema, sigue prudentemente
el desarrollo de los acontecimientos. No emite quejas ni opiniones y ni
siquiera muestra celos. Para los demás, es el hombre afortunado y su apellido y
riquezas se mantienen en asonancia con el decir popular, de que “hasta la
mierda le vale”.
Griselda,
por su parte, guarda la misma línea de conducta desde su matrimonio, sin
involucrarse en los dimes y diretes. Sentada a un lado del pasillo formado por
la baranda y el alero de la parte trasera de su lujosa residencia y bajo el
coposo samán, parece estar absorta con los colores y los aromas de las flores
del jardín. Solamente el balanceo de la mecedora momposina y el movimiento de las
agujas, reflejan el estado anímico de la mujer. Con una canastilla al alcance
de sus manos, llena de hilos de colores, agujas de tejer, de bordar y de coser,
tijeras, dedales, lentejuelas, encajes, blondas, botones y otros adornos,
adelanta, aparentemente indiferente, sus labores. El ruido que proviene de la
cocina, de la sala o de las alcobas, le permiten llamar a la que considera
culpable para solicitarle explicaciones. Las empleadas del servicio doméstico
se preguntan cómo es que puede controlarlo todo sin levantarse de la mecedora,
sin saber que fue una de las enseñanzas que recibió de Amaranta. “Usted calcule
de dónde proviene el ruido o en qué sitio reina demasiado silencio, mencione el
nombre de la encargada del sector y pregúntele qué pasa. Sorprendida, le dará
la respuesta precisa. Ella estará siempre más atenta a usted que de ella misma,
y lo importante es que no se equivoque ni de lugar ni de nombre”. El sistema le
ha dado mucha más ascendencia sobre el servicio doméstico que cualquier otra
forma de control.
El
General, en las ocasiones en que se encuentra en la casa, permanece horas
observando discretamente a su esposa sin encontrar nada que altere la
normalidad. Lamenta no poder seguir los pensamientos de la mujer y daría
gustoso lo que le pidieran para penetrar en su cerebro un minuto siquiera, y
conocer lo que en él se desarrolla. No demuestra sus celos y pasados los meses
ha logrado apartar la extraña comezón, pero sabe que no es otra cosa que el
gusano de los celos que le roe interior y profundamente. Está convencido, y
nada le dice lo contrario, que su mujer es la esposa leal de siempre, pero esas
inquietudes no lo habían mortificado antes de la llegada del joven comandante.
Por eso, cuando decide viajar a Lorica y Cartagena para intrigar el traslado
del comandante, afirmándose en sus poderes políticos, en su riqueza y en su
condición de guerrero victorioso, lo hace más por sus amigos que por sí mismo.
Considera que podrá, con el traslado, evitar una desgracia en el poblado, la
que viene presintiendo casi desde que llegó el joven. No hace otra cosa que
darle vigencia al refrán aprendido en los ajetreos de la guerra: “El viejo
caballo de guerra levanta la cabeza cuando oye las trompetas”.
La
descarada actuación de algunas mujeres de la alta sociedad ha originado más de
un conflicto en el seno de las respectivas familias, y si esto no se controla
con tiempo, deduce el General, tarde o temprano explotará la situación y el
consecuente escándalo, que a nadie conviene. Su maestro opinaba que en cuestiones
del amor y de la atracción sexual entre personas jóvenes no interviene el
corazón. Las inquietudes despertadas por el teniente entre las mujeres,
especialmente jóvenes, del poblado, se lo demostraban. Deduce que es algo
desagradable, perruno, aquel platicar de los ojos, sin palabras, en el lento y
fatídico pasar de las mujeres delante del oficial, simplemente para que las
vea.
El
jefe militar no aspira a más honores de su partido, al cual le ha ofrendado
todos sus bríos de juventud y la capacidad de su cerebro. Cuenta con la amistad
y el aprecio de las grandes figuras del conservatismo, y en no pocas ocasiones
le han insinuado que se convierta en figura nacional. Sólo que, a él, como a
otros personajes del Caribe, parece no atraerle la vanidad de la figuración.
Miguel Antonio Caro, Carlos E. Restrepo, José Vicente Concha, Marco Fidel
Suárez, Pedro Nel Ospina, Miguel Abadía Méndez, entre otros de la dirigencia
nacional de su partido, le han incitado a establecerse en las altiplanicies
andinas, en donde su cuantiosa fortuna, su inocultable capacidad intelectual y
su trayectoria de valiente guerrero, lo conducirían prontamente a las más altas
posiciones del Estado. Pero los de su familia, piensa el General, no nacieron
para esas alturas y prefiere quedarse donde está. Los antecedentes le permiten
esperar el traslado del comandante. Lo que aún no encuentra es la razón
poderosa que alegará sin tener que recurrir a divulgar las flaquezas femeninas.
Pero espera que cuando llegue el momento de hacerlo, ya la habrá encontrado. No
duda que el punto de gravedad de la tierra en donde nació y vive ha estado
siempre en él y, por tanto, habrá de recibir atención diferente y preferente.
“Yo he tenido siempre sobre mí el peso de la tierra del Caragaví”, masculla. A
nadie del poblado comunica sus intenciones y únicamente al padre Arístides le
consulta qué actitud tomar ante la eventualidad de un fracaso.
En
la capital provincial, Lorica, los altos funcionarios le salen con evasivas de
toda índole. No le dan una negativa, pero tampoco le garantizan una solución.
Tropieza con inconvenientes burocráticos. Se le opone una barrera de aparentes
olvidos e ignorancias. Todos alegan no conocer al comandante. Nadie parece
saber de dónde procede ni cómo llegó al grado policial. El desconocimiento es
la norma y pese a que el gobierno es político, ninguno sabe decirle si el joven
oficial es liberal o conservador, y menos aún, quién lo respalda. Sin embargo,
muchas personas humildes, especialmente hombres que estuvieron bajo sus órdenes
en los ejércitos y son sus admiradores y amigos, le cuentan cómo el comandante
tiene una larga trayectoria, no obstante, su juventud, de actuaciones violentas
en los pueblos en que prestó servicio con anterioridad que lo ascendieron
rápidamente al grado de teniente que ahora ostenta. A nombre del conservatismo
ha cometido desmanes de toda clase sin haber estado jamás en un campo de
batalla, por lo que concluye que es la falta de valor la que engendra tipos
como éste y, sin embargo, el jovencito es capaz de provocar a hombres valerosos
y curtidos en las batallas en las que casi siempre terminan enfrentándose
cuerpo a cuerpo con el enemigo, encuentros en los que surgen los hombres
verdaderos, maculándolos en sus honras al conquistarles sus mujeres. Al
convencerse de que en Lorica no hallará soluciones, pese a los cinco días de
intensas gestiones, se dirige en silencio al puerto y se embarca en una lancha
rumbo a Cartagena. Tal vez allá, en donde se centraliza el gobierno, donde
residen los dirigentes políticos que representan al partido por el que ha
participado en diferentes batallas, sacrificado parte importante de su fortuna
y abandonado en tantas ocasiones a su familia y sus negocios, obtenga lo que en
Lorica le ha sido disimuladamente negado.
Al
llegar a Cartagena se dirige inmediatamente a la Catedral de San Pedro Claver,
pero allí se le informa que el padre Arístides fue trasladado a la iglesia de
La Trinidad. Lo perturba el informe y se indaga qué razones obligaron a
Monseñor Pedro Adán a tomar una determinación como esa, siendo Arístides un
sacerdote de su confianza y trasladado del poblado a Párroco del templo más
importante de la capital del Estado Soberano y sede del obispado, cargo que lo
elevaba considerablemente en la curia. Para sopesar las nuevas circunstancias,
adversas desde todo punto de vista para el cumplimiento de sus propósitos,
pasea por largo rato en los alrededores de la plaza de la aduana, por el Portal
y las calles de las Carretas y de las Damas, se entretiene observando balcones
engalanados con plantas ornamentales, saborea algunos dulces de los que
expenden en el Portal; va a la boca del puente y aspira con deleite el olor del
mar parándose durante un largo tiempo en el puerto observando el ir y venir de
las embarcaciones y el vuelo de los pájaros. Detalla los botes, las lanchas,
los barcos, el vuelo de los alcatraces y cómo se hunden en las aguas de la
bahía para emerger aferrando en el pico un pez que trata de escapar de una
muerte segura.
Se
pregunta por qué se obstina en vivir en su poblado, a la orilla de un río,
marginado del progreso, cuando posee suficiente fortuna como para entrar por la
puerta grande de la exigente elevada clase social cartagenera. Es cierto que
posee una estructura intelectual y educativa superior a la de la mayoría de los
que ostentan las privilegiadas posiciones del gobierno y de la política de la
capital del Estado. ¿Será el amor por Griselda, a la que no quiere erradicar
del entorno en el que a todas luces se desenvuelve como ama y señora? ¿Le
satisface más el olor de la boñiga que el de la fetidez de la mayoría de las
calles del Corralito de Piedra, levantado robándole al mar su espacio? Se
debate en la duda.
Si
hubiera nacido a la orilla del mar sería marino y hoy miraría los horizontes
desde la cubierta de un barco, sometido al vaivén de las olas. Antes que
soldado habría preferido ser un humilde grumete y participar en una guerra desde un barco en medio de la
inmensidad del océano. Se pregunta qué habría sido de su vida si hubiera podido
hacer realidad sus sueños juveniles de vivir en una isla abandonada, alejado de
la gente, por que esas fueron sus ambiciones, esos sus vehementes anhelos, sus
deseos por el mar. Considera que la pasión del hombre por el mar no es un
egoísmo, porque el hombre sabe que no puede cultivarlo ni puede beber sus aguas
y parece sentir gran gozo cuando muere en él. Cuando recorre sus tierras en el
Caragaví sobre el lomo de un brioso corcel, tiende a retrotraerse en el tiempo
y en la distancia; casi siempre evoca a Cartagena y se traslada mentalmente al
pasado glorioso de la ciudad, y como si se tratara de uno de los actores,
participa mentalmente en las gestas de quienes, siendo soldados innominados,
defendieron el puerto de los ataques y de los sitios de los implacables
piratas. Admira profundamente a Blas de Lezo. Se lo imagina, tuerto, cojo,
manco, supliendo sus carencias físicas con el valor de su espíritu, irrepetible
en la historia. Lo estima superior a todos los militares de todas las fuerzas
de esas épocas y un ejemplo de cómo lo último que se pierde en una batalla es
la vida, porque mientras ésta aliente el cuerpo se pueden realizar todas las
hazañas.
Siente
hervir su sangre al rememorar cómo el Almirante defiende, en la compañía del
Virrey, don Sebastián de Eslava, y del Gobernador Navarrete, tanto el Corralito
de Piedra como el Castillo de San Felipe de Barajas. Se pregunta cuál de las
dos hazañas fue más importante, más arriesgada, más valerosa, y se dice que la
defensa del Castillo de San Felipe. No en vano el mutilado Almirante, frente a
un avezado Almirante inglés, héroe de batallas que se encuentran inscritas en
las páginas de la historia, como Vernon, quien basado en su veteranía y el
éxito de sus estrategias en combates anteriores, dispone y alcanza la toma del
Castillo San Luis de Bocachica, y sin esperar los otros resultados, se
precipita a enviar informes de una virtual victoria y por tanto, la toma de
Cartagena; no en vano, repite en su imaginación, Blas de Lezo recurre más a la
genialidad que a la táctica o la estrategia militar. Sabe que la flota inglesa
es mucho más grande que la suya y que si la deja entrar a la bahía la toma será
segura y la ciudad indefendible, y procede a hundir sus propias naves, San
Carlos, África y San Felipe, para no dejar ranura alguna por la que pueda
colarse el enemigo. Pero es San Felipe el objeto de sus conjeturas y de sus
interrogantes íntimos como hombre de armas. ¿Cómo fue que Blas de Lezo, con
solo sesenta hombres pudo derrotar a más de tres mil ingleses? ¿Cómo se
multiplicaron en los distintos sitios del Castillo para contener a los
invasores? Dentro de sus lecturas sobre historia y guerra, que considera
sinónimos, recuerda el fragmento de la obra Noticias Secretas de América,
de los españoles Jorge Juan y Antonio de Ulloa, que refiriéndose a lo que vieron
en Cartagena, destacaron: “La guarnición
de Cartagena debía ser entonces de diez compañías de tropa reglada de 77
hombres cada una, inclusos los oficiales, que componen 770 hombres. Esta es la
que le correspondía por dotación para guarecer la plaza y las tres fortalezas
principales exteriores; y aunque el número no es suficiente para que pudiera
resistir a los insultos del enemigo en tiempo de guerra, juntándose a éstas las
compañías de milicias que compone el vecindario, podía formar un cuerpo
suficiente para hacer una defensa regular. El Ministerio de España estaría sin
duda en esta persuasión, y confiaba con justa razón en el número de aquella
tropa, que en los pagamentos parecía completa, faltando en realidad mucho para
estarlo, pues era tan corto el número de soldados que la mayor parte de las
garitas estaban desamparadas, y los cortos puestos donde había centinelas no
eran guardados con aquella formalidad y cuidado que corresponde”. Las
guerras en que participó, favorablemente, los contendores sufrían por igual las
carencias y deficiencias. Más que una guerra entre hermanos, las guerras de su
país podían considerarse una locura bien compartida. Las dificultades que Juan
y Ulloa señalan en el aspecto militar en América cuando España era la dominante
en el continente, lo convencen más y arraigan en su conciencia la idea de la
proeza de Blas de Lezo. He aquí, se dice mentalmente, el genio del que debe
estar dotado el soldado en la batalla para poder alcanzar la victoria. Él
mismo, en las ocasiones en que le ha tocado, ha sido más intuitivo que
estratega, más de corazonadas que de certezas tácticas, y jamás fue derrotado.
Sin
embargo, las bellas épocas de las batallas marinas no son más que recuerdos
registrados en las páginas de la historia. No habrá otro Blas de Lezo. No se
repetirá la batalla de Trafalgar ni existirá otro Almirante Nelson dirigiendo
con tino el ataque de sus barcos contra la gran flota de España y Francia. Sin
vellocinos de oro no hay argonautas. Se consuela estimando que la guerra salió
del mar para asentarse con su carga de dolor y muerte sobre los continentes. Y
él, orgullosamente, es un buen soldado de tierra firme. No por ello deja de
admirar a la gente del mar, desde el humilde y pacífico pescador hasta el marino
de guerra. Como ha leído tanto sobre el mar, no cuestiona la afirmación de que
el cariño y la pasión por la vida del pirata, se siente y crece a medida que
uno va internándose en las aguas salobres de los océanos. Es allí, en medio de
los embates de las olas, cuando se comprende al pirata, concluye.
Las
evocaciones le permiten deambular sin rumbo y de pronto tropieza con las
mercancías tiradas sobre el suelo en la plaza de mercado. Es tanto su
ensimismamiento que no escucha la algazara de los vivanderos y las verduleras.
Desde el arsenal le llega el apetitoso olor a pescado frito, yuca al vapor, que
en su tierra la llaman sudada, y arroz con coco. Confirma entonces que en todo
el día las preocupaciones le alejaron el hambre a quién sabe qué recóndito lugar
del cerebro. Su vida la ha alternado entre el campo de batalla y el manejo de
las haciendas que conforman su patrimonio en el Caragaví. Por esas razones, no
obstante, a que sabe manejarse con propiedad en los lujosos salones y
establecimientos de las más altas capas sociales, le ha tocado comer cualquier
cosa en las más difíciles circunstancias. Desde la humilde “zarapa” del arriero
que cruza solitario las montañas, la viuda de bocachico de los pescadores en
las playas del río Caragaví, el mote de queso y la mazamorra de plátanos de los
valerosos vaqueros de las trochas, hasta el tasajo duro, viejo y frío de carne
salada de la humilde ración del soldado en los campos de batalla. La guerra
obliga a conformarse con poco y a resignarse a toda clase de privaciones. Y
repite una de las consignas de la guerra: “En el ataque como en la retirada, lo
primero es la comida”. Con frecuencia le insinúa a su esposa que los almuerzos
le sean preparados con estas viandas simples, sencillas, servidas debajo del
ramaje del samán, del caucho centenario o de cualquiera de los otros árboles
frondosos que a cada cierto trecho, brindan en los potreros una sombra
refrescante en medio de la canícula.
Como
no lo arredra el qué dirán se dirige resueltamente al arsenal y se sienta frente
a una mesa de venta de comidas que funcionan en el popular sector y con toda la
calma posible engulle un apetitoso plato compuesto por postas de pescado frito,
yuca sudada y arroz con coco. Allí pasa el resto de la tarde, refrescándose con
las brisas que vienen del mar y luego se va a la posada donde tendido sobre una
hamaca, rumia en silencio los recuerdos de su agitada vida.
Repite
las vivencias de sus padres y abuelos, de sus hijos y de sus nietos y
tataranietos del futuro, que se acomodan y se acomodarán a la paradójica
sencillez de la opulencia que caracteriza al caragaviano. Las diferencias
clasistas, que siempre han existido, adquieren connotaciones diferentes en la
fértil tierra bañada por el caprichoso río que baja del Paramillo y es
alimentado por un sinnúmero de afluentes. Ricos, acomodados, pobres y
miserables, viven en un mismo plano, trabajan la misma tierra, le sacan sus
frutos y los comparten, hasta que repentinamente se presentan las
interrupciones ocasionadas por los conflictos políticos alentados por quienes,
desde las altitudes, desconocen al hombre del Caragaví, tanto el de antes del
encuentro de los dos mundos, como los posteriores. Los recuerdos le permiten
dejar a un lado la triste realidad de su objetivo, que comienza a estimar tiempo
perdido. Pero hará lo que pueda para lograrlo.
Se
levanta, temprano en la mañana, de su albergue provisional en la calle del
Candilejo y bañado y acicalado sale, llega al Portal y se mete por la boca del
puente. Rehúsa los servicios que le ofrecen los cocheros y con paso moderado
enfrenta las salobres brisas y el inquietante bochorno que produce la humedad
del ambiente, dirigiéndose hacia el mercado, se encamina luego por la Calle
Larga hasta llegar al templo de La Trinidad. Entra, se ubica discretamente y
escucha piadosamente, como es su costumbre, la Santa Misa. Finalizado el oficio
religioso y cuando apenas quedan tres beatas que rezan las estaciones, se
dirige a la sacristía en la que espera encontrar al sacerdote amigo, Arístides,
despojándose de los ornamentos, lo que efectivamente ocurre.
–
Buenos días, reverendo, saluda cortésmente.
–
Buenos días, hijo mío, responde el sacerdote dándose la vuelta para mirar a
quien llega, aun cuando por el tono de la voz que ya conoce y porque mientras
oficiaba la misa alcanzó a divisarlo en la parte posterior de la nave del
templo, sabe de quién se trata.
-
Bienvenido, General- agrega con inocultable emoción.
–
Gracias padre Arístides, y deme su bendición- Se arrodilla frente al sacerdote
mientras éste alza la mano y hace la señal de la cruz sobre la cabeza del
militar. Cumplida la rápida ceremonia, el visitante agrega:
– Dígame padre ¿qué pasó para que no lo
dejaran en la Catedral y a cambio lo enviaran a este templo?
–
Hijo mío, tú eres soldado y debes obediencia a tus superiores. Te repito, como
en tantas otras ocasiones, que a nuestra manera los sacerdotes somos soldados
que obedecemos órdenes superiores, porque aquí también existen líneas
jerárquicas, líneas de mando, que es obligatorio acatar. No olvides que tú me
repetías con frecuencia que sin disciplina no hay ejércitos y sin ella tampoco
existiría la iglesia. Mi traslado lo dispuso la diócesis y yo cumplo. Tampoco
olvides que a donde quiera vaya guardo mi investidura de sacerdote, al igual
que tú eres General dentro y fuera de las filas, vistas o no el uniforme.
El
hombre guarda silencio por unos momentos antes de recordarle al sacerdote lo
convenido a bordo de la lancha Zoila Rosa.
–
Te tengo malas noticias. Estaba esperándote. Pero habría sido mejor no suministrarte
resultados negativos. Monseñor Pedro Adán no aceptó ninguna de mis propuestas,
y si no me calificó de mentiroso, sí me hizo entender que estaba por lo menos
exagerando mis razonamientos. Me aseguró que había sido tanta mi compenetración
con las gentes de su pueblo, General, que sobrepasaba mis celos por la
actuación del joven comandante de la policía. Considero, hijo mío, que en la
decisión de mi traslado de la Catedral de San Pedro Claver a esta pequeña
parroquia, hay un motivo y ese no es otro que las gestiones que adelanté para
el traslado del comandante de la policía de su pueblo.
–
¿Le informó a Monseñor Pedro Adán de mi pronto arribo a esta ciudad para
pedirle, como General y como dirigente visible de mi pueblo, el apoyo para el
traslado del comandante, que usted se anticipó a plantearle?
–
Lo hice, hijo mío. Creo que, buscando mi perdición, Monseñor me exigió que le
señalara hechos concretos y no obstante que le recordé que mis conocimientos
son fruto del secreto de confesión, me aseguró que en el caso no veía más que
chismes.
–
Pues iré a recalcarle mis objetivos, a plantearle claramente la situación, para
ver si a mí también me llama mentiroso.
–
Nada ni nadie te impide reiterar la petición, pero trata de no crearte
situaciones conflictivas. No olvides tu posición como hombre de armas,
prestigioso guerrero, tu prestancia como dirigente de un partido, pero, sobre
todo, tu condición de ciudadano honesto y dirigente cabal. Lo que puedo
asegurarte desde ahora, es que nada lograrás en torno a ese tema, ni con
Monseñor ni con ninguna de las otras personalidades de la ciudad.
–
¿Tan importante es el tenientito, que superará todas mis influencias?
–
Todo lo contrario, General. Es precisamente el desprestigio del comandante lo
que impedirá que usted u otros tengan éxito en sus propósitos. No me atrevo a
dudar de mis superiores ¡Ni más falta! pero intuyo que tanto Monseñor como los
demás personajes de la ciudad, desde el presidente del Estado hasta el más
insignificante funcionario, conocen los pormenores relativos al comandante. A
ese joven no lo quieren recibir aquí en Cartagena, ni en Mompós ni en
Barranquilla. Donde quiera que ha prestado sus servicios no desearían volver a
verlo, y disimuladamente alcanzaron su traslado, pero las malas noticias son
más rápidas. Me late, General, que en Lorica se enteraron de los antecedentes y
fue esa la causa para que no lo recibieran allá y optaran remitirlo a su
pueblo.
–
¿Y es que acaso mi pueblo es el basurero del Estado?
–
No, no lo fue, no lo es ni lo será. Conoce usted tanto como yo que su poblado
llegará muy lejos en el tiempo. Como sacerdote me enorgullece desde ahora saber
que apareceré en la lista de sus pastores. Pero hay cosas, General, que las
exigencias económicas, las intrigas políticas y la hipocresía social no
permiten. Hay asuntos y situaciones mucho más poderosas que usted y sus
antecedentes, su prestancia y su futuro, y es el miedo de las clases superiores
de esta sociedad cartagenera mojigata, como la de los pueblos que hemos
mencionado, de que sus mujeres puedan caer en las redes del teniente. Hay
hombres que no pueden cambiar su sino, y el del joven comandante,
lamentablemente, es el de aparecer a un mismo tiempo como un Nerón despiadado y
un perfecto Don Juan. Si alguien se atreve algún día venidero a escribir la
historia de este muchacho, se sorprenderá al comprobar que el mítico personaje
de la imaginación de don Tirso de Molina, es un modestísimo aprendiz de amante.
En lo poco que ha vivido multiplica por cientos las peripecias de su homólogo
literario. Y ninguno de los pueblos del Estado quiere pasar por semejante
experiencia. Se lo expreso así por la confianza que tenemos y porque los dos
siempre hablamos con claridad y sinceridad. Como la fama del comandante alcanza
todos los horizontes del Estado, no lo quieren en ninguna parte. Es preferible,
piensan todos, dejarlo donde está. Por esas realidades es que usted fracasará,
como yo, en las gestiones que adelante aquí.
Los
dos amigos se despiden, pero días más tarde el General se asombra, pese a las
advertencias del padre Arístides, de cómo transcurren las diligencias que lleva
a cabo. Y se le viene a la memoria la pregunta que después de una batalla le
hizo un soldado que pensó que tal vez su General estaba triste y acongojado y
para distraerlo le dijo: “Sabe usted, mi
General ¿qué es lo que se compra caro, se ofrece barato y todos lo rehúsan?” En aquel momento, y sin remilgo ninguno,
porque siempre tuvo a sus soldados no como subalternos sino como hermanos, le
confesó que lo ignoraba y el soldado agregó: “La experiencia de los ancianos”. Y en verdad que el significado de
lo que su soldado le decía le saltó a la vista. Había puesto en duda la
decisión de un viejo y curtido hombre de batallas, que en ese momento era su
superior. Como ahora había desestimado la verdad del Padre Arístides. Piensa
desistir porque no se siente víctima directa de la extraña naturaleza del
teniente comandante, que se semeja a un panal al que llegan todas las abejas,
pero sabe que comienza a calentarse la olla donde habrá de cocerse la
desgracia.
Ante
todo, él es un líder en su pueblo, el principal, tal vez, y se propone, aún
apareciendo como víctima si es que acaso las gestiones adelantadas no lo tienen
ya como tal, continuar enfrentando la situación, pero ahora con más rigor. No
habrá más disimulos ni insinuaciones. Su partido, las gentes de su partido,
pero sobre todo la clase dirigente de su partido, le deben mucho. Nunca ha
escatimado un aporte material o personal. Tanto él como sus familiares y sus
empleados han dado de primeros el paso al frente en el instante en que el
conservatismo convoca a la militancia.
Visita
y charla largamente con miembros de las corporaciones legislativas, regresa al
despacho de Monseñor Pedro Adán, al del presidente del Estado, al del alcalde
de la ciudad, al de los comandantes militares y de policía, y al de otros
funcionarios de importancia. A todos les recuerda y les recalca, como jamás lo
ha hecho ni para él ni para su familia, los favores que de todo orden les ha
prodigado. Rememora las veces en que algunos de ellos han sido portadores de
invitaciones de los grandes jefes del partido para que asuma mayores
responsabilidades en la capital del país o al frente de la colectividad
partidista, y en dos ocasiones, insinuándole la posibilidad de elevarlo a la
condición de candidato presidencial, para de esta manera, con la base de su
prestigio, aglutinar a las gentes del Caribe en torno al conservatismo. Pero ni
arriba ni abajo obtiene soluciones. Sin expresarle los motivos le recomiendan soportar
al teniente que comanda la policía de su pueblo hasta que haya una oportunidad
de trasladarlo a otro sitio. El presidente del Estado le anima con supuestas
gestiones para trasladar al comandante a la capital del país o a una legación
en el exterior.
Llega
el momento en que pierde toda esperanza y mientras alista el equipaje para
regresar al poblado, recibe una invitación del presidente del Estado para un
acto social en palacio. Decide jugarse la última carta y se engalana con el
uniforme militar y los arreos correspondientes y adorna el pecho con la
infinidad de medallas recibidas, para ver si así impresiona mucho más.
Aprovecha un descanso de la agrupación musical que ameniza el ambiente con
minués de moda, para reiterar el tema, pero todos evitan referirse al asunto.
–
Ustedes le dan a mi pueblo un tratamiento de basurero, al cual pueden arrojar
los desperdicios, porque no otra cosa ocurre en estos momentos. Nos enviaron a
un elemento indeseable, despreciado en las principales localidades del Estado, pero
quién sabe por qué ocultas razones se niegan a quitárnoslo de encima. No nos
aprecian en nada y a mí, a pesar de muchas expresiones de amistad, no han
querido atender el pedido que a nombre de la comunidad vine a plantearles. Mi
pueblo, caballeros, no es el sitio para mantener lo que no sirve en el Estado o
en la Provincia, ni mucho menos es tierra de nadie. Hay quienes lo respetan y
quienes lo hacemos respetar, como lo hemos demostrado en diferentes ocasiones,
expresa ante un grupo de los más importantes personajes del Estado, conteniendo
el furor que lo embarga.
–
No se trata de eso, General, dice el presidente del Estado con cara de
preocupación.
–
Su caso requiere un período de espera prudencial, acota Monseñor.
–
No, no es cierto lo que dicen. Los caragavianos podemos ser selváticos,
incultos, ignorantes, pero jamás hipócritas. Quizás esa condición nos impide a
veces creerles y soportarles sus desplantes y por eso no vamos a permitir que
continúen dándonos tan insolente tratamiento. Señores: Me parece que sus
hipócritas actitudes terminarán en llanto, y lo más triste de la vida son las
lágrimas de impotencia de lo que tienen en sus manos el gobierno, y no quiero
verlos en esa situación.
Se
inclina ante Monseñor, saluda militarmente a los demás, da la vuelta como si
estuviera frente a la tropa y sale con paso airoso del palacio. Es la primera y
última vez, por cuanto en el resto de su existencia no volvió a Cartagena, que
lo ven fuera de casillas.
VI
Pese
al corto tiempo transcurrido desde que el General salió en viaje, solamente dos
días, María Margarita considera que es demasiado para los planes que se
encuentran previstos. Solamente el viejo militar sabe cuándo regresa y no
pueden desaprovecharse las horas, por lo que María Margarita le indica con una
mirada a la patrona que va al poblado y Griselda, con el mismo lenguaje mudo,
le autoriza a salir y la negra, disimuladamente, desaparece de la finca. Toma
un buen corcel previamente preparado y escondido y parte hacia Tres Piedras, pero
a mitad del camino dobla a la izquierda y se dirige a inmediaciones de Patio
Bonito, por donde se va directamente al poblado, quedándose a la entrada de
este por los lados del cementerio en la casa de una comadre, a la espera de la
noche.
En las últimas horas de la tarde, por intermedio de una
negra amiga que es lavandera en el cuartel de la policía, le envía al
comandante las indicaciones para encontrarse a las nueve de la noche. El
comandante llega cumplidamente y comparten confidencias sobre la cita con
Griselda y se acuerda hacer las cosas como dice María Margarita, por lo que la
negra regresa a la casa de la comadre de donde sale a las tres de la madrugada
para llegar temprano a Tres Palmas.
Entre los negros del poblado no hay dudas de que María Margarita
también sucumbió a la hermosura del comandante de la policía. El tiempo
transcurrido en el encuentro nocturno reafirma la sospecha y cuando ella
dispone que a la noche siguiente las reuniones para narrar historias y cuentos
que suelen llevarse a cabo en las fincas, las veredas y los pueblos de la
región, generalmente presididas por negros a la luz de los mechones, deben
relacionarse con aparecidos, fantasmas, duendes, muertos que salen de las
tumbas, brujas y brujos, demonios y hasta el mismo Satanás, ratifican el
pensamiento de sus amigos sobre el idilio. Según lo dispuso la negra, nadie
debe encontrarse despierto o con ánimos de salir a averiguar quién o quiénes
pasan por los caminos durante la noche. Deben suponer, con el terror metido en
el cuerpo a través de las horripilantes narraciones escuchadas, que puede
tratarse del caballo sin cabeza, el ánima sola, el gritón, la patasola, el cura
decapitado, el viejo de los ojos de fuego con sus dos perros gigantescos
arrojando llamas por las bocas y los ojos, la llorona, la gran bestia o
cualquier otro engendro diabólico, y nadie estará dispuesto a un enfrentamiento
de esa naturaleza.
A eso de las siete de la noche, cuando cesan las
actividades y después de tomar la cena, se entra a un lapso de reposo a la
espera de un descanso del cuerpo de los duros ajetreos del día, adultos,
jóvenes y niños, sin distingos de clases, ni sexos ni colores, rodean a un
cuentero para reír a mandíbula batiente las travesuras de tío conejo, para
entender las exageraciones con que se adornan las anécdotas o para sentir cómo
la piel se eriza del miedo por los relatos de brujas y espantos. Pero esta es
una noche especial. María Margarita hizo una sugerencia y lo que de su boca
sale es una orden para los negros. La mayoría de los cuenteros son negros. Es
como si los sufrimientos de la raza esclava pudieran paliarse con la risa o el
suspenso de los demás. Los hijos de los patronos son los primeros en buscar un
puesto cercano al narrador, para seguir el movimiento de los labios, los gestos,
el accionar de sus manos y brazos, sus miradas. Y son estas, las miradas, las
que complementan el relato. Y la orden de hoy se acomoda con el medio ambiente,
como si la propia naturaleza quisiera cooperar con la fiel María Margarita,
para que se cumplan sus ardides y sus tramoyas amorosas. Es una noche oscura en
la que amenaza la lluvia y esa misma amenaza contrita el espíritu, amilana,
acongoja, deprime. A la distancia unos tímidos relámpagos intentan rasgar las
tinieblas, pero los ánimos no lo notan, por el contrario, la debilidad de los
relámpagos se conjuga con el ánimo deprimido y los ojos miran cosas distintas a
la realidad del panorama que súbitamente se ilumina. Varios creen ver sobre las
copas de los árboles cabezas gigantescas, sobre los prados el movimiento de
reptiles pavorosamente deformados, y si la brisa mueve algunas ramas no se duda
de que Satanás viene hacia al grupo.
Los cuenteros, alertados con anticipación de lo que se
buscaba, acopiaron mentalmente las más atemorizantes de sus historias. Y los
circundantes ven en sus rostros el temor reflejado con las constantes miradas
hacia los lados o hacia atrás, como si estuvieran esperando algo inusitado. Las
miradas llenas de temor con que tratan de traspasar las tinieblas del entorno
obligan a viejos, jóvenes y niños a buscar el contacto físico con el que está
al lado y forman una masa que tiembla de uno a otro lado, para evitar ser el
primero en un ataque de los demonios. El ruido del viento entre el ramaje de
los árboles cala profundamente en cada oyente.
- “En Murindó Santa Ana, entre Canalete y el mar, vivía una
familia de apellido Cuítiva, comienza uno de los narradores. El viejo Santiago,
abuelo de todos, llegó por esas tierras un poco antes de comenzar la guerra
huyéndole a los problemas. Le gustó la tierra, escogió un pedazo de unas cien
hectáreas porque en ese entonces nadie se acercaba por allí, derribó los
árboles inservibles, dejó los robles, las ceibas rojas, los guayacanes, los
campanos, las varas de indio, los ébanos y otros que más tarde le pudieran
servir para su trabajo de aserrador, macaneó un trecho más o menos grande que
destinó a los cultivos de yuca, ñame, maíz, frutales y verduras, y aprovechó un
bajo húmedo para sembrar arroz. Sus hijos, Pedro, Pablo, Críspulo, Jorge y Jacinto,
le ayudaron con entusiasmo, porque al fin dejaban de ser peones en Currayao, la
hacienda de don Rosendo, para trabajar su propia tierra.
Poco después, como al año y medio, llegaron los Oviedo, los
López, los Negrete y otras familias, que se reunieron en una punta de monte
cercana y levantaron sus casas y crearon el pueblo de Murindó Santa Ana, porque
hay otros Murindó.
Todo iba bien. No sufrían de hambre y solamente las
enfermedades los obligaban a venir al sitio a buscar médicos y medicinas,
cuando las hierbas, las cataplasmas, las bebidas y otras medicinas caseras no
daban resultado. Pero la tierra era muy buena y poco se enfermaban.
Una mañana del mes de febrero, Leopoldo Oviedo, un
muchachón alentado y bien parecido, salió para Canalete a comprar azúcar, sal,
café y otros productos para la casa de sus padres y se extrañó de ver los
goleros volando en gran cantidad sobre una montañita. Curioso y sin miedo
alguno, fue a investigar por qué tanto entusiasmo de los come muertos y se
sorprendió al encontrarse con el cuerpo de un hombre despedazado, como si lo
hubieran matado con furia, sin el tripaje. El “cóncolo” solamente, que los
goleros habían empezado a arrancar. El muchacho se devolvió y fue corriendo a
dar el aviso. Vinieron todos los que pudieron, no reconocieron al muerto y, en
medio de las preguntas sobre lo que le había podido ocurrir y de dónde
procedía, le dieron cristiana sepultura. Fue el primer muerto que enterraron en
el cementerio de Murindó, pero antes enviaron a varios de los muchachos a los
pocos pueblos cercanos que había en esa época, de donde vinieron y nadie
reconoció al muerto. ¡Qué vaina, carajo!, dijo el viejo Julio Oviedo, que haya
aparecido este muerto y nadie sepa quién fue. Me pregunto si no será algún
soldado herido que al final cayó allí, pero lo más raro, acotó, es que le hayan
sacado todo el tripaje.
Durante varios días se comentó el asunto, hasta que a
mediados de junio apareció otro muerto en la misma forma y sin que nadie lo
conociera en la región. En esta ocasión vino el Corregidor de Canalete, pero se
regresó sin ninguna solución. Nadie, como en el primer caso, había visto gente
extraña en ese territorio. Parecía que hubieran caído los cuerpos desde el
aire, y fue éste el segundo muerto en el cementerio de Murindó Santa Ana. La
gente se puso temerosa, nadie quería salir de noche, porque los dos cuerpos
fueron encontrados en las primeras horas de la mañana y en las dos tardes
anteriores los que pasaron por los lugares en donde aparecieron, no vieron nada
que les llamara la atención. “Esa vaina es cosa del diablo”, aseguró Elpidio
López. “¿No será acaso vaina de las brujas de Caño Viejo?, preguntó Maño
Negrete. Y los comentarios y las conjeturas se apoderaron no sólo de Murindó
sino de toda la región.
Los muertos siguieron apareciendo más o menos cada dos
meses y el cementerio de Murindó Santa Ana llenándose sin que ninguno de sus
habitantes hubiera inaugurado el Camposanto. Hasta una Semana Santa, dos años
después de aparecer el primer muerto, en la que Manuel del Cristo Espitia
salió, escopeta en mano, a buscar una pava congona, un mico prieto, un mono
colorado, un jabalí, o un venado con cuyas carnes hacer la comida del sábado de
gloria, y “romper la olla” de la guarda de miércoles, jueves y viernes santos.
Contaba él, cuando recuperó el aliento y volvió a tener
conciencia de sí mismo, que buscaba con sigilo la presa y se fue alejando un
poco del camino, hacia la montaña en la finca de José Dolores Arrieta. Al
llegar allí, se escondió en un matorral. Dos horas más tarde no había pasado
por allí ni una torcaza y el silencio vino a llamarle la atención, cuando
cansado de esperar se levantó a estirar los huesos. Fue entonces cuando una voz
le dijo desde arriba, desde el aire, con tono hueco y profundo: “Aquí te dejo
con que romper la olla, porque yo ya rompí la mía” y Manuel del Cristo tuvo que
apartarse para que el cuerpo de un muerto todo despedazado y sin las tripas, le
cayera encima. Dice que, en el momento,
y se dio cuenta que se trataba de un muerto, no tuvo miedo. Saltó del matorral
y cuando estaba fuera de él, miró hacia arriba y casi se muere del pánico que
le entró. Un pájaro descomunal, más bien un hombre negro y feo que volaba con
unas alas enormes, planeaba en círculos, como un golero, sobre el sitio en
donde él estaba. Al mirarle a los ojos, pegó un grito, le hizo el disparo con
la escopeta, pero sin dirección porque ya estaba corriendo hacia el pueblo,
dando gritos por todo el camino. Los del pueblo pensaron que se trataba de El
Gritón, del que decían bajaba de la montaña a visitar y llenar de pavor a los
que le oían o lo miraban. Salieron muchos a ver qué ocurría, sabían que se
trataba de Manuel del Cristo, pero si el pueblo de Murindó Santa Ana no quedó
desocupado fue porque la gente no encontró en el momento por dónde huir. Manuel
del Cristo venía corriendo y encima de él, un pájaro inmenso, como nunca habían
visto ni vieron jamás después, volaba dándole picotazos en la cabeza y en los
hombros. El hombre venía echando sangre y dejando los chorros sobre el polvo
del camino.
No se habían repuesto del susto, cuando el enorme, el
gigantesco pájaro negro, lanzó una risotada que fue escuchada hasta en Puerto
Escondido no obstante el estruendo de las olas del mar. Y les gritó: “Anden y denle
gracias a quien se debe, porque el rey del mundo está a punto de resucitar, o
de lo contrario, otra cosa les cantaba”. El pájaro siguió volando y a una
velocidad increíble, se perdió por encima de la montaña. Los de Murindó
insisten en que se trataba del mismísimo diablo y que nada de raro tiene que se
aparezca en otra parte en cualquier momento. El cuentero mira con sigilo hacia
el cielo, con cara de preocupación y los oyentes tiritan de miedo.
Luego de cinco o
seis historias, sin que se pueda decir cuál fue la más tenebrosa, comienza la
desbandada. Hasta los más audaces, con el pretexto de madrugar para ejecutar
algún trabajo, abandonan el lugar y detrás de ellos las mujeres y niños que no
pierden tiempo para aferrarse a las faldas maternales rumbo a la alcoba. Es que
los niños pierden los bríos cuando aparece la oscuridad nocturnal. Nadie acepta
dormir en las hamacas colgadas en los aleros y cada alcoba se llena de camas,
hamacas y personas de toda edad y el hacinamiento permite soportar el miedo que
cada uno siente. Es noche de espantos. Es noche oscura y silenciosa y hasta los
que sufren de insomnio duermen o se tapan las caras y los oídos para no ver ni
sentir nada.
En el poblado, el comandante anuncia a sus subalternos que
hará, solitario, una ronda y sale del cuartel. Lleva el caballo a paso lento.
Cuando encuentra el camino hacia Guateque, acelera el paso de la montura a un
trote medio de tal manera que no produzca ruidos ni se sospechen premuras en el
jinete. Al llegar a los potreros solitarios acicatea al animal que emprende
galope tendido y así, al divisar a la distancia los techos de los ranchos a
lado y lado del camino, aminora el galope con la complacencia del caballo que
parece, con un bufido, agradecer el cambio de ritmo en la marcha.
Entre trote y galope se acerca a Tres Palmas. No ha
encontrado a nadie en el camino. Ninguna luz siquiera en los ranchos de los
caseríos o las fincas. Sabe perfectamente dónde está enclavada la hacienda del
General y toma los atajos siguiendo las instrucciones de la negra María Margarita,
la que le sale al encuentro cuando se acerca a una vieja bonga, que fue el
sitio convenido. La muchacha le indica el lugar en que su patrona lo espera y
él, con paso firme, pero tratando de no hacer ruidos delatores, se encamina
hacia allá.
Griselda, que con dificultades ha estado traspasando con su
mirada las tinieblas del entorno, lo ve venir y las piernas parecen no querer
sostenerla. No encuentra explicaciones y no se decide por definir si su estado
es de alegría o de miedo o de qué otra cosa, pero prefiere no preguntarse y se
consuela diciéndose mentalmente: “Lo que ha de ser será”, y en silencio, se
estrechan en un amoroso abrazo. No dicen nada porque parece que ambos entienden
que no se puede perder el tiempo en diálogos inoficiosos. Hacen lo que deben
hacer. Ella se sorprende de las capacidades anatómicas, sexuales y amatorias
del joven comandante de policía, mucho más experimentado de lo que esperaba y
de lo que aparenta. Se confunde cuando el joven oficial, con mano experta,
acaricia zonas cuya sensibilidad ignoraba poseer. Pero él se maravilla mucho
más por cuanto no es igual a las tantas mujeres que han estado bajo su cuerpo.
Es una mujer diferente. Sabe qué es el sexo, para qué es y qué puede hacerse
con él. No había conocido, reconoce mentalmente, una mujer como ella. La ha
seguido, desde la primera vez que la vio de cerca, y por ello sabe que
solamente el General la conoce en la cama. Ahora él transita por esa senda de
pasión y se pregunta si acaso el General es un hombre experimentado que la ha
enseñado, pero se responde negativamente. Es un don natural en Griselda el ser
apasionada. Cada vez que impone una cosa nueva, ella lo asimila prontamente,
demostrándole todo lo que una mujer puede dar en la cama cuando la pasión es
ama y señora del espacio.
Con la promesa de encontrarse tantas veces como sea
posible, se separan en el momento en que los rayos del sol amagan con
apoderarse de la inmensa llanura caragaviana. Sabe que no está enamorado,
solamente sorprendido y halagado. Ella tampoco está enamorada, pero por primera
vez ha podido darle rienda suelta a lo represado en el interior de su alma.
Pero ese sentimiento no es nuevo en una mujer que salta sobre la barrera del
pudor, de la lealtad y la fidelidad, instruida entre los límites restringidos de
un marco de mojigaterías que califica todo lo demás como un pecado y le impide
a la mujer expresar, ante el esposo, el hombre que le fue dado como compañero
para el resto de sus días, lo que en verdad siente, anhela, ansía en su cuerpo
cuando están en la cama cumpliendo las funciones del sexo y del amor. Ninguno
de los dos duda en que habrá un segundo encuentro, pero conscientes de que no
pretenden erigir ni mucho menos solidificar un triángulo. El deseo, las ansias,
las apetencias quedan momentáneamente satisfechas. Muy gratamente satisfechas.
VII
La
luna llena ilumina el extenso valle del Caragabi y permite observar con
diafanidad la belleza nocturna de la fértil tierra. El joven teniente, acostado
sobre mullida cama, mira por la ventana no solo al valle circundante, sino a la
maravillosa escena de un cielo rebosante de luces que titilan, como para
decirle al hombre que también están vivas. No ha podido conciliar el sueño.
Morfeo lo abandonó, y las circunstancias lo obligan a pensar. No le agradan las
evocaciones porque su propio pasado lo asusta y al mismo tiempo considera que
lo hecho, hecho está, y nada ni nadie podrá variarlo. Evita la soledad y en las
noches busca la compañía de una mujer que le facilite apartarse de la realidad.
Inicia entonces un monólogo interior y habla para sí:
“Me
pasé la noche repasando mi vida desde el momento en que comencé a guardar
conscientemente los recuerdos. Gozo de una buena memoria y retengo hechos y
circunstancias ocurridos desde la infancia, que me permiten reconstruir el
pasado con facilidad. Pese a ello y en honor a la verdad, me siento vacuo. He
vivido por vivir y se que no se me debe nada por ello. Tal vez muchos
agradecerán el instante en que muera y, quizás, será el único y el mejor de mis
aportes a la humanidad.
Al
momento en que terminen mis días, no quedará nada de mí, ni siquiera por tener
más de un hijo. Como los marineros diría que en cada puerto dejo un amor. ¿Pero
acaso amé a una mujer o a un hijo? Mi opinión es que los marineros dejan en
cada puerto una puta, pero no un amor. Nunca he sentido amor, desconozco ese
sentimiento. Además, por mucho que quisiera a una mujer –y ninguna ha alcanzado
esa dicha– no podrá demostrarlo. Los idilios los sepulto en el secreto, la
clandestinidad. A mis hijos los arrojo a la fosa de la indiferencia y el
olvido. Me considero un cementerio en el que yacen incontables esperanzas,
corazones partidos, frustraciones, ideales desperdiciados, honras destruidas.
Mi
padre se ufanaba del apellido y del lugar de origen, como algo muy valioso para
toda la familia y que por tanto yo debía asimilar y mostrar orgullosamente. Con
un tono jactancioso repetía cansinamente la victoria de los reyes Alfonso VIII
de Castilla, Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra sobre los almohades,
que paralizó el avance del islam y facilitó a los cristianos medio siglo más
tarde obtener la victoria final. Las Navas de Tolosa, los reyes triunfadores,
el islam, mi padre, mi apellido, me saben a mierda.
De
tanto oírlo, entendí el por qué las mujeres se me ofrecen en bandeja. Me
califican un hombre lindo, contradiciéndose ellas mismas que siempre aseguran
que el hombre es como el oso, entre más feo, más hermoso. Un contrasentido,
porque se afirma que una mujer ama a un hombre aún cuando sea el más feo de la
especie, dizque por poseer ellas la cualidad de lo que es espiritualmente
bello. Pero eso no es cierto. La mujer, es un ser inconstante y caprichoso.
Primero están sus apetencias y luego la realidad.
Yo
soy el mejor de los ejemplos. Ellas saben que no les daré más que un poco de
sexo y que por ninguna razón pueden esperar amor, pero irreflexiva e
imprudentemente, se me entregan por que sí. Estas situaciones, muchas veces
enojosas y peligrosas, me llevaron al convencimiento de que si algo es una
maldición para el ser humano es la belleza. Principalmente para las mujeres que
buscan de manera incansable ser hermosas, por cuanto el hombre rehúye sentirse,
aparecer o que se le considere como tal. A menos que en el proceso de
concepción, gestación, nacimiento y crecimiento se produzca un accidente y se
bifurque el camino, el hombre seguirá el rumbo que le fue fijado por la
naturaleza para cumplir su función reproductora de la especie. Si leí y entendí
bien, los grandes imperios levantados por el hombre desaparecieron por culpa de
los que se apartaron de la ruta. Griegos, chinos, persas, hindúes, galos,
africanos, y hasta los precolombinos como el Inca y el azteca, se hundieron en
el ostracismo al caer en manos de los que creyeron que la belleza es un
atributo más para gobernar a un pueblo. Los reyes y emperadores homosexuales
ostentaban con orgullo la doble condición de ser feos y terribles gobernantes,
con la de consumidores de afeites para aparecer hermosos y delicados,
atractivos para unos y otras, lo que les permitió afirmar que eran el marido de
todas las mujeres y la mujer de todos los maridos.
Abandonar
las obligaciones del poder para estar pendientes de los aderezos, derribó los
imperios. Las invasiones, las armas, las batallas y los muertos fueron sólo el
complemento de lo que ya venía roto en las retaguardias de los gobernantes y
sus cortes y cohortes. Lo triste es que sin tener en cuenta la historia, los
imperios del futuro caerán en el mismo foso. No de un día para otro, pero sí es
motivo de alarma cuando los gobernantes “bonitos” se multipliquen. Esto me
confirma la opinión de que la belleza es una maldición.
Mi
propia historia, tan corta en el tiempo, es igual. La belleza me obligó a dejar
en el baúl del olvido los valores del hombre para convertirme, conscientemente,
en un crapuloso irredento. Coloqué a la mujer como mi único objetivo y llegué a
tanto, perfeccioné al máximo mis métodos, que logré que sean ellas las que den
el primer paso, y ellas las que sufran los arrepentimientos, sin dejar de degustar,
mentalmente, la experiencia. No hay dudas de que dejo impregnada en la
epidermis, en las intimidades de las mujeres que llegan a mis brazos, en sus
sentimientos y en sus recuerdos, el dulce sabor del pecado bien cometido. Se
que en ellas se debate la admiración sexual, lo que creen es el amor, con las
frustraciones de sus objetivos de vivir conmigo el romance eterno que sueñan
desde jóvenes. No se puede negar, y la experiencia me lo ratifica, que toda
mujer sueña con varias oportunidades románticas, pese a vivir al lado de quien
fuera durante algún tiempo su estrella polar. Lo peor es que las mujeres que
todo lo tienen son las que más ambicionan las aventuras. Internamente felicito
a las mujeres comunes que sólo caen por necesidad.
Desde
niño entendí que mis atributos físicos, el color de mis ojos y de mi piel, así
como la configuración facial, me diferenciaban de los otros niños con los que
compartía el interminable e incansable tiempo de los juegos infantiles. Las
mujeres, incluso las de mi propia familia, me acariciaban sin razón el cabello
o el rostro, mientras me aseguraban que era un niño lindo, lo que no ocurría
con los otros. Me agradaban esas preferencias femeninas y a medida del avance
de los días y de los años, así como el entendimiento de las cosas, supe que los
compañeritos de juego o del colegio me envidiaban. La envidia subía de grado al
referirles secretamente, cómo mi tía Luisa Fernanda, una solterona de casi
cuarenta años entonces, me llevaba a su cama para que la acompañara en las noches
en que supuestamente la atacaba la migraña para que le hiciera compañía. Lo
cierto es que veníamos a conciliar el sueño en la madrugada, después de horas
de manipularme entre las piernas, besármelo, y quejarse y retorcerse
extrañamente, como si un dolor que la satisfacía le recorriera el cuerpo. Las
últimas veces fue mi madre la que se opuso, por cuanto ya contaba entonces con
catorce años y era yo quien buscaba la invitación. La tía Luisa Fernanda dizque
se había quedado virgen, pero yo podía dar fe de otra cosa.
Conocí
mi sino desde la infancia y no obstante mi modestia de entonces, todos, a
fuerza de ver mi exterior sin auscultar mi interior, me reputaban astuto, por
lo que aprendí a fingir. Sentía profundamente la bondad y la maldad, pero si
trataba de practicar la una nadie me acariciaba, por lo que opté por sepultarla
y abrirle la puerta de par en par a la otra. Así, nació en mi pecho la
desesperación fría e inerte disfrazada de amabilidad y sonrisa afectuosa,
prometedora hasta alcanzar el objetivo, cuando vuelvo a ser un lisiado moral”.
Mira
por la ventana al cielo, porque entiende que se trata de una noche perdida, muy
pocas en su vida en la soledad de una alcoba y preso de su propia imaginación y
sus recuerdos, y se deleita con el esplendoroso espectáculo de las estrellas
encendidas. Pero añora una compañera en la cama y la luz apagada de las
estrellas, que parecen noches tristes, porque son ellas las cómplices en la
ejecución de sus propósitos en camas ajenas. Mañana volverá a lo mismo, pese a
reconocer que se siente hastiado, al punto de que ya ni el pecado le alegra.
“Me
pregunto la razón para obstinarme en pretender el amor de una muchacha a la que
no quiero seducir y con la que nunca habré de casarme y me respondo que no es
más que un capricho. Hay un placer indescriptible cuando el hombre se apodera
de un alma joven que como una flor apenas se abre a la vida y corre el riesgo
de que su aroma se evapore al primer beso del primer rayo de sol, por lo que
hay que asirla en ese preciso momento, aspirarla y arrojarla después de agotar
su perfume.
Mi
única meta, la principal ambición de mi vida es mantener el ansia de poder para
someter a mis víctimas a la voluntad de mis caprichos, excitarles el
sentimiento del temor. El que aparenta adorarte en el fondo te teme. Las
mujeres que llegan a temerme son más dóciles ante mis exigencias. Considero que
si Dios existe lo mejor que me ha dado es el uniforme y las charreteras, que
como soles y estrellas alumbran mis días y mis noches.
¡Qué
beneficios me reportan el uniforme y las charreteras! Me permiten sobresalir
entre los hombres y ante las mujeres aparecer como un moderno Apolo. En la
intimidad de la alcoba saco del baúl las estampas del dios olímpico y al tiempo
que me miro en el espejo, comparo mi figura con la del Belvedere y sin empacho,
soy superior. No es un ataque de narcisismo, porque una de mis ventajas es
mostrarme humilde. Además, considero que los atributos no requieren alardes.
Sobresalen por sí mismos. Los míos se proyectan, se patentizan más cuando la
falsa humildad de mis ademanes pretende ocultarlos.
Mis
atractivos, sin embargo, me proporcionan situaciones desagradables. Es que el
amor legal mira por encima del hombro al amor libre. ¡Hasta que cae en lo que
reprocha! El problema es la supuesta honra lesionada y los dolores espirituales
para los que se carece de sedantes. Más de una vez me ha tocado enfrentar
momentos delicados y en algunos los resultados fueron funestos. No encuentro
razón para que los maridos actúen con violencia al enterarse de las
infidelidades de sus compañeras. Nadie puede acusarme de acoso a una fémina.
Menos si es casada. Vienen a mí por sí solas, simplemente por capricho o porque
no resisten, lo cual parece ser mal innato de las mujeres, saber que una amiga
o una enemiga ya se entregaron.
Mis
preferencias son por la mujer joven. Tienen la ventaja de que no sólo se
entregan con entusiasmo para disfrutar lo desconocido, las primicias sexuales,
sino que ambicionan aprender y establecer qué es, para qué sirve y cómo y de cuántas
maneras se hace. Se sienten en el salón del colegio listas para adelantar los
cursos que sean necesarios hasta llegar a la profesionalización. Los maridos
ofendidos, y así lo he comprobado, son los peores maestros del sexo porque
nadie puede enseñar lo que no sabe.
Ciertamente la naturaleza regala los instintos, pero es el hombre el que
debe perfeccionarlos y dejar a la mujer con un acervo de conocimientos que le
hagan agradable el resto de sus días. En mi larga vida de aventuras sexuales he
encontrado esposas expertas, veteranas, que sin embargo no han mancillado su
lecho. Especimenes raros, pero las hay. Tal vez, para entender la infidelidad
femenina, se deben tener en cuenta tres aspectos que podrían incidir en ello.
La curiosidad por comprobar si su hombre es en verdad experto o si todos son
iguales. O porque en su propia cama no ha podido entender el sexo o porque de
manera natural brota la necesidad de hacerlo bien. Creo sin embargo que don
natural o adquirido, la mujer joven desperdicia el agua y al llegar a la
madurez trata de recogerla. Esa es la razón de mis preferencias por la delicia
de acariciar un cuerpo nuevo, cuya tersura responda con silencioso y
desapacible temblor, como lo hace la potranca arisca que se conmueve desde la
testuz hasta la cola con sólo ver la mano que se le acerca para acariciarla.
Recuerdo
a Marieta, esposa del alcalde de.... que me desdeñaba sin que existiera razón.
Como ocurre en mis lances amorosos, el primer paso lo dan las mujeres, y por
muchos deseos por hacerla mía, trataba de ignorarla para evitarme
complicaciones. Pero ella, al enterarse que mantenía un romance con la hija del
coronel ... mujer joven y hermosa que esperaba vanamente que su padre
encontrara el príncipe azul para endosársela con la escasa dote que podía
proporcionarle, Marieta abandonó su actitud y entre ambos encontramos la manera
de refugiarnos la una en el otro, como si se tratara de una reconciliación por
una disputa que no había ocurrido. Desdéñalas y caerán ante ti como la mosca en
el pastel. No obstante, en esas actitudes sale a relucir un factor intrínseco
de la mujer: su astucia. Ninguna mujer actúa porque sí. Sabe lo que quiere,
cómo lo quiere y en dónde está lo que quiere. La que es señalada como honesta
porque en el disimulo está su fuerte. La joven inocente lo sabe por instinto.
Simulan no saber que el hombre lo que necesita de ellas es el cuerpo y se
esmeran por aparentar belleza, pulcritud, buena educación, y buscan con los
afeites y lujosas y hermosas prendas interiores, así como en las galantes
vestiduras exteriores, llamarles la atención y conquistarles. Pero son contados
los hombres que miran estas cosas, que poco o nada representan en los deseos
masculinos.
Se
repiten en mi mente los primeros años de juventud y el incidente con Ana Tilde,
una niña que se encontraba en el momento de adentrarse a la juventud, la cual
formaba parte del grupo de niñas, unas seis, que me turnaban como un objeto
para jugar a la “casita”. Desde los cinco años preferí a las niñas y su curioso
juego, al de los compañeritos del barrio o de la escuela.
Ana
Tilde pertenecía a una de las más encopetadas familias de Cartagena. No sólo
por la prosapia de sus apellidos, sino también, por las inmensas riquezas
familiares, que además de heredadas, se acrecentaron con el mercado de
esclavos, la producción ilícita de licores, la apropiación de miles de
hectáreas de tierras calificadas de ubérrimas y de esquilmar a los campesinos,
además de raer con frecuencia las arcas, primero de la corona española y luego
del Estado. Por eso el padre de Ana Tilde ocupaba lugar de honor en la sociedad
del Corralito de Piedra.
La
muchacha también fue la más entusiasta para ejecutar el juego de la “casita” y
así, las demás no alcanzaron a desistir de la aparente ingenua práctica de
entretención, pese a que los años se iban acumulando en sus cuerpos. Ana Tilde
parecía elevarse a estadios de delicias con el juego, que fue convirtiéndose en
retozo permanente y libre de vestiduras para facilitar las caricias mutuas por
períodos de dos y tres horas, en imitación de lo que veían hacer a sus padres.
Pero
todo tiene un fin y la “casita” terminó una mañana de agosto, cuando empujé con
fuerza y ella se obstinó en resistir. El grito alarmó a las otras que seguían
los pormenores del juego desde muy cerca y al llegar al lado, nos encontraron a
ella con la vulva sangrante y a mí con el miembro viril en las mismas
condiciones. El afán de uno por entrar y de la otra por cerrar la puerta,
ocasionó el percance. Las muchachas afrontaron una realidad inocultable: habían
dejado de ser niñas y el juego quedó solamente para gratas evocaciones futuras.
A
sabiendas de que mis inclinaciones eran otras, acogí con entusiasmo el ingreso
al colegio. Además de instruirme mejor podía alternar más tiempo con las
jóvenes. Mi padre me obligó a estudiar en la casa y al ingresar al colegio
escribía bien y prontamente me convertí en el escritor de cabecera de las
muchachas y por ende en su confidente, al prepararlos con especial gracia y un
algo poético, las cartas de amor. En esta labor adquirí el convencimiento de la
liviandad mental de las mujeres, que por ello se deben considerar como un
objeto manipulable, destinado a satisfacer las apetencias sexuales del hombre,
porque en general, ellas no piensan más que en el sexo.
La
mujer no debe leer, ni siquiera aprender a leer, porque entonces pretende ser
igual al hombre. En muy contadas ocasiones, raras deben considerarse, he
tropezado con mujeres que supieran leer y escribir correctamente, que no
pretendieran por ello apoderarse de mí, atarme con subterfugios y esclavizarme
amarrándome a la cama para usarme, como el vaso de noche, cuando sintieran
necesidades vaginales.
Aquí
fue distinto. Al recibir la invitación del General, principal personaje de
Caragabi, para que almorzara en su residencia, me sorprendió con algo
diferente. La esposa del general, además de bonita e inteligente por
naturaleza, sabe leer y escribir muy bien. Su manera de comportarse la hace ver
como la tierna florcilla que brota del estiércol del ganado en los corrales y
potreros. Bella, delicada, romántica sin pretenderlo, dulce en el trato. Creo
que es la única joya que he encontrado en el largo camino de búsqueda del
verdadero placer. Mujeres como ésta, deben ser el orgullo de quienes las poseen
y felicito al General por su buena estrella. Inteligente pero discreta al
máximo, con una mirada me dice: “Aquí estoy. Te esperaba”.
Días
más tarde y dentro de la mayor discreción, acumulo datos sobre la mujer.
Griselda está rodeada de un halo que no solo circunda su cuerpo sino su
condición de esposa de un hombre que goza del aprecio, la amistad y el respeto
de los que viven en el Caragaví, sin discriminación alguna. Desde lejos la veo
leer y escribir, pero sin lograr evaluar la calidad. Se que seré bien recibido
si se presenta la ocasión, pero ella es como un baluarte, quizás más, una
fortaleza bien custodiada a la que será dispendioso y muy peligroso tomar. Es
uno de los pocos retos importantes que en materia femenina se me han atravesado
en el camino. No solamente debo burlar al esposo sino a la guardia que la
custodia, que inconscientemente está formada por todos los del pueblo. Se me
viene a la memoria un cuento que leí hace muchos años, en el que a mil soldados
se les encomienda custodiar un valioso tesoro, mientras lo conducen de un lugar
a otro atravesando selvas, montañas, pueblos y ciudades, para entregarlo en
manos del rey. Durante el primer mes se sorprenden hasta de sus sombras, porque
temen que ellas se desprendan de los cuerpos y roben el fabuloso y valioso cargamento,
pero al pasar los días, las semanas y los meses la tensión disminuye. En el
momento en que los bandidos que los han venido siguiendo por todas partes de
forma sigilosa, entran al campamento y se llevan el tesoro, se dan cuenta que
cada uno de los soldados confiaba en que el compañero estuviera atento en la
vigilancia. Es posible que con la bella Griselda que, es indudablemente el
tesoro del General, ocurra lo mismo. Solamente tengo que esperar.
Mi
función me mantiene alerta. No puedo confiar en nadie y si me distraigo es mi
propia culpa el resultado adverso que ello pueda acarrearme. He visto que la
negra al servicio de Griselda se hace la encontradiza con demasiada frecuencia.
¿Estará enamorada de mí? No lo creo. Entre los negros y yo se levantó no sé
cómo una muralla que impide el acercamiento normal. Puede tratarse de un odio
innato, incomprensible, que brota por sí sólo. Pero la única vez que tuve en
mis brazos a una negra, fue uno o dos años después del incidente con Ana Tilde,
que mi padre, creyéndome virgen, dispuso que la hija de una de las esclavas de
la casa me fuera entregada para que gozara las ricuras del sexo. Mi progenitor
me conocía tanto, se preocupaba en alto grado por mí, que ignoraba que no era
un novato en el tema y que me acercaba con singular entusiasmo a lograr el
grado de profesional del sexo. Mi fama de garañón adquiría mayor grado y en
varias residencias de Manga, el centro amurallado y El Cabrero, estaba
prohibido mi acceso. Las murallas, sin embargo, testificaban sobre mis
cabalgatas nocturnas. Para evitar complicaciones, cambié de rumbo hacia los
puertos del Playón del Blanco, Torices y Pié de la Popa, en donde los alardes
relativos a la blancura de la piel y la nobleza de cuna son mínimos. Leyendo
obras diferentes, me enteré de que la nobleza seguía en España y que los
criollos sólo podían alardear de los abuelos que fueron piratas y de los
tatarabuelos que, al partir de la península, dejaron pegada a la pared y los
barrotes de los calabozos la piel a la espera de la ejecución y que prefirieron
enfrentar lo desconocido y morir en la aventura, ante la posibilidad de
riquezas y nueva vida.
La
niña negra, aseguraba más tarde su madre, se había desangrado y muerto, porque
mi dotación anatómica, por lo grande, la había destrozado por dentro. Falso de
toda falsedad. Entre los esclavos negros si acaso se encontraban ocho o diez
que se avergonzaran de tener igual tamaño que yo, reducido casi a la mitad del
de la mayoría. Negros abandonados a la voluntad divina, morían de cualquier
pequeña herida que acentuaba así el alto grado de anemia que sufrían.
No
era mi piel ni mi cara ni mis ojos ni mis ademanes, los que se levantaban entre
ellos y yo para impedirnos más allá de un intercambio de palabras. Ignoro qué
sienten ellos, especialmente las mujeres, cuando me ven. En lo que a mí
respecta, es algo que brota por sí solo de lo más profundo del cerebro. La
mujer negra, por muy linda, y hay algunas que pueden considerarse verdaderas
diosas de ébano, me producen una rara sensación de fastidio, de rechazo. El
olor a coco rancio de sus cabellos ensortijados y del dividivi en sus cuerpos,
me provocan nauseas. Me asusta qué pueda pasarme si me acuesto con una de
ellas. Es que uno se crea mentalmente unos fetiches en cuestiones sexuales, y el
mío es tocar, ver, escudriñar el pozo de la dicha que se encuentra entre las
piernas de las mujeres, pero al pensar en el de las negras, se me eriza el
pelambre.
Un
amigo me aseguró que todo ello es el resultado de mi racismo. Pero en verdad,
no me considero racista. Jamás he maltratado a un negro, ni siquiera cuando en
mi casa los negros esclavizados eran tantos, que se puede afirmar que por cada
miembro de mi familia se encontraban diez de ellos. Servían para todo.
Supe
que la negra al servicio de Griselda era famosa por su manera de cumplir la
función sexual. Tan linda como su patrona, su franqueza en la mirada y su
comportamiento la distinguían. Decidí afrontarla y le brindé la oportunidad,
que me pagó con una tremenda sorpresa. ¡Vaya sorpresa!
Portaba
un mensaje valioso para mí. La propuesta de Griselda. No se si como producto de
la trama, por petición de Griselda o como una forma de aprovechamiento personal
de María Margarita, como se llama la negra, debo forzosamente ejecutar el amor
con ésta para alejar de la patrona todo peligro, cualquier duda o mal
entendido.
Y
cuán agradable la experiencia y después la repetición por tres veces más en
días posteriores. ¡Un torbellino en la cama! Algo que hacía mucho tiempo no
gozaba. Pese a mis caprichos contra los negros, María Margarita resultó
extraordinaria, sorprendente y muy agradable.
Griselda
fue la segunda sorpresa. En la región del Caragabi encontré dos joyas
diferentes. Peor aún, como para terminar con mis escrúpulos, ambas saben leer y
escribir como cualquiera de los letrados asentados en Cartagena, pero ninguna
de las dos ha intentado aprovecharse de esas dotes ni menos imponer sus
criterios personales. Ni siquiera se insinúan como enamoradas. Todo se asimila
a una transacción de negocios en la que cada una de las tres partes cumple su
tarea sin esperar beneficios. ¡Cosas de la vida! ¡Caprichos del destino! Ahora
que nada me exigen diferente al sexo, me roe adentro la esperanza de un idilio
como para conocer, al fin, el amor. Pero no debo correr el albur. Hay que dejar
las cosas como están y esperar. Esperar los resultados”.
VIII
La
llamada Primera Guerra Mundial, afecta sensiblemente las exportaciones de
tabaco, que tienen en Alemania uno de los mejores mercados del mundo. El
producto, en el país, se divide en varias calidades, según el tipo de la hoja.
Hay un tabaco “Ambalema”, cuyo centro de producción es la población del mismo
nombre en el Tolima; “cubita”, que deriva su nombre de una buena clase cuyo
origen es la isla antillana; “Mompós”, una hoja de excelente calidad
proveniente del municipio del mismo nombre en el Estado Soberano de Bolívar, y
el popular “revuelto”, una combinación de hojas de desecho de las anteriores
calidades, con las que se elabora un cigarro que por su valor, inferior al de
las otras, y por su sabor fuerte, colma
los deseos de los fumadores de las clases populares.
Con
el mismo sistema esclavista y de explotación que se practica en la agricultura
y la ganadería, se cultiva el tabaco en cantidades considerables. En la región
llamada Montes de María, el fundador y organizador de pueblos, Antonio de la
Torre y Miranda, con una visión diferente a la de los españoles de la época,
detecta grandes posibilidades de producción agropecuaria y por esa causa abre
caminos impensados. Pasados los años, esos caminos interconectan a los Montes
de María con otras regiones, pero sus tierras, en un gran porcentaje, son
dedicadas al cultivo del tabaco. Toluviejo, Colosó, Chalán, Ovejas, El Carmen,
se sustentan económicamente en la producción de la hoja. Las fortunas crecen
tanto hasta otorgarles a los potentados privilegios de los que quizás no
gozaron los ricos de otras latitudes y otros tiempos. Corozal, Ovejas y Mompós,
albergan en su seno a individuos que con el poder del dinero se apoderan de lo
material y de lo inmaterial y sobre sus nombres y riquezas les dan principio a
clases privilegiadas que en el futuro aparecerán como pequeñas monarquías
tiránicas, fuera de cuyos círculos nada vale ni sirve ni tiene importancia, ni
siquiera la vida humana, por considerar que los demás nacieron para ser
esclavos a su servicio. Fueron estos nuevos ricos los inventores de la “puerta
del servicio”, un denigrante acceso a sus residencias por la que penetran los
pobres, los trabajadores al servicio de las familias, los de “abarca de tres
puntá”, los de “sombrero vueltiao”, los “pata rajá”, y, en fin, el resto de los
mortales de cada poblado. Uno de los García, de la población de Ovejas, viaja
de pueblo en pueblo y compra en los chiqueros y en los corrales los marranitos
por nacer o que no tienen más de un mes de nacidos, y terneros a los que aún
les corre por el cuerpo la sangre uterina y hacen esfuerzos para erguirse. Y
también niñas que miran con sus ojos inocentes el despertar de los días y que
acaso se preguntan qué vinieron a hacer a este mundo y qué futuro les depara el
destino. Niñas que se sorprenden cuando en sus pechos comienzan a aparecer
brotes como los que surgen en la cabeza de los terneros y que después se convierten
en astas. El acaudalado hombre de negocios las adquiere, aprovechándose de la
miseria de los padres, para reservarle a su lascivia el placer de rasgar
hímenes, degustar virginidades y primicias sexuales. Espera con paciencia dos,
tres o cuatro años para tomar posesión de lo adquirido. Para él no hay prisas.
En cada vereda, caserío o pueblo, El Troyano de la Sabana, como lo llaman,
tiene una, dos o tres niñas que aguardan turno para entregarle las primicias de
sus cuerpos en el altar de la miseria, de la ignominia, y más tarde,
satisfechos los deseos del sátiro, complacida su vanidad y la voracidad de sus
entrepiernas, abandonarlas como objetos inservibles.
Solamente
se trata de satisfacer el capricho del comerciante y ganadero de rasgar velos,
lo cual lo conduce en más de una ocasión al incesto, por olvidar, pasados los
quince años, que su nueva víctima es el fruto de una semilla plantada años
atrás en una niña como la de ahora.
La
guerra mundial y la suspensión o disminución de las exportaciones de tabaco
deja en la ruina a muchos que jamás pensaron en que el genio de la lámpara
maravillosa también podía morir. Entre ellos, hay uno que recibe los mayores
embates de la desgracia: don Cristóbal Badel, de Corozal. Adquiere el tabaco a
precios irrisorios, lo acumula y posteriormente lo vende a los cubanos o a los
alemanes. Entre los trabajadores al servicio de Badel está una mujer que es su
parienta cercana, y que desde niña ha estado a su servicio. Para la época el
parentesco es tenido en cuenta. Naturalmente que los parientes pobres son
tratados como tales. Sólo se les brinda la oportunidad de servir, de trabajar,
para que así agradezcan el alimento y las vestiduras que reciben.
Cristóbal Badel se acostumbra a la presencia de Juana Julia Guzmán, olvidándose del parentesco. Pero si está en la casa desde niña, si se ha esmerado en aprender a calificar y seleccionar el tabaco, a pesarlo, a estar al día en las fluctuaciones de los precios, a diferenciar la importancia de los clientes, si en todo parece un libro abierto que responde inmediatamente cualquier consulta, merece estar más cerca y sin que la joven se dé cuenta, porque ni siquiera se le fija un salario ni se le establece una distinción, la convierte disimuladamente y con el paso de los días en gerente de la empresa. Dignidad sin nombramiento y sin estipendios.
Cristóbal Badel se acostumbra a la presencia de Juana Julia Guzmán, olvidándose del parentesco. Pero si está en la casa desde niña, si se ha esmerado en aprender a calificar y seleccionar el tabaco, a pesarlo, a estar al día en las fluctuaciones de los precios, a diferenciar la importancia de los clientes, si en todo parece un libro abierto que responde inmediatamente cualquier consulta, merece estar más cerca y sin que la joven se dé cuenta, porque ni siquiera se le fija un salario ni se le establece una distinción, la convierte disimuladamente y con el paso de los días en gerente de la empresa. Dignidad sin nombramiento y sin estipendios.
Transcurren
los años. Juana Julia Guzmán observa en silencio la explotación que se hace a
los campesinos cultivadores de la hoja de tabaco, los engaños en las cuentas,
hasta el punto de que siempre tienen sumas a cargo, no importa la cantidad ni
la calidad del tabaco que entregan como pago en cada cosecha porque siempre
tienen deudas. Pero ella no puede protestar. ¿Si los campesinos no lo hacen, si
sufren calladamente todos los atropellos y las humillaciones, cómo intervenir?
No lo sabe. Pero intuye que en el resto del mundo no puede ser lo mismo.
La
guerra, sin embargo, los golpea a todos, aún cuando de ella sólo saben que se
desarrolla en un sitio remoto al que llaman Europa y donde muere mucha gente. A
los ricos los golpea cuando se cierran los mercados o se restringen al máximo
las importaciones, y a los pobres, porque si se paraliza la actividad no
encontrarán mercado para su reducida producción primaria ni habrá fuentes de
trabajo en donde devengar el sustento. Todos van a la ruina. Juana Julia
Guzmán, sin patrimonio, sin renta y sin trabajo, y lo que es peor, sin el
reconocimiento monetario de sus largos años de esfuerzos y dedicación, busca
nuevas perspectivas y se va al Caragabi y llega al poblado dos años antes que
el italiano Amado Vicentini.
Llega
a una tierra en la que sólo la ganadería aparece como principal renglón de
producción, pero mil hectáreas y hatos numerosos, los manejan diez empleados.
El ganadero de la tierra se apoya en la ingenuidad y la bondad de los nativos e
impone el sistema de ganadería intensiva, a sabiendas de que nadie habrá de
robarle, de que el ganado crecerá por si solo y por lo tanto requiere de pocos
empleados y baja inversión. Ya pasaron los bellos tiempos de la “Casa
Americana”, explotadora de maderas del Caragabi para exportarlas a Paris,
Londres y otras ciudades europeas, en las que se utilizaron como pilotes de
muelles y base de calles a pavimentar. También se acabó la explotación del
árbol del caucho. Y como corolario, también cesaron las grandes farras en las
que se quemaban banderas de billetes y se esparcía por las calles, para que no
se levantara el polvo, el perfume de gardenia y el agua de Cananga, las más
finas y caras esencias de la época.
Encuentra
Juana Julia un poblado en donde las mujeres de familias pobres se sienten
felices de ser llamadas al servicio doméstico de las residencias de los pocos
potentados que ejercen omnímodamente el poder. Pese a los vejámenes a que son
sometidas, y a cada momento se rumoran atrocidades de las matronas que en
raptos de ira arrojan hasta agua hirviendo sobre la humanidad de las
domésticas, eluden trabajos duros como lavar y planchar ropas o dedicarse a la
prostitución.
Son
muchas las mujeres de los sectores populares que se dedican a bailar en los
fandangos, para adquirir dinero sin el baldón de aparecer como meretrices y por
ello ser confinadas en las llamadas zonas de tolerancia. Por bailar con ellas
algunos pagan buenas sumas de dinero, y otros, en remembranza de los mejores
tiempos idos, aún les cuelgan de los corpiños los billetes, en momentos de
efusión.
Juana
Julia Guzmán es una mujer agraciada físicamente. Como la gente de su tierra, la
sabana, el color de la piel se semeja al de los abuelos descubridores y
conquistadores. Pero no cae en la trampa de la prostitución y con el apoyo de
mujeres que no desean otra cosa que distraer sus penas y su pobreza en las
ruedas de los fandangos, forma un clan en el que la alegría, la camaradería,
pero, sobre todo, la calidad de la danza inicia una etapa que marcará recuerdos
imperecederos en la historia regional. Quedan atrás, bien lejos, borrados de su
mente, los ajetreos del tabaco. Sabe que ni siquiera es capote. Si acaso
jamiche de un tabaco que jamás volverá a sus manos. Borra a su pariente
Cristóbal Badel, a José María Pizarro, a los alemanes y cubanos y, en fin, a
todo lo que fue su vida durante muchos años. Y también borra la mirada y la
risa cínicas de El Troyano de la Sabana y sus manifiestas intenciones y ambiciones
de anotarla en el inicuo libro en que lleva el registro de las sacrificadas y
de las que esperan el turno de víctimas en el altar de la ignominia.
IX
El valiente y veterano hombre de armas
siente en su interior la ira por el fracaso de sus gestiones. Nunca, frente a
un hecho para él de importancia, saboreó la amargura de la frustración. Sabe,
sin embargo, que la vida no puede ni debe ser un rosario de éxitos, de
triunfos, de resultados agradables. La vida llena de dulzuras podría
convertirse en la amargura no conocida ni esperada, un tedio inacabable; el ser
humano se empeña en avanzar en línea recta hacia el firmamento de la dicha
eterna, sin tener que golpear con los dedos de los pies las piedras de la
verdad que se encuentran en el camino.
El
viaje a Lorica y la permanencia allí por más de una semana, el traslado a
Cartagena y su estada en aquella ciudad y el viaje de retorno, representan más
de mes y medio por fuera de su sede habitual. Se agradece así mismo no haber
divulgado sus intenciones antes de partir, lo que, si hubiera ocurrido, lo
habría obligado en estos momentos a viajar, no al interior del país como se
pensaría, sino al exterior. No soporta la burla. Piensa que jamás podrá
acomodarse a la hipocresía de los círculos sociales. No encuentra cómo es que,
desde el presidente del Estado hasta el más insignificante funcionario, tanto
en la capital de la Provincia como en la del Estado hayan podido mostrarse
indiferentes al problema que les planteó. Por el contrario, todos saben el por
qué el teniente recaló en el poblado. Exprofeso se dice así mismo, dentro del
camarote del barco “Quo Vádis”, al que entró desde que subió a cubierta en el
puerto de Cartagena y del que no ha salido ni siquiera a tomar los alimentos.
No le da importancia al nombre del barco ni a la coincidencia con su estado de
ánimo, porque todos saben que él va al poblado. Quizás si la pregunta se la
hubieran hecho cuando partió, la habría respondido, pero no ahora, cuando
retorna frustrado, con un amargo sabor en la boca que lo entristece y lo obliga
a pensar en lo que no debe. ¿A dónde puede ir? A su casa, al calor de su hogar,
al lado de su compañera y de sus hijos, a compartir las tristezas con los
amigos. Sabe que mientras estuvo por fuera algo debió ocurrir en relación con
la presencia del joven teniente y su ascendiente sobre las mujeres. En la
soledad del camarote decide que no volverá a colocarse los arreos militares. Su
espada habrá de permanecer colgada desde el momento mismo en que pise la
entrada a su hogar y no volverá a desenvainarla por ninguna circunstancia. La
fidelidad al partido se circunscribirá a mantener con orgullo la condición de
militante, pero sin más ambiciones que las de depositar el voto por los viejos
amigos, para que los camaradas en los campos de batalla pisen las gradas del
congreso y del palacio presidencial. “No más batallas, no más guerras”, decide.
El
Prefecto de la Provincia se entera de la presencia del General a bordo de la
“Quo Vádis”, y se dirige prontamente al puerto para invitarlo y allí se
establece el diálogo:
–
Buenas tardes, General.
– Buenas tardes, señor Prefecto. ¿Cómo
están usted, su familia y su pueblo?
–
Le entrego un parte sin novedad, señor. Mientras se ejecutan las tareas de
carga y descarga de mercancías, me permito respetuosamente invitarlo a mi
humilde residencia y en el lapso le ofrezco un refrigerio; mi casa y mi familia
se sentirán honradas con su presencia.
–
Gracias, mi viejo amigo, pero usted sabe que hace más de un mes que salí de mi
casa y me encuentro, como lo está viendo, adelantando los trámites de varios
asuntos de negocios que abandoné por tantos días- responde, sin que en sus ojos
ni en sus ademanes se note ninguna contrariedad. En realidad, no está haciendo
nada. Al momento en que le avisaron que el Prefecto quería presentarle sus
saludos, tomó una carpeta con documentos y aparentó estar ocupado con ellos,
para no salir del camarote.
–
Perdone mi insistencia, señor, pero creo que una hora por fuera del camarote no
habrá de perjudicarle, y así tenemos la oportunidad de hablar de asuntos de
importancia para usted y la Provincia.
–
Le repito, amigo mío, que todos mis asuntos de negocios y de hogar han estado
largamente abandonados y, por tanto, las cosas deben encontrarse patas arriba o
paralizadas. Usted sabe que los tiempos de ahora no permiten que ocurra tal
cosa sin producir efectos contraproducentes. No olvide el aforismo de que barco
parado no gana flete y yo he estado demasiado tiempo en otros muelles, y con la
firmeza de la mirada le indica al Prefecto que da por terminada la visita. El
funcionario lo comprende y se despide con respeto del militar.
Ni
el Prefecto le pregunta ni él se refiere a la suerte de las diligencias para
trasladar al comandante de la policía. Ambos saben que nada se ha logrado. El
Prefecto recuerda que gracias a un informe confidencial y oportuno pudo evitar
que el joven teniente se quedara en Lorica, a donde venía trasladado, y esa
oportunidad le permitió destinarlo, encontrándose aún en camino, hacia el
poblado del General, que fue el primer lugar que se le vino a la mente en esa
ocasión, pero jamás se detuvo a sopesar los efectos negativos de su decisión ni
lo que ella representaría en el futuro en las relaciones con el ilustre
ciudadano. No se atrevió a decírselo cara a cara, por lo que mentalmente le
envía las disculpas cuando ha saltado de la lancha al puerto. Para el Prefecto
el General es un hombre diferente a los demás. Lo admira por su integridad
ciudadana, su honradez y su honestidad acrisoladas, y lo respeta porque ve en
él al soldado valeroso que le habría gustado ser. Sabe que ha perdido al amigo.
Pudo detectarlo en la mirada del General. Y todo por un jovencito cuyo único
adorno es la belleza, que llegó a perturbar el rumbo normal de las cosas. Cómo
lamenta los resultados de su decisión, porque sabe que acaba de salir del
corazón del hombre que pensó mantener por siempre como su amigo.
El
General también lo siente. No sólo por el Prefecto, sino por el presidente del
Estado, por el Obispo, por el alcalde de Cartagena, por los diputados, por los
jefes visibles del conservatismo. A todos les guarda ahora resentimientos.
Mentalmente jura no volver a confiar en nadie. Su persona, sus logros militares
y políticos, han sido pisoteados por quienes debían rendirle pleitesía y
agradecimientos. “¿Cómo pensaron en mí para la candidatura presidencial? ¿Sería
acaso otra manera de tejer sus engaños? Favorablemente no caí en las redes de
sus maquinaciones”, concluye. Pero tampoco caerá en la desolación. No mostrará
a nadie sus frustraciones. Continuará siendo el General y respetará y se hará
respetar, aún cuando también se encuentre ya, como los otros personajes del
poblado, en las astas que cuelga con tanto entusiasmo y cada noche el
comandante de la policía. Sin embargo, un algo por allá escondido en lo más
remoto de su cerebro, le muestra una salida, con o sin cornamentas. Y si
alguien se la propone, encontrará en él el valor y la decisión suficientes para
secundarlo. ¡No lo duda!
X
La travesía por varios países y su
interés por establecer con el roce continuado la idiosincrasia de la gente en
cada tierra que pisa, le permiten al italiano Amado Vicentini establecer que
llega a un pueblo distinto a los que ha conocido. Hay un problema que sabe debe
superar para poderlo instruir en las cosas nuevas del mundo. Ese problema es
que todos comen, porque en mayor o menor cuantía, en cada casa hay sembríos de
pan coger, animales comestibles, nunca faltan los huevos y el poco dinero que
reciben de los patronos alcanza para lo demás. Como afirma el adagio, “barriga
llena corazón contento” y, en consecuencia, se carece de incentivo para
protestar por las condiciones que les imponen. No son esclavos de las
exigencias de la moda, y, además, el clima, antes que exigir costosas
vestimentas obliga a vestirse con ropas ligeras para soportarlo. Ni siquiera
los potentados criollos, creen necesario trabajar más de lo indispensable.
Ellos mismos marcan la moda masculina: la paruma. Es un trozo de tela gruesa,
generalmente de dril, ceñida al cuerpo desde la cintura que pasa alrededor de
los genitales para no tenerlos al aire libre, sin nada más debajo ni encima.
Con la paruma trabajan, dirigen, disponen. Varios, por la inmensidad de sus
bienes, son llamados a formar parte del club. Los únicos que sobresalen por sus
vestuarios y por ello aparecen elegantes ante los demás, son los franceses y
los italianos, los cuales forman las colonias más numerosas; un norteamericano
por allá, un alemán por acá, un inglés más allá. Siguen los cartageneros y muy
pocos del interior del país, habituados a vestir con saco y corbatín de lazo,
liqui liqui, unos de paño inglés y los más de lino.
Poco a poco Amado Vicentini aumenta el
círculo de sus oyentes. No hace escándalos, no reúne multitudes, no lanza
arengas. Va de uno en uno en charlas intrascendentes, señalándoles lo que les
corresponde como ciudadanos y de qué manera en el mundo se lucha por las
reivindicaciones sociales. Sabe que es gente tranquila, pacífica, y él mismo lo
demuestra con sus actos que no desentonan, y por ello habla de organización y
concientización. “Si no conoces tus derechos te excederás en tus obligaciones”,
recalca. Sin fuerza, con calma, con paciencia, Amado va sembrando la semilla.
Pocos años antes los liberales crearon una entidad a manera de fundación, para
recaudar fondos para el partido, y como en cierta forma sus ideales son afines,
hacia ellos encamina sus esfuerzos de convicción. Además, el líder nacional de
esa organización política, el llamado General Rafael Uribe Uribe, plantea en
sus discursos, en sus proclamas y en prácticamente todas sus intervenciones, un
cambio en las políticas laborales del país. Es un dirigente que habla de cosas
que antes no se escuchaban en el continente y por ello prendió la llama de la
revuelta, que originó una guerra entre hermanos. Y el poblado no había
permanecido indiferente al conflicto, aun cuando la condición pacifista de las
gentes de la región costera y caribeña no les hubiera permitido permanecer
mucho tiempo en los ajetreos de la guerra. Vicentini habla de una entidad de
tipo sindical en la que tendrán asiento, a un mismo tiempo, los obreros,
campesinos y artesanos, dirigida a luchar por la conquista de reivindicaciones
sociales. Llega al optimismo de asegurar que la entidad tendrá como sede
principal al poblado desde donde irradiará sus propuestas y conquistas al resto
del país y, ¿por qué no? del mundo, porque es idea nueva. Insiste en la defensa
de los intereses profesionales, en mejores salarios, en el reconocimiento y
pago de los trabajos dominicales, y de lo que quizás no se habla en el resto
del país: protección social para el trabajador y su familia.
–
Los ricos de esta tierra se convirtieron en esclavistas. Les quitan el espacio
para dárselo a sus reses. Van a Cartagena a buscar remedios para el ganado,
pero a ustedes no les traen ni una Cafiaspirina para combatir las fiebres
palúdicas, ni una pastilla O.K. para los dolores de cabeza, asegura, lo que sus
oyentes saben que es cierto.
La llegada de Amado Vicentini como
vagabundo, como un nómada que no encuentra tierra dónde afincarse, y la del
comandante de la policía, prácticamente desterrado de los pueblos en que ha
estado, unas veces por la violencia de sus actos y las otras, las más, por sus
devaneos amorosos, presentan diferencias al igual que curiosas coincidencias.
El comandante de la policía es joven, no pasa la barrera de los treinta años.
Vicentini es un poco mayor, pero no alcanza los cuarenta años. El teniente es,
indiscutiblemente, hermoso, y lo patentiza con sus actuaciones y ademanes. El
italiano también lo es, pero evita todo lo que pueda atraerle la atención de
los demás. El comandante resalta el blanco de su piel y los encantos de su
rostro, rasurándose cuidadosamente todos los días, al tanto que Vicentini lo
esconde tras una barba regularmente poblada. Ambos tienen los ojos azules, la
misma talla, el cuerpo fornido, pero miran de manera diferente. El teniente
desearía tener imanes y redes en sus ojos para atraer las miradas de las
mujeres y atraparlas, y Amado Vicentini prefiere que les pongan atención a sus
palabras. El uno, el comandante, es parco al hablar y sólo en la intimidad de
las alcobas le brotan raudales de palabras amorosas. El otro, es un río de
palabras que fluyen constantemente tratando de orientar, mientras que es parco
en asuntos de amor. El policía instala sus reales en medio de las clases
pudientes de los pueblos conquistando corazones femeninos. El italiano, no
menos interesante en su porte varonil, conquista los corazones femeninos de la
gleba. La diferencia es que el oficial lo hace para complacer sus apetencias
sexuales y el italiano porque encuentra en las mujeres a sus mejores oyentes,
las que captan rápidamente el sentido de sus palabras y muestran decisión para
acompañarlo en el proceso reivindicatorio. Otra de las diferencias es que el teniente
evita introducirse en conversaciones sobre cualquier asunto que pueda originar
polémicas y Amado Vicentini, por el contrario, incita a sus contertulios a
debatir sobre una diversidad de temas. El extranjero es cerebral y a todas
luces de mayor y mejor preparación intelectual. Solamente una vez coincidieron
en un mismo lugar, para desgracia de ambos, aun cuando nunca se evitaron. Solo
el destino podría responder las razones para que, encontrándose en un poblado
tan pequeño, en donde todos se conocen, nunca hubieran estado frente a frente.Si
bien llegan simultáneamente, el uno empalaga los oídos de las mujeres con
frases de amor, con promesas de acogerlas en sus brazos y rodearlas de
ternuras, de pasión, mientras lo miran a los ojos. El otro les llena la cabeza
de interrogantes, alborotándolas contra lo que por centurias las ha mantenido
en la esclavitud del trabajo mal remunerado y del sexo, muchas veces
presionadas por los patronos, invitándolas al desquite, no por la fuerza de las
armas, porque ellas no son violentas, sino por el reconocimiento a todo lo que
tienen derecho según las leyes. Por otro lado, la mujer del Caragaví es sumisa.
No exige, no reclama, no protesta. Se acostumbró a desempeñar un rol
secundario. Le viene por la sangre, por las tres vertientes que la nutren
genéticamente. Si bien los españoles parecen ser más ilustrados por su
procedencia europea, no lo son más que en el nombre. La barrera natural de Los
Pirineos los aleja y los desliga de Europa, y, en lo posible, evitan el
contacto con el viejo Continente. Por comunicaciones fáciles, miran mejor hacia
el África y se erigen, dentro de la miseria milenaria de la cuna de la
civilización, como amos y señores. Y adoptan algunas de sus costumbres, entre
las cuales el sometimiento femenino es cosa natural, aún con reina de por
medio. La segunda vertiente es una mujer negra, acostumbrada a la esclavitud,
quizás desde antes de ser forzada a venir al nuevo Continente, porque los
tiempos de Belkis, la reina de Saba, pasaron muchos años antes. Carente de
iniciativas, es abúlica por naturaleza. El hierro candente, los golpes y las
humillaciones le restaron fuerzas para protestar. Y la otra, la tercera de las
sangres que recibió, la aborigen, mal llamada india, descuidó su pasado y no
volvió a poseer el talante orgulloso y valeroso de sus antepasadas como Tay, la
princesa zenú, o Gaitana, la cacica Pijao, que cuando fue necesario guiaron a
sus pueblos en los campos de batalla. La mujer del Caragaví se habituó a
desempeñar el papel pasivo de complacer a su hombre en la cama, a concebir,
parir y criar hijos. Ese su papel, su principal responsabilidad, su única meta.
Cuando Vicentini les habla de cambios, de derechos y obligaciones, de deberes y
responsabilidades, de la igualdad con el hombre, de los derechos femeninos
tanto en el hogar como en el lugar de trabajo, las mujeres del poblado le
brindan toda su atención. Especialmente las dedicadas a labores en público como
las expendedoras de carnes, entre ellas Ana Francisca Feria, más conocida como
Pacha Feria; Aminta Ballestas, las vivanderas Antonia Espitia, María Hernández,
la partera Marcelina Agámez, las sancocheras Felicia Cuadrado y Manuela Berrío,
las bailadoras de fandango como María Barilla, La Mella Lorana, la China Garcés,
y hasta de visión futurista como Juana Julia Guzmán.
El
trío de hombres forma un contraste. Mientras el General mira como si no
conociera la noción del miedo, quizás por sus constantes enfrentamientos con el
enemigo en los campos de batalla, Vicentini hace lo mismo porque vio las
consecuencias de la guerra en su propio suelo patrio y en muchos otros que
recorrió en su largo peregrinaje y, además, porque su condición de pionero de
la revolución en una tierra nueva lo obligan, no con las armas, pero sí con el
carácter y la astucia, a estar frente a peligros no menos importantes. Al joven
comandante de la policía, por el contrario, le es difícil, no obstante, su fama
de hombre violento, hacer lo mismo, porque jamás ha estado en un combate ni lo
ha presenciado ni ha estado de cara al enemigo. Su fama nació, creció y se
extendió muy lejos de los frentes de lucha, y sus acciones son ante campesinos
inermes. Está fuera del contexto de la época, porque son tiempos grandes para
hombres grandes y arrojados.
Es
aquí donde se forma el recodo al que confluyen aguas parecidas. Las de Amado
Vicentini, que propone formas distintas de vida, que clama justicia, que lucha
por ideales no pregonados antes en la región y que aboga por un tratamiento
diferente al trabajador. Y las de Juana Julia Guzmán, cansada de soportar por
años el trato discriminatorio, irrespetuoso, esclavizante, en silencio por
desconocer la forma de exigir los cambios ¿Cómo entender la afirmación de que
hay tres cosas malas en el mundo: un blanco pobre, un indio con cargo público y
un negro rico? Y ambos se unen para transitar por una misma ruta. El, versado
en el tema, aprovecha la inclinación y buena voluntad de la mujer. Ella, casi
analfabeta, recibe como savia revitalizadora las enseñanzas del italiano, por
cuanto la confirman en su esperanza de que no sucedan en el resto del mundo las
cosas como en el Caribe. Si como aseveran luego algunos en voz baja,
disimuladamente, hay un romance entre Vicentini y Juana Julia, se debe más a
deducciones malintencionadas que a hechos comprobados. Por otra parte,
Vicentini es un hombre bien plantado y Juana Julia una mujer agraciada. ¿Por
qué aceptarlo o negarlo?
Amado
Vicentini agita a las mujeres trabajadoras del poblado. Quizás ni en la
revolución de octubre del mismo año, alcanzaron los bolcheviques a obtener la
voluntariosa y decidida participación de las mujeres, como él lo ha logrado en
poco tiempo. A ello se deberá entonces la gran diferencia entre ambos procesos.
Allá se recurre a la violencia. Acá a la acción silenciosa y pacífica, más como
una manera de instrucción, para que cada una entienda cuál es el sentido y cuál
la meta de la lucha. Mientras en la Rusia soviética los bolcheviques y
mencheviques no se ponen de acuerdo sobre los alcances del proceso revolucionario
de octubre de 1917, en el poblado, apenas seis meses después se le da vida a la
Sociedad de Obreras Redención de la Mujer. Sin noticias de la revolución rusa y
anticipándose en por lo menos medio siglo a los gritos de emancipación femenina
en el mundo, Amado y Juana Julia logran reunir a las mujeres en una entidad
redentora. Pero el poblado está erigido en una región casi selvática, a la
orilla de un río, en un sitio al que las noticias del acontecer del mundo
llegan con años de retraso y lo que dentro de él acaece no trasciende más allá
de la última casa cualquiera sea el punto cardinal que se tome como referencia.
El 22 de abril de 1918, se crea la primera organización femenina del mundo para
luchar por la redención de la mujer, pero el universo lo ignora.
El
italiano incentiva los anhelos reprimidos de lucha que tiene Juana Julia y le
dedica tiempo a suministrarle no sólo información, sino instrucción. Ella suma,
resta, multiplica y divide mentalmente; también mentalmente domina todo lo
referente a pesaje, tal vez por los años que dedicó a esos menesteres en los
asuntos de la comercialización del tabaco. Por analogía, por memorización de
caracteres, lee algunas cosas. Posee una gran capacidad de deducción. Todo eso
le sirve para agilizar el aprendizaje y al poco tiempo, entre todas las
entusiastas mujeres que se reúnen para escuchar al italiano, Juana Julia Guzmán
es la única que sabe leer y escribir.
Al
concretarse los principios de la organización femenina, por unanimidad las
mujeres eligen a Juana Julia como la primera presidenta. Una gran bailadora de
fandango, Agustina Medrano, es escogida para el cargo de secretaria. Pese a no
saber leer ni escribir, la designación no le resta importancia a su condición
de liderazgo, porque Agustina lidera en el barrio La Ceiba todo lo que va en
provecho del sector y de sus habitantes.
Elaboran
una tablilla sobre la que pintan el símbolo de la sociedad, en el cual aparece
una mujer planchando ropas, por cuanto de cada cinco de las integrantes, por lo
menos tres se dedican a esta agotadora actividad. Adoptan como lema el de la
revolución francesa: Libertad, Igualdad y Fraternidad, y se fijan como
propósito principal implantar el llamado “Triángulo de los Ocho”, consistente
en exigir “ocho horas de trabajo bien remunerado, ocho de educación y ocho de
descanso, con remuneración del trabajo dominical y derecho a la jubilación”.
Hasta ese momento los ganaderos, comerciantes y en general toda la clase
patronal, exige el trabajo dominical pero jamás lo ha pagado. Menos aún se ha
dicho nada referente a la jubilación, vocablo desconocido por los asalariados.
Los viejos murieron sin tener noción de la existencia del reconocimiento y pago
de derechos al llegar a la vejez.
Mientras
Vicentini conmueve a las mujeres y las incita a la lucha social, el Teniente
que comanda la policía local, después de
la partida del General a la Capital del Estado, de lo que todos se enteran por el largo tiempo fuera del poblado
y las gentes que vienen de Cartagena que traen la noticia de haberlo visto en
el Corralito de Piedra, estima que no es más que la búsqueda de su traslado,
como ocurrió en otros lugares, ahora trata de ser prudente y se esfuerza por
evadir a las féminas. Mientras tanto, el tiempo pasa y las mujeres de Amado
comienzan el acoso a los patronos. Es un choque tremendo la exigencia del
reconocimiento y pago de los dominicales, días en que las familias se reúnen en
el hogar y llegan visitas de amigos y familiares y la patrona no alcanza a
realizar todos los oficios para una eficiente atención. Ni siquiera por esa
causa aceptan pagar. Pero las mujeres se mantienen en su actitud y crean el
Comité Socialista, ayudan y fortalecen la Sociedad de Obreros y Artesanos,
crean la biblioteca, un hospital y un centro obrero. Con el mismo ardor, con el
mismo entusiasmo con que giran en las ruedas de los fandangos al son de los
porros y las cumbias, agitan las banderas por las reivindicaciones sociales.
Dámaso
Orta, un carpintero y al mismo tiempo líder popular del liberalismo, y Medardo
Olascoaga, talabartero, de la misma filiación política, son los primeros
hombres en sumarse al movimiento de Vicentini, quien intenta por otra parte
deslindar su accionar del de los partidos tradicionales. Considera que es al
margen de los partidos como puede alcanzar la creación, mantenimiento y
robustecimiento de entidades de índole social. Esas son las razones para que,
en ninguna de las reuniones de los entes creados por él, se hable de
liberalismo, conservatismo o comunismo. Pero los liberales y los conservadores
se van sumando, con el mismo entusiasmo de las mujeres, especialmente a la
Sociedad de Obreros y Artesanos. Detrás de Orta y Olascoaga llegan Amaranto
Mercado, Patricio Guzmán, Martín Garcés, Agustín Medrano y muchos otros.
La
inmensa riqueza de los potentados del Caragaví es producto del sudor de sus
servidores, mediante el sistema amañado de cuentas. Ellos, los patronos, son
los “doctores”, los “blancos”, los “musiú”, y tienen a su favor, además de ser
alfabetos, la oportunidad de manipular a las autoridades. Saber leer y escribir
los convierte, según lo patentiza Vicentini en sus denuncias, en “tuertos en la
tierra de los ciegos”. Hacen las cuentas y los trabajadores, que no conocen los
números ni saben qué es “tanto y tanto son cien, por tantos días de trabajo,
equis total, restándosele el valor de los anticipos y de los artículos
acreditados, dividido entre tanto da tanto”, pasan toda una vida pagándole la
generosidad al patrón. Cuando mueren, sus hijos asumen la responsabilidad de
pagar la deuda como si fuera una herencia, sumada a la que ellos ya vienen
atendiendo. Las obreras organizadas convencen a los que saben leer, que lo
hagan ante ellas, y les proporcionan las obras clásicas de la literatura que
mantienen en su propia biblioteca. Oyen, analizan y comentan lo que captan de
las lecturas que les hacen de libros y las informaciones que aparecen en los
periódicos que llegan con meses de retraso y sacan sus propias conclusiones
sobre el acontecer del mundo. Sin mucho esfuerzo se salen del montón y superan
a sus patronas, a las que no les alcanza el tiempo para acicalarse y prepararse
para las tardes en el club. Las patronas no conocen el pensamiento político de
los grandes dirigentes de los partidos, ni los programas de gobierno de los
presidentes, ni las razones de las revoluciones de Francia, Rusia y Méjico, ni
cómo evoluciona el mundo político, mientras que sus muchachas de servicio, las
lavanderas y planchadoras, lo discuten todas las tardes o por las noches en la
sede de la sociedad femenina.
Estos
hechos aparentemente intrascendentes, dada la paciente labor de Amado
Vicentini, que ha buscado por todos los medios no alarmar a la clase pudiente
del poblado, no deja de ser una voz de alerta y por lo tanto tampoco es del
agrado de aquella. Comienza entonces a ejecutarse un plan tendiente a
desprestigiar a la Sociedad de Obreras Redención de la Mujer, la Sociedad de
Obreros y Artesanos, del Comité Socialista, de las reuniones de lectura, de las
destinadas a la discusión de los temas del día, del hospital obrero, de la
biblioteca, etc. Y lo que más preocupa a la clase pudiente, que en gran medida
es terrateniente y ganadera, es la creación de los llamados “Baluartes
Socialistas” o “Baluartes Rojos”, que se inician en la localidad de Callejas,
pasan a Loma Grande y se reproducen en Canalete. Estos baluartes, con el mismo
sistema de las organizaciones femenina y de obreros y artesanos, busca instruir
a los campesinos sobre la realidad de la tenencia de la tierra, el
reconocimiento al trabajo de civilización de la selva que por triquiñuelas
palaciegas pasó del derecho adquirido por quienes adelantaron la tarea, los
campesinos, a manos de individuos nacionales o extranjeros, que jamás la habían
pisado. De la organización femenina aseguran que está integrada por meretrices,
debido a la condición de fandangueras de la mayoría de sus integrantes. Son
meretrices para afiliarse a una organización de tipo sindical, pero no lo son
cuando están al servicio de los mismos que las injurian. A los directivos
masculinos los acusan de infiltrarse para robarse los dineros al igual que ya
hicieron con el bono liberal. Al comité lo tildan de comunista, y si algo ha
trascendido de la revolución de octubre es eso, que se trata de una acción
comunista y, por tanto, ningún católico, apostólico y romano, y la mayoría, por
no decir que todos los habitantes del poblado militan en esa iglesia, puede
afiliarse a esos organismos porque de hecho será excomulgado. A lo demás lo
califican de satánico, con lo cual esperan que los campesinos, para no sufrir
el anatema ni equipararse con los que viven en los profundos infiernos,
abandonen los baluartes. Finalmente se dice abiertamente que las reuniones de
las organizaciones de Vicentini son aquelarres y de esta manera intentan
restarle miembros y atajar la creciente afiliación de los de la clase popular.
Cuando la primera parte del plan no surte efectos, sin tener en cuenta sus
propios problemas, acusan a Amado y Juana Julia de mantener un idilio anormal,
que viven en unión libre, en amancebamiento, y esta es una condición abominada
por la iglesia. Al asumir Juana Julia la subdirección de todas las
organizaciones, la emprenden entonces contra los hombres. En una región en la
que el machismo reina con todo su esplendor, acusarlos de ser afeminados por
dejarse orientar por una mujer, es un ataque demasiado fuerte, pero el
movimiento es muy sólido y soporta con estoicismo los ataques.
Es
peligrosa la tarea de pregonar el socialismo y las reivindicaciones sociales de
los obreros y los campesinos que adelanta Vicentini, así como su comprobada
capacidad de liderazgo, de acción, de convencimiento y convocatoria. Por eso,
cuando el poblado se muestra estrecho para la organización de las entidades y
el desarrollo de sus programas, el italiano se dirige a la localidad de
Callejas, en la que crea una filial de la organización masculina y la llama
“Tierra Libre”. Poco tiempo más tarde, son los propios campesinos los que
claman por una filial del movimiento. Así, Amado se dirige a la localidad más
inquieta de la región, en donde la violencia, desde mucho antes de llegar el
italiano, parece ser la esencia de la misma, Canalete, y forma el movimiento
bajo el nombre de “Nueva Galia”, y un poco después, en Loma Grande, el
“Baluarte Rojo”, designación que adquieren las ya existentes en el pensamiento
de los terratenientes y ganaderos, que las observan y las tienen como la más
peligrosa situación que hayan podido enfrentar desde que llegaron a estas
tierras y sentaron, basándose en el poder del dinero, sus reales.
Las
ideas del italiano son llamativas, por cuanto patentizan el absurdo en que los
pobres viven desde la época del mal llamado “Descubrimiento” en adelante. A
ello se debe entonces que se multipliquen a una velocidad preocupante para la
clase pudiente. Se inicia la lucha. De un lado el italiano y sus sociedades
redentoras, cuyos miembros son hombres y mujeres del pueblo, analfabetos,
explotados por el sistema. Por el otro, la clase dirigente con las autoridades
y la iglesia de respaldo.
Se
acusa ante las autoridades de la Provincia y del Estado Soberano, el supuesto
peligro que representa para la “sociedad decente, católica y defensora de la
libertad, la democracia y las instituciones”, la creación y existencia de los
movimientos de Callejas, Canalete y Loma Grande, ya que perturban la tenencia
de la tierra, invaden tierras cultas, entorpecen el libre ejercicio de los
derechos de sus legítimos propietarios y se da inicio a un largo litigio, en el
cual los movimientos de Amado alegan que se trata de terrenos baldíos, como
queda demostrado cuando ya es tarde, porque todo volvió “al orden” con el uso
de la fuerza.
Para
los propietarios de las tierras, la acción revolucionaria del italiano carece
de importancia cuando solamente se enmarca en el reducido recinto del poblado.
Aquí puede hacer lo que quiera, piensan, porque la realidad es que todo se
maneja con el poder del dinero, y éste, está en sus manos. El italiano
solamente posee una fuerza inquebrantable por convertir en realidad sus
propósitos, sean éstos de su propia inventiva o, como se le acusa, como simple
mandadero de la llamada Internacional Socialista. Por mucha fuerza que adquiera
el movimiento, con sólo cerrar las llaves del dinero que de una u otra forma
ellos tienen y dan, la necesidad habrá de derrumbar todo el edificio que ahora
perturba el ambiente del poblado. Pero con sus tierras la cosa es otra. Aquí sí
que hay que actuar, y cuanto antes, mejor. Es el campesino el que conoce la
tierra, el que sabe cuáles son los límites reales de cada predio, el que puede
vivir en la tierra y de la tierra durante el tiempo que sea necesario, como
siempre lo ha hecho. Y un campesino rebelde, así lo estiman, es como tragarse
una bomba lista para detonar. Y no pueden aceptar que un hombre desconocido
llegue a perturbar la tranquilidad con la que hasta ahora han vivido,
orientándolos en relación con sus derechos, ni menos a pregonar que la tierra
es para quien la trabaja. Y temen con razón los terratenientes y ganaderos.
Especialmente en Loma Grande, donde se escribe la primera palabra del libro de la lucha por la tierra en el país, que aflorará medio siglo más tarde. Es el génesis de la lucha campesina, en el que Juana Julia Guzmán recibe el calificativo de “roba tierra”, ella que ni antes, ni durante ni después, gozó jamás del privilegio de un título de propiedad de un predio, comprado, regalado o robado.
Especialmente en Loma Grande, donde se escribe la primera palabra del libro de la lucha por la tierra en el país, que aflorará medio siglo más tarde. Es el génesis de la lucha campesina, en el que Juana Julia Guzmán recibe el calificativo de “roba tierra”, ella que ni antes, ni durante ni después, gozó jamás del privilegio de un título de propiedad de un predio, comprado, regalado o robado.
XI
Si del amor se dice que carece de
límites, de condicionamientos, de marcos restrictivos, de prohibiciones, su par
y esencia, el sexo, ignora esas y todas las dificultades. Cuando amor y sexo se
unen, nada ni nadie los detiene y contra todos los obstáculos y peligros, van a
donde tienen que ir o desean estar. Por eso en la ausencia del General,
Griselda y el joven oficial de la policía se reúnen dos veces más, bajo las
condiciones impuestas por María Margarita y sometidos a las peripecias del
sistema de espionaje y vigilancia creado por ella. Es cierto que saben en dónde
se encuentra el General, pero no abusan ni se exponen al peligro de ser sorprendidos
u observados. El General no debe tener ninguna sospecha ni mucho menos recibir
informaciones que lo induzcan a realizar averiguaciones.
La
presencia del comandante, diariamente, en su oficina y la atención que dedica
para solucionar los problemas que se presentan, lo alejan de la mirada curiosa
de los habitantes del poblado y, también, de cualquier relación con la esposa
del General, que se encuentra en Tres Palmas. No ocurre igual con un buen
número de mujeres. Cual más cual menos es señalada como víctima entre las
garras amorosas del comandante. “Pueblo chico, infierno grande”, reza el
adagio, y en el poblado, de escasas quince mil almas, hay quienes no pierden
oportunidad de comprobar por sí mismos las peripecias amatorias del policía.
Los maridos reciben, si no directamente, sí soslayadamente los informes sobre
los encuentros furtivos de sus mujeres con el teniente. Por lo menos, a esa
conclusión llegan los maridos al atar cabos, al recordar que hasta hace poco
hubo estrecha amistad entre una y otra y repentinamente se rompen los lazos, se
producen enojos inexplicables entre las mujeres.
Como una costumbre de vieja data, los
adinerados asisten periódicamente a los establecimientos “Bolívar” y “El
Bataclán”, en donde mujeres humildes los reciben para que hagan con ellas lo
que no harían en las camas de sus casas. El oficial, conforme a los rumores que
circulan en los dos sitios y que las meretrices les recalcan a sus clientes
para perturbarlos, o tal vez para enrostrarles que si ellas son de vida alegre
es por la necesidad económica y no por placer, deja más cuernos en las alcobas
profanadas que los existentes en los potreros de las haciendas de los
afectados. Es ostensible y materia de comentarios en el populacho, la agilidad
del comandante para asaltar alcobas y retozar en camas ajenas.
Consumado el encuentro sexual en las
tres ocasiones que les ha sido posible, no sabrían decirse quién tomó a quién.
Deciden esperar un tiempo prudencial, no importa cuánto sea, pero es mejor
mantenerse separados. Sexualmente complacidos el uno del otro, saben que no ha
florecido el amor. El amor es una cosa y el sexo otra. Pueden manifestarse
separadamente y lo han comprobado. Si recurren a un segundo y a un tercer
encuentro, es quizás para ratificar el primero y para demostrarse así mismos
que se compenetran sexualmente. El joven teniente está tranquilo porque no hay
ataduras, se trata de una mujer inteligente y discreta, diametralmente opuesta
a las demás del poblado que conoce porque han caído entre sus brazos. Griselda,
por el contrario, que en un principio creyó amar al joven, ahora se pregunta
qué fue lo que pasó. Está convencida que el acto sexual fue más poderoso para
ella que los sentimientos del corazón. Y piensa en las cosas extrañas de la
vida, que la llevaron a los brazos de un hombre más para satisfacer un capricho
que por necesidad de amor o de sexo, porque el amor solamente lo siente hacia
su esposo. Y comienza a hilvanar en su mente las condiciones del viejo amor de
su vida y del impulso caprichoso de ahora. En su corazón, el primero pesa más,
pero en sus intimidades el segundo es llamativo.
Griselda se mantiene al tanto de las
ocurrencias del poblado como de las localidades cercanas y aún de las lejanas
capitales del Estado y del país. Jamás tuvo en cuenta las noticias, jamás se
interesó por el acontecer diario, diferente a sus labores manuales y a las
esporádicas visitas al club social, pero ahora lo requiere. Tres meses después
del regreso de su esposo del último viaje a Cartagena, no ha vislumbrado una
nueva ocasión para la cuarta cita con el comandante, no por amor como ya lo
comprobó, sino por el deseo. Siente en su cuerpo, en su sexo, el llamado para
un nuevo encuentro, aún cuando el corazón no represente ningún papel, sólo para
satisfacer los sentidos, el estimarse realizada como mujer, como hembra,
trayendo a la memoria las recomendaciones y hasta las referencias que en la
cama un hombre y una mujer conscientes pueden ejecutar, como se lo enseñó
Amaranta de manera sugerente y como claramente se lo informa María Margarita.
No reprocha a su esposo, quien desde el
primer día ha sido cuidadoso en el trato y eficiente en la cama. Si mentalmente
lo compara con el teniente, encuentra poca diferencia. Su esposo la trata como
a una jarra de fino cristal, temeroso de que por brusquedad se le rompa entre
los brazos. El teniente es un poco más rudo, pero cuando recurre a la sedosidad
de sus manos la excita en grado sumo y le extrae como una especie de otro yo,
que la conmueve hasta en la más remota de las fibras de su ser. Tal vez el
General y el comandante, cuando caminan por sus extrañas, se transportan de
manera distinta. El General va en burro, con lentitud, con paciencia, pero con
seguridad y firmeza, y sin equivocarse de ruta, llega a la meta junto con ella.
El comandante corre como potro joven e indomado para llegar al mismo lugar.
Solo que la “educación” recibida la frena ante el esposo, mientras el pecado,
por el contrario, le permite galopar sin la sujeción de las riendas como una
potra arisca y libre en el ancho y extenso potrero de sus ansias contenidas,
cuando se encuentra en los brazos del joven policía. Sin inhibiciones, sin
cortapisas, sin obstáculos.
El médico, su progenitora y varias de
sus amigas, le aseguraban que la mujer no siente inclinaciones sexuales sino a
partir de los quince años, pero ella recuerda que desde los once años una
inexplicable corriente corría por su cuerpo y sin proponérselo, miraba a los
hombres con otros ojos, que pasados los años comprendió eran de lascivia,
porque esa corriente pasaba de la cabeza a sus sitios erógenos con tanta
rapidez como un rayo y allí se anidaba como llamando algo que no comprendía.
Bendecía ahora el celo extremado de su madre, que jamás le permitió estar sola
en un mismo lugar con un hombre, cualquiera fuera su edad o condición social.
Las clases que recibió requerían de la compañía de María Margarita o de
Amaranta, pero sus maestros nunca llegaron a estar solos con ella ni siquiera
un minuto, no obstante, a que ella lo deseaba. Esos anhelos, esa necesidad de
atender el llamado de la carne, esos requerimientos crecían a medida que
pasaban los años. Pero la rigidez de la enseñanza tanto hogareña como escolar,
le recomendaban otro comportamiento y supo esperar hasta el momento decisivo,
en la intimidad de la alcoba con el General, siendo ya su esposa. Y fue
entonces que comprendió que con excepción de su leal negra Amaranta, los demás
le habían ocultado la realidad del ser humano, pero preferentemente, la del
cuerpo femenino. Esta sí, en los momentos en que se encontraban solas, le
suministraba los informes que requería para su formación. Se le viene a la
memoria una vieja charla con su segunda madre, al sufrir una extraña sensación
en el cuerpo:
– Amaranta, ¿qué es lo que me pasa que
cuando veo a un hombre, me entra una cosa rara en todo el cuerpo?
– ¿Cómo así, mi niña? Jamá me había
hablao de’jta cosa. Vusté no’e má que una niña y vé a un hombe noes cosa
dej’lotro mundo. ¿Cuántoo pasan po’esta casa en ej’día? Loj’vaqueros, loj’otdeñadores,
loj’macheteros, loj’eñores que vienen a visitá, loj’maistros, y muchoj’otros.
¿Acaso pasá intonce to’o ej’día y to’os lo día con esa cosa?
– Sí Amaranta. Es algo raro que me
incita a correr hacia ellos para que me estrechen en sus brazos.
– ¡Niña, qué ej’sa cosa! Usté no pue’e
está pensando en ej´so, pocque tiene que aprendé ej’a leé y escrebí bien ¡Cuidao le jabla de esa
piquiña, pocque no es má que la piquiña de la joventú, a su mae o a su pae,
pocque yo atermino pagando laj’consecuencia! ¡Jesú, Dió bendito, sájvamela y
sácamela con bien de ejta cosa tan horrible!
– ¿Por qué es horrible algo que tengo
dentro?
– Asegún me dijo mi máe, ¡qué ej’Señó la
tenga en su santa gloria!, a yó mesma la sufrí, ej la cajcoma de los trece año.
A la mujé le sube y le baja y se le mete po’la crica un relámpago – debe sé el
diablo mesmo – que la pone a soñá con ej’macho. La mujé decente y honesta tiene
que superá j’eso jasta que se case y no dejase dominá po’la comezón.
– Si tu sufriste de ese mal ¿cómo te
curaste negra mía?
– ¡Dejá de bujcale otra pata al gato!
– ¿Cómo piensas que debo hacerlo si ni
siquiera sé que es lo que me ocurre? Si me confías el secreto, ya buscaré
entonces la forma de evitar los ataques del rayo. De paso, Amaranta, así como
tú dices es, parece que un rayo se le mete a una por la cabeza y se le enreda
entre las piernas. Te juro que cuando veo un hombre joven las piernas quieren
abrirse solas. Ya no soporto esto. Dime qué es eso y por qué ocurre.
– ¡Su’Cristo, Diój’ mío! ¡Mete tu mano
po’erosa, Señó, pa’que ej’ta niña mía no vaya a meté la pata po’ay con cuajquié
perro chandoso! Niña Grisecda mejó no’able de’sa vaina.
– Amaranta, si no me hablas tú ¿quién lo
hará? Si te lo pregunto es porque sólo confío en ti. Sinceramente, negra mía,
esa comezón de la que me hablaste, me angustia. Con decirte que el moruno se me
moja con una cosa como engrudo cuando miro a un hombre por más de cinco
minutos.
– ¡Jesú, María y José! Tie’es razón
niña. Eso le pasa a toiticas laj’mujé en loj’trece año. Ej’que una nació pa’eso
na’má. Noj’otras laj’negra sentimo ej llamao dej’cueppo desde loj’dié año. Pero
vusté no’e nej’gra y aj’segura la nejgramenta con el vie’o Ladeo aj’frente, que
la mujé blanca e floja pa’ese asunto. Laj’negra somos alborotá. Afigúrese no’má
con el baijle. Vustéde bailan mazucca, foj’tró, vajse, pasillo, pe’onó un
bullerengue, un mapalé, una cumbia, un porro. Asi nos pasa con ej’hombe.
Laj´blanca bajo’ej´hombe se moeven como bailando vajse y noj’otra laj’negra como ventiando ej’arró en
ej’ balay- Al pronunciar cada ritmo, Amaranta hace la mímica como si se
encontrara en una sala de baile, en el intento de enfatizar y recalcar su
pensamiento.
– Todo eso me lo explicaste antes,
Amaranta. Por favor, dime ahora eso de la comezón. Qué la produce y cómo
quitársela.
– ¡Niña...niña! No le bujque pelo blanco
a laj’burra nej’gra. Ej’sa cosa no la quita má que ej’garrote dej’macho.
Continuaron hablando por largo tiempo,
hasta que la negra le indicó con pelos y señales lo relacionado con el
despertar sexual y cómo evitar una dependencia de ese pensamiento. Pero
recordaba que cumplidos los catorce años, las ansias volvieron a dormirse, tal
como se lo anunció Amaranta, que entre el trabalenguas que adornaba sus
expresiones, le aseguró que cuando la niña llega a los trece años sufre la
crisis del despertar sexual y del llamado de la carne, porque es a un mismo
tiempo niña y mujer, pero que cuando alcanza el grado de mujer, se retrotrae en
sus anhelos y entonces oculta o frena sus ímpetus hasta que llegue el momento
decisivo. Fue Amaranta la que la instruyó con dedicación sobre cómo comportarse
en la cama, cuando se avecinaba la fecha de su matrimonio. No olvida una de sus
últimas recomendaciones, cuando se aprestaba a viajar a la luna de miel con su
esposo:
– Ej’mejó momento ej’la vida ej cuando
siente vusté gana e’morise bajo ej macho. No ajguante laj’gana, grite, llore,
ríase, muedda, jaga loj’que tene que jacé.
María Margarita, con la libertad de
hablarle con confianza y como a una hermana, también le recomendó:
– No importa que tu esposo te diga loca,
actúa como quieras hacerlo en el momento del amor. La entrega de tu cuerpo, de
tu corazón, de tus intimidades y de tu alma, es el verdadero amor. El único
amor que vas a conocer en la vida. Y tu marido habrá de agradecerte tu franqueza,
porque si algo quiere el hombre es creer que gracias a su comportamiento logra
hacer explotar a la mujer que se le entrega, ignorando que muchas veces, esas
explosiones no son más que puro teatro para amarrarlo.
Y ambas le relatan sus propias
experiencias carnales, sus gratos momentos al lado de los hombres que amaron y
las hicieron felices. Griselda, sin embargo, no ve ninguna diferencia. En la
siguiente ocasión en que va a la cama con su esposo, muestra su inquietud por
sacar a flote sus sentimientos del momento, y al indagarle el General sobre qué
le ocurre, le expresa sin pudor sus apetencias. El hombre, con gestos, le
autoriza a que haga lo que quiera hacer. Al final, se miran sorprendidos de la
capacidad de innovar que tienen ambos y concluyen que perdieron hermosos años
de su vida matrimonial por guardar apariencias sin sentido, por cuanto los
hechos que ocurren en la intimidad de las alcobas son secreto de pareja que a
nadie más importan. Pero las convenciones sociales recomiendan otras formas de
comportamiento. Maneras que tal vez fueron establecidas por eunucos e impotentes.
Después de analizar todos los
pormenores, se le pasa por la mente suspender el encuentro previsto con el
comandante fijado para el día siguiente. No necesita otro hombre. Su esposo es
suficiente y quizás no fueron más que las restricciones impuestas por una
deformación en la educación que reciben las mujeres, las que la condujeron a la
infidelidad, por cuanto no ve otra cosa. María Margarita le confirma que al día
siguiente su esposo partirá en compañía de otros ganaderos de la región hacia
Medellín, para renegociar los precios del ganado. Las desventajas golpean la
producción y no la comercialización, y consideran que la suspensión de envíos a
los antioqueños para dirigirse a los mercados de Venezuela, les darán los
resultados apetecidos y buscados, que no son más que un reajuste en el valor.
Cuando los antioqueños vean la merma de la oferta, piensan los del Caragaví,
tendrán que correr a subir el valor de la demanda.
Como es costumbre, el General nada le ha
comunicado sobre el viaje. Los negros, posiblemente por los preparativos en
otras residencias o por los comentarios entre los mismos ganaderos, se
enteraron de la partida. Cuando se le informa no hace ninguna pregunta distinta
a la cantidad y calidad del vestuario que debe empacar, mientras que prepara
sus propias maletas para partir a la finca de Tres Palmas, tal como lo dispone
su esposo.
Al momento de partir, María Margarita le
susurra en el oído que la caravana en que viaja el General salió a la una de la
tarde, y ella le informa a la negra su intención de posponer el encuentro con
el comandante, porque piensa que es mejor suspender de una vez por todas el
devaneo, pero la negra le responde que todo está decidido y le sugiere que le
informe al joven oficial frente a frente la determinación que ha tomado. A las
nueve de la noche, con un sigilo inusitado, el teniente llega al lugar
acostumbrado para el encuentro. Intenta abrazarla, pero ella se aparta y le
dice:
– Teniente, hoy no tengo deseos de un
contacto íntimo. Si no suspendí la cita, es porque debo decirle que considero
que esta situación nuestra es peligrosa, tanto para usted como para mí. Además,
ni usted me quiere ni yo lo quiero. Jamás hemos sentido amor el uno por el otro
y, ya lo tratamos con franqueza la ocasión pasada, todo se ha limitado al sexo.
Le agradezco esa comprensión, regrese al poblado, y guarde en lo más remoto de
su memoria los instantes que vivimos tan placenteramente.
– Griselda, me das un golpe muy duro,
pese a que ambos ya sabíamos que debía llegar un momento, un instante de la
verdad, como éste. Cierto es que no sentimos amor, pero creo que nada nos
impide un último contacto, como para llevárnoslo de recuerdo, así como
sugieres, guardándolo bajo llave en un lugar en el que ni siquiera podamos
evocarlo interiormente.
– No es cuerdo lo que propones. Por mi
parte, ya guardé esos instantes anteriores y es mejor no molestarlos con otro
más.
La atracción es mutua y sin quererlo,
van acercándose lentamente hasta que sus cuerpos se trenzan en un apasionado
abrazo. Es la última vez que estarán juntos y como para no olvidarlo jamás, la
entrega no tiene precedentes.
Un mes más tarde siente los efectos de
la concepción. Hace mentalmente las cuentas y no encuentra problemas, por
cuanto en esos mismos días y antes de salir su esposo para Medellín, fue con él
a la cama varias veces. Tiene un hijo y sabe que no es de su esposo, sino el fruto
de un acto ilícito.
XII
Si bien es cierto que desde el principio
de la historia se registran infidelidades hogareñas, parece existir un acuerdo
secreto, no escrito, que facilita la tolerancia de los afectados con las
debilidades del cónyuge. Por lo menos para esconder lo que es de conocimiento
general. Por eso los maridos saben dónde y por qué les duele y cuál es el
remedio, sólo que deben esperar con paciencia la justificación y la forma de
aplicarlo. Generalmente concluyen en que es menos doloroso cargar las astas sin
escándalos que sumarle esa carga. En el primer aspecto, la deshonra se presume,
en el segundo se patentiza. Sus negocios, la posición ganada tras largos años y
detentada con orgullo, la ascendencia sobre el conglomerado, el poder entre las
manos –político, social y económico – no puede perderse por la debilidad del
cónyuge.
Los rumores van y vienen y no hay
soledad en el sufrimiento de la deshonra. Y si el mal es de muchos el consuelo
es tontería. Sin previo acuerdo, todos a una optan por guardar silencio y no
comentar las debilidades femeninas ante el hermoso comandante. Hasta que llegue
el momento del desquite, de quitarse las cornamentas, habrá de aparentarse
ignorancia. Y de cierta manera lo consiguen. Cuando los ojos indiscretos y las
lenguas alegres se cansan de mirar y de hablar y no se producen las reacciones
esperadas, las peripecias del comandante van quedándose en lugar secundario y
se olvidan o se toleran como un asunto normal del que no hay que alardear. Y
los de las clases bajas se atienen a que si los perjudicados no dicen ni hacen
nada, abandonan el tema y se limitan a decir: Allá ellos con sus cachos.
Entre
los terratenientes existe un problema mucho más grave que el de los cuernos que
les coloca el hermoso comandante de la policía, y es la acción ilustradora del
italiano Amado Vicentini. Sin saber cómo ni cuando, los artesanos, las mujeres
de los sectores populares, los trabajadores de los mismos terratenientes y los
campesinos hablan ahora de mejoras salariales, de pago de dominicales, de
cesantías, de jubilación, de asistencia social. Si el pregón se mantiene,
dentro de poco tiempo no habrá sitio en donde no se hable de estas cosas, que
hasta la llegada del italiano habían sido ignoradas por la gente pobre del
Caragabi, y celosamente guardadas y calladas por los pocos ilustrados del poblado.
Los
terratenientes saben que las tierras que reclaman los campesinos son baldías,
que no integran sus propiedades ni aparecen en los títulos, la mayoría de ellos
obtenidos mediante argucias y artimañas politiqueras, pero las han mantenido
como reserva para anexarlas y legalizarlas con el paso del tiempo. Saben que,
si el gobierno envía agrimensores y levantan los planos de los predios rurales
conforme a los títulos, van a enfrentar más de un problema y expondrán sus
patrimonios. Los límites de cada predio se fijaron caprichosamente y los hitos
dicen hoy que de uno a otro punto hay mil metros, dentro de diez años se
hablará de diez mil y, así, cada año se irán aumentando hasta tropezar con los
no menos caprichosos lindes del vecino, que también viene corriendo los suyos.
Quizás si los terratenientes del poblado hubieran participado en la toma de
tierras como colonos del oeste norteamericano, no correrían tanto y con tanta
frecuencia los linderos. Si se revisan los títulos iniciales, tienen la certeza
los terratenientes, que el mundo se sorprenderá al comprobar que las tierras
del Caragabi, además de feraces, son de caucho: estiran de acuerdo con la
voluntad del propietario. Y aparece otra verdad: los “propietarios” no pueden
quedarse solos en “sus tierras” ya que se perderían en ellas. No las conocen
más allá de los ranchos y los corrales.
Si
Amado continúa en sus propósitos de incrementar y expandir la instrucción a
través de sus sociedades, comités, bibliotecas, periódico y baluartes, pero con
el más incisivo y directo, y por tanto más peligroso sistema de leer ante los
campesinos analfabetos las leyes, los fallos de la Corte Suprema de Justicia,
de los Tribunales, las críticas, los comentarios, los proyectos, las tesis y
planteamientos jurídicos, políticos y sociales, la hecatombe es segura. Saben
que nada es más corrosivo para sus intereses que los campesinos y los
trabajadores adquieran conciencia de su situación y conozcan las leyes. El tema
es mucho más grave de lo que parece.
A
medida que pasan los días los elementos que corroen el ánimo de los
terratenientes no solo se mantienen, sino que van subiendo a cotas
sorprendentes. Uno que socava la estabilidad hogareña y el otro que amenaza el
sistema. Antes que disminuir recrudecen sus efectos. La presencia de campesinos
organizados por Amado en tres sitios distintos de la región colma la paciencia
de los potentados. Los rechazos a la situación que habían soportado los
campesinos por muchos años abren paso a los litigios en los estrados
policiales, gubernamentales y judiciales. Los campesinos, mediante el estudio
de los títulos declaran que la mayoría de las tierras, o mejor, las tierras que
ocupan son baldías y no hacen parte de los títulos de los terratenientes.
Logran subir a estrados más altos en un abierto desdeño de los locales, que
lógicamente son manejados por recomendados de la clase pudiente. Las noticias
de los fallos llegan primero a los que se mueven por las alturas. Y los
potentados del poblado se enteran con la debida anticipación que se prepara una
sentencia para declarar como bienes baldíos no solamente las zonas ocupadas y
en litigio, sino extensiones mayores de tierras en Loma Grande. Y si ellos que
ya conocen lo que viene no actúan de inmediato para cortar de raíz el mal,
habrá de sufrirse igualmente en Callejas y Canalete, y donde quiera que la
gente de Amado quiera ir, porque en el Caragaví en general, el procedimiento de
adquisición de tierras es similar.
El
tiempo sigue su marcha y si bien no se ha encontrado el modo de deshacerse del comandante,
sus ímpetus sexuales parecen estar en receso o es demasiado cuidadoso o las
mujeres se convencieron del peligro de alardear sobre sus infidelidades con el
joven oficial.
El
italiano es llamado loco, arrutanado, un término despectivo local, criminal
comunista, ateo y otros epítetos más. No le perdonan que se haya dedicado a
alborotar a las clases populares con ideas descabelladas que aseguran que la
tierra es para el que las trabaja.
Los
otros extranjeros que integran la clase alta del poblado aseguran que las
exigencias que se plantean en las organizaciones de Amado Vicentini son
garantías sociales que los trabajadores gozan en otras latitudes del planeta,
pero que a los patronos no les conviene aceptar de buenas a primeras.
–
Lo más grave de lo que propone es la adopción del triángulo de los ocho,
expresa uno de los franceses, en el desarrollo de una reunión en la que se
analiza la situación de ambos problemas, cuando deciden poner las cartas sobre
la mesa.
–
Antes de que llegara el arrutanado ese, jamás se habló por aquí de servicios
médicos para los empleados. ¡Imagínense ustedes lo que habrá que gastar con esa
gente que siempre está enferma!, acota Federico, el propietario de una de las
haciendas que linda con el poblado.
–
Yo creo que estas cosas se olvidan prontamente cuando se les quita la cabeza
que piensa. Lo mejor y para no incurrir en acciones violentas, es conseguir que
ese comunista sea expulsado del país, propone el maestro de escuela.
–
Pienso igual que usted, maestro, porque los otros dirigentes del movimiento son
gente inculta que, sin el motor del italiano, quedarían de hecho paralizados.
Es ahora el mejor momento de hacerlo, refrenda el farmaceuta.
Tras
largas discusiones definen que lo indicado para anular los efectos de las propuestas
de Amado es quitarles la cabeza. Concluyen en que los miembros de las
organizaciones son analfabetos y los pocos que saben leer y escribir carecen de
capacidades de liderazgo. Si se logra expulsar del país al italiano, no importa
por qué medios, todo se vendrá abajo por falta de dirección.
Curiosamente,
la mayoría intenta dejar supeditado al caso de Amado Vicentini la reunión, a
fin de eludir el del comandante. Sin embargo, el General, al observar la
situación, no permite que se vayan del recinto y abiertamente pregunta:
–
Hemos analizado en detalles el problema planteado por Vicentini, pero la
convocatoria a esta reunión fue hecha para estudiar también el caso del comandante
de policía. ¿Por qué no entramos de inmediato a tratarlo, con la misma franqueza
que el anterior?
–
Tiene usted razón, General. Si decidimos acudir a este llamado, es por que cada
uno de nosotros sabe que ambos asuntos son delicados y nos perjudican en mayor
o menor grado. Por lo tanto, si ya dilucidamos uno, entremos al otro de una
vez, a sabiendas de que ese otro es mucho más delicado, porque nos golpea la
estabilidad familiar, asevera uno de los terratenientes de origen italiano.
El
tema es abordado. Y como es el General quien parece estar exento de
implicaciones, asume el planteamiento de este.
–
Señores: Cual más cual menos, directa o indirectamente, todos venimos sufriendo
las embestidas del comandante de la policía contra la estabilidad y la solidez
de los hogares del poblado. Observando desprevenida e imparcialmente la situación,
decidí en el último viaje que hice a Lorica y Cartagena, lograr el traslado de
este joven teniente y sin decirles nada, previa consulta con el padre
Arístides, adelanté las diligencias pertinentes. Todo se convirtió en un
completo fracaso, porque el Prefecto de la Provincia, el presidente del Estado
y las autoridades de todo orden, a sabiendas de los antecedentes del teniente,
se abstienen de trasladarlo a otro lugar. La fama del comandante es tal, que no
lo quieren en ninguna parte. Lo han dejado anclado aquí, tal vez pensando que
como somos gentes sanas lo soportaremos, supuestamente hasta que se consiga
echarlo del país hacia una legación diplomática. No tengo inconvenientes en
reconocer mi fracaso, porque así ocurre en muchas otras cuestiones de la vida
diaria. Ganamos o perdemos. Y en las gestiones para sacarlo fui el gran
perdedor. En Cartagena, tal vez, se debe pensar que soy una de las víctimas del
atractivo del teniente. No lo creo, pero sacrifiqué ese aspecto para quitarles
a ustedes, a quienes tengo como amigos, la afrenta. No tengan entonces
prevenciones de ninguna especie. Propongan, estudien, adopten la solución, que
yo habré de cumplir la voluntad de ustedes. Es lo menos que puedo hacer por mis
amigos y vecinos, compañeros de una misma acción, de una misma marcha hacia la
meta que nos propusimos ganar.
La discusión es corta. Todos evitan hablar más
de lo estrictamente indispensable, pero llegan a una conclusión y se encomienda
al más letrado de los franceses, exponerla ante el General y, si la acepta,
comisionarlo para que la ejecute.
–
General, después de analizar el asunto, por unanimidad decidimos otorgarle
poderes para que adelante el estudio y adopción de un plan para deshacernos de
los dos problemas que nos afectan. Es más, lo autorizamos ejecutar dicho plan,
y si requiere el concurso de uno o diez de los aquí reunidos, dígalo. Estamos
listos a estudiar su plan, si lo tiene, desde ahora mismo.
–
Gracias, señores, por la confianza que me depositan. No tengo un plan
preparado, pero si me autorizan, lo hago y antes de ejecutarlo se los expongo
para las observaciones que crean necesario hacerle.
–Usted
es el experto en estrategias y tácticas, así como en la preparación de planes
de acción. Hágalo, General, y cuente con nuestro respaldo.
El
General, en relación con el caso de Vicentini anuncia que escribirá cartas
personales a los más importantes dirigentes de su partido para que en Bogotá se
encarguen de coadyuvar en el propósito de lograr la expulsión del país del
disociador y, sobre el segundo, que oportunamente les dará informes sobre lo
que se hará.
Al
siguiente día y de manera disimulada, invita a lo más representativo de la
clase pudiente para una reunión en una finca suya al otro lado del río. Cuando
llegan, dispone que sus trabajadores se dediquen a tareas en sitios lejanos
para que no vaya a colarse ninguna palabra de lo que allí se dirá y muestra
abiertamente las cartas. Explica que es tan grave la presencia de Amado con sus
ideas socialistas y su movilización de los sectores populares, como la del
teniente comandante de la policía revolcándose con las mujeres en sus propios
hogares. Los asistentes escuchan el relato del fracaso de las gestiones
adelantadas por el General por su propia iniciativa y aceptan que no hay sino
una sola salida. La determinación es una, clara y precisa, y el General queda
encargado de ejecutarla, porque a un mismo tiempo se deshacen de los dos
problemas. Ambos asuntos deben canalizarse hacia un mismo lugar, no importa si
uno o los dos son allí sacrificados. Y lo más importante, como nada ha
trascendido en contra de la esposa del General, todos le agradecen que ponga en
práctica sus estrategias y tácticas militares a favor de los que sí están
enterados de las infidelidades de sus esposas. Sin embargo, el General no
informa la manera en que se llevará a cabo el plan y asegura que una vez lo
tenga todo preparado, informará a los que deban actuar el papel a desarrollar
en la trama.
A
semejanza de las cosas buenas, el plan del General es de una sencillez
asombrosa. Hay que aprovechar los programas de Amado y deformarlos ante el
comandante de la policía, incitarlo a cumplir su deber, hacerle creer que la
sociedad del poblado le agradecerá lo que haga en beneficio esta, llenarlo de
orgullo, aparentar en su presencia que ignoran el problema que él representa
con las mujeres, o, por lo menos, que prefieren preservar sus bienes antes que
la honra de sus mujeres. Al comandante, discretamente soportado, se le debe
informar ahora que es un elemento de la mayor importancia para la tranquilidad
del poblado. Y la última recomendación del General es que ninguna de las
mujeres, ni siquiera las del servicio doméstico, debe enterarse de lo que
pretenden los hombres y, por lo tanto, todos deben guardar el más absoluto
silencio sobre los acuerdos.
Se
escoge el escenario de Loma Grande, por diferentes circunstancias favorables al
plan. Se encuentra relativamente cerca del poblado. Allí se reúne la menor
cantidad de campesinos. El terreno no ha sido adecuado en su totalidad y, en
consecuencia, en un momento dado la reacción contraria de los campesinos no
tendrá ni el rigor ni la fortaleza que podrían surgir en Callejas. Falta
delimitar las áreas que el italiano fija a cada campesino, por cuanto apenas se
organizan las jornadas de trabajo para la apertura de las vías que comuniquen a
Loma Grande con el resto de la región, así como entre las parcelas que serán
entregadas.
Como
otra estrategia, se encomienda a propietarios de fincas lejanas del poblado
para que el día antes del escogido, fecha que solamente fijará el General,
vengan a denunciar hechos graves, de manera que el comandante se vea precisado
a dispersar sus fuerzas y no pueda trasladarse con un grupo mayor a cinco o
seis agentes. Y tanto el comandante como quienes los acompañen, deberán
encontrarse bajo los efectos del licor, y para ello se designa a dos ganaderos
con el objeto de invitarlos, bajo cualquier pretexto, a consumir licores en la
noche previa, así como momentos después de iniciar la comisión, en el trayecto
hacia el lugar señalado.
El
poder político del General es tal, que el reducido destacamento policial es
integrado en un alto porcentaje por recomendados suyos, sobre los cuales tiene
una ascendencia significativa. Cualquiera sea el origen y el final de una orden
suya, será cumplida por los policías sin entrar a meditar ni las razones ni las
consecuencias.
Y
la operación se inicia con las consejas en los oídos del comandante, ante el
cual llegan en riguroso orden los ganaderos supuestamente afectados a indicarle
que las acciones de Amado Vicentini son fatales para la libertad y la
democracia, que se busca por el italiano subvertir el orden público y destruir
los estamentos legalmente constituidos.
–
Comandante, el robo que me hicieron de por lo menos veinte reses, no es más que
el inicio de una escalada criminal tendiente a subvertir el orden de la región.
Aquí hemos vivido siempre en paz, pero desde que llegó el italiano Vicentini,
esto se alborotó y cada uno quiere apoderarse de lo que no trabajó. Usted debe
actuar comandante, porque la ley lo autoriza. No se deje embolatar por la labia
de Amado, que con la lengua ha creado esta situación, le dice un ganadero
supuestamente robado.
–
Si deja al italiano continuar en la tarea de convencimiento a campesinos y
obreros, no demorarán, le aseguro, los ataques contra la fuerza pública que
usted representa. Un hecho de tal gravedad lo dejará en mala posición frente a
las autoridades de la Provincia y del Estado, y lo que es peor, un duro revés
contra su brillante carrera en la institución, le insinúa como de buena fe, el
maestro.
–
¿No cree usted, mi comandante, que nada impedirá al extranjero, que no es más
que un agente del comunismo, introducir armas para entregarlas a los obreros y
los campesinos? Si eso ocurre, la tragedia empañará el glorioso uniforme de la
policía, argumenta el Sargento.
Los
demás le adulan, le ensalzan, le reiteran hasta el cansancio la majestad de su
investidura como comandante, y le aseguran que solamente a él corresponde
ponerse al frente y como primera
autoridad armada, detener al italiano y a sus principales colaboradores, para
poner fin a la perturbación en la tenencia de la tierra que ejecutan, así como
para desalojar a los campesinos, de quienes aseguran están recibiendo
instrucción militar en los baluartes, con el fin ulterior de derrocar al
régimen democrático que gobierna al país.
El
comandante, como todos en el poblado, sabe que ni Amado ni los campesinos
tienen armas. Las rulas, las hachas, los “espeques” y los “cavadores” son
herramientas comunes que todos poseen y no representan peligro alguno, además
de la condición pacífica de los que forman parte del movimiento. Pero el ego
pasional del comandante lo impulsa a tener como ciertas las consejas, porque
sabe que al atenderlas abre un campo propicio que habrá de beneficiarlo, además
de colocar en sitio remoto las potenciales represalias de los maridos
engañados. Y sin detenerse a buscar razones para esa andanada de consejas,
otros, como para crear un clima de confusión en el comandante, le señalan que
el italiano no es hombre violento, pero que debe ser desalojado de la tierra,
porque sentarán un precedente que podría ser adoptado en otros lugares y la
violencia se apoderaría de la región.
“Los ganaderos y los propietarios no nos vamos a dejar despojar de
nuestros bienes”, le recalcan.
El
General, por su parte, se mantiene informado de las actividades en Loma Grande,
y cuando Amado y su gente empiezan a abrir la trocha para delimitar el terreno
que ocupan, pone en ejecución su plan. Es el cinco de diciembre de 1921, y en
las horas de la tarde, separadamente, dos ganaderos se presentan al puesto de
policía a denunciar que han sido víctimas de robo de reses. Las dos propiedades
quedan ubicadas en polos opuestos y muy lejos de Loma Grande, por lo que el teniente,
sin pensar en las consecuencias, les proporciona dos agentes a cada uno para
que adelanten las investigaciones respectivas, desde el día siguiente. No
acaban de salir, y se presentan dos ganaderos más con denuncias similares y
reciben igual número de policías, con lo cual el puesto se merma en más del
cuarenta por ciento de su tropa normal.
A
las dos de la tarde del día seis, el comandante es invitado a celebrar el
cumpleaños de otro ganadero y a las cinco de la tarde van acercándose comerciantes,
profesionales y otros, entre los cuales los restantes agentes de policía se
confunden y se unen a la parranda, en la que no falta ni música ni ron. A las
dos de la mañana del día siete, el General se acerca a la fiesta y le recuerda
al comandante el compromiso que tienen y que debe descansar para viajar a Loma
Grande antes de las siete de la mañana para proceder al desalojo de los
invasores. Solamente cinco policías han bebido poco y a esos designa el
comandante para que lo acompañen dos horas después a la comisión. Allí, un
policía le falta al respeto y luego de liarse a trompadas, los demás lo sujetan
y el teniente dispone que sea encarcelado para cuando regrese de la comisión,
aplicarle la sanción que se merece. Así se hace y antes de partir a las seis de
la mañana para Loma Grande, el mismo comandante va al cuartel revisa las
instalaciones y comprueba que el policía irrespetuoso está desarmado y dentro
del calabozo. Dicta una disposición interna sancionándolo con dos días de
arresto, y parte con los demás agentes.
El
comandante va prácticamente borracho, pero cuando se asoma a la parte final del
poblado para tomar el camino, es llamado desde un punto estratégico por un
ganadero que lo invita a reposar un rato en su residencia, al tiempo que
celebran juntos el cumpleaños del que invita. Loma Grande está relativamente
cerca y a eso de las siete de la mañana el comandante decide continuar el
camino.
En
Loma Grande, Amado Vicentini preside la tarea de agrimensor, para lo cual
cuenta con el concurso de los campesinos que serán beneficiados con parcelas de
los terrenos baldíos. Desde las seis de la mañana, con varas de cuatro metros
cada una, se miden los frentes de las parcelas. En un libro, varios dirigentes
obreros llegados de otras localidades del Litoral, especialmente de
Barranquilla, invitados como testigos del reparto, anotan minuciosamente tanto
las medidas como los linderos y el nombre de cada beneficiario. Loma Grande,
conforme a las ambiciones de Amado Vicentini, será el símbolo de la
recuperación de la tierra para sus verdaderos dueños, los campesinos, los que
la trabajan, los que las civilizaron.
–
La tierra vuelve a sus manos, amigos míos. Principiamos con estos baldíos, que
solamente el gobierno puede quitarles. La lucha apenas empieza. Será larga y
peligrosa, porque los terratenientes, esos que jamás habían pisado estas
tierras, se apoderaron de ellas de manera fraudulenta y ni la trabajan ni dejan
trabajarlas. La riqueza del valle del Caragaví no puede desperdiciarse en
beneficio del egoísmo y de la avaricia de unos pocos. La riqueza del país está
confinada en este valle. Si ustedes conocieran el mundo, sabrían que no les
digo mentiras. En ninguna otra parte del planeta existe un valle tan fértil
como éste. Y ustedes tienen la gran oportunidad de brindarle al mundo el fruto
de su trabajo honesto.
¡A
luchar, compañeros! ¡Nuestras armas son estas rulas, estas hachas y la
inquebrantable voluntad de trabajar por el progreso y por la paz del futuro!
-¡Adelante,
compañeros! - arenga con ardor Amado Vicentini a los campesinos que le
responden con una salva de aplausos, alzando los machetes
Alguien,
en el montón, grita que Vicentini debe escoger una parcela, antes del reparto,
pero este dice en alta voz:
–
No amigos campesinos. La tierra es para el que la trabaja, y yo no se nada de
estas cosas de agricultura ni de ganadería. Mi lucha no es para beneficiarme
del fruto que corresponde a ustedes. Vine pobre, estoy pobre y continuaré
siendo pobre. No necesito tierras, porque aquí, allá y mucho más allá, se encuentran
familias campesinas pobres, que carecen de un lote de tierra para trabajar y
obtener el sustento. Yo no vine por tierras al Caragaví. Yo vine para
informarles de qué manera deben luchar, en paz y tranquilidad, por obtener que
la tierra vuelva a vuestras manos. Ya les informé que en Bogotá se sabe que
estas tierras son baldías y no hacen parte de ninguna propiedad, como han
querido hacerlo ver y entender los terratenientes. Ellos temen otras cosas.
Saben que nuestra lucha es pacífica, sustentada en la verdad y en la realidad.
Los terratenientes se roban todos los días la tierra de este país y nuestro
movimiento es un peligro para ellos, porque si se muestra la realidad ante los
tribunales, tendrían que llevar a sus verdaderas y justas proporciones los
lindes de las tierras que obtuvieron y no la que han venido robandose poco a
poco. Si no actuamos ahora, compañeros, en el futuro la lucha será con sangre y
con muerte Y nosotros no buscamos a la una ni mucho menos queremos a la otra.
Ese es el temor de los terratenientes. Como no han encontrado justificación
para usar la fuerza, esperan que, incitándonos, nos enredemos en las redes de
sus intrigas. ¡Pero no los vamos a dejar, compañeros!
–
¡No, jamás!, gritan a coro los campesinos.
–
En verdad, no vine a esta tierra para adquirir bienes de fortuna. Y al
introducirme en esta lucha de reivindicaciones, mal podría caer en el mismo
vicio de los que quieren atajarnos. Vamos a recuperar los baldíos sin
molestarles sus propiedades, pero la lucha jurídica será, como hasta ahora,
permanente. Tenemos que conseguir con la justicia que se revisen las escrituras
y los legados de España y si lo alcanzamos, se sorprenderán de la realidad. La
tierra es de ustedes y no de los aventureros que hoy se llaman señores y se yerguen
como los dirigentes de la región. ¡La verdad, amigos campesinos, es nuestra
meta! ¡Adelante!
La
arenga parece introducir en las mentes y en los cuerpos una fuerza nueva y
todos se dedican a desbrozar el baldío para adecentarlo y recibirlo cuando sea delimitado
en parcelas. Mientras los hombres macanean el terreno, Amado Vicentini y los
invitados especiales analizan en una reunión el futuro de la lucha emprendida.
El delegado de Barranquilla, de apellido Urueta, que trajo a su hijo del mismo
nombre para que siga de cerca una lucha social reivindicatoria y se prepare
para asumir el papel dirigencial que le augura, expresa su admiración por la
calidad del trabajo adelantado por Vicentini en tan corto tiempo. Compara lo
que aquí ocurre con la lucha obrera en los muelles de La Arenosa, y concluye
que, si tuvieran un dirigente con el conocimiento, las agallas y la voluntad
del italiano, la situación allá sería diferente. Pero promete que este modelo
será implantado en los alrededores de Barranquilla, en donde también los
campesinos son vejados e ignorados en materia de tenencia de la tierra, en
poder de quienes llegaron un día tapándose las partes pudendas con las manos y
ahora quieren desnudar a los nativos.
A
las nueve de la mañana, sin sentirlos porque todos están entretenidos en el
macaneo de la tierra, en el corte de palos y de palmas para levantar los
ranchos, las mujeres en la preparación de los alimentos o en la atención de los
niños, llega la comisión. El comandante, cuatro agentes de policía y un delegado
del supuesto propietario de la tierra. El comandante grita:
–
¡Atención! La autoridad se presenta para recuperar estos terrenos y devolverlos
a sus dueños legítimos conforme a las escrituras que me fueron presentadas.
Tienen diez minutos para desalojar esta tierra o de lo contrario comenzaré a
disparar contra todo el que no esté en el camino para devolverse a sus lugares
de origen. Comienza la cuenta. Uno...
–
Teniente, grita Amado Vicentini. Aquí nadie está robándose la tierra. Nos
encontramos sobre unos terrenos baldíos y usted sabe que los baldíos los
entrega el mismo gobierno a quienes se dispongan a cultivarlos.
–Ya
le dije, italiano arrutanado, que tienen diez minutos para salir y sigo la
cuenta. Dos...
Amado
se acerca al comandante y éste le apunta con el fusil, dispuesto a dispararle,
pero alguien lo empuja y el tiro sale y atraviesa los cuerpos de Urueta y de su
hijo, quedando muertos en el instante. Luego del disparo, Amado Vicentini
agarra el cañón del fusil y lo dirige hacia arriba. No obstante, la
constitución física del comandante, el italiano logra mantener el fusil con el
cañón hacia arriba, cuando suena otro disparo y el comandante, abatido, cae a
los pies del italiano, muerto. Nadie sabe de dónde vino el disparo y cuando
tratan de averiguarlo aparece el policía de apellido Murillo, el mismo que
había quedado detenido en el cuartel en cumplimiento del castigo que le impuso
el comandante, con un fusil humeante. Dice, como con miedo, que el disparo se
le soltó, que había querido hacerlo hacia arriba, pero que no se explica cómo
fue a darle a su propio comandante.
Los
otros policías se dan cuenta de inmediato que no han hecho otra cosa que formar
parte de una patraña para matar al teniente. Pero es tarde. Como marionetas
sirvieron para montar la escena, y ahora sólo piensan como justificar el
crimen, si ninguno de los campesinos tiene armas de fuego. Ni siquiera un
“chopo”, dice entre dientes el Sargento.
En
el poblado, en la residencia del francés, el General y todos los de la clase
pudiente, ven llegar a los campesinos que no fueron detenidos, sino que
voluntariamente van a ponerse a órdenes de la autoridad para que se investigue,
como lo sugiere el italiano. El General, mirando desde una ventana hacia la
oficina de la policía, levanta el vaso con ron, da la vuelta y dirigiéndose a
la concurrencia, dice:
–
Amigos, con un solo tiro el señor Murillo ha traído la paz a este poblado. La
paz de las alcobas y la paz de la tierra convulsionada. No más gritos de amor,
no más gritos de libertad. ¡Salud!
Las
bóvedas de las murallas de Cartagena sirven de hogar de Amado Vicentini, de
Juana Julia y de otros dirigentes del movimiento, durante varios años. Cuando
salen en libertad, tras un largo proceso en el que demuestran que no fueron los
autores del crimen en el que perdió la vida el joven y bello teniente
comandante de la policía, regresan al poblado. Pero todo está perdido. Hasta
los bríos. En los ojos otrora brillantes de entusiasmo, ahora se observa una
mirada apagada, sin voluntad alguna. Las mujeres que recibieron en sus brazos
al hermoso oficial lo remplazan con los de siempre, con los que no debieron ser
apartados de sus camas. Amado Vicentini, sin perder los bríos trata de remover
las cenizas, convencido de que encontrará calor en el rescoldo, pero la clase
pudiente no lo permite. Obtienen que el presidente Miguel Abadía Méndez lo
expulse del país y sale con destino a las Antillas en donde se pierde su rastro
para siempre. Y el poblado vuelve a ser el remanso veranero de su río, en donde
todos dormitan bajo las copas de los árboles para protegerse de la canícula. En
verdad, como lo dijo el general, al acallarse los gritos de amor y de libertad,
la calma vuelve a ser la reina del ambiente por siempre jamás.
F
I N
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